NARRATIVA CONTEMPORÁNEA 

DANTE LIANO

por  José Mejía

 

 
 

El hombre de Monserrat (Dante Liano, Madrid, Martínez Roca, 2005 –para la última edición, que omite la mención de la primera: México, Aldus, 1993, a su vez tardía con relación al manuscrito que circuló, con pocas variantes, a mediados de los ochentas, entre algunos amigos del escritor radicados en París)– invita a someter al análisis crítico cuestiones tan decisivas como la empatía que un personaje totalmente negativo, para el caso un criminal político, es susceptible de provocar en el lector, empatía que no tiene nada que ver con la simpatía o la antipatía que experimentamos por las personas en el mundo real. He podido constatar, en algunos lectores, cierta resistencia a jugar el juego de la imaginación al confundir lo real con lo ficticio. No menos curioso resulta el manejo de la intriga, sobre el cual voy a adelantar algunas observaciones, para volver a aquella dificultad. 

La historia ocurre en el contexto de la guerra civil guatemalteca de hace algunos años y relata, por lo esencial, los inconvenientes a los que un miembro de la inteligencia militar, el teniente García, principal personaje del relato, se expone, para salvarle la vida a su cuñado, un estudiante de derecho comprometido en la lucha guerrillera. Imbricado con este acontecer se desarrolla otro, en torno a un cadáver encontrado por el primero en la carretera Roosevelt, a la altura de la Colonia Monserrat (de ahí el nombre de la novela, que no es un gran acierto), el cual da lugar a una investigación del protagonista o, lo que es lo mismo, al relato en términos de thriller o polar –vamos, para decirlo en español, de novela de enigma policiaco– práctica asumida por Liano con mucha ironía y humor. 

La intriga, que puede jugar un papel importante en toda clase de novela, sería, por definición aún más que por tradición, el modus operandi mismo del género policiaco. En el manejo de aquélla, la norma parece consistir en que cada respuesta parcial abra nuevas interrogantes, hasta la solución final, inesperada. En El hombre de Monserrat ocurre todo esto, pero de manera totalmente irregular. 

En efecto, las etapas en la solución del enigma no constituyen en esta obra una progresión, sino otras tantas versiones contradictorias, creídas por el investigador, y por el lector, que no dispone de indicios suficientes para determinar su carácter erróneo, hasta que son desautorizadas por nuevas revelaciones de una historia intrincada. La investigación no parece ir resolviendo sino más creando el enigma, irónicamente. Nada ilustra mejor esto último que el hecho de dejar la solución definitiva para el epílogo, cuando ya no provoca en el protagonista verdadero interés, sino mera curiosidad. El conflicto entre el teniente García y el sistema al que sirve, verdadero móvil del relato, ha tenido ya su clímax y su desenlace en el quinto y último capítulo, cuando se castiga al personaje enviándolo a combatir las guerrillas en el área rural. La verdadera trama de la novela se da en este nivel, y la conciencia del personaje, completamente obtusa e insensible a los gravísimos problemas de la guerra y del país ilustra, por oposición, la del escritor, así como la falta de humor de Don Quijote expresa, entre tantas otras cosas, el humor de Cervantes. 

La posición política del novelista, en este sentido, es inequívoca, y la ficción se basta a sí misma para fustigar un aparato represivo abominable, sin un discurso ideológico de apoyo, ni idealizaciones de encargo a favor de la subversión, que se mantiene a distancia. El thriller político de Liano no demuestra, literalmente, nada. O, si se prefiere esta otra formulación, demuestra todo lo que quiere gracias a (y sólo gracias a) lo que muestra.  

Si le agregamos a  esto que lo que un novelista muestra depende de cómo lo muestre, estamos en el meollo de la cuestión. El costo más alto, en el mal negocio que ha sido según el propio personaje, su vida, es la degradación total a que lo conduce la guerra en “el área”, como se le llama, en la novela, a la región selvática guatemalteca donde ocurrieron las masacres monstruosas de finales de los años setentas y principios de los ochentas del siglo pasado. 

En cuanto a la vida de la narración,  está íntimamente ligado al entronque del estilo con el habla guatemalteca popular urbana. Esta aseveración nos obliga a dejar el carácter panorámico de estas primeras observaciones, para ir al detalle, que se juega a la escala de la frase. 

* 

Comenzaré por llamar la atención sobre un rasgo singular del estilo de Liano, a saber, el empleo de prosaísmos con hábiles construcciones metafóricas. En los enunciados que vamos a observar, Liano exalta lo popular, pero no se queda sólo en esto. Su manera de hacerlo echa mano de lo común y corriente, de objetos, fenómenos y situaciones de la vida cotidiana, ordinaria,  a los que no solemos concederles una naturaleza digna de la literatura, si me puedo expresar así.  

Para mejor situar el dominio de lo representable de esta manera, debemos comenzar por descartar del mismo todo lo rural de tipo folk, impregnado, a los ojos del citadino que le descubre, movida por una aprehensión estética, cierta nobleza, cuya legitimidad no ponemos en duda. En efecto, al sacar de la órbita de lo habitual algunos objetos que son, para el campesino, primordialmente utilitarios, como ocurre con algunos útiles artesanales, el hombre de la ciudad les confiere (les devuelve) valor artístico, y no será cuestión de examinar esta actitud en términos del fetichismo propuesto por una aproximación superficial del marxismo, de moda hace unas décadas. Toda perspectiva de extrañamiento favorece la recepción artística, por el hecho mismo de sacar a la sensibilidad de la rutina. 

