DIARIO DE CUERPOS

Narrativa

 

Editorial Óscar de León Palacios
Guatemala, Centroamérica
Diciembre de 1998.

 

Palabras alusivas al acto

Desde que era niña, las pláticas entre mujeres han ejercido una enorme fascinación en mí. Ya sean las de mujeres de principios de siglo, las de mi propia generación o las de quienes son más jóvenes, éstas siempre me han develado sentimientos, actitudes y formas de percibir otras realidades, además de ahondar en el conocimiento de nuestro propio cuerpo. Ése que a veces se negaron a sí mismas, ése del que hoy muchas gozan sin reparos. De esas pláticas en reuniones entre amigas y familiares, en grupos de escritoras e intelectuales, o escuchadas al azar en alguna fila para realizar algún trámite burocrático, surgió la idea de dar vida literaria a esa polifonía de voces femeninas que generalmente quedan en el anonimato ya sea por falta de interés o por excesivo pudor.

Como un hecho coincidente, hace un año aproximadamente, llegó a mis manos el libro Nuevas cartas portuguesas, de las autoras Maria Velho da Costa, Maria Isabel Barreno y Maria Teresa Horta, quienes publicaron su obra en la década de los años setenta, en Portugal. Acusadas de pornógrafas y de atentar contra la moralidad pública, fueron enjuiciadas a lo largo de dos años al cabo de los cuales se les absolvió por la calidad literaria de su obra. Así, este libro se constituyó en un hito de la lucha por la liberación de la mujer. El desenfado, el atrevimiento y la desinhibición de sus textos, aunado a un dominio excepcional del lenguaje, me impactaron de manera profunda. La lectura de esta obra me llevó a la convicción de que sin duda es éste el mejor momento para que en nuestra sociedad las mujeres asumamos sin prejuicios ni dobles moralidades, una reflexión en torno a nuestro erotismo, a sus manipulaciones y posibilidades, y nos constituyamos por fin en dueñas absolutas de nuestro cuerpo.

M. H .

 

 

I

Antes de hacer el amor, siempre la misma película: la rubia oxigenada de cabello rizado hasta los hombros, voluptuosamente acostada de lado en la cama que podemos ver de frente. Vestida únicamente con su uniforme de noche: ligas y medias de seda negra, un corsé rojo que deja al descubierto sus enormes pezones café claro. Y en la mano, no sé cuál, un enorme pene de juguete que introduce en su boca. Lo succiona una y otra vez, se lo coloca entre los senos, en medio de las nalgas, entre la escasa vellosidad del pubis. Se mueve. Jadea. Y entre suspiro y suspiro, murmura pequeñas palabras apenas audibles. Lo veo a mi lado con una erección babilónica y sus ojos brillantes estallan en medio de la expresión tensa de su rostro. Simultáneamente veo a la rubia y a él. Su mano se desliza presurosa sobre mis pechos y los estruja. Todavía no siento nada. ¿Cuándo empieza el erotismo?

 

II

Me criaron en la cultura del lesbianismo. A estas alturas de mi vida, todavía me excito si veo una mujer desnuda. Para que un hombre me excite necesita tocarme.

 

III

Esa madrugada descubrí que me avergüenza mostrar mi cuerpo desnudo. Sin embargo, fue todo tan sencillo. Tú le gustás a ella, él me gusta a mí, ¿a ti te gusta ella?, ¿le gusto yo a él? ¿Cuáles son los límites? ¿Existen? Con ella intenté el primer beso, pero la situación me provocó un ataque de risa. Verdaderamente ella no es mi tipo. ¿Quizás alguna lo es? Mientras tanto, a nuestro lado, él jugaba sobre él, pero vi que sólo era eso, un juego. De pronto él tomó su mano, la de ella, y empezó a tocarlo y él se abalanzó sobre mis senos. Entonces sentí una furia inaudita. Me encolerizó su indecencia, su falta de pudor, de recato. Así como estaba me levanté y sin dar tiempo a que salieran de su asombro corrí hacia el mar hasta que las olas me atravesaron la garganta.

¿Valía la pena morir por tan poco?

Meses después descubrí que me molestaba que él enseñase a otros su cuerpo. ¿Acaso no era también un poco mío? Fue en ese momento que hurgué hasta el fondo y vi que sentía vergüenza por su cuerpo desnudo, porque lo consideraba parte del mío, ése que aún no lograba mostrarme ni a mí misma sin experimentar cierto desasosiego.

IV

¿Cuándo serán sus manos mis manos y su boca mi boca?

V

¿Mi ideal femenino?: MADAME RECAMIER.

¿Qué otra mujer ha logrado, a los ochenta y cinco años, que los hombres aún hagan fila a su puerta deseosos de gozar los placeres de su carne?

