Sermón para José María Castilla
    que el cardenal Medés
    predicó en Roma el día de la
    Ensartación de Nuestra Señora de Lorreto

    Pater meus Licet, decore tico
    Et ese multer introduxit in simium.
    Mi padre Eliceo me enseñó a jugar al tico,
    y me dijo que a las mujeres se lo metieras en el mico.

            (San Lucas, Cap. 11 y 8)
         

        "O joder o morir, ¡oh almo coño!
        que un bello, tierno y virginal retoño,
        vale más que la vida y que la gloria
        que sólo sirven de adornar la historia".

        Así un filósofo pagano,
        Octavio Augusto, emperador romano;
        ¡Oh vosotros, muchachos negligentes
        que servís de ludibrio a los vivientes
        pasando el tiempo en ocio tan profundo
        cual si no hubiera coños en el mundo!

        Vosotros que en el seno de la nada
        pasáis la juventud desperdiciada,
        despreciando los dones del Eterno
        y qué ganáis sin mérito el infierno...

        Vosotros, que tal vez cuando natura
        os despierta la sangre y que os apura
        a buscar en la carne algún deleite,
        untáis la mano de asqueroso aceite,
        y así vuestra lujuria se amortaja
        en una triste y desabrida paja.

        Y tú, sexo embustero y desaseado,
        ¿en qué empleas la flor que Dios te ha dado?
        Vírgenes tontas, con vosotras hablo,
        no sois ni para Dios ni para el Diablo.

        Ahora, que inflamado de elocuencia
        al predicar la fornicaria ciencia
        más que Bossuet y Fenelón me siento,
        hembras y machos, escuchad mi acento.

        Mas para oir con fruto mis razones,
        cada varón empuñe sus cojones
        y las hembras su coño y sus dos tetas
        que jalan más que doce mil carretas.

        Y en esta posesión, devotamente
        invoquen a San Priapo omnipotente
        y a Santa Magdalena la judía,
        diciendo con la boca: Ave María;
         

                Pater meus Licet, etc.
                 
        Dice San Agustín (tomo segundo
        De civitate Dei) que en este mundo
        todos quieren joder hembras y machos
        jóvenes, viejos, niños y muchachos.

        Sin que nadie le falte este deseo,
        aunque vista sotana o solideo,
        un carajo gentil, robusto y sano,
        todas las mañanitas muy temprano
        al levantarse el sol, bajo la manta
        las ropas a su vez también levanta
        con arte tal y tan graciosa maña,
        que pabellón parece de campaña.

        Echale mano presuroso el dueño
        y pone en dominarle grave empeño:
        entre una y otra pierna le sujeta,
        y con un movimiento de puñeta
        hace por engañar a aquel priapismo
        que es quererse engañar uno a sí mismo.

        En la alcoba inmediata alguna niña,
        sin aprensión a que su madre riña,
        pretendiendo buscarse chinche o pulga,
        pechos, piernas y todo se lo espulga.

        Y llegando a espulgarse el rubio moño,
        suave tupé de su virgíneo coño,
        en el himen tropieza plano dedo
        y le da un pellizquito y se está quedo.

        Decidme fieles: ¿No es gran desatino
        que estando el uno al otro tan vecino
        que apenas lo separa un débil muro,
        esté éste tan ardiente, aquel tan duro,
        y cada cual se quede con su antojo
        que sólo imaginarlo causa enojo?

        Para evitar los males de que os hablo,
        escuchad las palabras de San Pablo:
        Mortales; fornicad, joded sin pena
        que la salud sin esto nunca es buena:
        joded por la mañana y por la tarde,
        y de sólo joder haced alarde:

        Refornicar y nade el mundo en leche
        y apueste cada cual a quien más eche
        vainas o lodo, y si en joder se irrita,
        después de fornicar, joda y repita.

        Y siga la batalla enfurecida
        a fin de que no quede coño en vida,
        y llueva leche, nabos y cojones,
        tetas, coños, piernas y riñones
        y vuelva a comenzar la batahola,
        hasta que diga Dios: "ruede la bola".

        Joda el Sol a la Luna, a todas horas
        joda también el céfiro a la aurora:
        joda el mar a la Tierra y las estrellas
        no cesen de joderse todas ellas.

