primer libro
RECUENTO DE BATALLAS

 
 
 
 ODA AL ELEFANTE BLANCO
 
 
Gracias a Dios existen las cantinas.
Midas entra, se inspira, pide un octavo,
y ya es oro.
Blancos son los filamentos del planeta,
la superficie de los libros de Platón,
la nicotina
o los beneficios de las ramas:
esos animales blancos que caen de los techos metálicos
y no llegan nunca a imitar el color de la tierra.
Las cantinas se llenan en las noches
y los instintos rematan en las risas:
-«Gracias, encanto»,
dice Midas calculando entre sus dedos las fichas.
Y en fin, el desierto embellece a la agricultura.
A las mujeres se las retrata siempre por la espalda
y nada de sombra por el encierro,
«quiero creer» suplica y hace como que bebe,
y todos encantados con la cantina.
Midas nada en medio como un elefante.

 

 
 

CONCIENCIA
 
 

Te digo que el estupor sólo tiene sentido en los aviones,
a la entrada de los teatros,
cuando uno se toma un trago escuchando un disco,
y nunca si se llega tarde de la nada
y nunca si cerramos los ojos y nos dan golpes
                los muertos,
y sentimos la conciencia sucia con causa.
Mirá, uno se acostumbra como
      a la apretura del nudo de la corbata,
      a los moldes de la mente estropeada por las
                    violaciones,
      a la distancia entre poema y poema,
cada vez peor.
Y todo porque el estupor llega como un pan extraño
                  y nos muerde,
                  nos paladea,
                  nos retrata
y nos deja el rastro prendido para siempre en la conciencia.

 

 

EL PRISIONERO
 
 

La lengua me cuelga de la boca,
es la corbata,
la culebra que se mezcla con los zapatos,
el lazo, el cordel, las cintas;
sales a la terraza para comunicarte con Dios
y Dios son las camionetas,
el sabor extenso del dentrífico,
los cheles,
la ducha de Heráclito.
Nunca las estrellas ni las puertas.
Traicionado por la máquina
y el despertador puesto en automático,
el radio que sólo funciona a veces
y los anteojos oscuros;
conectado a un largo animal
abominable
que se expande por todo el planeta.

 

 
 

DOMINGO
 
 

A veces hace falta algo más que su estatua de yeso
para estar satisfecho,
no basta
su contrición ingénua
ni el dolor
ni la sangre extraída con jeringas de los ojos,
a veces es domingo
y
pesan
    las
      horas
        invertidas
          inútiles
como pesan los salarios que nunca se cobran,
¿me entendés?
corazón
muda estatua de mármol en pie cúbico,
porque a veces
no basta con una mirada congelada para alzar el pecho
y respirar
    complacido.
A veces como que el mundo es una esfera sólida
y
    nada
      más.
Lo de guerrero se nos borra por momentos
se nos olvidan los rostros
        las ecuaciones matemáticas
        el timbre de las casas
        los pasamanos tiernos
y como que se nos afloja el esqueleto
de bronce.

 

 

CUANDO NO MERECEMOS
 
 

Digamos que los idiomas no paran,
que son las barreras amorosas en el codo:
imágenes que se deslizan de radios a las personas.
Y hoy yo me interrogo por teléfono
¿a quién matar?
¿qué bello rostro romper con la rodilla?
De todos modos me urgen las palabras,
quiero creer que me incorporo cuando me da la gana
o que muero de un ocio respetable,
aunque me aprieten de ausencia los zapatos
con el peso de las sillas en la espalda,
tal vez rotos los huesos o el adobe.
Pienso que todo sucede desde la pesadilla,
impotente por la corbata y la mezcla de rock,
medio arrepentido por las horas que atestigua el televisor.
Y los idiomas con el fastidio de las confusiones
y esa pena mortal de los diccionarios.

 

 

CLARIDAD
 
 

¿En qué piensas echar a perder el resto
de tu vida?
Mira que ya el arco se tambalea
y los volcanes se separan
ante la memoria imaginaria de horribles poemas.
Las reuniones son el despreciable homicidio
y el reloj cercena
como punzan los sentidos econ-micos.
¿Dónde se queda la eternidad oscura
de las fotografías?
Lo poeta se te pierde en el enredo,
en el trabajo,
en esa completa deshonra
que es oprobio
y prostituta
y política.
¿En qué crees se sedimentará al final
tu sopa de cerebro?