Pero son justamente los objetos rutinarios del habitante de la ciudad, por lo demás industriales y no artesanales, los que van a entrar en el paisaje lleno de vivacidad que Liano nos ofrece en su novela. Elijo dos de ellos, entre muchos otros: un alka seltzer que se disuelve en un vaso de agua, y una llanta de carro, como decimos en Guatemala, ponchada, que se desinfla. Y he aquí que la mirada penetrante del escritor los asocia y la mención meramente nocional o pragmática, que constituye la rutina de la comunicación con palabras, le cede lugar a esta cuasi-percepción sensible: 

    Fue a la cocina. Llenó un vaso con agua y dejó caer un Alka Seltzer. Al impacto con el agua, la pastilla dejó salir un ruido como de llanta desinflada. (p. 35) 

La sensación común auditiva, además de su precisa sutileza, obra como el detonador de una interacción de contextos mucho más amplia: sabemos que el aire es expulsado con violencia por un agujero muy pequeño en el caso de llanta, y lo tenemos presente, aun si no lo podemos ver en el caso real, lo que nos lleva, en la reconstrucción imaginaria que nos ofrece el texto, a asociar aquella imagen con las bruscas hileras de burbujas, provocadas por la efervescencia de la pastilla. Es ésta una de esas imágenes que parecen devolverle al elemento imaginado (el tema, presente delante de “los ojos de la imaginación”) los atributos que le presta el elemento imaginante, ausente, de manera paradójica, de la representación del objeto. Representación representante y no representada, para decirlo con una fórmula próxima a la de Spinoza. Sin duda, un alka seltzer que se disuelve no es ninguna percepción apasionante, y lo mismo cabe decir de la llanta prosaica que se desinfla, pero la prosa de Liano, al relacionarlos, les confiere una vivacidad y hasta una novedad sorprendentes. 

Otro ejemplo: García va en carro y debe atravesar, como nos ha ocurrido a muchos en la capital de Guatemala, una vía de alta velocidad, aprovechando una pausa instantánea en la circulación acelerada de los vehículos. Así lo hace y los automovilistas, obligados a disminuir precipitadamente la velocidad y a modificar, dentro de lo que cabe, la trayectoria, en previsión de un impacto, lo reprenden, contrariados, a largos bocinazos: 

    Atravesó el periférico a toda velocidad. Los carros lo rozaban dejando tras sí el brochazo de la bocina (p. 37). 

Una serie de bocinazos no basta. Mantener el claxon sonando sin interrupción expresa mejor el enojo pero la velocidad precipita el sonido hacia la extinción y nada figura mejor esto que el largo brochazo, no de pintor, necesariamente de albañil, hasta donde las posibilidades del cuerpo se lo permiten al operario, o pintor de brocha gorda, como le decimos en Guatemala, para diferenciarlo del artista. Una vez más, el plano imaginante, la brocha ancha pasando por la pared, es por completo trivial. Tal vez no lo sea jugarse la vida en el periférico, pero se ha vuelto un hábito del conductor chapín. 

En la carretera, donde el protagonista abusa una vez más de la potencia de su vehículo, un bocinazo, frontal esta vez, va extinguirse en seguida a su espalda, casi deformado por el alejamiento instantáneo: 

    Por un pelo y no se chocan [García y su acompañante] con un carro que venía en sentido contrario y se llevó, como un pañuelo al viento, el bocinazo de la protesta (p. 87). 

Obsérvese el no expletivo, que el pueblo utiliza en este tipo de construcciones, donde algo ha estado a punto de ocurrir, y aunque no sucedió casi lo hace, proximidad figurada por un cabello, límite de salvación casi imperceptible pero concreto, físico. Dante, aquí, se sirve de la imaginación anónima colectiva de manera directa, mientras otra certera imagen de su invención completa la escena. 

Según un tópico de la expresión culta, la sencillez es compatible con los sentimientos elevados. Piénsese en Luis Alfredo Arango, o en Rafael Arévalo Martínez, dentro de la tradición guatemalteca. No resisto recordar, del último, su famoso “le basé la mano y olía a jabón / yo llevé la mía junto al corazón”, en que la pureza, limítrofe de la cursilería, gana lo sublime, alejándose de cualquier desvío paródico. Pues bien, en el estilo imaginante que estamos observando lo sublime, puro impuro, poco importa, no tiene lugar, como tampoco cabe en él ningún exceso tremendista, delirante o lo que sea. Cierto mal gusto, inclusive, inherente a este tipo de representación, evita lo grotesco, que es ya un refinamiento estéticista, para mantenerse en el ámbito de lo ordinario. Así, cuando el teniente retrocede en el garage de su casa, el mecanismo perfectamente regulado del motor, que le provoca tanto placer como satisfacción, produce, al acelerar, un sonido semejante al de una rueda de Chicago que cobra impulso (“que comienza a agarrar aviada”, p. 119). 

Encuentro pocos antecedentes de este feísmo deliberado en la tradición, salvo Asturias, en la guatemalteca (quien, por supuesto, no se limita a este rasgo, sino lo prodiga entre muchísimos otros de su espléndida prosa). No pienso buscar, por ahora, más allá, y me voy a conformar con dos ejemplos de Hombres de Maíz. En la peluquería de don Trinidad Estrada de León Morales, nombre que es ya por sí mismo una joya, habida cuenta de que los propietarios de estos comercio solían pregonar sus nombres y apellidos completos1 para evitar homónimos, en el exterior del establecimiento, Hilario se hace cortar el cabello, en medio de una nutrida conversación con don Trinis, diminutivo más apropiado para darle la singularidad que buscan los dos apellidos ostentosamente estampados en la pared. Los mechones de pelo, dice el texto, van cayendo al piso “como carne de coco negra”. Quien conozca la pulpa de este fruto, blanquísima, y la haya comido, queda maravillado por este acercamiento entre los haces compactos de cabello humedecido, ostensibles en el piso, y las porciones curvas de pulpa cortadas con una cucharita, indispensable para ingerir este manjar de pobre. El contraste de extrema negrura con blancura no menos extrema no hace sino fijar aún más el parecido de la forma, como sucede con el negativo de una fotografía. 

