Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas

 
Ya cómodamente sentada en su silla, se quita los zapatos y, pensativa, se frota los pies con las manos. Siente el cansancio en cada poro de su cuerpo inerte. Ha estado todo el día trajinando de aquí para allá, desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche, hora en que por fin se han dormido sus seis hijos. A estas alturas de la vida no sabe si es por miedo, por desilusión o indiferencia que no se mira con frecuencia en el espejo, pero tampoco le importa. Con la facilidad de quien realiza a diario su mismo ritual, se deshace el moño con que habitualmente se peina, y ve cómo su largho cabello se extiende sobre la planicie aún redonda y tersa de sus hombros. Mientras enhebra su pelo en una trenza, indolente y sin prisa, piensa en lo que le falta por hacer, en la ropa que lavará al día siguiente, en que debe recoger los juguetes desparramados por el piso, en lo que preparará de almuerzo mañana, en que él seguramente llegará otra vez borracho, como todos los viernes. Y sobre eso, con su aliento de dragón embravecido, le exigirá de nuevo sus derechos. Suspira con resignación y, despacio, se viste con un camisón de franela anegado de flores descoloridas y secas, ésas que en un tiempo remoto fueron el único refugio para sus sueños de virgen frustrada. No tiene tiempo siquiera para rezar el rosario completo antes de dormirse, porque en ese momento escucha los gritos del marido anunciando su llegada.
Nada más verlo comprueba lo que ya sabe de memoria: como siempre Pedro está borracho. En la oscuridad, sin embargo, logra percibir que hay un brillo extraño, una especie de perversidad mal disimulada en sus ojos. De inmediato se santigua. El hombre no espera ni a verla acostada cuando amenazante le ordena que se vista, que van a salir. Ella no intenta contradecirlo porque cuando él habla así, lo mejor es obedecerlo rápido. Dormitando casi, un poco asustada, ella se ve caminando por las avenidas desoladas del centro de la ciudad. De vez en cuando aparecen seres indefinibles que se contonean en las esquinas y le lanzan miradas lujuriosas. De pronto se ve en un sitio que hasta entonces le habría parecido inexistente: luces multicolores sorteando el equilibrio en el espacio, mujeres casi desnudas ofreciéndose a los hombres, un escenario al centro circulado por barras de plata resplandeciente. Pedro, su marido, entre hipos y carcajadas, le ha advertido que en ese lugar verá lo que son las verdaderas hembras, no como ella, anticuada y prejuiciosa, que ni para complacerlo en la cama sirve. La atmósfera humosa y las luces la aturden por unos instantes. Al entrar, instintivamente, se cubre con el suéter el escaso escote de su vestido oscuro. Por primera vez desde que se casó se siente rotundamente humillada, ofendida. Piensa que eso es lo último, lo más bajo que él le ha hecho. Se sientan de cara a la pista. Ella está inmóvil, sientan de cara a la pista. Ella está inmóvil, ofuscada por tanta indignidad. Saca su rosario y empieza a rezar muy quedo el resto de plegarias que aún le faltan. Su marido se atraganta cerveza tras cerveza y la obliga a estarse quieta. Cuando inicia el espectáculo, la mujer observa atentamente: las dos primeras piezas son de música bailable, la que está de moda, y una jovencita, a veces casi niña, sale a danzar. Ya en la tercera melodía, la bailarina empieza a quitarse la poca ropa que lleva puesta hasta quedar completamente desnuda, y bajo la mirada lasciva de los espectadores se mueve y muestra en todos sus ángulos, con un erotismo que a ella cada vez le está resultando más estremecedor. Desde su silla la mujer mira fijamente cómo desfilan, en su afán por seducir, las mariposas nocturnas. Su marido, ya borracho, acaba por dormirse sin remedio.
Más tarde, Pedro se despierta ante la algarabía que produce en el local el anuncio de la nueva sensación de la noche. Una música salsa, de fragoroso frenesí caribeño, como miles de olas abatiéndose contra el bajo vientre, ha invadido la sala. Pide otra cerveza y trata de conjeturar el hipo que, ahora, le resulta estruendoso y repulsivo. Ve a la mujer que está en la pista, y aplaude y grita como los otros. La bailarina, luego de moverse con una sensualidad acariciante, baja y se mezcla entre los clientes. Los hombres la traen hacia sí, le besan los senos, le tocan las nalgas, le abren las piernas y sumergiéndose a fondo, se excitan al sólo presentir la expresión del rostro allá arriba, al sólo aspirar el aroma de madréporas recién maceradas allí abajo. Sube de nuevo al escenario y se desviste con una familiaridad que al marido le resulta inusitada y, a la vez, cotidiana. Cada movimiento suyo provoca que los hombres le aplaudan más y quieran, incluso, subirse y bailar con ella. De repente, Pedro siente un fogonazo, un relámpago instintivo le hace recordar a la esposa ahí a un lado. Entonces, con una mano temblorosa, quiere decirle que despierte, que observe por favor el espectáculo, que qué hermosa, que ay qué sabrosura, pero en la silla sólo encuentra un suéter, un rosario y un par de zapatos abandonados.

 

 


 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.