EL ESPEJO
 
 

Mantenemos las luces apagadas para no mirarnos.
El secreto se me aprieta a la boca:
cuento cada día por horas y salario
y me atrevo a opinar sobre mi estúpida conciencia.
Este poema nace con la desconfianza:
por decirlo así, me sobran bolsillos en el cuerpo,
agarro la pésima costumbre del vacío
y confirmo la sutileza de las cosas.
A veces nos miramos y sentimos pena.

 

 

DIBUJO EN SAN LORENZO
 
 

Las niñas con mariposas en el pelo
y mariposas en el ano
y mariposas saliéndoles como lombrices por los ojos.
El paisaje sublime.
Un frío que atropella puentes y casas,
que penetra el amarillo del trigo,
que invade los pantalones de las mujeres:
Hay varias frente a la iglesia
rascándose el ombligo,
respirando fuerte el aire con ruido de pájaros;
encaramadas en zapatos de gigantes,
con las carnes pálidas,
dormidas bajo las tejas,
pensativas en las brasas que se apagan en la cocina.
Paisaje de animales.
Las mujeres están enamoradas de los autos que pasan,
de las nubes sembradas en la cordillera,
de los silbidos sueltos en los patios:
Se desbandan por el motor de las camionetas,
por el ruido seco de las botas en la banqueta,
por el hielo que les aprieta los calzones.
Prometen marcharse con todos
y la carretera que se mira y ya no,
platican por ejemplo de estar un día vivas y al otro muertas,
riéndose porque no es verdad,
con el olor de la madera sin aserrar
impregnado en las fosas nasales,
pensando tal vez en Guatemala tan lejos:
El paisaje de las luces de noche,
esa escena preciosa.
Las mujeres están sentadas en las gradas de un atrio,
todas idénticas,
mirándolo a uno con el ánsia en las tetas,
columpiándose dichosas,
mientras muy cerca, los caballos se cagan en todo.

 

 
 

MISERIA QUE OBSTINADAMENTE NOS AHOGA
 
 

El luzazo de la mañana descompone la literatura,
me aprieta el est-mago y mata los libros.
«Es la hora» de vuelta a la mecánica,
al pensamiento continuo de la filosofía sin índice,
a los comentarios de papel bajo un gran vidrio,
a la agitación estúpida y urbana del comercio:
El luzazo me da en la cara sin vergüenza.
Ya despierto las cortinas más gruesas son transparentes
aunque mis ojos caigan enmudecidos entre los párpados.
El agua es la traición de cada mañana,
el uso de un perfil diferente y el saco,
la garganta seca que repite nombres y acentos,
la manera vulgar de ir rápido como instrumento:
El luzazo me hiere las pupilas.
Y por fin, totalmente despierto, sé que duermo,
que «mi pecado» es tolerante
o que ya me ha perdido para siempre el respeto.


BATALLA NUMERO 1
 
 

Temo que no sea toda la vida esta sorpresa,
que se parta el mundo de repente
y estalle,
que le salgan gusanos de los pies,
que se rompa cada silla,
que no funcionen más los analgésicos
y a mí me vuelvan a llamar los sentimientos.
Me veo de nuevo tirado en el monte
rezando por ella,
silbándole a las faldas que pasan
          como fuentes
          como pájaros
          como retratos,
presionando de frente el timbre de la puerta,
escribiendo poemas de amor,
pero tendido siempre
          indesgastable
          mar
          guerrero rojo,
mis enemigos dirían «haciendo nada».
He vuelto a encontrarme en temperatura.


AUTORRETRATO
 
 

Lo que de mí queda:
A veces por las noches las larguras del insomnio,
las manos transformadas,
el orgullo ante el vacío.
(Mi oficio de interpretación de sueños
y la tendencia oculta a la violencia).
A veces en la cabeza topan los pensamientos:
Salen los cadáveres mostrando las ojeras;
la vida que tengo entre las manos es un aparato eléctrico.
A veces, sin embargo, la espalda me da la sombra,
y el agua de mayo se escapa con todos los libros de fuera
por la sexta avenida, hacia las reposaderas.

