"DIOSAS DECADENTES"

Por Jessica Masaya Portocarrero

Siempre la miraba pasar, con ese paso de firme femineidad. Glamorosa, educada, era una estrella de las relaciones sociales, segura de sí misma tenía la frase apropiada para cada ocasión y persona. Tenía el cachet de tener prisa siempre, como si algo aguardaba por ella en otro lugar y seguramente con personas más importantes. Daba la impresión de ser una mujer con la agenda muy apretada y muy organizada, llena de proyectos y actividades. Cuando era mi alumna y entraba a mi cubículo a consultarme algo, lo hacía con una natural importancia, no como los demás que me miran de lejos y con miedo. Ella tocaba la puerta y entraba, me miraba derecho a los ojos mientras me daba un fuerte apretón de manos; cuando le pedía que se sentara respondía que no le tomaría mucho tiempo lo que tenía que decirme. Siempre al grano. Destilaba una atractiva elegancia, tenía el pelo largo y reluciente, y nunca supe si ese olor tan erótico que despedía venía de esa cabellera o de su piel, pues era un aroma que no podía venir de un frasco de perfume. Tenía una conversación cortés, ágil e inteligente, nunca hablaba tonterías y cuando lo hacía era para sacar a alguno de un aprieto.

"Gracias licenciado" me decía y desaparecía. El comentario de los otros era que había como un imán en esa independiente mujer, la mayoría la deseaban pero se sentían cohibidos ante su feliz indiferencia, algún romántico la comparaba con una ninfa. Era un reto para todos, un anzuelo que ella tiraba a su paso y que nadie se había atrevido a morder quizá por miedo al rechazo. A mí nunca me ha importado mucho eso, por lo que decidí en nombre de mi género intentar acercarme más por fines de investigación que amorosos, prometiendo que en cuanto tuviera algo que reportar a los otros hombres necios lo haría con prontitud, pensé que no tenía mucho que perder. Cuando ella notó mi acercamiento me pareció verla complacida, quizá estaba esperando a una víctima y me vio cara de presa fácil. Cuando me adentré en sus dominios, me di cuenta que ella pertenece a un singular grupo de mujeres que, en lo esencial, tienen las mismas características y son muy diferentes a las otras que se reunen con fines de proselitismo feminista y quienes ya nos tienen cansados con esa actitud de niños malcriados, vestidas con esa horrible moda holgada de pantalones a ras del suelo de colores insípidos y caras lavadas no inspiran ni al más imaginativo. En cambio, ellas son como sensuales gatitas, vestidas con desenfado, atrevimiento y buen gusto. Tampoco tienen nada que ver con las otras, las caza-maridos que escondidas tras su fachada de pseudo estudiantes sólo andan buscando desesperadamente al hombre-proveedor que las salvará de los libros y del trabajo, y lucen como amas de casa en potencia. En cambio ellas le huyen a los compromisos y las ataduras, y le tienen espanto a la maternidad, por lo que la evitan ó la desaparecen como por arte de magia.

Estas hermosas mujeres, pulidas hasta el último detalle, están interesadas en cosas más importantes que el matrimonio y sí que saben divertirse. Sus fiestas son una apoteosis, como las fiestas de la vendimia con la diferencia que aquí Baco ha sido destronado y en su lugar han quedado solo las diosas, quienes han heredado de aquel pobre dios arruinado únicamente la decadencia de sus últimos días. Así que aparte de dedicarse a hacer sistemáticamente el mal voluntariosamente, invierten gran parte de sus días reclutando posibles machos cabríos para sacrificarlos en aquellas bacanales donde todo puede suceder. Y yo que me creía muy seguro de mí mismo fui elegido precisamente por eso, sólo para encararme con mi muy negado machismo. Con aparente dulzura me invitaron a ir a su fiestecita, "es solo una reunión de amigos de confianza" me dijeron y ahí iba yo ansioso de verlas en acción, en su ambiente.

Alguien póngase un momento en mi lugar. Todo sucede con naturalidad, llegas a un sofisticado apartamento decorado con gusto, hay música suave primero y va subiendo de tono gradualmente según el ritmo de la fiesta, las luces son bajas, la conversación amena. Te sirven cualquier trago que se te antoje, cualquiera, te instalas y te sientes dichoso por haber sido invitado por una mujer tan deseada a tan agradable lugar. Ellas desfilan ante ti más bellas que nunca en aquel ambiente embrujador, te atienden y te sonríen, van de un lado a otro balanceando sus cuerpos, complacientes. Compartes miradas de complicidad con los otros hombres, pero de pronto te das cuenta. Cuando ya estás ebrio y todo se empieza a distorsionar ves sus verdaderos rostros: maliciosos y al acecho, te asustas y se te ocurre que te han envenenado o al menos narcotizado, cosa bastante probable por tu cara de idiota. El ritual ha empezado y tú, inocente presa, sigues el juego con la ingenua esperanza de que todo saldrá bien, pero no, no va a ser así, el placer y la humillación nunca fueron tan hábilmente mezclados. Te hacen bailar como a un muñeco al ritmo de sus caderas, eres un juguete, un títere, una vergüenza. Tan delicado y exquisito preámbulo para terminar en una especie de ceremonia casi tribal donde todo se sale de control, son como lobas devorando salvajemente las carnes de sus presas, quizás deseando las de su compañera. Compiten entre sí, cada una siempre intenta ir más lejos, ser más diabólica que la otra, explorar lo más oscuro y subterráneo de la condición del hombre y sutilmente atraerlo, dominarlo y luego hacerlo pedazos.

