Esta introducción es del último libro publicado por José Mejía Poésie guatémaltèque du XXE siècle, co-edición bilingüe de la Fundación Suiza Simón I. Patiño y Unión Latina, 1999.  Aunque la introducción se refiere específicamente a este libro, mucho de lo que dice Mejía concierne a la Página de Literatura Guatemalteca y a varios de los autores que la integran. Es por eso que la ponemos aquí, para ayudar al lector a que comprenda la historia de la literatura guatemalteca, tan íntimamente ligada a la historia misma de Guatemala. -Juan Carlos Escobedo Mendoza, Santa Barbara California, 1999.

POSDATA: NOTA ACLARATORIA POR JOSE MEJIA, FRANCIA, 2006.

El siguiente ensayo, inédito en español hasta su publicación en esta Página de literatura guatemalteca, hace alrededor de siete años, corresponde a la Introduction, en francés, del libro Poésie guatémaltèque du XXE siècle, Genève, Editons Patiño, 1999, en colaboración del autor de la introducción, José Mejía, con Olver Gilberto de León, y con traducciones de los poetas seleccionados por Claude Couffon, Michel Bibar y Guy Lavigerie. La reproducción de la versión española, tomada de esta página, sin autorización, por el Sr. José Antonio Flores Gudiel, en un sito internet, sin indicar la procedencia ni dar los créditos de autoría ni de fuente, incurrre en el delito tipificado por la ley como plagio. En efecto, el Sr. Gudiel no se limita a reproducir literalmente, sin cambiar ni siquiera una coma, el texto en cuestión, sino hace otro tanto con las notas críticas sobre los autores incluidos en el libro, las cuales alterna con otras notas sobre otros escritores guatemaltecos, extendiendo así su delito al co-autor de la mencionada antología, y causándole perjuicios al editor.

Como prueba irrefutable de tan bajo procedimiento, señalamos no sólo las fechas de publicación, sino el conocimiento que tienen del texto numerosísimas personas ligadas a la edición, distribución de comentario de la obra. Basta mencionar a los poetas guatemaltecos vivos que fueron incluidos en ella, a saber, Otto-Raúl González, Rafael Sosa, Margarita Carrera, Ana María Rodas, Francisco Morales Santos, Ana Isabel de los Ángeles Ruano, Francisco Nájera, René Leiva, Enrique Noriega, Luis Eduardo Rivera, Aída Toledo, Humberto Ak’Abal, Otto Martín, Jaime Barrios Carrillo y Rafael Gutiérrez. El editor, los autores de la antología y el autor de la introducción disponen pues de sobrados recursos para castigar este grave perjuicio y exigen el retiro inmediato del texto del Sr. Gudiel, o la inclusión de los créditos que exige la ley de la propiedad intelectual.

 

Poesía guatemalteca del siglo XX.
 

INTRODUCCIÓN
EL PAÍS. ANTECEDENTES HISTÓRICOS


País verde. País de contrastes. La belleza de la naturaleza y el horror de la historia lo caracterizan por igual. Una selva tropical milenaria, la que se tragó las ciudades de la antigua civilización maya, amenazada de extinción por la codicia de los cortadores de maderas preciosas y la corrupción de los funcionarios; lagos en los confines del cielo, custodiados por volcanes, y poblaciones miserables alrededor; una espléndida ciudad colonial al pie de tres colosos telúricos: el volcán de Agua, serenidad eterna, que llena con su forma magnífica el horizonte, y algo más lejos, dos gemelos, el Acatenango y el volcán de Fuego, volcán guerrero, con cicatrices lunares, rojizo en la luz lívida del alba. Inactivo por épocas,  su penacho de humo bélico reaparece, intermitente de siglo en siglo. Más allá, los terribles contrastes de la capital actual: supermercados ultramodernos, colonias residenciales y tecnología de punta, al lado de asentamientos miserables. Pobreza rampante en las ciudades, llena de colorido en la parte media occidental, donde se hacinan las principales poblaciones mayas 1 actuales: harapos luminosos, mezcla de miseria con una gran riqueza de cultura popular.

