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NARRATIVA CONTEMPORÁNEA DANTE LIANO por José Mejía |
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| El hombre de Monserrat (Dante
Liano, Madrid, Martínez Roca, 2005 –para la última edición, que omite
la mención de la primera: México, Aldus, 1993, a su vez tardía con relación
al manuscrito que circuló, con pocas variantes, a mediados de los ochentas,
entre algunos amigos del escritor radicados en París)– invita a someter
al análisis crítico cuestiones tan decisivas como la empatía
que un personaje totalmente negativo, para el caso un criminal político,
es susceptible de provocar en el lector, empatía que no tiene nada que
ver con la simpatía o la antipatía que experimentamos por las personas
en el mundo real. He podido constatar, en algunos lectores, cierta resistencia
a jugar el juego de la imaginación al confundir lo real con lo ficticio.
No menos curioso resulta el manejo de la intriga, sobre el cual voy
a adelantar algunas observaciones, para volver a aquella dificultad. La historia ocurre en el contexto
de la guerra civil guatemalteca de hace algunos años y relata, por lo
esencial, los inconvenientes a los que un miembro de la inteligencia
militar, el teniente García, principal personaje del relato, se expone,
para salvarle la vida a su cuñado, un estudiante de derecho comprometido
en la lucha guerrillera. Imbricado con este acontecer se desarrolla
otro, en torno a un cadáver encontrado por el primero en la carretera
Roosevelt, a la altura de la Colonia Monserrat (de ahí el nombre de
la novela, que no es un gran acierto), el cual da lugar a una investigación
del protagonista o, lo que es lo mismo, al relato en términos de thriller
o polar –vamos, para decirlo en español, de novela de enigma
policiaco– práctica asumida por Liano con mucha ironía y humor. La intriga, que puede jugar un
papel importante en toda clase de novela, sería, por definición aún
más que por tradición, el modus operandi mismo del género policiaco.
En el manejo de aquélla, la norma parece consistir en que cada respuesta
parcial abra nuevas interrogantes, hasta la solución final, inesperada.
En El hombre de Monserrat ocurre todo esto, pero de manera totalmente
irregular. En efecto, las etapas en la solución
del enigma no constituyen en esta obra una progresión, sino otras tantas
versiones contradictorias, creídas por el investigador, y por el lector,
que no dispone de indicios suficientes para determinar su carácter erróneo,
hasta que son desautorizadas por nuevas revelaciones de una historia
intrincada. La investigación no parece ir resolviendo sino más creando
el enigma, irónicamente. Nada ilustra mejor esto último que el hecho
de dejar la solución definitiva para el epílogo, cuando ya no provoca
en el protagonista verdadero interés, sino mera curiosidad. El conflicto
entre el teniente García y el sistema al que sirve, verdadero móvil
del relato, ha tenido ya su clímax y su desenlace en el quinto y último
capítulo, cuando se castiga al personaje enviándolo a combatir las guerrillas
en el área rural. La verdadera trama de la novela se da en este nivel,
y la conciencia del personaje, completamente obtusa e insensible a los
gravísimos problemas de la guerra y del país ilustra, por oposición,
la del escritor, así como la falta de humor de Don Quijote expresa,
entre tantas otras cosas, el humor de Cervantes. La posición política del novelista,
en este sentido, es inequívoca, y la ficción se basta a sí misma para
fustigar un aparato represivo abominable, sin un discurso ideológico
de apoyo, ni idealizaciones de encargo a favor de la subversión, que
se mantiene a distancia. El thriller político de Liano no demuestra,
literalmente, nada. O, si se prefiere esta otra formulación, demuestra
todo lo que quiere gracias a (y sólo gracias a) lo que muestra. Si le agregamos a esto que
lo que un novelista muestra depende de cómo lo muestre, estamos en el
meollo de la cuestión. El costo más alto, en el mal negocio que ha sido
según el propio personaje, su vida, es la degradación total a que lo
conduce la guerra en “el área”, como se le llama, en la novela, a la
región selvática guatemalteca donde ocurrieron las masacres monstruosas
de finales de los años setentas y principios de los ochentas del siglo
pasado. En cuanto a la vida de la narración,
está íntimamente ligado al entronque del estilo con el habla guatemalteca
popular urbana. Esta aseveración nos obliga a dejar el carácter panorámico
de estas primeras observaciones, para ir al detalle, que se juega a
la escala de la frase. * Comenzaré por llamar la atención
sobre un rasgo singular del estilo de Liano, a saber, el empleo de prosaísmos
con hábiles construcciones metafóricas. En los enunciados que vamos
a observar, Liano exalta lo popular, pero no se queda sólo en esto.