La carne de coco cruda no es una exquisitez culinaria y es difícil encontrar algo más prosaico que los desechos del oficio de peluquería, pero la relación con la familia de expresiones de Liano que estoy estudiando sería fortuita, si no fuera porque el ejemplo está tomado de un pasaje de Hombres de Maíz que privilegia lo común y corriente de la vida ordinaria. Indio por decisión propia, y no por fatalidad étnica o condición socioeconómica, el ego scriptor le restituye a sus héroes trágicos en otros capítulos una dimensión imaginaria que remonta a la tradición prehispánica, pero cuando abandonan, como en éste, su habitat de la alta montaña y visitan la capital,  los mitos se desvanecen. Personajes como Benito Ramos, dotado del don de la invisibilidad en sus correrías con la montada, y al que el demonio le enciende los cigarrillos de tusa, o Hilario Sacayón, contador popular legendario, pierden su aureola y deambulan por pensiones de ínfima categoría, venidos a menos, aquél aquejado por la vejez y la hernia, dedicado a vender “maíz en red” como medio de sobrevivencia, y éste inadaptado, ejecutando a disgusto las mil peripecias insignificantes a que lo obliga la comisión que lo trae a la capital. En estas circunstancias, la prosa majestuosa del gran poeta narrador sigue prodigando sus milagros de estilo, pero ya no a propósito de un universo de belleza arrebatadora, sino de una realidad ordinaria. 

Por supuesto, la ciudad que visita Sacayón no está llena de supermercados, ni envuelta en una nube permanente de smog. Aquella en la que circula el teniente García, por su parte, no prodiga ciudadanos a caballo por calles empedradas. Ahora bien, ambas están penetradas por lo rural de sus épocas respectivas y cierto mal gusto macrocefálico las caracteriza por igual. Paso por alto este tema y prosigo con el que estoy tratando primordialmente en estas líneas. 

Este vector de figuración de lo pedestre, en El hombre de Monserrat, es coherente con la visión de mundo del protagonista, que no tiene demasiados vuelos. En lugar del estilo indirecto libre, lenguaje, como suele llamársele, de narrador, con punto de vista y ecos imitativos de palabra de personaje, y que también existe en la obra, pero en un margen más reducido, estas construcciones favorecen la presencia una psicología social, en que se reconocen varios sectores de clase media, y no sólo los militares: 

    –Simón –afirmó el camarón. (p. 84) 

La rima no constituye, en sí misma, ningún aporte estilístico de autor en esta línea, que es la cita de un dicharacho juvenil de la época. Lo que resulta realmente gracioso es la distribución de esta cita en dos registros narrativos: la voz del relato (sin identificación interna dentro de la ficción) y la del personaje que exclama,  en lugar de “sí”, “Simón”, un limpiador de carros que copia, a su vez, el habla de los estudiantes. La voz  narrativa recupera, si cabe expresarse así, el estilo del personaje en cuestión y le aplica, en el sintagma narrativo que identifica al hablante, el mismo procedimiento denominativo deformante, como una suerte de rebote polifónico. 

Nada más alejado de un lirismo parasitario, ornamental, que este lenguaje certero que suprime, entre otras cosas, la oposición escolar entre los tipos de discurso propios del relato (acción contada) y los de la descripción. El tecleo de las máquinas de escribir, por ejemplo, evoca el picoteo de las gallinas. Esta asociación, reiterada (pp. 41, 80 y 83), supone la existencia de material vetusto, como de funcionarios cuasi-analfabetas, que tienen dificultad en encontrar las palabras adecuadas para redactar un documento y hasta los caracteres para conformar aquéllas. La vivacidad descriptiva y la eficacia en el contar trabajen conjuntamente en estas operaciones y lo hacen de manera lacónica. Lo mismo cabe decir de la “tierrita de desconsuelo” (p. 35) del mejoral que conlleva no sólo el sabor del medicamento, sino de las vicisitudes de la existencia, y una resonancia del habla de la clase media de al ciudad, o bien de la “sonrisa sanforizada” (p. 85) de un funcionario del orden público, obligado a rechazar la propuesta de un colega, o del “beso de papel secante” (p. 118), para salir del paso en la despedida cotidiana de rutina entre casados, cuando el protagonista se va por la mañana a su trabajo.

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He dejado para el final de este breve recuento la que es, para mi gusto, la más sorprendente de estas figuraciones. 

    Había un patio con plantas, en cuyo centro una fuente gorgoriteaba su chorrito medio tuberculoso. (p. 58) 

El chorro de agua provoca dos metáforas, de las cuales sólo la primera se ajusta, parcialmente, al fenómeno que estamos considerando. Veamos: el sonido del gorgorito2 escapa atropelladamente, a la manera como sale el agua del caño, a borbollones, cuando el caudal, escaso, se mezcla con aire. No oímos el gorgorito en esta representación del texto, lo vemos o, si se prefiere, lo oímos en silencio. Ahora bien, si un gorgorito puede ser considerado como una de esas realidades banales que caracterizan el objeto de nuestro estudio, el chorro de la fuente escapa a esta categoría El agua es común pero es fascinante como materia. En cuanto a la segunda figuración, es de notar su arraigo popular. Las prosopopeyas no son del dominio exclusivo de la literatura; el habla corriente las prodiga con mucha frecuencia, en calificativos tales como “flacucho”, “raquítico”, “esmirriado”, etc., atribuidos a objetos inanimados. Dentro de esta gama, el rasgo elegido por el escritor (“medio tuberculoso”) es, sin embargo, tan original como sutil. De paso, esta imagen funciona como modificadora diacrítica de la imagen anterior, y el agua invisible a borbotones de sonido no nos hace pensar en un silbatazo corto y decidido, sino prolongado, como el que haría un niño que se pasara jugando largo tiempo con un gorgorito –“gorgoritear” es una licencia más que se toma el texto, y que remite al mecanismo de repetición puesto en obra por la diferencia que la lengua pone en escena en la diferencia de términos tales como correr y corretear. 