País de cataclismos. Sobre la tierra estremecida por los terremotos, incesantes en el centro del continente, los cataclismos de la historia no han cesado de castigar la región. Hace más de mil años, las ciudades mayas fueron abandonadas por sus moradores. Los motivos siguen siendo un enigma para la ciencia. La invención de América por los europeos, a principios del siglo XVI, fue otra catástrofe de nivel planetario para las poblaciones aborígenes. En Guatemala, como en otras regiones del continente, desde que las Ciudades de oro de Cíbola y los Eldorados de la leyenda se disiparon como un espejismo, el colonizador no dispuso, para echar a andar los engranajes de la Utopía del Nuevo Mundo, de ningún otro recurso más que el trabajo esclavizado de los vencidos. Nada cambió la Independencia de España (1821), en este sentido. Nada, tampoco, la Reforma Liberal, medio siglo más tarde (1871). Importante en otros órdenes de la vida nacional, este periodo fue solamente el cambio del cultivo de los tintes (añil, cochinilla), destinados a la exportación, por el del café, sin ninguna incidencia sobre la condición paupérrima de los proveedores de la mano de obra.

El dominado sería también un excluido de las letras de la élite cultural. Amputada brutalmente por la conquista, la cultura prehispánica no sería reivindicada por la literatura guatemalteca sino siglos más tarde. Le corresponde al XX, antologado en este volumen, el momento clave de esta trayectoria, aquél en que el «mestizo de dos almas» descubre (o decide, tanto da) que este pasado no está atrás, sino adentro.
 



EL SIGLO XX Y LA POESÍA GUATEMALTECA
 

A principios del siglo XX, se avizoraba la obra de ingeniería más colosal de la historia del planeta hasta aquel momento, la construcción de un canal interoceánico en la parte más estrecha del istmo centroamericano. La tarea prometeica se puso manos a la obra, mientras al norte de Panamá, la que había sido la Capitanía General de Goathemala, fundada por los españoles a principios del XVI, se había desmembrado en naciones que se hacían la guerra desde los primeros años que siguieron a la Independencia. Nuevo cataclismo, el capítulo conocido por los historiadores como «la guerra de caudillos», liberales y conservadores, devastó la región. «Mares unidos y pueblos desunidos» representaban un cuadro típico de esta parte del mundo, donde el progreso tecnológico se da para beneficio exclusivo de los países poderosos y de una minoría local.

Por la misma época moría en París Domingo Estrada -poeta, jurisconsulto, ex-diplomático, traductor (de Hugo, Musset, François Coppée, Edgar Poe, Thomas Moore...)-, lejos de su patria, enfermo, desamparado por sus conciudadanos. El deceso de Estrada se inscribe en un rasgo permanente de la historia literaria guatemalteca: el divorcio cuando no la pugna frontal de los intelectuales con el poder. Por esta razón, gran parte de la mejor literatura guatemalteca se ha escrito en el exilio. Esta tradición remonta hasta el periodo colonial español. En efecto, la obra más importante de literatura durante la dominación española, la Rusticatio mexicana (1781), escrita en latín por el jesuita Rafael Landívar, exiliado hasta del idioma, había visto la luz a la sombra del Etna y del Vesubio, lejos de los volcanes antigüeños, en Bolonia, a donde llevara al poeta el edicto de expulsión de la Orden, decretado bajo Carlos III. Si Landívar había sido el primero, Domingo Estrada no sería el último de los poetas obligados a reinventar la patria perdida en el libro. No menos que los anteriores, el siglo XX ahondaría este conflicto. Es más, el exilio del hombre ilustrado no sería sino un mal menor, si se le compara con la originalidad atroz de esta época, que vería el éxodo de poblaciones enteras, afectando, como es lógico, la vida intelectual del país en su totalidad.
 


EL MODERNISMO. LOS PRIMEROS LUSTROS

Si los países hispanoamericanos surgen a la vida independiente durante la segunda década el siglo XIX, la vida cultural habría de esperar, para su emancipación, los primeros años del siglo XX. Hasta entonces, la creación literaria de las antiguas colonias ha sido una rama de la creación peninsular. El modernismo invierte esta situación: surgido e impulsado en Hispanoamérica, termina por transformar el paisaje literario de la antigua metrópoli. Su portavoz y principal exponente fue Rubén Darío (1867 - 1916), nicaragüense, profundo conocedor de la tradición española, y heredero de parnasianos y simbolistas franceses. Esta mezcla sorprende, en la medida en que logra conjugar los principios estéticos, opuestos, de aquellos movimientos. De los primeros retiene el culto de la perfección formal, de los segundos, la musicalidad interior y el cultivo del matiz. La aventura dariana provoca el enriquecimiento musical de la lengua poética, al servicio de una expresión original y minoritaria. Darío abandona temprano la provincia natal e inicia una vida errante. Su primera escala fue Chile (1886), su segunda será Guatemala (1890), previa a su primera visita a España (1892), tras una estadía fugaz en Costa Rica (1891).

