Noches donde el olor suele batirse

Corren los tiempos del coronel. Hacía unos pocos días, se lo habían informado: debía tener cuidado, esconder o quemar periódicos, revistas, todo lo que pudiera resultar sospechoso. Hasta los libros rojos. ¿Rojos?: qué absurdo. Los discos, las fotografías, las condecoraciones, todo, absolutamente todo, incluso los recuerdos debían ocultarse. Corren los tiempos del coronel. Ahora, dos años después de su desgracia permaneció, como siempre, sentado en la sala de su casa. Se esforzaba por percibir el menor murmullo, el más leve e insignificante sonido. Sus ojos, ocultos para narrarle el mundo, le parecían seres lejanos, inexistentes, ajenos por completo a él. Setenta años. Y lo más importante de mivida, lo que me hizo deslumbrarme ante el destino, muerto para siempre. Si hubiéramos hecho esto, si no hubiésemos hecho aquello. Si sí, si no. El eterno reproche de todos. Pero sobre todo, de nosotros mismos. Ahora ya no me importa nada. Mentira: sí me importa, y mucho. Pero si antes no hice nada, ahora ¿qué puedo hacer? La misma impotencia. No, cobardía no. Sólo im-po-ten-cia. Todavía no estoy viejo. En esos momentos de soledad, cuando su esposa lo dejaba para dedicarse a sus ocupaciones diarias, él, por más que lo intentaba, no podía dejar de sentirse como el primer día de su desgracia, vencido por la tragedia. Ahora oigo, percibo con mis manos. Escucho los colores y aspiro los amaneceres. Con frecuencia piedo el sentido objetivo, concreto de la realidad. Suelo imaginar ¿sabe?, un mundo surrealista, lleno siempre de unicornios taciturnos y de peces multicolores en el viento. Y este coronel. Eternamente lo mismo. No puedo aún explicarme, por más que lo intento, la crueldad -acompañada generalmente de estupidez- que invade a ciertos hombres. Acabar con los libros rojos. Ni que los soldados fueran toros. Bueno, es natural. Ya lo dice el refrán: con el ignorante se puede, pero con el tonto, usted me entiende.

 
Palpó con sus manos alrededor de sí y se sintió reconfortado al saber los muebles en su mismo sitio. El libro de Neruda a su lado. Cerró los ojos e intentó tranquilizarse hasta que llegara ella. Recordó su entusiasmo de entonces. Vendrá el Doctor. Sí, no hay duda. La gente confiará en él. Y así fue. Los de siempre, los que añoraban el pasado, se sintieron ofendidos. Un Doctor en Educación y hasta Filósofo, para un pueblo analfabeto, les quemaba como una antorcha en pleno centro del alma. Pese a éstos, a los indiferentes, a los conformistas, valió la pena. Fueron diez años de aciertos y muchísimos errores, pero diez años decentes. Los únicos. Si hubiésemos. Basta. Ahora todo es distinto. En estos días hay zozobra e inquietud nacional, expectación y asombro. Y a él, ella era lo único que lo mantenía con fuerzas para seguir adelante. ¿Por qué no vendrá? ¿Qué podrá haberle pasado? Empezó a sentirse inquieto, casi angustiado. Hoy la necesito más que nunca. Que venga. Quiero oír su voz. Presentir en su aliento las formas de su cuerpo cercano e inalcanzable. Pero, ¿qué me está pasando? Si ella es una niña. Ni quince años. Pero lee tan bien. En los surcos matinales de su voz ha encontrado todo el arrojo, el valor, el candor y la ternura. Voz de resonancias inquietantes. «Matilde, vaya a llamar a la muchacha», dice apresurado. Matilde, su compañera, su amiga, su amante, su confidente: te amo. «No se preocupe, no tardará en venir», responde un susurro lejano y ajeno para su presente.
 