 

 

ELEGIA
 
 

Otra vez volvemos a estar solos
con esa sensación de que los amigos desaparecen:
Se los encuentra uno de repente en el centro de París,
en los cocteles,
recostados en algún puente,
en los entierros,
un domingo en los balnearios pœblicos
o en cualquier reunión de pasajeros:
Esa sensación de lo inútil y el otro mundo al final.
Extrañados para siempre e invadidos.
Llegan una mañana y se marchan antes
porque apestamos.
Los que no han muerto nos delatan;
existe un álbum donde están pegadas nuestras fotografías
por cualquier error,
los autos rechinan las llantas cuando pasan,
y las manos y los ojos:
Solos entre las tapas,
haciéndonos, te lo confieso, más y más solitarios.


POEMA DE AMOR
 
 

A veces vivo y entonces despierto le cedo mis palabras,
aprieto su ahogo inconmensurable,
su temperatura dibujada en el cielo de la boca,
el esfuerzo que le brilla en las estrellas de mi lado.
La llamo mía sin créditos ni autorización,
y cuando dormimos distantes es como que si estuviera muerto.
Sus ojos abiertos me lo pagan todo,
esas huellas que penetran en mi pasado.
Miramos cómo pasan los días rápido y temprano,
nos leemos el futuro en el calendario de las manos,
nos medimos la inteligencia, los sueños y el vértigo
y yo lo adivino todo en descubrimiento, por ella.
A veces el sol cae más cerca y más penetrante;
la tarde son las seis en punto o apenas la una,
entonces escojo su mejor tierra y ella es mi máquina,
la Antigua Guatemala en donde ya no descanso de ida ni de vuelta,
mi esfera de peces ahogada en los días legítimos.
A veces creo que ha sido ella quien ha pagado mi oxígeno:
Me siento maltratado por los fuegos del infierno
y las piedras entre los dedos rompen las huellas.
Me sé de memoria la configuración de su pensamiento,
las dimensiones de su epidermis,
la profundidad de su llanto inútil:
Nos hundimos en la interpretación del futuro,
nos da miedo se septiembre a noviembre.
Bajo el sol fresco nos enreda el tiempo.
A veces muero y sé que ella muere más,
me escondo en el cuarto de los deprimidos,
confieso que he perdido la fe,
me declaro viciado para la historia,
y entonces permanezco por el café, las costumbres;
sólo por el rato en que nos vemos a las caras
con esa honda pena.


BATALLA PERDIDA
 
 

Un día los nombres ya no significarán peligro
y yo he de repetirlos en voz alta cobardemente,
por lo menos para que no se mueran los muertos.

 

REINTEGRACION DE LA CORAZA



Mis límites se pasean por los extremos
y siento que cualquier parte mía es arrancable
para evitar la pestilencia
o sembrarla en la tierra cansada por los granos amarillos;
los ríos apacibles,
las monturas me hablan de extensiones
y transpiran en mi mente
como un clima que me brota de los poros
y me hace rey
        pedernal
          saliva,
esa mœsica que se extiende divina fuera de la guitarra.
Sin el rock probablemente temería al destino.

 

 

EL RECOLECTOR
 
 
 

Muchas veces me he encontrado a media noche en Londres
y a pesar del abrigo negro nada ha tenido el sentido.
Me he paseado borracho en las entrañas de los parques
y apenas si he reconocido el camino de vuelta a los edificios.
Unas veces medio nevaba y el frío se me metía por la boca
pero las librerías siempre están abiertas para tomar un trago.
Las mujeres se me atravesaban a la entrada de los teatros
y yo pensaba en tantos autores dilectos leyendo en sus hogares.
Muchas veces he ido a dar a un bar con rock explotando
y los ingleses salvajes se mostraban las navajas e inflaban
bíceps.
Muchas veces he entrado a una catedral abandonada solitaria
y me he hecho amigo de los mendigos que no recolectaban ni
mierda.
A veces, cuando he estado en Londres, quiéralo o nada,
he comprendido cómo un aparato de radio puede serlo todo.