Un tópico, acuñado por Rafael Cansinos Assens, es que el modernismo llegó tarde a Guatemala. Carlos Wyld Ospina, el mejor poeta guatemalteco de esta escuela, rectifica esta observación. El modernismo, precisa, floreció tarde en Guatemala, pues llegó temprano -demasiado temprano, cabría decir. La visita de Darío a Guatemala, de junio de 1890 a agosto del año siguiente, marca profundamente la vida intelectual del país. En tan corto periodo, el nicaragüense funda y dirige El correo de la tarde y descubre al joven Enrique Gómez Carrillo, quien alcanzará celebridad en la prosa modernista, desde París. Reedita Azul aparecida en Valparaíso, Chile, 1888 con diez nuevos poemas y el prólogo de Juan Valera, tomado de las Cartas americanas. Será ésta la edición definitiva, si se prescinde de las notas que acompañan la joya bibliográfica guatemalteca.2 Ahora bien, la difusión de la estética modernista no se consolida sino hasta después de la obra que extiende su influencia al ámbito entero del idioma Prosas profanas (1896), cinco años después de su partida. Por esta razón su visita resulta, desde el punto de vista de la difusión de su escuela, paradójicamente prematura, como señalara Wyld.

Los tres primeros lustros del siglo fueron un campo de batalla entre los defensores de la tradición y los de la modernidad de aquel entonces. Lenta, pero inexorablemente, se imponen los últimos. La tiranía de Manuel Estrada Cabrera, que duró veintidós años (1898-1920), mantuvo vínculos fraternales con muchos poetas de la época, indiferentes a la conducta del intelectual en política. Las minervalias, fiestas en honor de «la juventud estudiosa», eran oportuno pretexto para la adulación al déspota, pero también ocasión para la visita de celebridades de la lírica de aquel entonces, como los mexicanos Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, Juan de Dios Peza y Manuel Acuña, y los colombianos Julio Flores y José Asunción Silva, sin olvidar las celebridades criollas. El país acogió también, en estadías más prolongadas, al peruano José Santos Chocano y al colombiano Porfirio Barba-Jacob.

Estas presencias fueron determinantes en la vida intelectual del país. La producción de libros, por el contrario, fue muy escasa en aquella época. Casi todo lo que dio a luz la poesía guatemalteca apareció en las revistas El jardín, Electra y, sobre todo, Juan Chapín, fundada en 1913, y que reunió a los partidarios del modernismo, bajo la égida del activo Rafael Arévalo Martínez. Esta floresta, vívida y combativa otrora, yace en el polvo muerto de las hemerotecas, aguardando la investigación fervorosa y paciente, que nos hace tanta falta. Una buena parte de esta producción ha desaparecido hasta de la memoria inorgánica de los archivos.

En 1914, se fundó la revista La esfera, donde se expresa el grupo de avanzada. Mientras los tradicionalistas irreductibles como Chascarrillo escriben parodias de poemas darianos, los Arévalo Martínez y los Wyld Ospina se inscriben ya dentro de lo que la crítica reciente califica como la segunda generación modernista. El exotismo y la grandilocuencia, propios de la primera generación, ceden lugar a una «estética de lo mínimo, lo cercano, lo familiar»; el artificio, a las formas coloquiales. Otro tanto ocurre en España, donde la profundidad de un Antonio Machado va de la mano con su sencillez. Así, si para el Arévalo de los comienzos tuvo alguna importancia Santos Chocano, quien le dio el espaldarazo lírico, en forma de soneto, para su primer libro, Maya (1911), y si admira a Barba-Jacob hasta el punto de considerarlo como el más grande poeta del modernismo, superior al propio Darío, Arévalo forja su propio destino lírico lejos del uno como de otro. Su segunda entrega lírica, Los atormentados (1913), alterna el gusto por el esoterismo y el exotismo propios de la época, con un coloquialismo radical. Carlos Wyld Ospina, por su parte, alcanza con Las dádivas simples (1922), título que es ya por sí mismo una poética, el mejor fruto de la segunda genración modernista guatemalteca.

Una costumbre de papagayo académico es etiquetar las llamadas generaciones de manera decimal. Para el periodo modernista, se utiliza la designación de «generación de 1910». De las voces, diversas y variadas, que permiten la bibliografía disponible y las hemerotecas, hemos elegido, además de Wyld y Arévalo, indispensables, a Calderón Ávila, cuya «lira altiva» reivindica el hispanoamericanismo del continente frente al norte, en la línea del Darío de A Roosevelt; a Raúl Mejía González, exponente de un preciosismo modernista vernáculo, y a Alberto Velázquez, místico, cuya precocidad le da un punto de partida en este movimiento y cuya longevidad le permitió situarse en una etapa de transición hacia el periodo posterior.

