De Orígenes
Editorial Óscar de León Palacios,
Guatemala, Centroamérica.
Diciembre, 1995.

Los misterios del cuerpo y el alma / 1695
 
Llega temprano. Todavía le quedan treinta minutos de soledad para esperarla. La calle está vacía. Ve todo igual: la misma gente, las mismas luces, los automóviles eternamente indiferentes. Mira con impaciencia hacia el reloj de la torre de la iglesia y, para su exasperación, comprueba que una vez más no funciona.
Una semana, piensa. Toda una semana sin verla. Una semana sin sus besos, sin su piel, sin su aliento. Siete días y siete noches casi insuperables. Pero, al fin, ahora lo sabe, podrá fundirse en ella. Seguramente irá con su vestido preferido —el de él, por supuesto— ése que le da un halo romántico y la hace verse tan suave y elegante como una dama del siglo pasado. Unos minutos más, cree, y aparecerá con su mejor sonrisa, con su pelo largo, con sus melancólicos ojos negros.
Imagina su cuerpo. Ese cuerpo que le prodiga siempre renovadas sensaciones se la hace ahora casi palpable. Se estremece. Levanta impaciente la mirada y escudriña la calle: nadie. Da media vuelta y camina por la avenida. Tal vez hoy, intuye, llegue por la otra entrada. Da unos pasos y se detiene. Decide regresar y espera.
La ve de pronto. También ella llega antes de la hora. Lleva su vestido romántico, su mejor sonrisa, su pelo largo, sus bellosojos negros.
Verse, abrazarse y darse un beso es todo en un instante.
Ella empieza a hablarle de todo lo que ha hecho durante los días que no se han visto. Como siempre, él la escucha. De vez en cuando le lanza algún comentario, una broma o alguna pregunta.
Él también quiere, después, decirle algo muy importante.
Abrazados caminan hacia su refugio, un apartamento a pocas cuadras de allí.
Para los dos, el tiempo ahora es un planeta diminuto. Ya solos, protegidos del mundo, dejan las palabras a un lado. Están olvidando, a torrentes, los siete días que fueron como siete puñales. Están llenando su ambiente de murmullos, de frases entrecortadas, de mordiscos desesperados.
Siete noches devoradas en el aliento de un atardecer que crepita de luciérnagas. Siete universos girando alrededor de una sola pasión incandescente.
Siete pieles enlazadas que se funden y renacen.
Siete. Un símbolo. Un acto de magia. Un fuego sagrado. Un simple acto de amor.
En la ternura de su hombro, ella le susurra al oído sus últimos versos:
Amado dueño mío,/ escucha un rato mis cansadas quejas, / pues del viento las fío, / que breve las conduzca a tus orejas, / si no se desvanece el triste acento / como mis esperanzas en el viento.
-Qué hermosos -murmura él y la envuelve en la seguridad de su cuerpo.
Continúan hablando de literatura, del último libro de poesías que ella editará pronto, de sus cátedras en la universidad. Tanto se dicen que no sienten cuando la noche los inunda de luna.
Entonces él la abraza y, animoso, le cuenta su secreto.
Muchas horas, semanas o siglos después -nunca lo sabrán con exactitud- él se viste y decide marcharse.
Ella, recostada en la cama, guarda aún la frescura de su última llama. Cierra los ojos. No recuerda. Sin pensar en nada se siente feliz y plenamente realizada. (¿Qué vida es ésta mía, / que rebelde resiste a dolor tanto? / ¿Por qué, necia, porfía, / y en las amargas fuentes de mi llanto / atenuada, no acaba de extinguirse, / si no puede en mi fuego consumirse?). Largo rato permanece así, flotando como en un á bito de ingravidez deliciosa.
Más tarde se levanta sin prisa, toma su bolso, sus libros y busca la llave. Intenta abrir la puerta, pero sus dedos se enroscan. Cada vez pierde más fuerza. Introduce la llave en la cerradura, pero no puede moverla. Desesperada se toca el vestido y palpa la aspereza de la tela. Mira hacia atrás y no reconoce el lugar donde está. Y, sin embargo, le parece solitariamente conocido, familiar. El mundo se cierra a sus pies y la hunde.
Ve el suelo y su hábito negro la sorprende con la lucidez de su certeza conventual.
Abre la puerta Juana, se dice, deja tu Cruz, Inés. Arrasa tu angustia, Juana Inés, Inés o Juana, se repite mil veces en un instante de incertidumbre. Las campanas ahora aúllan ferozmente cercanas, la acosan hasta reducirla a un minuto cada vez más cerrado y definitivo.
Cuando ella intenta abrir de nuevo la puerta, la llave es una antorcha que se le va encima con sus lenguas siniestras e inevitables.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.