Suena el timbre. Escucha los pasos de Matilde como campanazos que le estallan en las sienes. Tiene que ser ella. Es ella. Un escalofrío lo paraliza por un instante. ¿Qué me está pasando? Los saludos de rigor, la plática de costumbre, la añorada lectura. Neruda. Pablito y el surgimiento de la nueva poesía latinoamericana. Revolución en las letras y en los hombres. Los minutos, escurridizos e irrecuperables, pasan como bandadas de albatros en el horizonte. Anochece. Entre comentarios, lecturas y relecturas terminan de tomar el café que les sirvió Matilde en un tiempo remoto. Se siente febril. Febril y extraño. Ella se despide, volverá mañana. De pie, al darse la mano, él le da un tirón y logra rozarle los labios con los suyos. Más asustada que enojada, ella murmura un adiós presuroso. Él queda allí, solo. El mundo gira a su alrededor y lo aniquila, pero también lo engrandece. Está vivo. Vivo. Por primera vez desde su desgracia. Vivo. Quiere saltar, volar, gritar, pero lo único que logra es mantenerse quieto. No recuerda, ahora, cuánto tiempo transcurrió en esa actitud ni cuándo Matilde lo condujo al comedor ni cuándo escuchó las noticias, ni los problemas de los hijos, ni los adelantos de los nietos. Sólo ella. Ella.

Pasaron semanas antes de volver a escuchar su voz. Dijo estar enferma, tener que estudiar para los exámenes, que debía ayudar a su mamá y mil pretextos más, pero yo no le creí. No obstante, le insistió a Matilde tanto, que ella fue y le rogó, en su nombre, que volviera. Accedió. Nunca volvió a suceder aquello, pero no importa. Su voz, su presencia, eran suficientes para mí.

Las noticias que escuchaba o las que le contaban sus amigos, empezaron a alarmarle. Hay que cuidarse, le decían. No debemos confiarnos. Prudencia. Incluso le sugirieron ciertas medidas de seguridad, ¿Medidas de seguridad? ¿Él? ¿Para qué? No, no había que exagerar tanto. Con nosotros no se atreverán, decía. Ellos se atreven con todos y con todo. Él, sin embargo, aún tenía sus dudas. Los hechos, lamentablemente, le mostraron su equivocación. Día a día, con una regularidad espeluznante había noticias de masacres, secuestros, torturas. Los desaparecidos por razones políticas sumaban varios miles. Pero no. Él no tenía por qué preocuparse. La luz en los ojos era un martirio innecesario. Las llagas de las quemaduras en la espalda dejaron de ser importantes cuando empezó a agobiarlo la sed. Lo único que tomaba era su propia sangre, la que aún le quedaba cuando le sacaban otro diente. Sí, fui ministro de la revolución. Sí, participé en la formación de esas escuelas. Apoyé al Presidente en el proyecto de Reforma Agraria. Yo mismo colaboré en la redacción del Decreto. Pero no les diré nada. Nada.

Esa tarde la imaginó como debía ser. No había tocado su rostro, ni siquiera sus manos, pero estaba seguro: tenía la mirada profunda y la alegría en cada poro. Nos están vigilando. Entraron y saquearon la casa de Francisco. No dejaron nada. Quemaron los libros. Por suerte, él andaba de viaje.

Les dijo a sus amigos que llevaran a su casa todos los libros, revistas o periódicos que pudiesen comprometerlos. Él tenía un lugar seguro donde guardarlos. Deliberadamente los colocó, uno a uno, en su librera más vistosa. Procuró que todos los libros de carátula roja quedaran al frente, desafiantes. No puedo seguir así, sólo esperando que me llegue la muerte. Se dedicó a escribir, valiéndose de su prestigio y amistades, en todos los diarios del país. Pronto se convirtió en uno de los más feroces opositores del régimen. Denunciaba, sin vacilaciones, todo tipo de atropellos y crímenes. Quienes lo conocían y lo querían, lo admiraban, pero temían por su vida. Él, indiferente, no hacía caso de sus consejos ni recomendaciones de cautela. «Por cautos estamos como estamos», solía responder a quienes osaban cuestionarlo.l Por eso, día tras día, noche tras noche, los esperaba. Ya estaba preparado. Para lago le iba a servir aquel recuerdo resguardado con tanto celo desde el 54. Pegado a su cintura no se lo quitaba nunca. Que quemaran los libros. Que incendiaran su casa. Él se resistiría lo suficiente. Gracias a ella, que le había devuelto la vida, que no se confiaran. Él no se iría solo. Recordaba a los soñadores de las décadas pasadas, más soñadores u él mismo, que vivió el sueño. Estaba clareándose la conciencia ante sí mismo. Sólo esperaba eso. Llegarían, estaba seguro.

Ahora llegan. Entran y ven, con su mirada viscosa de siempre, dos sombras unidas recortándose en la semioscuridad de la sala. Angustiados y sollozantes, los gritos de una mujer quiebran lo tenebroso de la noche. A su lado, un anciano sonríe silencioso mientras, entre juguetón y rotundo, se lleva la mano a la cintura y una espoleta rueda por el suelo.


 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.