 
LAS VANGUARDIAS. LA POESÍA SOCIAL

1920 marca un acontecimiento trascendental en la vida del país: el derrocamiento de Estrada Cabrera. Se conoce como «generación de 1920» al grupo de personalidades, representativas de todas los órdenes de la vida pública obreros, intelectuales, artistas, estudiantes, profesionales que se vieron implicados en el movimiento que depuso a la tiranía, también conocido como el Unionismo. Este fenómeno rebasa, por una parte, la vida literaria y, por otra, es insuficiente para entender ésta.

El parámetro que permite comprender lo que sucede en la lírica guatemalteca entre 1915 y bien entrados los años treintas es la asimilación de la estética europea de entre guerras. Asimilación no pasiva, sino creadora de rumbos propios, como en todas partes del continente. Aun cuando no faltaran en Guatemala futuristas y surrealistas ortodoxos, como fueran, respectivamente, Miguel Marsicovétere y José Luis Cifuentes, lo determinante no es la adhesión a un determinado ismo europeo, sino a una visión de mundo, inseparable de una revolución estilística.

Si en algún lugar fecundó con legitimidad la semilla de las vanguardias, fue en Hispanoamérica. El apocalipsis del Viejo Mundo se vuelve génesis en el Nuevo. El balbuceo de Dada entre los escombros de la civilización es un ocaso en Europa, mientras que en América es a la vez un alba y la recuperación de una larga tradición soterrada. El «automatismo psíquico puro», radical manifestación del mundo interior, se conjuga con la ruptura del etnocentrismo del Occidente, y se incopora las tradiciones ajenas al blanco dominador. Ser joven, en aquella época y en aquella latitud, es tener detrás un pasado milenario. Ser revolucionario, en estética, es romper con el pasado inmediato, para incorporarse lo más antiguo de la tradición.

El país literario guatemalteco toma conciencia del país del maya, y lo asume estéticamente. Esta visión alcanza su primera cima con las Leyendas de Guatemala (1930), de Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura 1967, y su apogeo con la novela3 Hombres de maíz (1954), del mismo escritor. Las raíces «las más viejas» ascienden hasta las frondas más altas de la ceiba de voces legendarias que fue la prosa majestuosa de este creador. Junto a estas obras cumbres, cabe mencionar algunas de las páginas que Luis Cardoza y Aragón le consagró al arte prehispánico de México, al pintor José Clemente Orozco y a su propio país en Guatemala, las líneas de su mano (1955). No es posible entender el ensayo según Cardoza y Aragón sin pensar en la poesía, en sentido amplio, como no es posible entender el arte narrativo de Asturias fuera de esta exigencia radical del arte de la palabra. Ambos consiguen abolir la frontera entre la poesía y la prosa en sus mejores páginas, realizando con ello el ideal que proclamara Gómez Carrillo medio siglo antes, en uno de sus trabajos más seductores, El arte de trabajar la prosa. Ambos cultivaron, así mismo, el verso con excelencia, Cardoza de manera más esporádica y concentrada, y Asturias en varios registros, de los cuales ofrecemos dos en esta antología, el poeta intimista de los primeros años y el portavoz imaginario («gran lengua») de los mayas excluidos de su país.

En cierto sentido, existen tantas vanguardias como poetas dignos de este nombre. Prorrumpen, así, junto a Cardoza y Asturias, una docena de voces, de las cuales debemos mencionar, en primerísimo lugar, la de César Brañas, que conforma, con aquéllos, la gran trilogía lírica de esta generación. A diferencia de aquéllos, que vivieron la iniciación literaria en el París de los años locos, y una buena parte de su vida (casi toda, en el caso de Cardoza) lejos de la patria, Brañas es un típico representante del ostracismo local. Este poeta singular, que contribuyó como nadie a la revolución estilística que impuso en todas partes la asimilación de los ismos de entre guerras, habría de encerrarse más tarde en formas deliberadamente anacrónicas.