Son éstas formas plenas, habitadas de mundo. En literatura, sólo el lenguaje figurado puede ser tan directo. Aparte de que todo lenguaje es figurado, contar la acción, se sabe, implica el predominio de los verbos, pero los lingüistas saben que los verbos mismos son a veces descriptivos. Colocar algo en un lugar no es lo mismo que poner ni mirar igual que observar, ni devorar que comer: en relación con aquél este último implica cierta gestualidad y hasta ciertos instrumentos (cubiertos). Un estudio más general sobre la metaforización en El hombre de Monserrat tendría que darle un lugar preferente al maravilloso pasaje que describe los diferentes verdes del campo guatemalteco. Por nuestra parte, en la dirección que nos hemos dado en estas líneas, observaremos algunos tópicos de la obra. 
 

* 
 

Hemos visto arriba que el picoteo de las gallinas, que expresa con vivacidad la incompetencia de algunos oficinistas, tan grande que engloba la mecanografía, se repite tres veces. Señalo entre paréntesis que sólo la segunda de estas representaciones nos pone delante del empleado que utiliza la máquina de escribir (p. 80). En las otras no lo vemos, sólo lo oímos. 

Los dos dominios implicados en esta operación de lenguaje en presencia del mecanógrafo son, ambos, de carácter visual. La mención de una vieja Rémington de los años 30 le añade al tecleo del funcionario, que es fácil imaginar con dos dedos, el impacto ruidoso de los tipos en el papel. En los otros casos, el teniente se limita a oír el picoteo en cuestión, que le llega, pared de por medio, desde un cuarto vecino. Una vez más, opera la sinestesia que señalamos a propósito del gorgorito del que brota un agua invisible, con la diferencia de que, esta vez, es el dominio visual el que le da vida a la percepción auditiva, subrayando la intermitencia, la irregularidad, incluso la brusquedad inesperada, la torpeza de los movimientos, en fin, todo lo que nos regala una imagen que es buena conductora de realidad. 

Pero ahora vamos a tratar de otra insistencia, que no concierne los medios expresivos, sino ciertos tópicos que se reiteran a lo largo del relato, y que son específicos de esta obra, independientemente de que correspondan (casi siempre es el caso) a fenómenos característicos del conglomerado chapín. Elijo los siguientes (hay más, pero me quedo en éstos): 1) importancia del automóvil, 2) excesivo calor y tráfico congestionado de las calles de Guatemala, 3) superioridad del ejército sobre la policía judicial, 4) escenas de la vida privada y 5) escenas de la vida militar durante el conflicto armado. Veamos: 
 

1 

Hemos citado arriba el pasaje en que García cruza el periférico a gran velocidad y otros automovilistas lo reprenden a prolongados bocinazos.  Estas breves líneas son representativas de una actitud típica del conductor chapín, para el cual la colaboración con otros conductores que se encuentran en dificultad pasa en segundo lugar frente el afán de obligar a los demás a que se comporten correctamente, porque toda incorrección se interpreta como agresividad de tipo personal. El protagonista, actitud igualmente típica, es consciente de que aunque contraríe a los otros con esta maniobra, no va a tener ningún accidente. Poseer un vehículo que responda, como suele decirse, es una satisfacción personal, en cualquier parte del mundo. En el medio en que García se mueve, es mucho más: un bien de consumo imprescindible y un índice de prestigio social. 

Es inconcebible que un miembro de la oficialidad se desplace en transporte público desde las inmediaciones de la salida a la Antigua, donde vive el protagonista, hasta las guarniciones militares próximas a la salida al Atlántico, donde trabaja, en  el extremo opuesto de la ciudad, pero el automóvil es también un logro personal incuestionable para él, una fuente de satisfacción y hasta de placer. 

En las sesenta horas y  fracción que dura la malhadada aventura del teniente durante los tres primeros capítulos y parte del cuarto, en que lograr sacar de la ciudad a su cuñado en calidad de fugitivo, le falla todo, menos el carro. 

    Aceleró en la recta que hay entre el Tejar y la cabecera. Cien, ciento diez, ciento veinte. El carro parecía un barco anclado, balanceándose. (p. 88) 

O bien: 

    El carro se hamaqueaba en los desniveles y eso le daba a García un placer inexplicable. Manejaba con el brazo izquierdo recostado en la portezuela y tenía el timón hidráulico controlado con la punta de los dedos de la mano derecha. Estaba agarrando las curvas a ochenta y el carro ni se movía. A veces, chillaban las llantas. (p. 90) 

García detesta su barrio, la colonia 1° de julio (“colonia de fracasados”); su casa le parece insignificante y la vida hogareña y familiar lo fastidian con su rutina. Hasta su relación con su propio cuerpo se complica por la fatiga y las preocupaciones excesivas. De pronto, es su relación integral con el mundo la que no va bien. 

    El teniente García se dio cuenta de que era miércoles, de que faltaban tres días para el fin de semana, de que estaba cansado y de que no iba a hacer gran cosa en la vida (p. 75). 

