Razón del heroísmo

por Jessica Masaya Portocarrero

 

¡No firmen la paz, se lo suplicamos! ¿Qué no ven que no hemos disparado ni un tiro ni derramado ni una gota de sangre? Aún estamos vivos y enteros, en los salones de clases con los libros en las manos apenas enterándonos de lo que sucedió, oyendo lejano el eco del sufrimiento de las víctimas...... Si lo hacen, tendremos que ver a esos malditos esbirros (violadores de nuestra patria madre) como a nuestros iguales, verlos sonreír en la T.V. mientras se proclama el fin de la guerra..... nuestra guerra, la que nunca libramos, donde murieron miles de seres humanos valiosos. ¡Piedad de nosotros, los que tuvimos la mala suerte de nacer entre los últimos tiros!

La noche que cambió nuestras vidas, con cansada disciplina acudimos a aquella entrega de libro como quien visita un santuario, nos acomodamos por ahí dispuestos a tomar nota mientras fumábamos sin parar: Rafael, Jesús, Gabriela, Brutus y yo. Entonces ellos empezaron a llegar, lentamente unos, otros todavía con paso nervioso y hasta juguetón, blancos sus cabellos o inexistentes: saldos, residuos o reliquias de la extinción intelectual de la guerra, ¿vivos realmente o viviendo de recuerdos?; definitivamente atormentados. Se sentaron distantes entre sí pero sin dejar de dar la impresión que un hilo invisible los unía a todos, eran muchísimos años de encontrarse y desencontrarse. Nos parecieron tristes, como solterones amargados que se quedaron vestidos y alborotados, desconfiados y descreídos, con esa incredulidad apasionada del que quiere desesperadamente volver a creer y espera una señal que no aparece. Entonces empezó el acto literario con un soporífico discurso de un catedratiquito de mierda, quien se refería a la lírica de la guerra y sus mártires con la misma indiferencia y aire de conocedor como si hablara de la destrucción de Pompeya. Hablaba de un pueblo y un pasado ajeno del que se había enterado por medio de textos y que para él era "una larga y negra noche de pesadillas de la que estábamos a punto de despertar". Sus afiladas manos intentaban enmarcar la fingida emoción de sus palabras, como si le importaran los miles de muertos, él, con su traje carísimo y de dudoso gusto, ¿dónde estaba en ese entonces? ¿bajo la cama leyendo a San Agustín? Ahora que todo está por terminarse sale de su escondite a ensalzar a los que sí arriesgaron y hasta perdieron todo por pensar diferente. Mediocre cerote. Nosotros nos rascamos y removimos en la mesa aburridos, esperando deseosos que El Poeta, sentado en silencio al lado del conferencista, hablara al fin. Cuando el catedratiquito de mierda terminó de leer-recitar su largo discurso casi con un "¡he dicho!", creímos ver en los ojos de El Poeta un gigantesco y apabullante rencor contra ese maniquí que le ofrecía el micrófono en medio de aplausos. Tal vez fue nuestra imaginación.

El Poeta, viejo y cansado, con sus rasgos indígenas y sus manos grandes y fuertes me recordó una escultura de Galleoti y Torres que está cerca de mi casa. Digno, con ese misterio milenario nos miró a todos como midiéndonos mientras en la sala había un silencio de expectación. Quizá le sorprendió ver a sus viejos amigos-enemigos-rivales compañeros entre tanta cara desconocida que lo miraban como en exposición. Nos pareció que una violenta tristeza se le agolpaba en el pecho, cuando de pronto dejó por un lado el reluciente libro que le entregaban esa noche y el papel con el discurso de agradecimiento (¿quién debería agradecer a quién?), y abrió otro libro, más viejito y evidentemente más querido, y leyó un poema muy corto, quizá el más corto, con una voz solemne y pausada que nos enchinó la piel:

RAZON DEL HEROISMO:

¿Qué nos hizo ir en busca de la muerte

si no el ciego deseo por la vida?