Su manera de hacerlo echa mano de lo común y corriente, de objetos,
fenómenos y situaciones de la vida cotidiana, ordinaria, a los
que no solemos concederles una naturaleza digna de la literatura, si
me puedo expresar así. Para mejor situar el dominio de
lo representable de esta manera, debemos comenzar por descartar del
mismo todo lo rural de tipo folk, impregnado, a los ojos del
citadino que le descubre, movida por una aprehensión estética, cierta
nobleza, cuya legitimidad no ponemos en duda. En efecto, al sacar de
la órbita de lo habitual algunos objetos que son, para el campesino,
primordialmente utilitarios, como ocurre con algunos útiles artesanales,
el hombre de la ciudad les confiere (les devuelve) valor artístico,
y no será cuestión de examinar esta actitud en términos del fetichismo
propuesto por una aproximación superficial del marxismo, de moda hace
unas décadas. Toda perspectiva de extrañamiento favorece la recepción
artística, por el hecho mismo de sacar a la sensibilidad de la rutina. Pero son justamente los objetos
rutinarios del habitante de la ciudad, por lo demás industriales y no
artesanales, los que van a entrar en el paisaje lleno de vivacidad que
Liano nos ofrece en su novela. Elijo dos de ellos, entre muchos otros:
un alka seltzer que se disuelve en un vaso de agua, y una llanta de
carro, como decimos en Guatemala, ponchada, que se desinfla. Y he aquí
que la mirada penetrante del escritor los asocia y la mención meramente
nocional o pragmática, que constituye la rutina de la comunicación con
palabras, le cede lugar a esta cuasi-percepción sensible: Fue a la cocina. Llenó un vaso
con agua y dejó caer un Alka Seltzer. Al impacto con el agua, la pastilla
dejó salir un ruido como de llanta desinflada. (p. 35) La sensación común auditiva, además
de su precisa sutileza, obra como el detonador de una interacción de
contextos mucho más amplia: sabemos que el aire es expulsado con violencia
por un agujero muy pequeño en el caso de llanta, y lo tenemos presente,
aun si no lo podemos ver en el caso real, lo que nos lleva, en la reconstrucción
imaginaria que nos ofrece el texto, a asociar aquella imagen con las
bruscas hileras de burbujas, provocadas por la efervescencia de la pastilla.
Es ésta una de esas imágenes que parecen devolverle al elemento imaginado
(el tema, presente delante de “los ojos de la imaginación”) los
atributos que le presta el elemento imaginante, ausente, de manera
paradójica, de la representación del objeto. Representación representante
y no representada, para decirlo con una fórmula próxima a la de Spinoza.
Sin duda, un alka seltzer que se disuelve no es ninguna percepción apasionante,
y lo mismo cabe decir de la llanta prosaica que se desinfla, pero la
prosa de Liano, al relacionarlos, les confiere una vivacidad y hasta
una novedad sorprendentes. Otro ejemplo: García va en carro
y debe atravesar, como nos ha ocurrido a muchos en la capital de Guatemala,
una vía de alta velocidad, aprovechando una pausa instantánea en la
circulación acelerada de los vehículos. Así lo hace y los automovilistas,
obligados a disminuir precipitadamente la velocidad y a modificar, dentro
de lo que cabe, la trayectoria, en previsión de un impacto, lo reprenden,
contrariados, a largos bocinazos: Atravesó el periférico a toda
velocidad. Los carros lo rozaban dejando tras sí el brochazo de la
bocina (p. 37). Una serie de bocinazos no basta.
Mantener el claxon sonando sin interrupción expresa mejor el enojo pero
la velocidad precipita el sonido hacia la extinción y nada figura mejor
esto que el largo brochazo, no de pintor, necesariamente de albañil,
hasta donde las posibilidades del cuerpo se lo permiten al operario,
o pintor de brocha gorda, como le decimos en Guatemala, para diferenciarlo
del artista. Una vez más, el plano imaginante, la brocha ancha pasando
por la pared, es por completo trivial. Tal vez no lo sea jugarse la
vida en el periférico, pero se ha vuelto un hábito del conductor chapín. En la carretera, donde el protagonista
abusa una vez más de la potencia de su vehículo, un bocinazo, frontal
esta vez, va extinguirse en seguida a su espalda, casi deformado por
el alejamiento instantáneo: Por un pelo y no se chocan [García
y su acompañante] con un carro que venía en sentido contrario y se
llevó, como un pañuelo al viento, el bocinazo de la protesta (p. 87). Obsérvese el no expletivo,
que el pueblo utiliza en este tipo de construcciones, donde algo ha
estado a punto de ocurrir, y aunque no sucedió casi lo hace,
proximidad figurada por un cabello, límite de salvación casi
imperceptible pero concreto, físico. Dante, aquí, se sirve de la imaginación
anónima colectiva de manera directa, mientras otra certera imagen de
su invención completa la escena. Según un tópico de la expresión
culta, la sencillez es compatible con los sentimientos elevados. Piénsese
en Luis Alfredo Arango, o en Rafael Arévalo Martínez, dentro de la tradición
guatemalteca. No resisto recordar, del último, su famoso “le basé la
mano y olía a jabón / yo llevé la mía junto al corazón”, en que la pureza,
limítrofe de la cursilería, gana lo sublime, alejándose de cualquier
desvío paródico. Pues bien, en el estilo imaginante que estamos observando
lo sublime, puro impuro, poco importa, no tiene lugar, como tampoco
cabe en él ningún exceso tremendista, delirante o lo que sea. Cierto
mal gusto, inclusive, inherente a este tipo de representación, evita
lo grotesco, que es ya un refinamiento estéticista, para mantenerse
en el ámbito de lo ordinario. Así, cuando el teniente retrocede en el
garage de su casa, el mecanismo perfectamente regulado del motor, que
le provoca tanto placer como satisfacción, produce, al acelerar, un
sonido semejante al de una rueda de Chicago que cobra impulso (“que
comienza a agarrar aviada”, p. 119). Encuentro pocos antecedentes de
este feísmo deliberado en la tradición, salvo Asturias, en la
guatemalteca (quien, por supuesto, no se limita a este rasgo, sino lo
prodiga entre muchísimos otros de su espléndida prosa). No pienso buscar,
por ahora, más allá, y me voy a conformar con dos ejemplos de Hombres
de Maíz. En la peluquería de don Trinidad Estrada de León Morales,
nombre que es ya por sí mismo una joya, habida cuenta de que los propietarios
de estos comercio solían pregonar sus nombres y apellidos completos1
para evitar homónimos, en el exterior del establecimiento, Hilario se
hace cortar el cabello, en medio de una nutrida conversación con don
Trinis, diminutivo más apropiado para darle la singularidad que buscan
los dos apellidos ostentosamente estampados en la pared. Los mechones
de pelo, dice el texto, van cayendo al piso “como carne de coco negra”.