Aunque demasiado apegada (innecesariamente) al estilo de García Márquez, esta escena juega un papel decisivo dentro de la economía del relato. Cuando el conflicto con la jerarquía militar aparece, es el mundo entero el que le falta bajo los pies al teniente, ya que su cortedad de visión no le permite imaginar ninguna otra clase de vida. Aun después de la expiación en la selva, el carro sigue siendo su único consuelo: 

    Sacó la palanquita del aire y la primera satisfacción del día lo invadió cuando el motor arrancó soberanamente al primer estartazo (p. 118). 

2 

La contraparte de esta realización, son los inconvenientes del tráfico que, en los trayectos del teniente llevados a la figuración por el texto, son indisociables del excesivo calor, provocado por un desarrollo urbano caótico que no ha previsto suficientes áreas verdes. 

    Al llegar a un semáforo, se estiró para sacar los anteojos oscuros de la guantera: el sol ya estaba pegando y no eran las ocho de la mañana. Así es el Valle de la Ermita. Amanece a las cinco y la niebla se levanta, sobre todo alrededor de los barrancos, y hay un frío húmedo, intenso, que hace a la gente salir para el trabajo con un suéter que dos horas después se vuelve insoportable (p. 37). 

En este pasaje, el calor es una perspectiva amenazante. En estos otros, una experiencia próxima a la alucinación: 

    A los dos de la tarde, el sol cae tan limpiamente y con tal fuerza, que casi no deja ver: todo brilla, todo refleja, todo es blanco y la blancura se mete por los ojos al cerebro y dan ganas de meterse a un cuarto oscuro y fresco y sumergirse en un sueño ligero y reposado (p. 17).3 

    […] 

    Cuando el teniente García se montó en su carro, a las tres menos cuarto de la tarde, todavía bajo el sol inclemente que lo hizo sentirse como Tío coyote, no pudo menos que reírse amargamente de sí mismo. 

Aunque el motivo de la contrariedad no es únicamente el calor, este último agrava las molestias. Cuando el calor y los embotellamientos coinciden con una urgencia apremiante, como cuando García se precipita a prestarle auxilio a su cuñado, el malestar se intensifica. El lector puede comprobar, una vez más, la reiteración de imágenes claves, como el rojo blanco solar: 

    Cuando García entró a la Doce avenida, había un tráfico para molestarse. El sol ya estaba cayendo como una palanganada de blancura, y era inútil tener las ventanillas del carro abiertas porque de todos modos se sudaba a chorros. La carrocería quemaba y de la trompa se veía salir un vaporcito que, como una lente, creaba espejismos. La fila de carros caminaba despaciosamente y, a cada esquina ganada, todo era ver si el próximo semáforo, que daba verde, amarillo, rojo, verde, amarillo, rojo y uno todavía a mitad de la cuadra, tragándose el humo negro de la camioneta que llevaba enfrente. (p. 83.) 

    […] 

    Llegar a la zona viva fue otro martirio. La cola de carros parecía ir siguiendo la procesión del Señor sepultado. Un pasito adelante, tres a los lados y otro medio paso de reculón. Al fin desembocó atrás de los Ferrocarriles. 

Y de aquí en adelante, como el lector que ha manejado en la ciudad de Guatemala puede prever por anticipado, el teniente García, como dice el texto con una hipérbole del habla popular, “volaba en la cuesta del Estadio”. El estadio por antonomasia, el Olímpico –lo que no deja de ser un pleonasmo pero que remite, in situ, a la diferencia con otro estadio, el Mateo Flores, o de la Revolución. Necesariamente, el texto será más elocuente para quien conozca el lugar en el cual ocurren, imaginariamente, las peripecias de los personajes, pero esto ocurre con todas las obras de ficción, de cualquier parte que sean. El lector no guatemalteco echará mano de su conocimiento empírico de mundo, para recrear la experiencia de los personajes que le depara el lenguaje. 

3 

El ir y venir del protagonista por la ciudad nos ofrece un mosaico de sectores sociales, con su forma de hablar, indumentaria y ocupaciones características. Un ejemplo, entre muchos posibles, de cómo el conocimiento del medio afina la recepción es aquel en que el teniente compra la prensa, sin bajarse del carro. No resisto la tentación de establecer un paralelo con un pasaje de una de las novelas del ciclo que he caracterizado en otra parte como el de las “autobiografeas de los guatemalpoetas”, para ilustrar la ósmosis del medio y el texto, que acabo de mencionar. 

El protagonista de Al pie de la colina, necesariamente escritor y como tal no menos necesariamente de izquierda, y que, dados sus modestos ingresos, se desplaza, a diferencia de García, en transporte colectivo, monologa en una esquina mientras espera el autobús (la camioneta, decimos allá) cuando un voceador le propone los diarios de la mañana: 

    –¡Prensa Libre de hoy, Prensa Libre! –vocea un chiquillo. Me le quedo viendo..

    –¿Quiere la Prensa Libre, don?

    –¿El Gráfico, no tenés?

    –No.

    –Dame aunque sea la Prensa, pues. 

La preferencia por el Gráfico se explica no porque este diario fuera precisamente de izquierda, aunque comparado con Prensa Libre resultaba mucho menos a la derecha, pero esto no lo especifica el texto. García, en la misma circunstancia, compra el periódico, aprovechando la lentitud del tráfico, y su elección es, lógicamente, la opuesta. 

    En el semáforo del Parque Morazán comenzaba la cola de carros. Dos voceadores vendían los periódicos. Le hizo señas a uno. El hombre pegó una carrerita, con el bulto de periódicos bajo el brazo. 

    –¿Prensa, Gráfico? –le preguntó. 

    –Dame la Prensa –le dijo, mientras, apoyado en el pedal del freno, se arqueaba para registrarse las bolsas en busca de los veinticinco centavos (p. 38)4. 

