LA MALABARISTA

Por Jessica Masaya Portocarrero

"Las bolas en el aire del malabarista". Esto tuve que leerlo en algún lugar, pero no recuerdo dónde. Es que de tanto leer hay cosas que uno cree son propias, pero no, se las leíste a alguien y han quedado como parte de tu memoria y cuando menos te lo imaginas te sirven. Supongo que eso es el bagaje que le dicen.

Yo tengo que tener, como el malabarista, varias bolas en el aire y con habilidad no dejar que ninguna se caiga al suelo. Es un asunto complicado que no cualquiera puede entender. A veces no son cinco bolas, a veces son sólo dos o tres; cuatro o cinco cuando de veras estoy desesperada y tú, dulce niño, ibas a ser la bola número cinco. ¿Cómo puedo explicarte? Para la gente es muy fácil tildarlo a una de puta, pero si ellos supieran el camino largo que una ha recorrido no lo harían con tanta ligereza. Tengo 31 y mis experiencias alcanzarían para escribir manuales de erotismo ó una crónica de los hábitos sexuales del final de siglo XX. ¿Necesito decir más? A estas alturas para mí el sexo es más bien un arte de orfebrería y no tiene que ver necesariamente con el corazón. Sí, sufrí mucho para llegar a esa conclusión que me hace lucir como un ser frío y calculador, pero lo más curioso es que eso, al parecer, es atrayente para los hombres, ávidos de retos y desafíos. Y si algo he aprendido en esta vida es que los hombres son fáciles, claro que sí, hasta el día de hoy nadie se me ha resistido, ni tú. El hedonismo está en el aire, todos quieren placer, algunos fácil y regalado, otros quieren que les cueste y que sea complicado, ¿será este hedonismo lo mismo que la consabida lujuria de los siete pecados capitales? No sé. Lo que sí sé es como saturar todos mis sentidos de placer, sé abandonarme y navegar a la deriva en este lago de aguas resplandecientes. No, querido, no sólo tú eres poeta.

Una de las viejas del barrio, cuando yo era casi adolescente decía que una de las mil razones por las que hay que preservar la virginidad es que "te puede gustar, mijita, y entonces vas a querer con todos y ya no vas a parar". Já, já, já, ¿y a quién no le gusta el sexo, pues? Lo que pasa es que lo niegan o no hablan del tema, así que cuando hay alguien trata como persona adulta de hablar del tema es víctima de toda clase de insultos, como yo. Afortunadamente la época en que esto me afectaba ya pasó, pues sé que en el fondo los que me critican quisieran cometer las locuras que yo he cometido. Dulce mío, tengo que decirte que no me arrepiento y que no podría ser otra manera, es mi temperamento, estoy viva, simplemente. Claro, a mí me gustaría encontrar UN hombre que me comprendiera y que llenara todas mis expectativas para así intentar eso que llaman la monogamia, hasta aquello de los hijos y el hogar. Pero tal hombre no existe, al parecer. Por eso soy lo que ves aquí, una mujer experimentada que elige a sus bolas periódicamente para hacer su acto de malabarismo. He tenido de todo, hombres de todas profesiones, estratos sociales, creencias religiosas y tendencias políticas, de todo. Llegué al punto de decir: "se me antoja uno de corbata" y allá iba yo a la caza y no me quedaba tranquila hasta tener aquella corbata en la alfombra de mi cuarto.

En esas andaba yo cuando te conocí, mi niño, y andaba aburrida de las bolas que tenía en el aire: un abogado, un estudiante de medicina, un vendedor de seguros y un periodista. Todos juntos no hacían uno bueno, y es que ese es el otro gran problema, la mayoría de hombres machistas que nos rodean en cuanto se dan cuenta que una no tiene prejuicios ni límites le pierden el respeto, supongo que es algo para sicoanálisis pues ellos ven en mí a una de las "chica malas" de las que les advirtieron sus mamás, y a las que no tienen por qué respetar. Uno es diferente a la noviecita o esposita, pero también diferente a la prostituta que cobra por acostarse, y es por eso que los hombres no saben cómo manejar la situación, porque uno está justo en el medio: no tienes compromiso con esta mujer, puedes hacer con ella lo que se te ocurra, pero no tienes que pagarle y encima a ella ¡le gusta! Bueno, entonces ellos no saben qué hacer y se sienten confundidos, pero a quién le importa.

