DE LOS PREMIOS Ó DE CÓMO ARRUINAR 
UNA CARRERA LITERARIA ANTES DE QUE ÉSTA EMPIECE    

Por Jessica Masaya Portocarrero

  Esta es la historia de Rafael Torre, un cuate de la Facultad que se las daba de gran bohemio, pensador, atormentado, fachudo, gafo, incomprendido y desperdiciado, escribidor de cuentos y poemas. Según él era una especie de "poeta maldito", por lo cual envolvía su cuerpo en un largo abrigo impermeable (presumiblemente de paca), tenía un montón de mechas por pelo, usaba lentes a lo Lennon y su pescuezo estaba envuelto con una bufanda cochina. Con esta facha todo el año aunque se cocinara del calor, trataba de marcar su estilo. Se construía un vestuario a su aire poetesco hasta para ir a talachar y a otras actividades de la Huelga de Dolores, en las cuales, por cierto, lo de su apodo era todo un chiste. Porque resulta que cuando anda uno encapuchado tiene que esconder su identidad y autobautizarse por aquello de la seguridad, pero si a la muchachada no le parece tu apodo por hueco, fresa ó ridículo, te lo cambian y ya, por ejemplo el caso aquel del que se quería nombrar a sí mismo Galgo, pero los patojos estallaron en risa diciendo que ya parecía nombre de camioneta extraurbana, por lo que ipso facto lo re bautizaron como Marquensita, ja ja, se pueden imaginar a un corpulento machazo con semejante nombrecito. Por este estilo, Rafael Torre quería que cuando andaba encapuchado lo llamaran Maldito, por lo de los poetas franceses, pero el apodo derivó a Desgraciado, Malnacido, Hijueputa, Cerote e insultos por el estilo. Y así se daban todos el gusto de maltratarlo.

Y es que la verdad Rafael Torre para los demás no era tal incomprendido, sino que caía mal y la mara no muy lo aguantaba. Él siempre estaba en contra de los que estaban a favor y a favor de los que estaban en contra. Como se creía un iluminado pensaba que él debía dar las instrucciones de cómo hacer las babosadas, desde cómo redactar un comunicado político hasta cómo quemar una camioneta, como si fuera ciencia esa mierda, sin olvidar sus instrucciones paranoicas para guardar siempre sus dichosas medidas de seguridad. Y todo porque leía "en paleta" decía él, y como no se podía demostrar lo contrario, él seguía siendo "intelectual" en una Facultad en donde eso se define por las palabras que se leen por minuto, aunque no entiendan ni rosca. Por eso cada vez que había una discusión, él sentenciosamente citaba a un autor importante y callaba, como el maestro que no dice más.

Rafael Torre cuando chupaba y quería hacerse el interesante, mientras miraba enigmáticamente la lejanía suspiraba y empezaba a hablar como para sí sobre lo que estaba escribiendo en eso momentos. A veces se trataba de una novela a punto de concluir, o de un cuento que se escribió casi solito, o de un poema que le había desgarrado las tripas (sic). Incluso contaba cómo estaba consiguiendo el dinero para poner en escena una obra de teatro de su autoría. No, si el pisado decía que dominaba todos los géneros literarios. Al principio la gente se cautivaba, sobre todo las patojas, con este escritor a punto de dar el salto a la fama pues en un país de analfabetos comerciantes, un escritor es un milagro, un freak show, un amigo que da prestigio, un enigma. Por ahí andaba Rafael Torre echando casaca por todos los antros artisticoides, donde era tenido como una atracción por su aura: una combinación de desamparo, holgazanería y genio.

Pero la cosa se volvió monótona pues pasaban los años y Rafael Torre ni publicada un libro, ni montaba la dichosa obra de teatro, ni se graduaba, ni ayudaba a concretar nuestras utopías, ni nada. Ya saben, en la U donde cada año la corriente trae junto con el agua nuevos pececitos, los que se aferran a la ribera emperrados con su mismo discurso, terminan por aburrir o, con suerte, por convertirse en personajes pintorescos. Cuando esto sucede, la mayoría tienen la dignidad de tirar la toalla, de graduarse, o casarse, o en el último de los casos, morirse. Sin embargo, cuando le preguntaban a Rafael Torre por qué no se retiraba de la U, decía que el mundo del conocimiento era su vida, entonces le decían que se graduara, pero él replicaba que no necesitaba el cartón para ser escritor. "Entonces publicá un libro (cerote)" le decían ya emputados, a lo que él respondía enigmáticamente: "Aún no es mi tiempo". La gente a sus espaldas poco a poco empezó a reírse de él, le bajaban el cuero y hasta le tenían lástima. Las traidas que tenía luego luego lo dejaban porque no le aguantaban la casaca tan intelectual decían, pero en realidad se hartaban de estar manteniéndole los vicios, la alimentación y a veces hasta sus sagradas lecturas, además dicen que en la cama era igual que en la U: mucha teoría y poca praxis. Y guardaba el misterio de sus grandes obras literarias bajo siete candados porque hasta entonces nadie conocía su arte, sólo la frase que escribió en el baño de la Bodeguita: "cada quien se llena sólo con lo que le cabe".