Escenas realmente memorables en El hombre de Monserrat son aquellas en que un limpiabotas le lustra los zapatos a un policía judicial, o la que pone en juego las relación de superioridad del teniente con el soldado que maneja con brusquedad un vehículo militar “resorteándole los riñones” al primero, que lo reprende con una grosería aceptada y consentida por el último, aunque no sin cierta taimada insistencia en el error. Pero el tópico que hemos decidido observar es la conciencia de superioridad que un miembro del ejército experimenta, de manera natural, en relación con otros gremios del aparato represivo, especialmente la policía judicial. Los pasajes dedicados por El hombre de Monserrat a este sector de la zoopolítica guatemalteca son tan elocuentes que podemos pasar por alto nuestros comentarios, limitándonos a reunir la muestra en dos rubros: uno dedicado al aspecto físico de los policías de civil, y el otro al de la reacción indignada del teniente, por los contratiempos que le provocan aquéllos en su infortunada aventura. 

Aspecto físico de los judiciales (y sus instalaciones): 

    La sede de la policía era un edificio chato, de un piso y de color verde acuoso descuidado, como el de un trapo percudido. […]  En los alrededores pululaban los orejas. Eran bajos o altos, siempre gordos, siempre con las camisas desbordando por sobre el cincho, siempre con los botones desabotonados, siempre con alguna mancha de grasa o de tomate vagando por el saco, siempre con bigotones peludos y rotundos sobre la geta gruesa, o sin bigotes con los dientes separados y amarillos, escupidores de chisguetazo certero, siempre nalgones que se esculcaban la entrepierna para acomodarse lo que les incomodaba, siempre altaneros, siempre ladinos, siempre lamidos. (p. 57) 

    * 

    […] Chus Matamoros, jefe de la Policía Judicial […] Era alto, blancote y entre gordo y robusto. Un semejante bigote parecía pender de la nariz chata, un bigote como brocha gorda sobre los labios gordos, entre dos cachetes gordos con un lunarazo de chicharrón con pelos a la derecha. […] El traje del jefe de la judicial era de tela barata, cien por ciento poliéster de color marrón, con rayitas doradas, de esos que cuando hay calor hierve y, cuando frío, congela. El sastre había puesto su granito de arena y el saco parecía desmedidamente corto como para tapar el culón empistolado del jefe. (p. 64).  

Sentimiento de superioridad del protagonista: 

    ¿De cuándo acá un piche oreja le iba a pedir identificarse? (p. 13) 

    * 

    El oreja metió retroceso. García ya estaba al lado del jeep y, con decisión, aferró la manija de la portezuela y la abrió. El oreja metió primera y salió con chillido de llantas, batiendo la puerta como ala de mariposa desvencijada. Unos metros más adelante frenó, cerró la puerta y desapareció, siempre con gran escándalo, en la esquina siguiente. 

    El teniente Carlos García se quedó con cara de estúpido en medio de la calle, queriendo decirle que le debía hablar. “Ve qué hijo de la gran puta”, pensó mientras regresaba (p. 62). 

    * 

    –¿Documentos? –el jefe de los patrulleros tenía planta de haber dejado el azadón a la vuelta de la esquina. “Pobre pisado”, lo compadeció García. Sin dignarse a contestarle, le mostró el carnet del ejército (p. 88). 

Hemos pasado por alto todas las sutilezas de los diálogos entre el jefe de la policía judicial, Chus Matamoros, y el teniente, para no alargar demasiado las citas, pero señalo la tensión que le provoca a García sentir que pertenece a una institución que él estima de élite, en contraste la que dirige su interlocutor, y la posición de este último, superior en la jerarquía, frente al rango menor que él mismo ocupa en el ejército. Una contradicción insidiosa. 

    –No se sulfure, mi teniente, que todo tiene sus asigunes. 

    –Nada de asigunes. Con el ejército no valen razones, señor. Usté tenía una orden y si la cumple, la cumple. Si no la cumple, allá usted (p. 66)5. 

 

 

4 

Dejaremos también de lado las pequeñas satisfacciones de la vida hogareña como la cocina local, el trago en los periodos de descanso y otros detalles, para observar, de este conjunto, los sueños, frecuentes en el personaje, y que la escritura lleva a la figuración con excelencia. 

    Aun estaba despierto. Se desembarazó de su mujer que, dócilmente, sin despertar, se acurrucó del otro lado de la cama, y se encogió en la parte del colchón que le tocaba. De repente, García se encontró jugando fútbol en los campos del Santa Cecilia. El gordo Juanito era el portero y estaba vestido de pashama. García Aguirre, que siempre jugó de interior izquierdo, le hizo un pase. […]  Juanito se le abalanzaba y la bola seguía allí, casi al alcance. “¡Movete, vos, pisado!” le gritó Álvarez desde atrás. Pero como las piernas no daban de sí, le lanzó una manotada al gordo. 

    –¿Qué estás soñando? –le preguntó su mujer. 

    […] 

    El gallo de los vecinos cantó a destiempo. Oyó, mucho más lejos, otro tiroteo. De nuevo, una sirena rasgó el  aire.  Se acordó de la época en que todos esos ruidos despertaban a su mujer y no la dejaban dormir. Ahora sólo la asustaban los temblores. 

    Y estaba por acordarse del terremoto cuando se encontró de nuevo en los campos del Santa Cecilia, corriendo hacia la portería con la bola entre los pies, casi sobre la línea de córner. Lanzó un cañonazo al centro y la bola se fue, se fue, se fue, se perdió con el aire y la conciencia. Estaba profundamente dormido. (pp. 35-36) 
     

* 

De nuevo soñando, en otra ocasión: 

    García le dijo a su mujer: “Nos robó como mil quetzales. Pensá vos todo lo que hubiéramos podido comprar con eso”. 