La gente de la editorial se sorprendió al no escuchar el agradecimiento de El Poeta desfasado y olvidado al que le habían hecho el favor de publicar una su antología; a los de su generación se les encogió el corazón aunque lo disimularan, mientras nosotros sentíamos algo parecido al amor, ó algo así como una emoción primaria. El Poeta, sin inmutarse y luego de un tiempo enrarecido por el silencio, empezó a recitar casi de memoria los poemas de su propia antología, cada uno dedicado a un hombre o mujer de la revolución, presente o ya agigantado por la muerte. El catedratiquito de mierda frunció un poco la naricilla por la falta protocolo de ese acto literario, "si hubiera sabido ni vengo" parece que pensó al consultar su reloj. Aquel espectáculo nos hacía olvidar un poco a todos aquellos poetas de pose, snobs y rosaditos, que compran ropa de marca y abrazan las causas que están de moda. Así que por chingar le echamos más leña al fuego y cuando El Poeta llegó al poema por todos conocidos, nos pusimos de pie y lo declamamos a todo pulmón, al estilo de una larga y sentida consigna. De inmediato nos localizaron y reconocieron, "¿qué hacían esos mal vestidos, vagos, mariguanos e inútiles tan lejos de su hábitat, ahí en plena zona 9?" Por supuesto eso nos peló la mandarina como siempre y, a las palabras finales de El Poeta, quien nos conmovió al recordar a los poetas que se quedaron desangrados en los pliegues de la historia, contestamos gritando sus nombres con emoción.

Los que habían llegado solo a curiosear, después de pedirle su autógrafo a El Poeta como si fuera un actor de telenovelas, se fueron sin tener la más mínima idea de quién putas era. Sólo después de eso pudimos acercarnos y él nos observó de manera severa, creo que no estaba seguro de nosotros ¿qué tal éramos sólo unos panfleteros que repetían consignas como loros? A pesar que de eso ni nosotros mismos estábamos seguros, le hablamos con nuestra franqueza de siempre, nuestra mejor carta de presentación. Sin adularlo le dimos a entender que le admirábamos y que a través de su poesía habíamos conocido a los hombres y mujeres de esta Revolución que moría, y que era el más hermoso homenaje para evitar el olvido. Así es que el poeta nos llevó a su mesa y nos presentó como "estudiantes amigos", estrechamos vigorosas manos de gente que solo habíamos visto de lejos o que conocíamos por libros.

 

Esa fue la primera vez que ser marxistas trasnochados nos era de utilidad fuera de la universidad, pues nos entendíamos muy bien con esas personas que podrían ser nuestros padres e incluso algunos nuestros abuelos. Sin embargo, ahí estábamos cantando las mismas canciones y declamando los mismos poemas empezando así la chupadera, ya que ellos a pesar de sus achaques aún se propinaron sus buenos tragos pero finos al tiempo que nos regalaron hermosos pasajes de la USAC de ayer y de la que, llegamos a la conclusión, no queda nada. Mientras bebíamos cerveza tras cerveza, nosotros, tristes guerrilleros de cafetería (cuadros de vanguardia en formación que le dicen), tomábamos más conciencia que nunca de que estábamos a menos de un año de la firma de la paz de una guerra a la que llegamos tarde. Con los ojos chiquitos ya de bolos nos miramos entre el humo de cigarro como diciéndonos "muchá, esto no puede quedarse así, ¿acaso nosotros solo mostraremos un triste carné de reinserción sin merecerlo?" A pesar de esos pensamientos, fue una de esas parrandas memorables, con tema. Nuestros veteranos amigos estaban muy a gusto contándonos sus anécdotas, nosotros nos echamos unas cuantas, y ellos se sorprendieron de algunos cambios evidentes, como el hecho de poder hablar libremente de ciertas cosas en público y al calor de los tragos. Nosotros nos reímos, pues en esas nuevas circunstancias creíamos que casi nada era peligroso y ya nadie nos perseguía ni nos espiaba, éramos insurgentes desarmados y encima pasados de moda andando libremente. Les recordamos que ahora los secuestrados son las personas con pisto que tienen para pagar millonarios rescates y que los secuestros políticos cayeron en desuso por ser poco rentables. Los muchachos de antes no dejaban de observar a Gabriela, creo que les sorprendió su actitud de cosaco para chupar y fumar ya que en sus tiempos las cosas no eran así. Ella les explicó con sus típicos argumentos feministas que ni siquiera los vicios deberían estar vedados a las mujeres y se soltó uno de aquellos rollos acalorados, hasta terminó diciendo que el hecho de que la pena de muerte no se aplique a la mujer es como una discriminación a la inversa ¿? Tampoco comprendieron a esta violenta feminista pues en sus tiempos las compas a parte de luchar al lado de sus hombres, criaban y educaban a sus hijos en lugar de estar emborrachándose. Había una brecha insuperable entre ellos y nosotros: los jóvenes, que no nos habíamos detenido a pensar en nuestra decadencia, quizá ya no habían razones para ser disciplinados y, ocupados en resolver nuestros propios problemas existenciales para justificarnos, nos perdíamos en vicios y reuniones estériles. En lugar de los heroicos patriotas comprometidos que vendían cara su muerte, quedaba un montón de confundidos que no sabían cuál era su papel en esta época de transición. Éramos como quien dice los renglones torcidos de Marx, que por cierto al día siguiente amanecieron, como siempre, a verga y con ansiedad a saber de qué.