Quien conozca la pulpa de este fruto, blanquísima, y la haya comido,
queda maravillado por este acercamiento entre los haces compactos de
cabello humedecido, ostensibles en el piso, y las porciones curvas de
pulpa cortadas con una cucharita, indispensable para ingerir este manjar
de pobre. El contraste de extrema negrura con blancura no menos extrema
no hace sino fijar aún más el parecido de la forma, como sucede con
el negativo de una fotografía. La carne de coco cruda no es una
exquisitez culinaria y es difícil encontrar algo más prosaico que los
desechos del oficio de peluquería, pero la relación con la familia de
expresiones de Liano que estoy estudiando sería fortuita, si no fuera
porque el ejemplo está tomado de un pasaje de Hombres de Maíz
que privilegia lo común y corriente de la vida ordinaria. Indio por
decisión propia, y no por fatalidad étnica o condición socioeconómica,
el ego scriptor le restituye a sus héroes trágicos en otros capítulos
una dimensión imaginaria que remonta a la tradición prehispánica, pero
cuando abandonan, como en éste, su habitat de la alta montaña
y visitan la capital, los mitos se desvanecen. Personajes como
Benito Ramos, dotado del don de la invisibilidad en sus correrías con
la montada, y al que el demonio le enciende los cigarrillos de tusa,
o Hilario Sacayón, contador popular legendario, pierden su aureola y
deambulan por pensiones de ínfima categoría, venidos a menos, aquél
aquejado por la vejez y la hernia, dedicado a vender “maíz en red” como
medio de sobrevivencia, y éste inadaptado, ejecutando a disgusto las
mil peripecias insignificantes a que lo obliga la comisión que lo trae
a la capital. En estas circunstancias, la prosa majestuosa del gran
poeta narrador sigue prodigando sus milagros de estilo, pero ya no a
propósito de un universo de belleza arrebatadora, sino de una realidad
ordinaria. Por supuesto, la ciudad que visita
Sacayón no está llena de supermercados, ni envuelta en una nube permanente
de smog. Aquella en la que circula el teniente García, por su
parte, no prodiga ciudadanos a caballo por calles empedradas. Ahora
bien, ambas están penetradas por lo rural de sus épocas respectivas
y cierto mal gusto macrocefálico las caracteriza por igual. Paso por
alto este tema y prosigo con el que estoy tratando primordialmente en
estas líneas. Este vector de figuración de lo
pedestre, en El hombre de Monserrat, es coherente con la visión
de mundo del protagonista, que no tiene demasiados vuelos. En lugar
del estilo indirecto libre, lenguaje, como suele llamársele, de narrador,
con punto de vista y ecos imitativos de palabra de personaje, y que
también existe en la obra, pero en un margen más reducido, estas construcciones
favorecen la presencia una psicología social, en que se reconocen varios
sectores de clase media, y no sólo los militares: –Simón –afirmó el camarón. (p.
84) La rima no constituye, en sí misma,
ningún aporte estilístico de autor en esta línea, que es la cita de
un dicharacho juvenil de la época. Lo que resulta realmente gracioso
es la distribución de esta cita en dos registros narrativos: la voz
del relato (sin identificación interna dentro de la ficción) y la del
personaje que exclama, en lugar de “sí”, “Simón”, un limpiador
de carros que copia, a su vez, el habla de los estudiantes. La voz
narrativa recupera, si cabe expresarse así, el estilo del personaje
en cuestión y le aplica, en el sintagma narrativo que identifica al
hablante, el mismo procedimiento denominativo deformante, como una suerte
de rebote polifónico. Nada más alejado de un lirismo parasitario, ornamental, que este lenguaje certero que suprime, entre otras cosas, la oposición escolar entre los tipos de discurso propios del relato (acción contada) y los de la descripción. El tecleo de las máquinas de escribir, por ejemplo, evoca el picoteo de las gallinas. Esta asociación, reiterada (pp. 41, 80 y 83), supone la existencia de material vetusto, como de funcionarios cuasi-analfabetas, que tienen dificultad en encontrar las palabras adecuadas para redactar un documento y hasta los caracteres para conformar aquéllas. La vivacidad descriptiva y la eficacia en el contar trabajen conjuntamente en estas operaciones y lo hacen de manera lacónica. Lo mismo cabe decir de la “tierrita de desconsuelo” (p. 35) del mejoral que conlleva no sólo el sabor del medicamento, sino de las vicisitudes de la existencia, y una resonancia del habla de la clase media de al ciudad, o bien de la “sonrisa sanforizada” (p. 85) de un funcionario del orden público, obligado a rechazar la propuesta de un colega, o del “beso de papel secante” (p. 118), para salir del paso en la despedida cotidiana de rutina entre casados, cuando el protagonista se va por la mañana a su trabajo. . He dejado para el final de este
breve recuento la que es, para mi gusto, la más sorprendente de estas
figuraciones. Había un patio con plantas, en
cuyo centro una fuente gorgoriteaba su chorrito medio tuberculoso.