    Despertó. Su mujer ya no lloraba, sino que respiraba profundamente dormida. García se volteó para el otro lado. “La voy a dejar dormir”, se dijo. Su madre, con la que estaba platicando desde hacía rato lo regañó: “Dejala dormir, mijo. No hay nada mejor que el sueño para las penas”. Pero ya no estaba con ella, sino otra vez jugando fútbol con Juanito y sus amigos de la cuadra. Alguien le pegó una gran patada a la pelota, la cual pasó por encima del campanario y se perdió entre el barranco (p. 73). 

Habría sido mejor que se perdiera entre las nubes, o en algún otro lugar imposible, como sucede magistralmente en el pasaje anterior, que subraya con este recurso lo onírico de la escena. En todo caso, sólo el lenguaje propiamente dicho (palabras) tiene la capacidad de recrear las transiciones de la conciencia del estado de vigilia al de duermevela y de éste a los sueños, gracias a la ambigüedad que se le puede dar al referente. Por el contrario… 

    5 

… en las peripecias militares, las intuiciones que posibilitan el relato conllevarían cierto desajuste con este tipo de experiencia en la realidad. Poco importa, el lector se figura estas escenas con intensidad y las vive (imaginariamente, por fortuna) gracias a la eficacia del texto. 

No puedo evitar una digresión sobre el realismo narrativo, para la mejor comprensión de lo que sigue. Francisco Rico, el gran erudito español al que le debemos una formidable reconstitución histórica de las referencias implícitas en el Quijote que han perdido vigencia, argumentó, de pasada, en un artículo publicado en Babelia, el realismo de la obra, que la aventura del ingenioso hidalgo no habría pasado de las primeras horas (o días, poco importa) sin que la Santa Hermandad, advertida por el escándalo que andaba haciendo Quijano, habría salido a aprehenderlo y encerrado de inmediato. El razonamiento es impecable, pero no para cuestionar el realismo de la obra, sino para iluminar la naturaleza de todo realismo, que pasa por alto este tipo de verosimilitud. Igual podríamos decir, hablando de la obra de un contemporáneo, que no es lógico que en un colegio administrado por hermanos maristas se instale, contigua al patio de recreo de los alumnos, una perrera con una fiera encerrada. Pero el realismo de este relato (Los cachorros) no descansa en la justificación interna de esta situación, que habría estado de más en la economía de la obra. El lector acepta esta coincidencia con los ojos cerrados, al contrario de lo que haría con una crónica de prensa, en que tal descuido lo llamaría a la indignación. La famosa “suspensión voluntaria de la incredulidad” de que hablaba Coleridge para la ficción, quiere que estas cuestiones se acepten como verdades de hecho en el universo de ficción y que el realismo concierna otras dimensiones textuales, como para el caso que le desventurado destino del personaje se inscriba en el machismo típico latinoamericano, y hasta en detalles como que el perro enjaulado tenga como sobrenombre Judas, lo que resulta coherente con el medio religioso. El Quijote, su parte, es realista gracias a su recreación de la vida popular de la España empobrecida que recorren los personajes, y que era como la otra cara, interior, del imperio donde no se ponía el sol. Termino mi digresión: no me interesa defender determinado realismo (habría muchos), ni menos aún proponer una definición escolar del término, sino recordar el principio de Coleridge, a fin de ilustrar el caso de El hombre de Monserrat. 

Dante Liano no es un experto en cuestiones militares –felizmente para él- y su novela hasta donde yo, que tampoco lo soy, alcanzo a examinar este aspecto, lo deja ver. Encuentro irreprochable la “fila interminable de camiones verde-olivo” que todos los ciudadanos hemos visto alguna vez por las calles de Guatemala, y no menos la observación “pura película de la Segunda Guerra Mundial”, que pone en escena lo anticuado del armamento y el aparato desmesurado para ir a reprimir un foco urbano de la insurrección, en el pasaje concerniente, con otros muchos detalles por el estilo (p. 42 y subs.), porque corresponden a sensaciones del hombre de la calle, frente a estos fenómenos. En cambio, “el desgranarse de unas ametralladoras” que el teniente escucha por la noche (p. 35), como nos ocurría a los infortunados chapines de aquella época, me parece cuestionable en términos técnicos, pero funciona perfectamente para recrear la vivencia del lector gracias a una serie de eslabones metafóricos. Me explico. 

Las ametralladoras que se solían escuchar, generalmente por las noches, no eran las implantadas en el terreno (ametralladoras de pie), sino las llamadas ligeras, de asalto, cuyo dispositivo para disparar ráfagas no moviliza en la evocación sensible algo que se desgrana. Se desgranan las fajas de tiros de las otras, las pesadas, las de pie, en los modelos anticuados, y hay en esto otra transposición de lo visual a la intermitencia del sonido, a lo cual vienen a sobreponerse las hileras de cohetillos que el pueblo llama, justamente, con una metonimia, ametralladoras. Ningún experto militar de aquélla ni de ninguna otra época confundiría, por el estampido, tiros y cohetillos. Muchos civiles de aquella época, que también se había habituado a la diferencia, se sobresaltaban, no obstante, con los cohetillos con que algunos malvados perturbaban el silencio nocturno. 

En realidad, los civiles que no tenemos (ni nos interesa tener) entrenamiento militar asociamos las armas a los fuegos de artificio, y algo de esto sucede, si no estoy equivocado, en el empleo de morteros en el asalto al resguardo guerrillero urbano, pp. 49/55 de El hombre de Monserrat. Es preciosa la descripción del sonido súbito (“en estampida”) y el silbido (“semejante al que lanza un amigo a otro desde el fondo de un barranco”) que prosigue al “golpe inicial”. El texto ha introducido, para esta descripción, la mención explícita de “los fuegos de artificio en las ferias” (p. 49) Nótese que ningún amigo le lanza a otro un silbido. Hay silbidos reprobatorios, sin duda, que son como un tiro al aire, de advertencia, si bien menos intimidantes, pero ocurren entre desconocidos. 