Así son ellas, simplemente tienes que jugar de acuerdo a sus reglas y perder siempre. Aquella noche, quizá a causa de mi poco coeficiente parrandero me sentía como caminando entre esponjas despues de tanto licor y mariguana, siendo por cierto la excepción pues los demás estaban consumiendo drogas más sofisticadas y me miraban como a un anticuado en medio de aquella fiesta de locos, donde había, entre otras cosas, un drag queen bailando con una mujer vestida de frac y fumando un puro mientras eran fotografiados por "algo" que estaba vestido(a) de plumas y que decía "strike the pose", a estas alturas la música ya era totalmente estridente y aquellos que bailaban furiosamente me empujaban de un lado a otro. Entonces decidí alejarme del ruido, me adentré en aquel departamento y un poco desorientado me asomé a una puerta que estaba medio abierta, ahí en una cama muy grande estaban dos mujeres besándose, cuando me notaron me atrajeron hacia ellas y empezaron a besarme ávidamente. Era el sueño erótico de todo hombre latino: estar con dos mujeres al mismo tiempo, como un porno star. Cuando ellas supieron que ya estaba vencido, me ataron a la cama con una extraña y femenina fuerza y cerraron la puerta. Ante mi mirada atónita empezaron a desnudarse mutuamente como en un ritual antiguo, con lentitud, gimiendo. Su cuerpos brillaban misteriosamente, eran carnes doradas que centellaban con cada gota de sudor o de saliva que corría. Nunca me sentí más torturado y a la vez tan excitado, con todo mi instinto rugiendo como un león mi cuerpo palpitaba y dolía de tanto deseo. De pronto me miraron con sus caras de gatas promiscuas y me sonrieron, y a pesar de que nunca las había visto en mi vida pensé que se apiadarían de mí. Pero no, son diosas vengativas que creo nos quieren hacer pagar por todo aquello que supuestamente hemos hecho por siglos. Así es que es que hicieron el amor casi encima de mí, como si yo fuera un colchón, un mueble, un cuadro, un adorno. Las hubiera agarrado a golpes o besos, no sé, si hubera podido, pero terminaron y con la misma parsimonia se vistieron, me guiñeron el ojo y se fueron. La fiesta seguía y nadie me hubiera escuchado aunque así gritara, con mucha dificultad me desaté y fui a buscar a mi anfitriona. Ella estaba más fresca que nunca, hablando con un hombre extranjero, quien le susurraba en el oído y ella sonreía. No pudo entender mi rabia y con ironía me dijo "no debiste haberte ido a dormir, querido, te perdiste lo mejor". Cuando traté de contarle se echó a reír, "estás loco, nadie ha ido adentro". Estaba tan turbado que no insistí y fui con una gran modorra a buscar a esas sádicas, pero no estaban y la fiesta se estaban mudando a otro lugar, creo, y opté por salir a la calle a buscar un taxi.

Para mi sorpresa cuando encontré a aquella mujer en la Facultad otra vez, me habló como si nada y hasta me hizo dudar de lo que vi. Yo trataba buscar en el fondo de sus ojos un rastro de aquella malicia, en su voz un eco de aquel abismo al que apenas me había asomado. "Lamento mucho que no le haya gustado nuestra fiesta, licenciado, me hacen gracia sus alucinaciones" fue lo único que me dijo y nunca más volvió a hablar del tema, ni de nada más. Después yo solo la miraba pasar, como antes, apurada y enigmática, quizá buscando que alguien mordiera el anzuelo.

En mi vida de aburrido catedrático universitario cosas así no cabían, pertenecían a los cuentos que otros relatan y uno llega a pensar son fantasías, quizá por eso no me atrevería a contar esto en otro lugar, quizá no me lo crean ni con estas líneas. No importa. Lo importante es que cumplo con mi deber de al menos advertirles que existen estas mujeres y andan por ahí, no se confundan, no son ninfas, son diosas decadentes.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.