Cuando la mara se cansó de pelearse con él, de pelarlo y de mandarlo a la mierda, empezó a ser marginado y gradualmente olvidado. De pronto lo veían como a cualquier columna o árbol de la universidad, sus poses y frases desafiantes dejaron de llamar la atención pues habían otras atracciones por entonces, como las fiestas clandestinas y las drogas sofisticadas, la onda esotérica, oculta y "alternativa" empezó a imponerse y todos querían estar en lo "nuevo", nadie quería estar out. Y por eso la mota, la revolución, la Bodeguita y los rafaeles torres habían pasado de moda. Por ahí andaba todavía él, con la misma facha, pero había algo más que iba cultivando de tanta espera y aburrimiento, una melancolía genuina lo estaba cubriendo de una costra extraña, y entonces de repente desapareció. Algunos dicen que se fue a vivir a Pana o a la Antigua, lo cierto es que no se le vio por meses y a nadie le importó, era uno más que se largaba de la escena universitaria, al fin.

Pero cuando la muchachada estaba inmersa en las contradicciones de la pos guerra y los fresas solapados habían salido del clóset, ocurrió un curioso fenómeno. Fue como si viendo hacia atrás e influenciados por las tendencias retro, retomaron algunos temas y valores de la guerra, sobre todo por los movimientos de recuperación de la memoria histórica y los escalofriantes informes sobre las atrocidades de la guerra, se recordaba a las víctimas, sus ideas, sus luchas y se exigía justicia. En ese ambiente, todas las actividades culturales, artísticas y políticas tenían como tema un aire de nostalgia y de encuentro con el pasado. Por otro lado, se estaba tratando de motivar a los creadores pues la producción artística estaba más pobre que nunca. En este contexto, los organizadores el concurso de cuento más importante de este paicito, el cual se había declarado desierto los últimos años, decidieron revivirlo duplicando el premio para sumar una importante cantidad de dinero y le hicieron una gran publicidad, siendo el tema del concurso la memoria histórica. Total, había una gran expectación incrementada por los medios de comunicación debido, en gran parte, a que un famoso escritor (no por eso bueno) sudamericano cuyo nombre no quiero recordar, y quien siempre aparece en actividades así con fines de promoción comercial, había sido invitado a la premiación.

 

Y llegado el día del anuncio de los ganadores, el vocero de susodicha asociación luego de declarar desiertos el tercer y segundo lugares, abrió la plica cerrada y dijo: "el primer lugar en el concurso de cuento de este año es para Rafael Torre con su cuento La estaca de Nerón". Todos se quedaron perplejos, hacía rato que ya nadie ni pensaba en él y no se sabía de sus huesos. Después del asombro pasaron algunos días y nada del escritor ganador, hasta se dudaba que asistiera a la premiación. Pero no, se equivocaron todos, porque él se presentó y fue el centro de atención de aquel evento literario patrocinado por Cerveza Gallo. Luego de recibir un simbólico cheque gigante de manos del acartonado escritor sudamericano, Rafael Torre meneó la melena, se acomodó la bufanda y tomó lugar en el proscenio; se miraba fuera de lugar en aquel ambiente, mezcla de bazar de feria y salón de conferencias, con fuertes luces blancas sobre su figura parecía más desamparado que nunca, y sin embargo lentamente y de memoria dijo un discurso magnífico, que a pesar de ser largo no aburrió y tenía a la concurrencia en completo silencio. Fue extraño, como si en todos esos años había madurado, pulido y ensayado ese momento de su vida, pero en realidad no estaba dirigiéndose a todos nosotros sino a sí mismo, por lo que fue un extraño espectáculo de honestidad, desenfado y valentía, aún en aquellas circunstancias. El momento más lúcido y claro de su vida y sin embargo, había algo de amargura y cansancio en sus palabras, su actitud de pose y todo aquello había quedado atrás, estaba como vencido y, a la vez, triunfante. Después de ese sublime momento siguió el show, los abrazos, las fotos, el brindis y Rafael Torre iba de un lado a otro mangoneado por todos. La gente que una vez lo criticó lo alababa y se decían sus amigos. Salió en los periódicos y hasta en la sección de Gente Joven de Avances. Lo invitaban a hablar en todos lados, incluso en la radio y Rafael Torre quería hablar de todo lo que había llevado por años adentro, de sus ideales, de sus sueños, de sus miedos, pero de lo que querían que hablara era lo mismo siempre: "La estaca de Nerón". Para complacer, se dedicaba a hablar sólo del dichoso cuento. Luego de mucho entrevistarlo se publicaron varios artículos en los medios sobre Rafael Torre y su cuento, artículos titulados "Quién es Nerón en La Estaca de Nerón", "Quién es la estaca en La Estaca de Nerón", "La Estaca de Nerón y usted", "Dónde está la Estaca de Nerón hoy", entre otros. Toda su vida giraba alrededor del cuento que hablaba sobre ese perico llamado Nerón que estaba harto de su estaca.