Hasta esa noche íbamos todos como resignados pero no muy convencidos hacia la nueva etapa de la guerra, que, según nos insistían hasta el cansancio, no terminaba con la firma de la paz. Cuando los del organismo de conducción (mejor conocidos como "la tropa loca") nos reunimos con nuestro responsable, que en realidad era un irresponsable ególatra, le declaramos nuestra nueva posición con respecto a la firma: "No estamos convencidos aún de que la guerra no termine con la firma de la paz, ni que cambiará de escenario solamente. Cuando nos vencieron militarmente nos dejaron sin la beligerancia que se necesita para exigir, había que recuperarla para de veras negociar. Esta firma es uno de los requisitos que el gobierno neoliberal necesita cumplir para recibir apoyo económico, el cual solo favorecerá a los mismos de siempre. Si la comandancia y todos esos cabezones ya entraron en su etapa mística por cansancio, decepción, redención, conveniencia o lo que putas sea, deberían pensar en los que vienen después, los que aún tenemos los huevos y los ovarios para librar esta guerra. ¿Dónde quedó aquello de Hasta la victoria siempre ó Patria o muerte? De plano que pase lo que pase firmarán la paz, y ¿luego qué? ¿a jugar el juego asquerozo de la política en esta pseudo democracia? No hace falta ser un adivino para saber que las vacas sagradas de este sistema podrido seguirán siendo intocables, ¿acaso pagarán ellos por tanta muerte y desolación? Puta, no. Sólo se harán recuentos de daños para taparle el ojo al macho, luego la impunidad, después el olvido, y mientras los ricos cada vez más ricos y los pobres, pues comiendo mierda como siempre. Compañeros, por respeto a los caídos y sus familias, hágamonos escuchar. ¿Para qué tanta formación y coco wash entonces? Seremos todo lo desfasados que los neoliberales quieran pero sé que solo hay una realidad y está allá fuera, y a los que nos toca sufrirla no podemos darnos el lujo de pensar si X o Y ideología ya no es vigente. ¡A la mierda todo ese palabrerío! Este ejemplo les va a sonar estúpido, pero ¿por qué el cristianismo, con sus bases mágicas y pre científicas, después de más de 2,000 años sigue vigente? Porque esos curas cabrones son más buzos que nosotros para vender sus ideas...." Quizá esas palabras que arañaron la madrugada salían de las cabezas afiebradas de casi adolescentes, pero en esos momentos eran nuestra verdad y sonaban como una revelación. El encargado de la reunión, que al parecer tenía prisa y quería termináramos antes del amanecer y tenía otros puntos pendientes, con fastidio nos repitió los mismos argumentos que habíamos discutido noches enteras, pero como nada nos hizo cambiar de opinión nos prometió que arreglaría algo para nosotros, algo así como un "tour" por los campamentos guerrilleros existentes todavía para que nos enseñaran a disparar y participar en unas cuantas operaciones con los comandos urbanos, pero nada más, porque "no podemos detener la historia, compañeros" nos dijo enfáticamente. A partir de ahí decidimos actuar por la libre y, aprovechando que ya en esos días todo el mundo que militaba se conocía con todo el mundo (aunque no oficialmente todavía), empezamos a hacer contactos con ciertos compañeros de otras estructuras que sentían como nosotros.