(p. 58) El chorro de agua provoca dos metáforas,
de las cuales sólo la primera se ajusta, parcialmente, al fenómeno que
estamos considerando. Veamos: el sonido del gorgorito2 escapa
atropelladamente, a la manera como sale el agua del caño, a borbollones,
cuando el caudal, escaso, se mezcla con aire. No oímos el gorgorito
en esta representación del texto, lo vemos o, si se prefiere, lo oímos
en silencio. Ahora bien, si un gorgorito puede ser considerado como
una de esas realidades banales que caracterizan el objeto de nuestro
estudio, el chorro de la fuente escapa a esta categoría El agua es común
pero es fascinante como materia. En cuanto a la segunda figuración,
es de notar su arraigo popular. Las prosopopeyas no son del dominio
exclusivo de la literatura; el habla corriente las prodiga con mucha
frecuencia, en calificativos tales como “flacucho”, “raquítico”, “esmirriado”,
etc., atribuidos a objetos inanimados. Dentro de esta gama, el rasgo
elegido por el escritor (“medio tuberculoso”) es, sin embargo, tan original
como sutil. De paso, esta imagen funciona como modificadora diacrítica
de la imagen anterior, y el agua invisible a borbotones de sonido no
nos hace pensar en un silbatazo corto y decidido, sino prolongado, como
el que haría un niño que se pasara jugando largo tiempo con un gorgorito
–“gorgoritear” es una licencia más que se toma el texto, y que remite
al mecanismo de repetición puesto en obra por la diferencia que la lengua
pone en escena en la diferencia de términos tales como correr
y corretear. Son éstas formas plenas, habitadas
de mundo. En literatura, sólo el lenguaje figurado puede ser tan directo.
Aparte de que todo lenguaje es figurado, contar la acción, se sabe,
implica el predominio de los verbos, pero los lingüistas saben que los
verbos mismos son a veces descriptivos. Colocar algo en un lugar
no es lo mismo que poner ni mirar igual que observar,
ni devorar que comer: en relación con aquél este último
implica cierta gestualidad y hasta ciertos instrumentos (cubiertos).
Un estudio más general sobre la metaforización en El hombre de Monserrat
tendría que darle un lugar preferente al maravilloso pasaje que describe
los diferentes verdes del campo guatemalteco. Por nuestra parte, en
la dirección que nos hemos dado en estas líneas, observaremos algunos
tópicos de la obra. * Hemos visto arriba que el picoteo
de las gallinas, que expresa con vivacidad la incompetencia de algunos
oficinistas, tan grande que engloba la mecanografía, se repite tres
veces. Señalo entre paréntesis que sólo la segunda de estas representaciones
nos pone delante del empleado que utiliza la máquina de escribir (p.
80). En las otras no lo vemos, sólo lo oímos. Los dos dominios implicados en
esta operación de lenguaje en presencia del mecanógrafo son, ambos,
de carácter visual. La mención de una vieja Rémington de los años 30
le añade al tecleo del funcionario, que es fácil imaginar con dos dedos,
el impacto ruidoso de los tipos en el papel. En los otros casos, el
teniente se limita a oír el picoteo en cuestión,
que le llega, pared de por medio, desde un cuarto vecino. Una vez más,
opera la sinestesia que señalamos a propósito del gorgorito del que
brota un agua invisible, con la diferencia de que, esta vez, es el dominio
visual el que le da vida a la percepción auditiva, subrayando la intermitencia,
la irregularidad, incluso la brusquedad inesperada, la torpeza de los
movimientos, en fin, todo lo que nos regala una imagen que es buena
conductora de realidad. Pero ahora vamos a tratar de otra
insistencia, que no concierne los medios expresivos, sino ciertos tópicos
que se reiteran a lo largo del relato, y que son específicos de esta
obra, independientemente de que correspondan (casi siempre es el caso)
a fenómenos característicos del conglomerado chapín. Elijo los siguientes
(hay más, pero me quedo en éstos): 1) importancia del automóvil, 2)
excesivo calor y tráfico congestionado de las calles de Guatemala, 3)
superioridad del ejército sobre la policía judicial, 4) escenas de la
vida privada y 5) escenas de la vida militar durante el conflicto armado.
Veamos: 1 Hemos citado arriba el pasaje en
que García cruza el periférico a gran velocidad y otros automovilistas
lo reprenden a prolongados bocinazos. Estas breves líneas son
representativas de una actitud típica del conductor chapín, para el
cual la colaboración con otros conductores que se encuentran en dificultad
pasa en segundo lugar frente el afán de obligar a los demás a que se
comporten correctamente, porque toda incorrección se interpreta como
agresividad de tipo personal. El protagonista, actitud igualmente típica,
es consciente de que aunque contraríe a los otros con esta maniobra,
no va a tener ningún accidente. Poseer un vehículo que responda, como
suele decirse, es una satisfacción personal, en cualquier parte del
mundo. En el medio en que García se mueve, es mucho más: un bien de
consumo imprescindible y un índice de prestigio social. Es inconcebible que un miembro
de la oficialidad se desplace en transporte público desde las inmediaciones
de la salida a la Antigua, donde vive el protagonista, hasta las guarniciones
militares próximas a la salida al Atlántico, donde trabaja, en
el extremo opuesto de la ciudad, pero el automóvil es también un logro
personal incuestionable para él, una fuente de satisfacción y hasta
de placer. En las sesenta horas y fracción
que dura la malhadada aventura del teniente durante los tres primeros
capítulos y parte del cuarto, en que lograr sacar de la ciudad a su
cuñado en calidad de fugitivo, le falla todo, menos el carro. Aceleró en la recta que hay entre
el Tejar y la cabecera. Cien, ciento diez, ciento veinte. El carro
parecía un barco anclado, balanceándose. (p. 88) O bien: El carro se hamaqueaba en los
desniveles y eso le daba a García un placer inexplicable. Manejaba
con el brazo izquierdo recostado en la portezuela y tenía el timón
hidráulico controlado con la punta de los dedos de la mano derecha.