 

 

LAS CORAZAS
 
 

Ya es de madrugada y entonces son necesarios los autos,
en la guantera una botella y otras medicinas de semana,
revistas con mujeres hablando en un idioma como el inglés
o moviendo apenas los labios para aparecer desprevenidas.
Las bocinas están que revientan por el peso de las ondas
y desde un edificio dos labios se pegan al ladrillo,
con el maquillaje que suena a dibujo con crayones de cera
y a tiempos divinos de ocio sin importar almuerzo o
                      despedida.
Afuera de los salones está la lluvia vírgen que los moja,
que atraviesa en mayo las láminas de los barrancos secos
y que ahoga a los perros de asco como a los mismos humanos:
con las bocas abiertas de miedo o por el canto que les brota.
Las corazas son para las fiestas cuando se termina el año,
uno va y le recomienda a cualquier mujer parada en una esquina:
«favor no se tiña pelo antes cuaresma fijarse autos que pasan»,
y ni siquiera contestan porque el tamaño de Babel es grande.


CAMBIO DE NOMBRE
 
 

En el espejo está la incomodidad,
esa manera de mirar torcido
de doblar la boca,
de que nos repitan palabras soeces
y todos estén a cinco mil leguas de viaje submarino.
Lo próximo es ficticio.
Es mejor cambiarse de nombre a tiempo,
modificarse rasgos de orejas y pómulos,
aparecer distinto,
otra la genética y diferente el nicho,
romper las mordazas para que broten los poemas por los poros,
como cartas o repuestos de autos,
y hay que afeitarse
para verse bien en cada piñata.


EL REINO DE ESTE MUNDO
 
 

A veces me tiro en la cama y escribo mis poemas,
para que se me noten los d'as desperdiciados,
para esperar que se me junte la noche entera
y que las sombras salgan de mí:
Entonces desaparece el paisaje que nos quedaba justo
y afloran esas marcas que ya no me las compone nadie.

 

 

MUJERES NEGRAS
 
 

-Soy de la Antigua Guatemala -digo.
Las mujeres negras en los aereopuertos se carcajean,
muestran el filo de los dientes,
y a duras penas logro pasar entre todas:
con la ginebra haciéndoseme burbujas dentro de la boca.
Besos, negras.


ANIMALES
 
 

Las camionetas nos van dejando
pero un beso puede transtornarlo todo y que sobre,
saborear la gracia de la ropa despidiendo marca de lavandería
con el orgullo por el brillo café en los zapatos de cinta
y la honra de ser torpes.
Animales que se cruzan en la carretera.
Yo viví un tiempo en la mitad del desierto
por gusto,
      empujado a la arena,
              despojado del vicio
y me levantaba cada mañana como los animales,
leía libros y me hartaba de televisión,
gracias a Dios la noche es grande y oscura.
El río me seducía en las tardes
cuando el sol le mandaba el charolazo divino,
entraba por mi ventana y lo despedazaba todo,
pero llegaban las cartas y me entretenía viendo el sol
                    perderse,
idéntico a los animales.
Una tarde se me hizo todo mierda,
nada más.

 

 

LLUVIA FUERTE
 
 

Lo tiré todo y la respiración no se alteró,
no hay más oxígeno
    ni más amigos
      ni más tiempo
        ni nada...
Sólo estos poemas que penetran por debajo de las hojas
y se enmarañan con las cosas fértiles o ágiles,
que derrumban cielos y abren tempestades
pero que no ajustan para enderezar mi guitarra
y cantar un canto que rompa cines y abarroterías,
nada que sea suficiente para que las banderas se rasguen
o los remites de las cartas tengan algún sentido.
Tiré todo y la lluvia arrecia,
suficiente motivo para que los botes se hundan
y los esquiadores se quiten el sombrero
frente a la playa pública.
Conecto el aparato de radio para saber las noticias.
Ya no pasa nada en este planeta,
sobran las pastas sin lectura y lo que escribimos más,
creo que más me vale tomarme un trago
y ahogarme
      de risa
        entre la espuma
        como perro con rabia
        sin reseñas ni menciones
como nos corresponde a los poetas.
¿Verdad?