Una tarde estaba comiendo sola en un restaurante y vi por la ventana que al parqueo entraba el carro del hombre que más me gustaba por entonces, el abogado, quien era divorciado y prometía como posible pareja estable. Venía guapísimo y traía un ramo de rosas en la mano. Tengo que admitir que por un segundo pensé que me había seguido y se le había ocurrido lo de las flores para complacerme. Por estar pensando en cómo estaba mi maquillaje y mi pelo, no me había dado cuenta que no muy lejos de mi mesa estaba una muchachita sola, en actitud de espera. Era muy joven, no más de veintidós años, muy linda y fresca, casi inocente. Sí, ya adivinaste, las flores eran para ella: su nueva y verdadera pareja. Sólo unos minutos después, cuando yo ya me había fumado todos los cigarros que llevaba en la cartera, él noto mi presencia, el muy hueco no supo qué hacer, creo que quería hablarme sólo para no perder mi compañía carnal del viernes pero eso hubiera significado que me presentara a su novia. Por eso pagué la cuenta y me largué. ¿Llorar? No, querido, eso quedó atrás en el pasado, lo que cuenta en esos momentos son las bolas en el aire, ese es el secreto de tal malabarismo. No puedes ponerle atención a una sola de ellas porque las demás se te caen al suelo. Cuando regresé a mi oficina llamé a los otros tres hombres pero no encontré a ninguno, y eso sí que es fatal porque entonces no funciona la receta, pero de pronto recordé que al estudiante de medicina ese día lo podía encontrar en un café que estaba de moda, así que fui a buscarlo con rabia contra todas las muchachitas inocentes con rosas en las manos. El patojo no estaba, sin embargo había mucha gente y el lugar estaba animado porque iban a entregarle un libro de poemas a su autor ese atardecer. Qué lindo fue ese atardecer, ¿recuerdas? Así fue como nos conocimos porque tú estabas con uno de los amigos del susodicho estudiante de medicina y resultamos en la misma mesa y puedo decirte, querido, que fue como entrar a otra dimensión. Ya sabes que no soy (o no era) mucho de poesía ni nada que tuviera que ver con ese ambiente, pero tú estabas como pez en el agua, tú, el poeta típico: pelo largo, perilla, colguijes, ropa étnica. Me pareciste una cara bonita y una persona interesante, lo malo era tu edad, hasta me imaginaba que tenías a una muchachita inocente con rosas en las manos como novia. Y ahora que lo pienso con calma, creo que ésa fue la motivación. Tengo que explicarte, cada vez que decido conquistar a un hombre tiene que haber una razón, algo así como un capricho que satisfacer. No te enojes, por favor, pero esa es la verdad. Entonces ese día pensé "pues que se jodan todas las muchachitas inocentes con rosas en las manos" y me lancé a conquistarte, lo cual no fue nada fácil. Tu renuencia sólo me inspiraba más, como dice la canción "the more you resist, babe, the more it excites me". Sorpresa, a tu edad eras el primer hombre maduro con el que me topaba en años, eras cauteloso y reservado, no confiabas mucho en mí. Afortunadamente, lo bueno de esta historia es que como ganancia de mi incursión encontré un grupo de amigos diferentes, profundos y sinceros con los que pasé momentos inolvidables. Por instantes la estaba pasando tan bien que olvidaba que estaba ahí para conquistarte. Tus amigos son tan amplios y modernos que no piensan que la diferencia de edad sea problema en una relación, por lo que miraban con buenos ojos que yo te haya echado el lazo y esperaban que aquello tuviera un desenlace feliz. Sin embargo, tú no te decidías, por más que yo usara mis mejores artimañas tú estabas encerrado en tu mundo, por lo que supe que contigo valían poco todas aquellas tretas baratas para los hombres tontos, por lo que, por primera vez guiada sólo por mis sentimientos, me adentré en tu mundo, y tu agradeciste mi interés confiándome muchas cosas sobre ti, compartiendo tus cosas y, lo más importante, valorándome por lo que soy más allá de mi atrevida ropa interior. A pesar de esto, angel, yo seguía enperrada con lo de conquistarte, ya sabes, la costumbre.