VI

Yo tenía seis años y él me sentó sobre sus piernas. El agua del río nos cubría la mitad del cuerpo y el cosquilleo de sus dedos entre mis muslos me produjo un calor extraño. "No digás nada", me ordenó con un susurro al oído. No me moví todo el tiempo que duró su caricia. Desde entonces cada vez que me enjabono ahí, y siento el agua recorrerme, vuelvo a experimentar el mismo calor extraño.

Y me siento rara.

VII

Hoy estuve pensando en ti y la nostalgia posó sus dedos temblorosos entre mis piernas.

VIII

¿Qué es el desasosiego?

¿Será esta angustia que se me anuda en la garganta?

¿Esta puñalada en pleno centro del estómago?

¿Este suspiro que se me escapa?

Creo que no es nada y lo es todo.

Estás acostado a mi lado y mi piel quemante no ha sido capaz de vencer tu sueño.

IX

Buda dijo: Todo está en la mente.

Yo digo: Todo está donde tus piernas se unen y las mías se separan.

X

No he leído el kamasutra, qué ignorante. A falta de tanto papel y letras escarlatas, tengo tu piel, mis manos, mi lengua, mi centro.

XI

Buda tenía razón: Todo está en la mente.

Hoy no te tengo, pero te imagino.

XII

Cuando te amo a ti amo a todos los hombres que tuve, a todos los que quizás aún podría tener.

No me interesa.

En ti, en tu sabor agridulce, en tu olor primario, se concentra el hombre.

 

 

XIII

Ayer recobré toda la fuerza de mis pezones. Habían estado adormecidos en la cuna. Una mirada, un leve roce, un simple beso tuyo, eso fue suficiente.

Gracias.

XIV

Hoy estoy cerca de la vida:

Encontraste el punto exacto de mi plenitud.

XV

Antes temía la soledad. Hoy la anhelo. Un minuto de silencio, quizá dos o hasta tres. Instantes necesarios para recordarte.

Es como poseerte infinitamente.

XVI

¿Cuántas mujeres te han amado?

¿Cuántas aún te desean?

¿Cuántas quizá pueden tenerte?

¿A cuántas has amado?

¿A cuántas aún deseas?

¿A cuántas todavía buscas?

Soy una y todas.

Las mujeres de antes, la de ahora, las futuras. No intentés huir. Ya no tenés escapatoria.

XVII

Me había negado el placer porque me estaba negando la vida.

Pero hoy resucité, y estoy insaciable.

XVIII

A mí la excitación me entra por la espalda, me sube tras las orejas y alcanza su máxima expresión en el oscuro espacio de mis pezones.

El resto es solamente cuestión de rutina.

XIX

Antes dependía de ti para ser feliz.

Hoy sólo dependo de mí misma.

(Claro, siempre hay excepciones).

XX

A veces me castigo y hago lo que no quiero. No quiero hacer el amor, y lo hago. No quiero besarte, y te beso. Todavía mi cuerpo no me pertenece del todo. A veces, todavía, te lo regalo. Otras te lo alquilo. Incluso te lo vendo. Sin embargo, tú estás convencido de que te lo doy porque te quiero y así lo deseo.

XXI

Hace unos días pensé que era frígida. Hacía el amor y no sentía el menor placer. Busqué información por aquí y por allá. Entonces me dijeron que eso no era normal. Las jovencitas, ustedes saben, tienen orgasmos múltiples, y todos los días.

¿Tanto afectan diez años de diferencia?

XXII

Los hombres están equivocados. Todos se miran y se preguntan entre sí. Olvidaron preguntar a las mujeres. En todo caso, eso a ellos qué les importa. Es mejor amante, aseguran, el que fue dotado por la naturaleza de un pene ancho y extenso. Todos se envanecen, o se frustran, según sea el caso. Algunos desesperados se operan, otros se compran consoladores. Algunos se conforman, y comen mucho.

XXIII

¿Quién me hace gozar a fondo?

Mis manos, sólo mis manos.

Pero tú seguís siendo el mejor amante.

Nada hay como tus manos delineando las mías, tu lengua recorriéndome, tu cuerpo anclado en mi bajovientre.

XXIV

Hoy resulta procaz, poco elegante, quizá un poco vulgar, por no decir un aburrido lugar común, hablar de penes erectos, de pezones que se erizan, de bocas ávidas, de salivas que se mezclan, de pubis en flor, de pequeños mordiscos, de besos insaciables, de lenguas entrelazadas, de pieles que estallan.

Podemos decir lo mismo sin mencionar esas obscenas palabras. Pero mejor, podemos seguir haciendo lo mismo sin decir una sola palabra.

¿A quién le interesa?

XXV

No soy una degenerada, ustedes disculpen.

Sólo soy una mujer que siente y que, pese a sus miradas acusatorias pero cómplices, se atreve a decirlo.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.