En la Facultad lo empezaron a tratar como un estudiante ejemplar pues le había dado cierto prestigio a aquella vetusta institución, tanto así que, al fin de las cansadas, Rafael Torre se graduó sustentando un examen público sobre su tesis titulada "La metáfora en el cuento La Estaca de Nerón". Pasaban los meses y el entusiasmo por La estaca no decaía, y cuando empezó a decaer a alguien se le ocurrió convencer a Rafael Torre para que metiera La estaca en un concurso de cuento latinoamericano en Cuba, y el resultado fue que ganó el primer lugar. La estaca de Rafael Torre estaba en boca de todo el mundo otra vez, pues a este galardón no hace falta decir que también le hicieron la gran bulla más que todo para contribuir con las nuevas relaciones entre Cuba y Guatemala. Así que allá fue el Lic. Rafael Torre a recibir su premio y un poco de sol a aquella isla. Cuando regresó fue otra vez el despelote, el mangoneo, el show, si hasta apareció en algunas revistas literarias latinoamericanas. La Estaca de Nerón había invadido América y Rafael Torre estaba en la cima de su pequeña ambición.

Pero una mala noche después de chupar vodka, Rafael Torre soñó que Andy Warhol con un huesudo dedo en el aire le decía: "Has agotado tus diez minutos de fama, despídete." Despertó y se sintió horrorizado, "¿y después de La Estaca qué?". La gente promedio es mediocre y superficial y se interesaban en la atención que Rafael Torre había captado, pero no en su obra ni en lo que tenía que decir. Las patojas le decían "qué bonito escribe, se lo juro" y luego querían acostarse con él. La fama es traicionera y siempre, o casi siempre, es lo peor que le puede pasar a un escritor joven. Es un falso oasis, una alucinación, un peligroso canto de sirenas.

Rafael Torre hizo caso omiso de la advertencia y con el tiempo sucedió lo peor: se acomodó, consiguió un trabajo de profesor en una universidad privada cuyo nombre no quiero recordar tampoco, parece que el dinero de los premios no le abundó con tanta deuda y con tanto amigo borracho y tantas mujeres que impresionar. Pasado ya los treinta y pico, fue a meter las patas con una muchachita fresa con pose de hippie y lo casaron con ella, advirtiéndole que ella estaba acostumbrada a "cierta clase de vida y de comodidades", por lo que consiguió un segundo empleo en una organización internacional de la que menos quiero recordarme. Lo invitaban a cosas literarias todavía, pero él invariablemente hablaba de La Estaca de Nerón, lo que le servía para dárselas todavía de escritor, después de años de aquellos premios. Los escritores más jóvenes, los verdaderos intelectuales que eran más prolíficos que famosos, lo veían como a una curiosidad pero en el fondo, aunque no lo admitieran, no querían tener su suerte y por eso le huían a los concursos.

Nadie supo si escribió una línea más antes o después de La Estaca de Nerón, lo cierto es que otra vez la gente lo olvidó, pero esta vez también Rafael Torre se olvidó de la gente, ocupado con sus empleuchos, sus deudas, sus hijos legítimos y regados, sus muchas amantes, su prominente panza y su insondable vacío interior.

Al final, tantos años después, vemos que el autor de La Estaca de Nerón no era "La..."

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.

Por Jessica Masaya Portocarrero

 

 


 

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