Estaba agarrando las curvas a ochenta y el carro ni se movía. A veces,
chillaban las llantas. (p. 90) García detesta su barrio, la colonia
1° de julio (“colonia de fracasados”); su casa le parece insignificante
y la vida hogareña y familiar lo fastidian con su rutina. Hasta su relación
con su propio cuerpo se complica por la fatiga y las preocupaciones
excesivas. De pronto, es su relación integral con el mundo la que no
va bien. El teniente García se dio cuenta
de que era miércoles, de que faltaban tres días para el fin de semana,
de que estaba cansado y de que no iba a hacer gran cosa en la vida
(p. 75). Aunque demasiado apegada (innecesariamente)
al estilo de García Márquez, esta escena juega un papel decisivo dentro
de la economía del relato. Cuando el conflicto con la jerarquía militar
aparece, es el mundo entero el que le falta bajo los pies al teniente,
ya que su cortedad de visión no le permite imaginar ninguna otra clase
de vida. Aun después de la expiación en la selva, el carro sigue siendo
su único consuelo: Sacó la palanquita del aire y
la primera satisfacción del día lo invadió cuando el motor arrancó
soberanamente al primer estartazo (p. 118). 2 La contraparte de esta realización,
son los inconvenientes del tráfico que, en los trayectos del teniente
llevados a la figuración por el texto, son indisociables del excesivo
calor, provocado por un desarrollo urbano caótico que no ha previsto
suficientes áreas verdes. Al llegar a un semáforo, se estiró
para sacar los anteojos oscuros de la guantera: el sol ya estaba pegando
y no eran las ocho de la mañana. Así es el Valle de la Ermita. Amanece
a las cinco y la niebla se levanta, sobre todo alrededor de los barrancos,
y hay un frío húmedo, intenso, que hace a la gente salir para el trabajo
con un suéter que dos horas después se vuelve insoportable (p. 37). En este pasaje, el calor es una
perspectiva amenazante. En estos otros, una experiencia próxima a la
alucinación: A los dos de la tarde, el sol
cae tan limpiamente y con tal fuerza, que casi no deja ver: todo brilla,
todo refleja, todo es blanco y la blancura se mete por los ojos al
cerebro y dan ganas de meterse a un cuarto oscuro y fresco y sumergirse
en un sueño ligero y reposado (p. 17).3 […] Cuando el teniente García se
montó en su carro, a las tres menos cuarto de la tarde, todavía bajo
el sol inclemente que lo hizo sentirse como Tío coyote, no pudo menos
que reírse amargamente de sí mismo. Aunque el motivo de la contrariedad
no es únicamente el calor, este último agrava las molestias. Cuando
el calor y los embotellamientos coinciden con una urgencia apremiante,
como cuando García se precipita a prestarle auxilio a su cuñado, el
malestar se intensifica. El lector puede comprobar, una vez más, la
reiteración de imágenes claves, como el rojo blanco solar: Cuando García entró a la Doce
avenida, había un tráfico para molestarse. El sol ya estaba cayendo
como una palanganada de blancura, y era inútil tener las ventanillas
del carro abiertas porque de todos modos se sudaba a chorros. La carrocería
quemaba y de la trompa se veía salir un vaporcito que, como una lente,
creaba espejismos. La fila de carros caminaba despaciosamente y, a
cada esquina ganada, todo era ver si el próximo semáforo, que daba
verde, amarillo, rojo, verde, amarillo, rojo y uno todavía a mitad
de la cuadra, tragándose el humo negro de la camioneta que llevaba
enfrente. (p. 83.) […] Llegar a la zona viva fue otro
martirio. La cola de carros parecía ir siguiendo la procesión del
Señor sepultado. Un pasito adelante, tres a los lados y otro medio
paso de reculón. Al fin desembocó atrás de los Ferrocarriles. Y de aquí en adelante, como el
lector que ha manejado en la ciudad de Guatemala puede prever por anticipado,
el teniente García, como dice el texto con una hipérbole del habla popular,
“volaba en la cuesta del Estadio”. El estadio por antonomasia, el Olímpico
–lo que no deja de ser un pleonasmo pero que remite, in situ,
a la diferencia con otro estadio, el Mateo Flores, o de la Revolución.
Necesariamente, el texto será más elocuente para quien conozca el lugar
en el cual ocurren, imaginariamente, las peripecias de los personajes,
pero esto ocurre con todas las obras de ficción, de cualquier parte
que sean. El lector no guatemalteco echará mano de su conocimiento empírico
de mundo, para recrear la experiencia de los personajes que le depara
el lenguaje. 3 El ir y venir del protagonista
por la ciudad nos ofrece un mosaico de sectores sociales, con su forma
de hablar, indumentaria y ocupaciones características. Un ejemplo, entre
muchos posibles, de cómo el conocimiento del medio afina la recepción
es aquel en que el teniente compra la prensa, sin bajarse del carro.
