Palabra de mujer

I
 
Yo también me siento un poco extraña cuando pido estar a solas para resolver mis dudas. La decisión tan importante que debo tomar, no porque otros me lo exijan, sino porque yo misma me lo he impuesto, me ha provocado innumerables noches de vigilia. Hace tiempo ya que estoy insatisfecha, incompleta, hay una parte de mí —y he descubierto que es quizás la más importante— que me pide a gritos vivir de otra forma. Todos me presionan y me dicen que no debo hacerlo, debo pensar en mis hijos, en él, en mis padres. Pero, ¿en mí?, ¿quién piensa? Porque no es cuestión de sexo. Él es un gran amante, siempre procurándome placeres novedosos y compartidos. Es después, cuando estamos uno junto al otro y él se da vuelta y queda dormido, cuando me sobreviene el hastío, esa sombra que me ronda sin dejarme en paz, y es como una voz interna que me exige terminar con esta situación de una vez y para siempre. Hace tiempo que él ya no es le compañero de mi vida. La mayoría de veces he asumido las responsabilidades de la casa, de los niños, esas pequeñeces cotidianas que nos dispersan y envenenan el alma. Él, a pesar de ser veinte años mayor que yo, poco a poco delegó en mí esos molestos detalles antes compartidos y pasó a ser, de pronto, casi mi hijo mayor. De nuevo quedé sola como antes de conocerlo. La gente no entiende que ya me cansé de esto, que tengo treinta años y necesito sentirme protegida, amada, segura. Quiero ser compañera, amiga, amante, no sólo madre. Y con él ésta es ya la única opción. Tengo el derecho de elegir lo que deseo. Quedarme sola o encontrar a otra persona, pero no seguir así hasta que la muerte nos separe. Ahora no lo sé. Pero mientras esta situación continúe, me siento atrozmente infeliz. Quizá me equivoque y no actúe como cualquier mujer acostumbrada a no romper compromisos. Y aunque ahora todos por igual me critiquen, me juzguen y hasta me calumnien, estoy decidida a cambiar el rumbo de mi vida a pesar de él, a pesar de mis hijos. Porque ya no lo amo, pero todavía lo quiero. No soy romántica y no extraño ni las flores que alguna vez me dio, ni los paseos de la mano a la luz de la luna como solíamos dar al principio. Sé que algo más profundo e irreparable se ha roto entre nosotros. Hoy soy como una torre derruida cuyos escombros dispersos me impiden avanzar, pero dispuesta a sobrevivir, a luchar por encontrar la llama de su fuego perdido.

 

II

Soy una mujer casada, y la verdad, ahora que me lo pregunta, no me gusta hacer el sexo. Menos mal que él ya se acostumbró a mis negativas y sólo de vez en vez acude a mí para que cumpla con este compromiso conyugal. Además, es todo tan molesto, tan sucio. Imagínese, cuando lo siento desnudo sobre mí —porque por supuesto cierro los ojos y apago la luz— tratando de separarme las piernas y hundírseme con la fuerza de mil demonios, y siento ese tronco quemante que me lastima y me humilla, entonces volteo la cara y hago esfuerzos increíbles para no llorar ni insultarlo. Me quedo quieta, inmóvil, casi sin respirar, esperando solamente que termine de jadear y de ensalivarme y procuro pensar en otras cosas. Una vez, hace ya muchos años, cuando estábamos recién casados, el muy asqueroso me propuso que lo besara ahí. De sólo imaginarlo casi vomito. Mucho menos hacerlo por atrás o en otras poses. Con la tradicional me basta y sobra. Me siento sucia, necesito bañarme por horas y lavarme hasta quitarme el último resquicio de ese olor nauseabundo después de hacerlo. Desde el último hijo, las escasas veces que acude a mí, le exijo rapidez y precisión. Nunca he sentido eso que llaman orgasmo. Sólo me inunda la vergüenza, el dolor y el asco. Lo más terrible es el asco. Nunca he podido explicarme cómo existen prostitutas o algunas mujeres que, según me han contado, les gusta hacerlo. Pero lo que es a mí, sólo porque es mi obligación, porque si no.

 

III

Lo dejo besarme los labios, el cuello, los senos, el bajo vientre. Puede tocarme todo lo que quiera, como quiera, donde quiera, como pueda: con la lengua, con las manos, con su pene. Pero penetrarme, jamás.

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.