La capacidad descriptiva de Liano alcanza un nivel óptimo sobre todo cuando pone en relación los disparos del mortero con el efecto que producen: “Como si no tuvieran nada que ver con todo el artificio de ruidos, pequeñas nubes de humo se comenzaron a levantar del jardín” (p. 49), pero la escritura se ha deslizado sutilmente del plano evocado al evocador y sucede aquí como en esa descripción irónica de Robbe-Grillet en que el asa de una tetera es caracterizada pro su forma de oreja, de la cual se nos dice, andando la descripción, que tiene forma de asa de tetera. Golpe, silbido e inesperada nubecilla en la distancia -faltaría sólo el estruendo que sigue a la aparición de la nubecilla y el eco repetido en las montañas y estaríamos en una las cumbres del lago de Atitlán contemplando la fiesta de alguna comunidad lejana, en los confines del lago. 

Estos recursos revelan lo que es propio de un magnífico narrador que se documenta, sí, pero no encuentra trabas en tecnicismos inútiles y, sobre todo, que le deja libre curso a su imaginación hablante, lo suficientemente elocuente para darle vida a lo que relata. Los pasajes de la guerra en la selva son, en este sentido, ejemplares, más aún que los de la ciudad. Es posible que haya un eco de la literatura en la frase que abre la división 7 del capítulo V y es, al mismo tiempo, un sumario de la masacre de la división 6: “Porque matar gente cansa” (p. 105). En El hombre, uno de los cuentos más crueles de El llano en llamas, se lee “Cuesta trabajo matar”. Ahora bien, si esta transposición inconsciente hubiera ocurrido, sería irrelevante: el cansancio del teniente no es psico-físico, como el del personaje de Rulfo, sino de mera rutina, de brutal insensibilidad protegida por las instituciones y cuya mala conciencia es compensada por el racismo. 

El fuego cruzado de dos contingentes enemigos que se enfrentan en la oscuridad no va a evocar, esta vez, la cohetería, sino, por su intensidad, un chaparrón sobre techo de lámina” (p. 108), como especifica el texto, “con granizo” (id.). Es verdad que la lluvia “ametralla” los techos de láminas de zinc en el trópico. Es propio de la imagen no agotar los contextos puestos en relación sino crear un campo de interacción pertinente y el rasgo elegido aquí, la frecuencia y la cantidad de los impactos, basta para conseguir lo que se busca. Los monos, por su parte, sorprendidos en los árboles con las explosiones de las granadas, se derrumban y el texto recrea onomatopéyicamente hasta el golpe de los cuerpos inertes en el suelo (p. 107). Es posible contestar todo esto desde el punto de vista de la comparación término a término entre lo real y lo figurado por el lenguaje, pero también ocioso. 

No existen hormigas de tipo marabunta en la selva de Guatemala, ya para terminar. Pero si existieran, no serían tan auténticas ni tan guatemaltecas como las de El hombre de Monserrat. 
 

Notas:


1. El empleo del apellido materno data del periodo liberal, según nos explica César Brañas en su libro sobre Juan Diéguez Olaverri, conocido por los conservadores como Juan Diéguez, a secas. Otro tanto ocurre con José Batres Montúfar, llamado, en vida, con el solo apellido paterno, José Batres.
2. Guatemaltequismo por “silbato”, de policía, cuyo sonido es afectado por la vibración de un dispositivo metálico.
3. García, por supuesto, llega a este lugar en carro, como muestra la frase que prosigue a las que transcribimos: “El teniente García entró al parqueo del comercial Montúfar”.
4. No estoy hablando aquí de la influncia de una obra en otra, sino de la permeabilidad del contexto en ambas. Ahora bien, se le debe al autor de Al pie de la colina otra novela, La muerte en si menor, que tiene como protagonista a un teniente investigador cuya solución de un caso lo lleva, también a él, a un conflicto político. Como la publicación de esta última coincide, y quizás hasta se adelanta a la de El hombre de Monserrat aparecida en Aldus, debo ser categórico al afirmar que el autor de La muerte en si menor forma parte del pequeño círculo de amigos que leyeron el manuscrito de Liano, como ya he contado, en París, algunos años antes de su primera publicación. Si influencia hay, en este otro caso, va del escritor más joven al de edad más avanzada y, eventualmente, del que publica con posteriodad al que lo precede.
5. No he hecho mucho énfasis, simplemente porque no es posible decirlo todo, en el humor exquisito de El hombre de Monserrat, presente sobre todo en los diálogos directos. El tema que estoy tratando, de la superioridad del ejército, a juicio de esta misma institución, sobre todas las otras en el país, se juega sobre todo en la conversación que el general Vargas intercambia con García, cuando le comunica la sanción de que va aser objeto. Vargas hace sólo una salvedad, la de la jerarquía eclesiástica, por la que siente a la vez antipatía y admiración. Los adjetivos que vehiculan, en su boca, esta actitud paradójica, son memorables: “¡Sotanudos, intrigantes, plirazos!” Inevitablemente, vuelvo a evocar, a propósito del último, Al pie de la colina, en que el auto-héroe poeta especula a propósito de la diferencia entre dos aumentativos: choferazo y choferote. Lo pintoresco del que utiliza Vargas está en la amalgama de la connotación denigrante y el sufijo de reconocimiento, exaltativo, a su pesar.

      José Mejía

      París, mayo del 2006.

 

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Última revisión: 26/03/06
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