Los vanguardistas guatemaltecos no proclamaron ningún manifiesto. Para evaluar el viraje radical que va de una a otra época, el lector de esta compilación dispone de un elemento privilegiado: el tratamiento del mismo tema, Antigua, la capital guatemalteca abandonada, luego de su destrucción por los terremotos de 1773, por dos representantes de generaciones que se suceden a poca distancia cronológica, pero entre los cuales media un abismo en cuanto a la estética que ponen en juego. Bajo la mirada de Wyld Ospina, la Antigua revela todo su hechizo romántico, entre las «sedas desvaídas» del crepúsculo decadente. Bajo la de Cardoza, es un lugar insólito, inscrito en una perspectiva surreal cosmopolita. El lector de lengua española apreciará el contraste hasta en los significantes: juegos de ées y óes en los ecos del viento entre las arboledas de Wyld; íes de Luis Cardoza, que amalgaman al sonido la grafía, para atraer los rayos de las tildes.

En el terreno conquistado por los primeros vanguardistas, implantan sus fueros tiempo más tarde los Tepeus. Como si trataran de reforzar la rutina decimalista, deciden presentar sus primeras incursiones públicas en 1930, desde la página literaria del diario El Imparcial. El nombre mismo del grupo ostenta una toma de posición, ya que tepeu es un vocablo de la lengua maya-quiché que significa formador, creador. El grupo engloba por igual a narradores (Monteforte Toledo, Samayoa Chinchilla, Rosendo Santa Cruz) y a poetas (Morales Nadler, Hernández Cobos, Miguel Marsicovétere). Algunos cultivan ambos géneros. Es el caso de Balsells Rivera y Francisco Méndez, incluidos en estas páginas, quienes fueron también notables cuentistas. El primero está más enmarcado, como poeta, dentro de los cánones internacionales de la época. El segundo avanza hacia una concepción más propia de su generación, cuyos postulados implícitos formularía en un recuento de aquélla, alrededor de trece años después de los inicios.4 Los tepeus, dice Méndez, representan «la rama guatemalteca de la literatura americanista». El interés por el indígena, precisa, no proviene de la «lástima» ni del «proteccionismo», sino de la «paridad e identidad entre el destino del criollo [el mestizo, o ladino]» y el de aquél. Recuerda que el grupo, orgulloso de su mestizaje, se propuso a la vez reivindicar al dominado como ser humano y exaltarlo como fuerza cultural.

Dicho programa es más tangible en la ficción latinoamericana de la época que en la poesía: el negro y el indio, los discriminados de la historia, ausentes de la literatura del pasado, son por entonces, en Latinoamérica, los protagonistas de la narrativa escrita por los intelectuales de la clase media. La lírica, por su parte, no admite este indigenismo sin el riesgo de lo pintoresco y lo caricatural. El aporte de la época al género lírico es formulado por Méndez de manera aproximada: «una literatura guatemalteca [que exprese] a Guatemala geográfica, geológicamente» (subrayado nuestro). La insistencia es reveladora, tanto como la modificación del vocablo. Como si pasara de la fotografía a la radiografía, el término geológico busca denotar una naturaleza profunda, más radical que la geografía. Lo telúrico, otro vocablo favorito de Méndez y de la época gravita en el mismo registro semántico. Los dedos en el barro (1935), el título de su primer poemario, apunta en el mismo sentido. El paisaje es identidad. Es historia y fábula además de presencia física. Mejor que en sus reflexiones críticas, Méndez lo proclama en el hermoso poema, a la vez homenaje y manifiesto antípoda del rubendarismo, Un trozo de jade a Darío, que hemos incluido aquí. El Méndez de la madurez derivaría hacia otra temática: es probablemente el mejor de nuestros poetas eróticos.

En 1941, los jóvenes fundan una nueva asociación de escritores y artistas. La tiranía de Jorge Ubico (1931 - 1944) tiene casi diez años en el poder y toda manifestación de la vida guatemalteca es motivo de sospecha y provoca la vigilancia. A pesar de algunos incidentes, menores, el grupo pervive y funda, en 1942, la revista dirigida por Otto-Raúl González, Acento, que le da nombre a esta promoción de nuevos escritores. Entre los colaboradores figuran, además del propio González, Raúl Leiva, Antonio Brañas, Carlos Illescas y Enrique Juárez Toledo, entre los que consolidaron una presencia duradera en la poesía guatemalteca.