Creo que no necesitas saber que yo seguía enredándome con los otros cuatro, hasta con el abogado de la muchachita inocente con rosas en la mano, que hizo de todo para que lo perdonara y ése es otro de los juegos principales: le dije que sí lo perdonaba, pero dentro de mí lo odiaba y me estaba burlando de él, estaba pensando en otro cuando venía a mi cama, pensaba en ti. Empecé a tener fantasías contigo, imaginaba tu cuerpo delgado y bien formado mientras sentía las panzas y brazos fofos de los otros. Ya no aguantaba más, tenía que concretar mi fantasía contigo y nada más. Tú seguías tomándote tu tiempo, pero ya me buscabas siempre y estabas pendiente de mí; en mi locura no me percaté de lo que esto significaba. Entonces uno de tus amigos, el amigo del susodicho estudiante de medicina, me vio del brazo del periodista en un cóctel. Me trató como si el traicionado era él, yo con mi cara cínica propia para estas situaciones le sonreí y traté de acercarme pero me dio la espalda y se fue. Luego me buscó y me exigió que le explicara cuál era mi juego. Me agradó ver la lealtad que hay entre ustedes, son verdaderos amigos. Yo tranquilamente le expliqué que tú y yo no éramos nada, que ni siquiera nos habíamos besado ni nada y que hasta pensaba que no estabas interesado. Tu amigo enfureció, "¿es que no te das cuenta? M. te quiere, solo vive pendiente de ti, pero creo que no quiere apresurar las cosas porque él sí quiere una relación seria" me dijo. Uy, eso de la relación seria para una persona como yo suena como un eco lejano y escalofriante. A continuación, tu amigo me explicó que en tu corta vida nunca habías tenido una novia adulta y que yo había logrado entrar en esa caparazón que tienes encima. Ni siquiera ahí me di cuenta en la que me había metido, solo pensé "éste ya cayó". Entonces me advirtió que si no tenía intenciones honestas, que me alejara de ti.

El ansia de tener lo que hemos estado cazando me hizo buscarte más provocadoramente. Tu vivías en un apartamento de mala muerte en la zona uno, entre trastos sucios y libros por todos lados, que sin embargo tenía, en la azotea que usaban para colgar la ropa, una vista preciosa del Centro Histórico. "El escenario perfecto" pensé maliciosamente cuando me enseñabas el lugar, pero estabas extraño y no me mirabas a la cara, y como decidiéndote de pronto me invitaste a ver el atardecer en la terraza. Era diciembre y había un frío y un viento deliciosos, yo llevaba en el cuello un pañuelo de seda (regalo de alguno) que era liviano como una hoja seca, y de pronto se desató de mi cuello y alzó el vuelo como un pájaro, fue algo sublime y creo que fue así que mi cinismo me abandonó. Ni siquiera me importó lo costoso que era aquel pañuelo. Como notaste que tenía frío me abrazaste por la espalda, tenías un arrugado papel en las manos, empezaste a recitar en mi oído un poema que habías escrito para mí, creí que lo estabas leyendo pero no, cuando toqué tu cara noté que tenías cerrados los ojos. Nadie había hecho un poema para mí, quise guardar aquel papel arrugado pero el viento también se lo llevó. Por unos segundos vi cómo se alejaba mientras tú seguías abrazado a mí con los ojos cerrados, sabía que era el momento esperado. Suavemente di la vuelta y abracé tu cuello, al fin abriste los ojos y me miraste con unos ojos nuevos, tu expresión era tan bella que asustaba. Cuando quedaban solo segundos de aquella tarde, no te besé como era mi costumbre, sino que nos besamos de una manera que ya había olvidado: lentamente, con ternura, con devoción, no tenían nada que ver los besos de fieras hambrientas de los otros. Definitivamente, tú no podías ser una bola más en mi acto de malabarismo, lo supe con ese beso y por el temblor de tu cuerpo. Hubiera podido seducirte fácilmente allí mismo, pero no, contigo hubiera sido una vulgaridad y no me atreví. Es más, no quería besarte mucho porque temía que algo dentro de ti se rompiera, temblabas como un árbol.

 

Entonces fue el principio y el fin. Aquel atardecer mágico no significaba lo mismo para ti que para mí. Sí, ahí me di cuenta lo perra que estaba siendo contigo. Tú estabas dedicado a mí y me querías llevar a todos lados, querías que estuviera contigo siempre, y yo, perdóname, te pagaba acostándome me con los otros. ¿Acaso no te dabas cuenta? Porque andabas feliz diciéndole a todos que yo era tu "compañera" y ellos te hacían caras de "ay, sí, cómo no". Pero por otro lado, nuestra relación de amigos era cada día mejor, estábamos conociéndonos de veras y fue así como me enteré de lo que me motivó a dejarte. Es que pareces un niño, o mejor, un angelito, inocente para ciertas cosas. Una noche como descuidadamente me dejaste saber que nunca te habías acostado con nadie, y seguiste cocinando el espaguetti que teníamos en la estufa. ¿Yo? No sé por qué me quedé fría, me pregunto si los hombres sienten lo mismo cuando una mujer les dice que es virgen. Hasta entonces comprendía muchas cosas de ti, porque, claro, no eras virgen porque no tuvieras con quién hacerlo, sino porque te habías dado tu tiempo y no eras como los otros machos que se sienten hombres solo si la andan metiendo donde pueden. A partir de tu confidencia empecé a sentir por ti un sentimiento maternal, quería protegerte de mujeres.....como yo. Esa noche me fui con mil ideas en la cabeza, nunca me esperé algo así, ahora sí estaba desubicada por lo que decidí consultar con alguien.