No resisto la tentación de establecer un paralelo con un pasaje de una
de las novelas del ciclo que he caracterizado en otra parte como el
de las “autobiografeas de los guatemalpoetas”, para ilustrar la ósmosis
del medio y el texto, que acabo de mencionar. El protagonista de Al pie de
la colina, necesariamente escritor y como tal no menos necesariamente
de izquierda, y que, dados sus modestos ingresos, se desplaza, a diferencia
de García, en transporte colectivo, monologa en una esquina mientras
espera el autobús (la camioneta, decimos allá) cuando un voceador le
propone los diarios de la mañana: –¡Prensa Libre de hoy, Prensa Libre! –vocea un chiquillo. Me le quedo viendo.. –¿Quiere la Prensa Libre, don? –¿El Gráfico, no tenés? –No. –Dame aunque sea la Prensa, pues. La preferencia por el Gráfico se
explica no porque este diario fuera precisamente de izquierda, aunque
comparado con Prensa Libre resultaba mucho menos a la derecha, pero
esto no lo especifica el texto. García, en la misma circunstancia, compra
el periódico, aprovechando la lentitud del tráfico, y su elección es,
lógicamente, la opuesta. En el semáforo del Parque Morazán
comenzaba la cola de carros. Dos voceadores vendían los periódicos.
Le hizo señas a uno. El hombre pegó una carrerita, con el bulto de
periódicos bajo el brazo. –¿Prensa, Gráfico?
–le preguntó. –Dame la Prensa –le dijo,
mientras, apoyado en el pedal del freno, se arqueaba para registrarse
las bolsas en busca de los veinticinco centavos (p. 38)4. Escenas realmente memorables en
El hombre de Monserrat son aquellas en que un limpiabotas le
lustra los zapatos a un policía judicial, o la que pone en juego las
relación de superioridad del teniente con el soldado que maneja con
brusquedad un vehículo militar “resorteándole los riñones” al primero,
que lo reprende con una grosería aceptada y consentida por el último,
aunque no sin cierta taimada insistencia en el error. Pero el tópico
que hemos decidido observar es la conciencia de superioridad que un
miembro del ejército experimenta, de manera natural, en relación
con otros gremios del aparato represivo, especialmente la policía judicial.
Los pasajes dedicados por El hombre de Monserrat a este sector
de la zoopolítica guatemalteca son tan elocuentes que podemos pasar
por alto nuestros comentarios, limitándonos a reunir la muestra en dos
rubros: uno dedicado al aspecto físico de los policías de civil, y el
otro al de la reacción indignada del teniente, por los contratiempos
que le provocan aquéllos en su infortunada aventura. Aspecto físico de los judiciales
(y sus instalaciones): La sede de la policía era un
edificio chato, de un piso y de color verde acuoso descuidado, como
el de un trapo percudido. […] En los alrededores pululaban los
orejas. Eran bajos o altos, siempre gordos, siempre con las camisas
desbordando por sobre el cincho, siempre con los botones desabotonados,
siempre con alguna mancha de grasa o de tomate vagando por el saco,
siempre con bigotones peludos y rotundos sobre la geta gruesa, o sin
bigotes con los dientes separados y amarillos, escupidores de chisguetazo
certero, siempre nalgones que se esculcaban la entrepierna para acomodarse
lo que les incomodaba, siempre altaneros, siempre ladinos, siempre
lamidos. (p. 57) * […] Chus Matamoros, jefe de la
Policía Judicial […] Era alto, blancote y entre gordo y robusto. Un
semejante bigote parecía pender de la nariz chata, un bigote como
brocha gorda sobre los labios gordos, entre dos cachetes gordos con
un lunarazo de chicharrón con pelos a la derecha. […] El traje del
jefe de la judicial era de tela barata, cien por ciento poliéster
de color marrón, con rayitas doradas, de esos que cuando hay calor
hierve y, cuando frío, congela. El sastre había puesto su granito
de arena y el saco parecía desmedidamente corto como para tapar el
culón empistolado del jefe. (p. 64). Sentimiento de superioridad del
protagonista: ¿De cuándo acá un piche oreja
le iba a pedir identificarse? (p. 13) * El oreja metió retroceso. García
ya estaba al lado del jeep y, con decisión, aferró la manija de la
portezuela y la abrió. El oreja metió primera y salió con chillido
de llantas, batiendo la puerta como ala de mariposa desvencijada.
Unos metros más adelante frenó, cerró la puerta y desapareció, siempre
con gran escándalo, en la esquina siguiente. El teniente Carlos García se
quedó con cara de estúpido en medio de la calle, queriendo decirle
que le debía hablar. “Ve qué hijo de la gran puta”, pensó mientras
regresaba (p. 62). * –¿Documentos? –el jefe de los
patrulleros tenía planta de haber dejado el azadón a la vuelta de
la esquina. “Pobre pisado”, lo compadeció García. Sin dignarse a contestarle,
le mostró el carnet del ejército (p. 88). Hemos pasado por alto todas las
sutilezas de los diálogos entre el jefe de la policía judicial, Chus
Matamoros, y el teniente, para no alargar demasiado las citas, pero
señalo la tensión que le provoca a García sentir que pertenece a una
institución que él estima de élite, en contraste la que dirige su interlocutor,
y la posición de este último, superior en la jerarquía, frente al rango
menor que él mismo ocupa en el ejército. Una contradicción insidiosa. –No se sulfure, mi teniente,
que todo tiene sus asigunes. –Nada de asigunes. Con el ejército no valen razones, señor. Usté tenía una orden y si la cumple, la cumple. Si no la cumple, allá usted (p. 66)5.