En relación con los Tepeus, los integrantes de Acento aparecen como más concernidos por la problemática social y política del país. Algunos de ellos, especialmente Leiva y González, abrazaron decididamente la creación de temática social. Desde las páginas de la revista mencionada, y las de El imparcial, donde encontraron acogida todas las promociones literarias, gracias a la hospitalidad de César Brañas, Leiva cuestionó a algunos de los valores del establishment cultural de la época e inició, seguido por los otros miembros de Acento, la ruptura generacional de manera polémica. «La batalla fue dura, porque se provocó la ira de más de un Júpiter criollo con los pies de barro», pero «se logró sacudir el adormecido entorno literario» -sintetiza Otto-Raúl González, al retrazar la historia de su generación. A la revolución literaria siguió lo que se podría llamar la batalla ideológica de la revolución social y política. «Poemas de intención social, artículos combatientes y fogosas proclamas fueron el vaticinio de la gesta libertaria de 1944.»5

Por encima de estas discordias saludables, los hallazgos estilísticos se dan la mano, conformando una tradición criolla. El mejor poemario de esta época, Voz y voto del geranio (1943), de González, no olvida la lección del Week end de Méndez, donde los geranios aparecen por primera vez como «las flores del pobre». El símbolo se politiza en Otto-Raúl. Los geranios se vuelven cívicos y manifestantes, pequeñas banderas en la luz, mítines de color y de gracia.6 Aunque menos politizados, los de Méndez poseían ya, a la par de una humildad franciscana, algunos atributos del proletariado. «Basura del paraíso / y pocitos de sangre proletaria», profiere el Week end. Es revelador el epíteto con que Cardoza, sensibilidad tan distinta, califica a la misma flor: «violento geranio», en el crepúsculo apocalíptico de Antigua («parece que va a llover sangre, / de cómo se afanan las hormigas», enuncia la palabra de este visionario. Su poesía es una flor de lava).

La revolución de octubre de 1944 inicia un a década democrática que transforma la vida del guatemalteco en todos los órdenes. En 1947 se funda la agrupación Saker Ti (Amanecer) que promueve la participación activa de los artistas y de los escritores, primordialmente los jóvenes, en la vida nacional. Luis Cardoza y Aragón regresa al país y funda Revista de Guatemala, la empresa literaria más ambiciosa y mejor lograda de la década. Sus páginas divulgan lo más representativo de la producción nacional, junto a otros valores contemporáneos de Hispanomérica y hasta alguna novedad bibliográfica mundial, como un ensayo, hasta entonces inédito, de Turgueniev. Socialista radical, enemigo del realismo socialista en estética, Cardoza alterna cortas estadías en el país con misiones diplomáticas, seduce con su personalidad literaria a los más jóvenes, orienta, se aísla, entra en conflicto con el medio y rompe finalmente con él, en las postrimerías del régimen de Jacobo Arbenz, segundo y último presidente del periodo democrático, sin llegar a la disidencia política. El poema A Rafael Landívar, recogido en este volumen, es una versión lírica de este conflicto.7Reinstalado en México, vivirá en un exilio permanente hasta su muerte, acaecida en 1992.

La intervención de la CIA en los asuntos internos de Guatemala, en julio de 1954, repercute negativamente en todos los órdenes de la vida nacional. Se van al exilio, entre muchísimos más, Asturias, Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, Raúl Leiva, Carlos Illescas, Otto-Raúl González...8 A pesar de este desastre, el demiurgo no duerme y, poco a poco, apuntan nuevos valores, a la sombra de Francisco Méndez y César Brañas, quienes prosiguen su producción dentro del país.

 

EL GENOCIDIO. POETAS MAYAS DE EXPRESIÓN ESPAÑOLA

País de cataclismos, el siglo XX no escapa a la cadena de desastres de la historia. A principios de los sesentas, una conspiración guerrillera de estilo «foco» guevarista provoca la reacción típica de la contrainsurgencia en Latinoamérica: el terrorismo de estado, que conlleva la eliminación física, por parte de grupos paramilitares, al amparo del poder, no sólo de los insurgentes, sino de oponentes de tendencia socialista que no compartían la idea de la vía armada como solución a los problemas nacionales. Conforme la historia se adentre en estos años terribles, dos preocupaciones van a dominar casi por entero la vida del intelectual guatemalteca: la utopía de los desheredados y el crimen político.

Alrededor de una década más tarde, la rebelión, extenuada, conoce un receso. En los años siguientes resurge, con una nueva estrategia: penetrar las poblaciones campesinas más pobres de la región maya, para librar una «guerra popular». A finales de los setentas y principios de los ochentas el poder da la respuesta a esta nueva etapa con la táctica de la tierra arrasada. El exterminio de poblaciones provocó el éxodo masivo de los sobrevivientes de la región más afectada hacia el vecino país de México.

