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Corren los tiempos del coronel. Hacía unos pocos días, se lo habían informado: debía tener cuidado, esconder o quemar periódicos, revistas, todo lo que pudiera resultar sospechoso. Hasta los libros rojos. ¿Rojos?: qué absurdo. Los discos, las fotografías, las condecoraciones, todo, absolutamente todo, incluso los recuerdos debían ocultarse. Corren los tiempos del coronel. Ahora, dos años después de su desgracia permaneció, como siempre, sentado en la sala de su casa. Se esforzaba por percibir el menor murmullo, el más leve e insignificante sonido. Sus ojos, ocultos para narrarle el mundo, le parecían seres lejanos, inexistentes, ajenos por completo a él. Setenta años. Y lo más importante de mivida, lo que me hizo deslumbrarme ante el destino, muerto para siempre. Si hubiéramos hecho esto, si no hubiésemos hecho aquello. Si sí, si no. El eterno reproche de todos. Pero sobre todo, de nosotros mismos. Ahora ya no me importa nada. Mentira: sí me importa, y mucho. Pero si antes no hice nada, ahora ¿qué puedo hacer? La misma impotencia. No, cobardía no. Sólo im-po-ten-cia. Todavía no estoy viejo. En esos momentos de soledad, cuando su esposa lo dejaba para dedicarse a sus ocupaciones diarias, él, por más que lo intentaba, no podía dejar de sentirse como el primer día de su desgracia, vencido por la tragedia. Ahora oigo, percibo con mis manos. Escucho los colores y aspiro los amaneceres. Con frecuencia piedo el sentido objetivo, concreto de la realidad. Suelo imaginar ¿sabe?, un mundo surrealista, lleno siempre de unicornios taciturnos y de peces multicolores en el viento. Y este coronel. Eternamente lo mismo. No puedo aún explicarme, por más que lo intento, la crueldad -acompañada generalmente de estupidez- que invade a ciertos hombres. Acabar con los libros rojos. Ni que los soldados fueran toros. Bueno, es natural. Ya lo dice el refrán: con el ignorante se puede, pero con el tonto, usted me entiende. Pasaron semanas antes de volver a escuchar su voz. Dijo estar enferma, tener que estudiar para los exámenes, que debía ayudar a su mamá y mil pretextos más, pero yo no le creí. No obstante, le insistió a Matilde tanto, que ella fue y le rogó, en su nombre, que volviera. Accedió. Nunca volvió a suceder aquello, pero no importa. Su voz, su presencia, eran suficientes para mí. Esa tarde la imaginó como debía ser. No había tocado su rostro, ni siquiera sus manos, pero estaba seguro: tenía la mirada profunda y la alegría en cada poro. Nos están vigilando. Entraron y saquearon la casa de Francisco. No dejaron nada. Quemaron los libros. Por suerte, él andaba de viaje. Les dijo a sus amigos que llevaran a su casa todos los libros, revistas o periódicos que pudiesen comprometerlos. Él tenía un lugar seguro donde guardarlos. Deliberadamente los colocó, uno a uno, en su librera más vistosa. Procuró que todos los libros de carátula roja quedaran al frente, desafiantes. No puedo seguir así, sólo esperando que me llegue la muerte. Se dedicó a escribir, valiéndose de su prestigio y amistades, en todos los diarios del país. Pronto se convirtió en uno de los más feroces opositores del régimen. Denunciaba, sin vacilaciones, todo tipo de atropellos y crímenes. Quienes lo conocían y lo querían, lo admiraban, pero temían por su vida. Él, indiferente, no hacía caso de sus consejos ni recomendaciones de cautela. «Por cautos estamos como estamos», solía responder a quienes osaban cuestionarlo.l Por eso, día tras día, noche tras noche, los esperaba. Ya estaba preparado. Para lago le iba a servir aquel recuerdo resguardado con tanto celo desde el ’54. Pegado a su cintura no se lo quitaba nunca. Que quemaran los libros. Que incendiaran su casa. Él se resistiría lo suficiente. Gracias a ella, que le había devuelto la vida, que no se confiaran. Él no se iría solo. Recordaba a los soñadores de las décadas pasadas, más soñadores u él mismo, que vivió el sueño. Estaba clareándose la conciencia ante sí mismo. Sólo esperaba eso. Llegarían, estaba seguro. Ahora llegan. Entran y ven, con su mirada viscosa de siempre, dos sombras unidas recortándose en la semioscuridad de la sala. Angustiados y sollozantes, los gritos de una mujer quiebran lo tenebroso de la noche. A su lado, un anciano sonríe silencioso mientras, entre juguetón y rotundo, se lleva la mano a la cintura y una espoleta rueda por el suelo. |
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