Hoy 29 de diciembre 1996 que camino solo en medio del parque central hay a mi alrededor una especie de fiesta ¿qué estarán celebrando?, periodistas de todo el mundo cubren el evento esperado por 36 años, se supone que la guerra ha terminado y algo más fuerte que la tristeza me está trastornando, aquellos no están aquí y me dejaron a mí con la factura. Nuestros planes de "hacer algo" antes de la firma funcionaron pero no fue lo que esperábamos. Al parecer quedaban ya pocos rebeldes de verdad, la mayoría estaban ilusionados con los actos de la firma y con conocer a los comandantes, nos trataban de "ishtos" anárquicos e indisciplinados, egoístas aventureros buscando emociones fuertes irresponsablemente. Rafael, el más loco de todos, basándose en viejos manuales de guerra urbana planeó el secuestro y posible asesinato de un cruel ex jefe de policía que había matado a decenas de compas y simpatizantes, entre ellos un tío de él, un poeta que fue acribillado cuando salía de La Sierra Maestra hace casi quince años. Quizá Rafael había acariciado por todo este tiempo la posibilidaad de vindicar su muerte, quizá solo por eso había estado militando, saber. La cuestión es que logró el apoyo de otros dos locos patria o muerte y todo se salió de control, se percibía un ambiente tenso y la mara se perdía más que nunca en borracheras y disturbios, y aprovechando que finalmente los comandos urbanos nos asimilaron para hacer propaganda en favor de la firma, surgieron campañas de concientización espontáneas que terminaban invariablemente en escándalos temerarios. Cuando Rafael y sus compinches creyeron estar listos echaron a andar sus planes, pero la inexperiencia los traicionó y murieron acribillados por los guardaespaldas del viejo. Al día siguiente una pequeña nota en un periódico amarillista decía "frustan asalto a empresario, mueren tres delincuentes". El resto nos quedamos perplejos y emputados; sabíamos que la cosa no iba a parar ahí pues Jesús propuso vengar la muerte de su hermano Rafael pero nadie le hizo caso, pasando entonces muchos días culpándose por lo sucedido y, mientras otros en su lugar simplemente se emborracharían, Jesús, el más prístino y romántico de nosotros, una noche se suicidó dándose un tiro en la boca. A partir de ahí fue el acabose. Los de la orga ocupados en los preparativos para la firma de la paz no nos pusieron mucho coco, pues a parte de sacarnos la madre solo nos marginaron. Pero ya nada nos importaba, de la tropa loca solo quedaban unos seres sin esperanza y con un extraño compromiso con la muerte. ¿Cómo fue que fuimos a parar así? Quizá perdimos de vista nuestra vieja y manoseada utopía y por eso perdimos la orientación.

La siempre combativa Gabriela desapareció de pronto y, según lo que me contaron, técnicamente se suicidó pues para ella el casarse con un machista violento que la encerró en una casa miserable hasta la pura mierda para criar hijos es estar muerta, o peor. A parte de mis huesos solo quedaba Brutus, el más equilibrado y maduro de nosotros. Qué mierda. Ahora que pienso en él mejor me meto al Portalito a tomarme una chibola de tezón, o dos, o tres, o un montón.

¡Ah! el espumoso líquido me refresca la garganta y la memoria. "Mira vos, almacenamos todas las armas que podamos recuperar, no nos reinsertamos y tarde o temprano la mara se va a desesperar cuando realicen que las causas históricas de nuestra lucha persisten.... y entonces sí vamos a echar punta" me dijo Brutus, brillante economista que parecía ser el que mejor se adaptaría a la nueva etapa por su extracción pequeño burguesa y quien, a no ser porque la camarilla aplazó indefinidamente su ascensión a la montaña, hubiera sido un gran combatiente pues era bélico por naturaleza, pero él disciplinadamente esperaba la autorización. Cuando se dio cuenta que ésta nunca llegaría se maleó y entonces fuimos más lejos, yo incitando a los inconformes y él recuperando todas las armas que estuvieran mal paradas. Y solo unas semanas después de haber empezado a movilizarnos (conspirando dentro de la conspiración), un día en que teníamos un contacto importante en lugar de recibir su llamada la noticia vino a mí "Brutus murió despedazado en su casa". ¡Puta! esa mierda sí me asustó, ¿lo descubrieron (cualquiera de los bandos) y lo eliminaron? ¿y si yo era el siguiente? Por varios días chupé todas las noches y no dormí en mi casa, lo primero para no sentir el vergazo, y lo segundo para no afectar a mi familia. Cuando los compas de siempre de la orga notaron mi paranoia, me informaron oficialmente que Brutus no había sido víctima de ningún atentado sino que había estado almacenando en su casa toda clase de pertrechos de guerra y que al manipular sin experiencia algo le estalló en plena cara y lo hizo mierda. La familia de Brutus, evangélicos convencidos que esperaban que la firma de la paz devolviera a Brutus a los caminos de dios, nos culpaban a nosotros de la tragedia. Yo morí un poco con él, con los otros, con Gabriela.

Ya todo se ha consumado, todos los papeles se han firmado, es de noche. He salido al parque central a escuchar a los huecos de Alux Nahual cantar "Alto al Fuego", ya están rucos y panzones los pisados, y yo ya estoy a pichinga. Esta es una fiesta artificial, es como hacer una parranda en un cementerio, sé que los compas fingen alegría pero no la sienten, sé que sienten como yo, que no hicimos lo que nos correspondía, que no libramos nuestra histórica guerra, maldita sea, mejor hubieramos muerto también. Ahora no somos nada, somos como un imposible edificio, dificultosa y largamente planificado y que apenas empezado a construir se abandonó a medias, quedando vacío, inútil.

A partir de aquí seremos seres extraños, inadaptados, anticuados, despreciados, en extinción, de quienes nadie querrá saber pues todos los demás estarán muy ocupados chapuseando lo que hay que quemar hasta sus cimientos y volver a edificar....
 
A Carlos Luchador, in memoriam

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.