Sumadas ambas etapas, la violencia duró más de treinticinco años, de marzo de 1962 a diciembre de 1996.9 Omnipresente en la vida ciudadana, interpela durante este largo periodo, como es natural, a los poetas. La mayoría se identificó simbólicamente con las clases desfavorecidas. Unos cuantos optaron por la militancia, la clandestinidad y hasta la lucha armada. Queda el problema de saber cuándo estas tremendas experiencias alcanzan a ser enunciadas por la poesía, y cuándo engendran únicamente una retórica, conforme con la idea de algunos para quienes las obras no son sino un instrumento más de la lucha de clases.

En este contexto aparece el grupo Nuevo Signo. En todas partes, las obras individuales realmente importantes son aquéllas que no se limitan a ser representativas de una tendencia, de una escuela o de una moda. En la Guatemala de 1968, este fenómeno es tanto más acusado cuanto que Nuevo Signo reúne las expresiones más disímiles. Sus integrantes -Delia Quiñónez, Julio Fausto Aguilera, Luis Alfredo Arango, José Luis Villatoro, Francisco Morales Santos y Roberto Obregón- tenían más de una década de producción detrás suyo cuando se organizaron en grupo, con la excepción de Antonio Brañas, la voz más discreta y acaso la mejor de las recogidas en este volumen. Brañas había aparecido más de un cuarto de siglo antes, en la época de Acento. Es difícil imaginar en aquel hombre retraído, silencioso, modesto, un afán emprendedor meramente promocional. Sólo la heterogeneidad de Nuevo Signo explica su adhesión a una generación cronológicamente tan posterior a la suya. En una palabra, no es posible encontrar una unidad interna entre las diferentes voces del grupo, todas de calidad. ¿Qué los une? Sin duda, el malestar de la historia y la dificultad de cosechar el trigo de los cielos en un medio en el que todo, absolutamente todo, se opone para hacerlo. El motor organizativo fue Morales Santos. Roberto Obregón, uno de sus integrantes, fue secuestrado en la frontera entre El Salvador y Guatemala y no reapareció jamás.

Obregón fue uno de los numerosos poetas que adhirieron a la lucha guerrillera. El primero fue Otto-René Castillo, muerto en combate en 1967. El mismo destino tuvo Antonio Fernández Izaguirre. Mayor que Castillo, duró muchos años más en la conspiración y abandonó definitivamente las letras en favor del humanismo armado, hasta su muerte violenta en 1981. En el mismo año, Oscar Arturo Palencia, otro miembro de las organizaciones secretas de izquierda, fue liquidado por las fuerzas de seguridad en las calles de la capital. Luis de Lión, también militante, fue secuestrado y desaparecido en 1984, tras dejar obra decisiva, no sólo en poesía, sino en narrativa. De Lión tiene la originalidad de haber sido también el primer escritor indígena de expresión española, fenómeno reciente en las letras del país. Mario Payeras, fundador de una de las organizaciones guerrilleras más conocidas, y encargado de la llamada resistencia urbana, también escribió poemas. Lo mejor de su obra son algunos relatos con profundo amor y respeto por la naturaleza, la crónica idealista de la fundación y los inicios del Ejército Guerrillero de los Pobres (Los días de la selva) y el testimonio de la derrota de la guerrilla urbana (El trueno en la ciudad). Murió en México en 1995. Marco Antonio Flores, para terminar, alternó periodos de militancia con otros de disidencia y, como Payeras, lo mejor de su obra se manifiesta en el género narrativo.

El destino trágico de esta generación marcó, como es natural, a la comunidad literaria guatemalteca en su totalidad. Los años terribles amargaron la vida de los que se quedaron dentro y nos privaron del país a los que nos largamos. Manuel José Arce, una de las mejores voces líricas del siglo, murió en el exilio, en Francia, en 1985. Luis Eduardo Rivera, radicado en este mismo país, ha prolongado su alejamiento hasta la fecha.

Como acontecimientos relevantes de este largo periodo deben mencionarse la revista Alero, fundada en 1970, bajo el auspicio de la Universidad de San Carlos de Guatemala, a través del Departamento de extensión universitaria, dirigido por Lionel Méndez, arquitecto y crítico de arte. La revista desbordó el marco académico y tendió un puente entre los escritores y los artistas y los universitarios, y entre los representantes del exilio propiamente dicho, y los inconformes del llamado exilio interior. La creación en verso divulgada en Alero forma parte de un programa más amplio, que incluye la literatura en general y las ciencias sociales, pero se menciona aquí esta publicación por su importancia dentro de la cultura nacional. La aparición de los talleres de poesía es un fenómeno más específico de la creación poética. Fueron animados por el impetuoso Marco Antonio Flores y, después de los años 8O, por su discípulo tranquilo, Enrique Noriega. Cabe mencionar también a los grupos Cuerpo sin lugar y Rin 78, que no suponen, al contrario de Nuevo signo, el cultivo exclusivo de la lírica.