        Joda el hombre robusto y el enfermo,
        pues según San Benito de Palermo
        es el mejor remedio para el flato;
        joder y más joder a cada rato
        lo cual confirma la opinión de Angulo
        en sus disertaciones sobre el culo.

        Yo compadezco al escultor bisoño
        que usando del escoplo y no del coño
        después de trabajar por más de un año,
        llegar a formar un figurón extraño:

        Un hombre de madera, imagen muerta
        que las más veces sale coja o tuerta,
        pudiendo sin fatiga ni trabajo
        tan sólo  con la punta del carajo,
        fabricar una estatua más pulida
        llena de sentimientos y de vida.

        Al pintor compadezco y al poeta
        que sin soltarse un día la bragueta,
        el uno pinta a Venus en pelota
        y el otro del amor canta la dicha
        sin disfrutarlo con su propia picha.

        También da grima el fraile majadero,
        que sin hallar por caso algún trasero
        de joven monaguillo o de novicio,
        que le quiera prestar el tal servicio
        empuña airado el nabo soberano
        y desata las cabras con la mano.

        ¡Cuánto desprecio al Grande Federico
        y cuan justo llamarle fuera el Chico,
        pues que causando muertes a millares
        de potentes y fuertes militares,
        no fue capaz de darle a nadie vida!
        ¡Oh triste suerte!   ¡Oh juventud perdida!

        Opinan San Ambrosio y San Bernardo
        con relación a Eloísa y Abelardo,
        que su amor vela y su bandera amaina
        cuando no va seguida de una vaina
        que premie sus trabajos y sus penas,
        y haga más llevaderas sus cadenas.

        Y que si Eloísa le escribió a su amante
        tantas cartas de amor, como es constante,
        era por la esperanza que tenía
        de que le echara alguna vaina fría
        con el triste virote a medio palo,
        que el echar una vaina nunca es malo.

        Desde que el mundo es mundo, aunque se eche
        a ciencia cierta de que falta leche
        preñado de dulcísimas razones,
        después que le cortaron los cojones.

        Abelardo no pudo darle gusto,
        confieso la verdad: fue tal el susto
        que le causó la operación tirana
        al destrozarla la esencial membrana,
        que por toda su vida quedo lelo:
        y hasta su sombra le erizaba el pelo
        que daba compasión: mas no me quejo
        porque, el tal Abelardo era un pendejo.

        Ahora pues, platónicos zoquetes
        que tenéis tan hinchados los cachetes
        después de trasnochar tras una reja,
        a riesgo de que caiga alguna teja
        y os aplaste los sesos derretidos
        ¿De qué sirven suspiros y gemidos?

        ¿No os mueve a compasión esa doncella
        tan rolliza, tan joven y tan bella,
        que tropezando viene a la ventana
        donde pasa la noche y la mañana?

        ¿Por qué no le premiáis sus afanes
        haciéndola salir a los zaguanes
        donde cómodamente se le enseña
        cuál es de amor la verdadera seña?

        ¡Oh mortales ingratos! ¡Me estremezco
        y este siglo de luces compadezco
        de la inacción que reina por doquiera!
        ¿Cómo podéis vivir de tal manera?

        ¡Señor! a ti dirijo mis plegarias
        que, aunque espantosas, son tan necesarias
        a fin de corregir a los mortales
        que por desgracia son tan animales.

        Permite que de lo alto de tu cielo
        un diluvio les sirva de consuelo
        no de agua, ni de fuego, pues repito:
        lluvia tan baladí les diera un pito;

        sino de leche, incordios, purgaciones,
        úlceras, crestas, cangros, sabañones,
        sarna, chancros, viruelas, bubas, granos
        y postemas, ladillas y gusanos;

        Y sobre todo Padre un monstruo envía
        en tanto acopia que oscurezca el día.
        Mas no Señor, piedad, piedad Dios mío...
        que ya veo correr de leche un río.

        Con carajos y coños juntamente:
        ¡tened piedad de la afligida gente
        que ha escuchado devota mis palabras,
        tened piedad que se me van las cabras!

        Y entre tanto que el mundo se corrige
        y que el carajo al coño se dirige,
        sobre las aras de tu santo templo
        les voy a predicar con el ejemplo.
         

                                                    Dixit Condenes Medés


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.