Eras un muchachón guapo, con veintidós años de edad y todavía virgen, la fantasía de mis amigotas. "Echátelo encima, amiga, ni lo pienses" me dijo una con entusiasmo, mientras empezaba la ronda de sugerencias a posibles situaciones en un caso como éste. "Es que ustedes no entienden", les dije y me fui todavía más confundida. Tú ni siquiera me habías pedido que me acostara contigo, quizá todavía ni lo habías considerado siquiera, pero yo sentía que tú tenías algo ahí que no podía manejar ni comprender. Por un lado, como era mi costumbre, el imaginar ser la primera mujer en tu cama me excitaba y me llenaba de entusiasmo, pero por otro lado sentía que yo no era algo así como merecedora de aquello.

Sin embargo, en un arranque de egoísmo te pedí que me acompañaras a un pueblo a hacer unos asuntos de mi familia, y te advertí que tendríamos que dormir allá en la casa de mi tío difunto, "donde sólo hay una cama" te dije con intención. Qué situación, tú bajaste la vista como resignado o quizá nervioso. Pero mis planes casi se vinieron abajo cuando tus amigos más cercanos se enteraron, y sin más vinieron a decirme que estaban hartos de que yo te tratara como a un juguete, además me entraron los escrúpulos porque finalmente había encontrado a mi quinta bola para el acto de malabarismo: un arquitecto cuarentón y sibarita con el que me entendía muy bien. Sólo por el entusiasmo que tenías de hacer el dichoso viaje no lo cancelé, ibas como una oveja al matadero, resignado. Pasamos un día divino en el campo, visitando gente y comiendo cosas sencillas, me tomabas fotos a cada paso y estabas como feliz. Para mí aquello era una tortura, las horas pasaban y no me decidía. Mi hedonismo y vanidad me recordaban la sexy ropa de dormir que llevaba en la mochila, pero otra parte de mí me hacía recordar los excesos que había cometido con el arquitecto sólo una noche antes. No sé qué expectativas tenías tú de aquella noche. Después de cenar nos conducimos en silencio a la casita de mi tío el difunto, que de veras no tenía más que una cama. Tú muy decidido te cambiaste y te acomodaste, entonces yo entré al baño y empezó la batalla más recia entre el bien y el mal de la historia, dentro de mí. Tenía mil buenas razones para no seducirte, pero también un par bastante poderosas para abandonarme al placer otra vez. Después de todo, a ti sí te quería. ¿Te sorprende que te lo diga, ahora? Pues sí, te quería como había olvidado que se podía querer, dentro de mí había un temblor cada vez que me abrazabas y mil mariposas revoloteaban en mi estómago. Y porque te quería y me importabas, salí del baño con un pants, un suéter, dos calcetines y hasta un pasamontañas, "es que hay mucho frío" te dije, tú reíste con ternura. "Además, no me siento bien, creo que me va a dar gripe", me acosté y me cubrí completamente. No quería verte a la cara, temía ver en tus ojos aparte de tu dulzura de siempre, un asomo de deseo que podría provocarme para ser lo que soy con los otros. Así que hasta te di la espalda y traté de dormir, pero casi no pude. Mientras fingía que dormía oía tu respiración un poco diferente, y tú tampoco dormiste. A ratos te acostabas junto a mí, y sé que me observabas largamente, lo sentía, después te levantabas y mirabas por la ventana mientras fumabas, luego al parecer escribías y escribías, mientras yo no podía dormir, qué sensación tan perturbadora. El momento más difícil de aquella larga noche fue cuando de pronto suspiraste, te sentaste junto a mí y empezaste a acariciar mi cabello. Temblabas. ¿Por qué temblabas? ¿Es que me deseabas y querías despertarme para besarme hasta el amanecer? Nunca lo sabré.