Sin constituir una asociación específica, o un grupo formal o nominativo, se manifiestan a manera de miembros de una misma familia lírica, Ana María Rodas, Enrique Noriega, Luis Eduardo Rivera los cuales hicieron sus primeras armas en Alero junto a Aída Toledo y Otto Martín, salidos de los talleres de Noriega. Quizás el denominador común a este grupo sea la violencia verbal, la carga de dinamita que todos ellos emplean para hacer saltar en pedazos una retórica falsa, contraria a las necesidades expresivas de la vida actual. Las diferencias de uno a otro son, sin embargo, enormes en los casos individuales. Así, la visión de mundo de Martín prolonga la revolución imposible de Castillo y Payeras, el equívoco sublime, absurdo y desmesurado de transformar la historia por un impulso voluntarista y escribir poesía como parte de esta experiencia. En el periodo de «la paz aún no ganada»,10 la voz de Martín se vuelve, inevitablemente, la del habitante de un mundo sin sentido. Rivera, por el contrario, sin ignorar el horror de la historia, opta desde el principio por una rebeldía existencial, anti-conformista en un sentido social más amplio que el derivado directamente de la política.

A la manera como Manuel José Arce constituyó una voz paralela, sin oposición, pero así mismo sin identificación con Nuevo signo, Rafael Gutiérrez se afirma como una voz solitaria frente a este grupo y constituye, a juicio del firmante, el mejor valor lírico guatemalteco de este fin de siglo.

La aparición de escritores indígenas en lengua española, a partir del ya mencionado Luis de Lion, fallecido de muerte política en 1984, es un fenómeno ligado a la historia reciente del país, ligada en parte a la movilidad social que produjo la guerra. Humberto Ak'abal, de la etnia quiché, representa este fenómeno en la poesía. Ofrecemos algunos de los versos de este poeta, que ha adquirido un sólido renombre internacional en apenas una década de producción.

Al lector de descubrir por cuenta propia este prodigioso conjunto, que convendría poner bajo uno de los aforismos de Luis Cardoza y Aragón: «La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre».

José Mejía

 
 

Notas:
1 La antigua civilización maya había desaparecido siglos antes de la llegada de los españoles, que encontraron en el territorio guatemalteco a sus descendientes. La denominación maya, aplicada a las poblaciones aborígenes actuales, es de cuño reciente. Maya engloba, de esta manera, un fenómeno etno-cultural más amplio, cuya unidad está, según la ciencia antropológica, perfectamente fundada.
2 Esta segunda edición de Azul aparece el 20 de octubre de 1890, en la imprenta La Unión, financiada por un mecenas criollo, Francisco Lainfiesta.
3 La originalidad estructural de esta obra dificulta su clasificación desde el punto de vista del género literario. Si bien la designación de novela le conviene, gracias a que constituye un conjunto ficcional unitario, sus capítulos constituyen narraciones autosuficientes, que admitirían también, como las Leyendas, el calificativo de largos poemas en prosa. Considerando este aspecto decisivo de Hombres de maíz, C. Couffon la designa como poème-roman.
4 El Imparcial, 25 sept., 1943
5 Caminos de ayer, Ministerio de cultura y deportes, Guatemala, 1990.
6  Fue Méndez quien presentó a González al público, en páginas de El Imparcial.
7  El poema antecede unos ocho años a la ruptura real. La inadaptación del poeta al medio guatemalteco aparece, según esto, muy temprano.
8  Algunos de ellos estaban radicados en México. La diferencia entre los que salieron literalmente al exilio y los que se ganaron el estatuto de exilados porque no pudieron regresar al país carece de importancia para el tema que nos ocupa en estas líneas.
9 La guerra costó, según estimaciones provenientes de fuentes norteamericanas, divulgadas por el Washington Post, más de 100,000 víctimas, 40,000 desaparecidos, 200,000 huérfanos, 80,000 viudas, más de 440 aldeas destruidas y el éxodo de más de un millón de personas. Las tomo de su reproducción por The Guardian Weekly del 15.12.1996.
10 Expresión de Arqueles Morales, quizás el único escritor militante de los años sesentas que no se implicó en la lucha armada. Sus versos, hermosos y culpables, insisten en esta ausencia.

 

 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.