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4 Dejaremos también de lado las pequeñas
satisfacciones de la vida hogareña como la cocina local, el trago en los
periodos de descanso y otros detalles, para observar, de este conjunto,
los sueños, frecuentes en el personaje, y que la escritura lleva a la
figuración con excelencia. Aun estaba despierto. Se desembarazó
de su mujer que, dócilmente, sin despertar, se acurrucó del otro lado
de la cama, y se encogió en la parte del colchón que le tocaba. De repente,
García se encontró jugando fútbol en los campos del Santa Cecilia. El
gordo Juanito era el portero y estaba vestido de pashama. García Aguirre,
que siempre jugó de interior izquierdo, le hizo un pase. […] Juanito
se le abalanzaba y la bola seguía allí, casi al alcance. “¡Movete, vos,
pisado!” le gritó Álvarez desde atrás. Pero como las piernas no daban
de sí, le lanzó una manotada al gordo. –¿Qué estás soñando? –le preguntó
su mujer. […] El gallo de los vecinos cantó a
destiempo. Oyó, mucho más lejos, otro tiroteo. De nuevo, una sirena
rasgó el aire. Se acordó de la época en que todos esos ruidos
despertaban a su mujer y no la dejaban dormir. Ahora sólo la asustaban
los temblores. Y estaba por acordarse del terremoto
cuando se encontró de nuevo en los campos del Santa Cecilia, corriendo
hacia la portería con la bola entre los pies, casi sobre la línea de
córner. Lanzó un cañonazo al centro y la bola se fue, se fue, se fue,
se perdió con el aire y la conciencia. Estaba profundamente dormido.
(pp. 35-36) * De nuevo soñando, en otra ocasión: García le dijo a su mujer: “Nos
robó como mil quetzales. Pensá vos todo lo que hubiéramos podido comprar
con eso”. Despertó. Su mujer ya no lloraba,
sino que respiraba profundamente dormida. García se volteó para el otro
lado. “La voy a dejar dormir”, se dijo. Su madre, con la que estaba
platicando desde hacía rato lo regañó: “Dejala dormir, mijo. No hay
nada mejor que el sueño para las penas”. Pero ya no estaba con ella,
sino otra vez jugando fútbol con Juanito y sus amigos de la cuadra.
Alguien le pegó una gran patada a la pelota, la cual pasó por encima
del campanario y se perdió entre el barranco (p. 73). Habría sido mejor que se perdiera
entre las nubes, o en algún otro lugar imposible, como sucede magistralmente
en el pasaje anterior, que subraya con este recurso lo onírico de la escena.
En todo caso, sólo el lenguaje propiamente dicho (palabras) tiene la capacidad
de recrear las transiciones de la conciencia del estado de vigilia al
de duermevela y de éste a los sueños, gracias a la ambigüedad que se le
puede dar al referente. Por el contrario… 5 … en las peripecias militares, las
intuiciones que posibilitan el relato conllevarían cierto desajuste con
este tipo de experiencia en la realidad. Poco importa, el lector se figura
estas escenas con intensidad y las vive (imaginariamente, por fortuna)
gracias a la eficacia del texto. No puedo evitar una digresión sobre
el realismo narrativo, para la mejor comprensión de lo que sigue.
Francisco Rico, el gran erudito español al que le debemos una formidable
reconstitución histórica de las referencias implícitas en el Quijote que
han perdido vigencia, argumentó, de pasada, en un artículo publicado en
Babelia, el realismo de la obra, que la aventura del ingenioso
hidalgo no habría pasado de las primeras horas (o días, poco importa)
sin que la Santa Hermandad, advertida por el escándalo que andaba haciendo
Quijano, habría salido a aprehenderlo y encerrado de inmediato. El razonamiento
es impecable, pero no para cuestionar el realismo de la obra, sino para
iluminar la naturaleza de todo realismo, que pasa por alto este tipo de
verosimilitud. Igual podríamos decir, hablando de la obra de un contemporáneo,
que no es lógico que en un colegio administrado por hermanos maristas
se instale, contigua al patio de recreo de los alumnos, una perrera con
una fiera encerrada. Pero el realismo de este relato (Los
cachorros) no descansa en la justificación interna de esta
situación, que habría estado de más en la economía de la obra. El lector
acepta esta coincidencia con los ojos cerrados, al contrario de lo que
haría con una crónica de prensa, en que tal descuido lo llamaría a la
indignación. La famosa “suspensión voluntaria de la incredulidad” de que
hablaba Coleridge para la ficción, quiere que estas cuestiones se acepten
como verdades de hecho en el universo de ficción y que el realismo concierna
otras dimensiones textuales, como para el caso que le desventurado destino
del personaje se inscriba en el machismo típico latinoamericano, y hasta
en detalles como que el perro enjaulado tenga como sobrenombre Judas,
lo que resulta coherente con el medio religioso. El Quijote, su parte,
es realista gracias a su recreación de la vida popular de la España empobrecida
que recorren los personajes, y que era como la otra cara, interior, del
imperio donde no se ponía el sol. Termino mi digresión: no me interesa
defender determinado realismo (habría muchos), ni menos aún proponer una
definición escolar del término, sino recordar el principio de Coleridge,
a fin de ilustrar el caso de El hombre
de Monserrat. Dante Liano no es un experto en cuestiones
militares –felizmente para él- y su novela hasta donde yo, que tampoco
lo soy, alcanzo a examinar este aspecto, lo deja ver. Encuentro irreprochable
la “fila interminable de camiones verde-olivo” que todos los ciudadanos