A la mañana siguiente estaba segura que no podría soportar una situación así por más tiempo. Mientras regresábamos a la ciudad desvelados los dos, decidí que no podía seguir contigo y entonces me sentí mejor en cierta manera, pero también muy muy triste. En el bus era yo quien te observaba mientras tú sí dormías, y aquí viene lo malo: quería llorar. Con ninguno de mis otros hombres tenía ganas de llorar, pero por ti sentía un deseo de llorar incontrolable, por eso mejor cerré los ojos y también me dormí. Solo tenía que decidir cómo debía alejarme de ti, pero para mi desgracia llegó mi cumpleaños y tú organizaste una fiesta para mí, hasta invitaste a mis hermanos y primos y te dedicaste a atender a todo el mundo. Yo te veía de lejos mientras tú ibas y venías, y no te dabas cuenta que mis amantes ya me habían celebrado cada uno mi cumpleaños con anticipación, regalándome costosos presentes y haciéndome el amor con furia. Definitivamente no podía continuar así, sobre todo porque ante la vista anonadada de todos me regalaste un libro de poemas escritos a mano e ilustrado por ti mismo, todo dedicado a mí. Me enojé, no contigo sino conmigo por permitir que llegara ese momento, por no haberme dado cuenta a tiempo, por ser incapaz de corresponderte como tú te lo mereces. ¿Por qué no estabas con una muchachita inocente con rosas en las manos en lugar de estar conmigo, una mujer gastada y cansada de la vida? Me enfureció tu candidez, tu bondad, tu talento, tu sinceridad, tu amor por mí. Y encima tú comprensivo a mi ataque de mal humor, mejor me dejaste dormir mientras tú limpiabas todo el reguero de la fiesta.

Entonces me entregué con más violencia a mi vida original, a la vida del acto de malabarismo. Me perdí por unos días pensando qué hacer contigo, mientras tú me buscabas por todos lados y le preguntabas a todos por mí. Cuando por fin aparecí tengo que reconocer que fui cruel contigo, pero era la única forma de que tú comprendieras, que tú mismo te dieras cuenta de quién soy. Pero no, tú seguías aferrado a "lo nuestro", entonces llegó aquella horrible noche en la casa de tus amigos. Tenía que hacerlo ahí para que ellos te animaran a dejarme. Te hablé de mi acto de malabarismo, de los otros hombres, de mi necesidad de no pertenecer a nadie, de no tener compromisos, de mi imposibilidad de amar. Entonces tenías que decirlo, tenías que mirarme a los ojos y decirme "pero si tú me amas". Y no me quedó más que enfurecerme, decirte que entendieras de una vez que no podía ser. Mi lindo niño, lloraste y me pediste que no te dejara. ¿Por qué tenías que llorar? ¿Por qué? Es lo más horrible que me ha pasado, nadie había llorado por mí y siempre era yo la víctima. En cambio esa noche yo era como los que me habían hecho llorar años atrás: implacable, intransigible, cruel. Casi te dejé hablando solo y regresé a la fiesta a evadirme, tú te emborrachaste y claro, todos me culparon, pero ya no me importaba porque quería que todos me odiaran para que así te convencieran que me olvidaras. Ya como despedida, casi en la madrugada estuve besando a uno de los invitados a la fiesta y tú me viste. Cuando abrí los ojos y mientras ese desconocido introducía su lengua en mi boca, tú estabas ahí, más niño, indefenso y tierno que nunca, mirándome como perdido y asustado. Nunca más te volví a ver.

Sé que me maldices todavía por ahí, y que me has dedicado unos poemas feroces. Pero eso me alegra, porque aún piensas en mí. No me odies, por favor, ¿qué querías que hicera? No podía regresar a ser lo que fui con mucho sufrimiento y que me había costado tanto dejar. Si me hubiera quedado contigo, ¿qué venía después? Tú me hubieras amado unos años con suerte, pero te puedo jurar que tarde o temprano me encontrarías vieja y usada, y te irías con otra, o con otras, y yo ya no tendría la posibilidad de acudir a otro, por que cuando amas de verdad no puedes hacer malabarismos. Entiéndelo, soy una malabarista porque cuando un hombre me da la espalda, voy en busca del otro para ignorarlo, y cuando éste me engaña, voy a prisa con el otro, y cuando éste encuentra el verdadero amor, siempre está el lecho de otro que me espera con ansiedad.

¿Por qué no apareció alguien como tú cuando yo era una muchachita inocente con rosas en las manos?

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.