UNA SON DEMASIADAS MAÑANAS
 
 
 

Una son demasiadas mañanas
y por lo pronto doy un sorbo para no envejecer
por el clima,
las palmeras danzan en la orilla ajenas a la raza humana,
más cerca del mar que los barcos
más cerca que las piedras o los volcanes,
con la temperatura que nos ebulle,
gracias.
Un pañuelo puede salvarnos la vida a todos,
a menos que se trate del Nautilus
o de una vieja película trágica
o de Shakespeare ya inútil
en manos de los famosos críticos de la literatura.
Nada se apesta por sí solo,
ayudan los químicos y las manos de los amigos
o los gestos de las mujeres
o las voces que nos rebotan desde muy adentro
como canciones de rock.
Nos pudren los rones envejecidos en las islas,
sus precios estampados en las etiquetas,
los vidrios jamás lavados como el día que todo principia,
los humores y el incienso,
las procesiones donde vamos cargando cada año
y las voces de la muchedumbre
que pide a gritos más sangre,
la salida a la calle de la basura
y todas esas tradiciones de los más puros
    o bestias
    o canciones tristes
    cántame una canción a mí
no me importa al final la tristeza...

 

 
 

TIRANDO PIEDRAS
 
 

De súbito los canales se esfuman
y llega la angustia
      las horas más largas
      las lámparas mudas
      las paredes lisas
los radios sin imágenes que son música
y quizás el malestar del dolor continuo de cabeza,
baterías que se van terminando
y macetas que necesitan ser regadas en conversación.

 

 

LEÑA MOJADA
 

El fuego nace de las bebidas
más saludables,
un vaso con whisky cada noche,
una botella de ron a deshora,
la sed que apagan los envases vacíos
de cerveza:
me da pena mi barriga pronunciada,
pero a veces tengo frío.
La leña ya no sirve para nada,
es mejor mirar por el largavista
los animales corriendo por las
carreteras,
sentir el olor impregnado de las pistas,
el plomo que se me quedó
pegado
en las suelas de los zapatos de viaje,
¿te recuerdas pisado?
Y nada como enfrentar los domingos,
los días de fiesta
o esa fecha inmadura del desencanto:
los primeros versos leídos en público
con toda la vergüenza necesaria
de estos fríos nuestros.
Hace falta tomarse un galón de güaro
para calentar el cuerpo,
más si no hay nadie cerca
o si no hiciera falta una boca amarga
que te gane la carrera.
En otra época bastaba con un beso
o con la leña natural,
pero las estufas y las putas
lo despedazaron todo.

 

 

TRANSFUSIONES
 

Juro que las fiestas son imposibles
cuando la aguja no se clava en mis muñecas
para ceder otro poco de sangre,
y ya es todo.
Mi calavera saluda en verso
y le aplauden las viejas de Xela.
Entre todos me han sacado la sangre
a borbotones
para nada más que el olvido.
De noche pienso
con los ojos abiertos de par en par,
y no se me ocurre nada.
En otra época se permitían las lágrimas,
porque existía Dios,
y el destino estaba enfrente.
Hoy son transfusiones inútiles
de sangre,
que un día se detienen porque ya no hacen falta,
porque estamos secos,
porque tus besos y tu saliva ya no
alimentan.
Y yo le tengo pánico a las agujas,
y a las fiestas,
y a ver otras gentes,
y a abrir los ojos en la mañana
y descubrirme vacío de sangre,
de edad,
de las piedras de las calles de la tierra.
Digamos que ésta fue la última fiesta
y que el espejo indiferente me contempla.

 

 

ARS POETICA
 

Vengo de contemplar voces:
un periodista insólito muere
y no hay autobús que se detenga,
los camiones de basura pasan
temprano,
antes que el cadáver se deslice
gracias a Dios
a su morada obrera;
te pregunto si se explica todavía
eso del verbo amar.
Escribir y tirar piedras,
no sé si me gusta más esperar,
o es todo asunto de hierbas
y la emisora de radio preferida,
pero los cuadernos se llenan
y no son confidencias:
juro que escribo por la ignominia
por el día cansado por nada
por ese asunto intransigente de
tus piernas.

 


 

Página de la Literatura Guatemalteca.
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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.