hemos visto alguna vez por las calles de Guatemala, y no menos la observación
“pura película de la Segunda Guerra Mundial”, que pone en escena lo anticuado
del armamento y el aparato desmesurado para ir a reprimir un foco urbano
de la insurrección, en el pasaje concerniente, con otros muchos detalles
por el estilo (p. 42 y subs.), porque corresponden a sensaciones del hombre
de la calle, frente a estos fenómenos. En cambio, “el desgranarse de unas
ametralladoras” que el teniente escucha por la noche (p. 35), como nos
ocurría a los infortunados chapines de aquella época, me parece cuestionable
en términos técnicos, pero funciona perfectamente para recrear la vivencia
del lector gracias a una serie de eslabones metafóricos. Me explico. Las ametralladoras que se solían
escuchar, generalmente por las noches, no eran las implantadas en el terreno
(ametralladoras de pie), sino las llamadas ligeras, de asalto, cuyo dispositivo
para disparar ráfagas no moviliza en la evocación sensible algo que se
desgrana. Se desgranan las fajas de tiros de las otras, las pesadas,
las de pie, en los modelos anticuados, y hay en esto otra transposición
de lo visual a la intermitencia del sonido, a lo cual vienen a sobreponerse
las hileras de cohetillos que el pueblo llama, justamente, con una metonimia,
ametralladoras. Ningún experto militar de aquélla ni de ninguna
otra época confundiría, por el estampido, tiros y cohetillos. Muchos civiles
de aquella época, que también se había habituado a la diferencia, se sobresaltaban,
no obstante, con los cohetillos con que algunos malvados perturbaban el
silencio nocturno. En realidad, los civiles que no tenemos
(ni nos interesa tener) entrenamiento militar asociamos las armas a los
fuegos de artificio, y algo de esto sucede, si no estoy equivocado, en
el empleo de morteros en el asalto al resguardo guerrillero urbano, pp.
49/55 de El hombre de Monserrat. Es preciosa la descripción del
sonido súbito (“en estampida”) y el silbido (“semejante al que lanza un
amigo a otro desde el fondo de un barranco”) que prosigue al “golpe inicial”.
El texto ha introducido, para esta descripción, la mención explícita de
“los fuegos de artificio en las ferias” (p. 49) Nótese que ningún amigo
le lanza a otro un silbido. Hay silbidos reprobatorios, sin duda,
que son como un tiro al aire, de advertencia, si bien menos intimidantes,
pero ocurren entre desconocidos. La capacidad descriptiva de Liano
alcanza un nivel óptimo sobre todo cuando pone en relación los disparos
del mortero con el efecto que producen: “Como si no tuvieran nada que
ver con todo el artificio de ruidos, pequeñas nubes de humo se comenzaron
a levantar del jardín” (p. 49), pero la escritura se ha deslizado sutilmente
del plano evocado al evocador y sucede aquí como en esa descripción irónica
de Robbe-Grillet en que el asa de una tetera es caracterizada pro su forma
de oreja, de la cual se nos dice, andando la descripción, que tiene forma
de asa de tetera. Golpe, silbido e inesperada nubecilla en la distancia
-faltaría sólo el estruendo que sigue a la aparición de la nubecilla y
el eco repetido en las montañas y estaríamos en una las cumbres del lago
de Atitlán contemplando la fiesta de alguna comunidad lejana, en los confines
del lago. Estos recursos revelan lo que es
propio de un magnífico narrador que se documenta, sí, pero no encuentra
trabas en tecnicismos inútiles y, sobre todo, que le deja libre curso
a su imaginación hablante, lo suficientemente elocuente para darle vida
a lo que relata. Los pasajes de la guerra en la selva son, en este sentido,
ejemplares, más aún que los de la ciudad. Es posible que haya un eco de
la literatura en la frase que abre la división 7 del capítulo V y es,
al mismo tiempo, un sumario de la masacre de la división 6: “Porque matar
gente cansa” (p. 105). En El hombre, uno de
los cuentos más crueles de El llano en llamas, se lee “Cuesta trabajo
matar”. Ahora bien, si esta transposición inconsciente hubiera ocurrido,
sería irrelevante: el cansancio del teniente no es psico-físico, como
el del personaje de Rulfo, sino de mera rutina, de brutal insensibilidad
protegida por las instituciones y cuya mala conciencia es compensada por
el racismo. El fuego cruzado de dos contingentes
enemigos que se enfrentan en la oscuridad no va a evocar, esta vez, la
cohetería, sino, por su intensidad, un chaparrón sobre techo de lámina”
(p. 108), como especifica el texto, “con granizo” (id.). Es verdad que
la lluvia “ametralla” los techos de láminas de zinc en el trópico. Es
propio de la imagen no agotar los contextos puestos en relación sino crear
un campo de interacción pertinente y el rasgo elegido aquí, la frecuencia
y la cantidad de los impactos, basta para conseguir lo que se busca. Los
monos, por su parte, sorprendidos en los árboles con las explosiones de
las granadas, se derrumban y el texto recrea onomatopéyicamente hasta
el golpe de los cuerpos inertes en el suelo (p. 107). Es posible contestar
todo esto desde el punto de vista de la comparación término a término
entre lo real y lo figurado por el lenguaje, pero también ocioso. No existen hormigas de tipo marabunta
en la selva de Guatemala, ya para terminar. Pero si existieran, no serían
tan auténticas ni tan guatemaltecas como las de El hombre de Monserrat. Notas:
José Mejía París, mayo del 2006. |
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