TRES RELATOS PARA PASAR EL AGUA

por Marco Augusto Quiroa. Escritor nacido en Chicacao, Suchitepéquez

La antigua estación del tren de Mazatenango, Suchitepéquez

2 La estación

Allí estuvo siempre, desde que se oyó el primer pitazo del tren entre los grandes árboles de Chitalón, cuando tío Nino y don Moncho Cárdenas y don Santiago Morán, el papá de Chibolita usaban pantalón balún y estrenaban el primer trago, y empezaron la plática sobre política que seguía cincuenta años después, sin ponerse de acuerdo, entre el chirrido y el hamaqueo de las mecedoras.

Siempre estuvo allí, donde La Libertad termina o empieza, según uno vaya o venga, no importando si el gobierno era dictatorial o semi democrático. Bonito nombre le pusieron a la calle real que antes tuvo almendros, pero que un alcalde de cuyo nombre no puedo acordarme, mandó a talar con el pretexto que botaban mucha hoja, pero la verdad es porque los paisanos hacían aguas menores en sus troncos y con los calorones de mediodía no se aguantaba el mal olor.

La Libertad. Tal vez la bautizaron así para que nunca olvidemos que el mero oficio del hombre es nacer y vivir libre. Y allí donde las piedras canteadas de la calle se hacen cemento alisado, está el viejo caserón de madera pintado de gris y verde, con sus bancas de reglitas, un señor con visera de celuloide verde y ligas en las mangas de la camisa, viéndonos desde atrás de los lentes con montura de oro y a través de la reja de fierro que lo mantiene ajeno y distante, perdido entre montañas de guías blancas, amarillas, celestes, pisapapeles de metal, la maquinita para transmitir en clave morse que no descansaba nunca, día y noche, de su taquicardía febril, y unos grandes frascos llenos de agua verde, acomodados en la estantería de madera oscura.

Nunca nos aventuramos del otro lado de la línea, hasta los mangales frondosos y los pájaros picoteando los frutos maduros. Echábamos un vistazo cada quince minutos al reloj de pared y al pizarrón negro con el itinerario que sabíamos de memoria: El Tuneco va para Ayutla a las 11:15 y regresa a las 17:30. Para Guatemala solo hay uno: a las 10:05.

Allí en esa vieja estación de bolitos durmiendo en las bancas, de madrugadas solitarias, abordamos una noche cualquiera el tren que nos llevó a descubrir nuevos horizontes. Ni mejores ni peores: diferentes.

Y allí, a esa vieja estación, algun día volveremos.

No hay vuelta de hoja.

 

 

 
 
 

 
 
 
 

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Última revisión: 28/12/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.