Primer capítulo de "Hombres de maíz"
 
 
Aquí la mujer,
yo el dormido
 
 
GASPAR ILOM
 
 

I

 

-El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño de los ojos.
-El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha...
-El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja...
El Gaspar Ilóm movía la cabeza de un lado a otro. Negar, moler la acusación del suelo en que estaba dormido con su petate, su sombra y su mujer y enterrado con sus muertos y su ombligo, sin poder deshacerse de una culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, pájaros y retumbos que sentía alrededor del cuerpo.
-La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm, donde el guarda canta con lloro de barranco, vuela de cabeza el gavilán, anda el zompopo, gime la espumuy y duerme con su petate, su sombra y su mujer el que debía trozar los párpados a los que chamuscan el monte y enfríar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos que corriendo duerme y no ve nada pero atajada en las pozas abre los ojos y lo ve todo con mirada honda...
El Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertirlo en una masa de frijol negro; goteaba noche de profundidades.
Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó:
-Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra el Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de ñudos ciegos...
La palabra del suelo hecha llama solar estuvo a punto de quemarle las orejas de tuza a los conejos amarillos en el cielo, a los conejos amarillos en el monte, a los conejos amarillos en el agua; pero el Gaspar se fue volviendo tierra que cae de donde cae la tierra, es decir, sueño que no encuentra sombra para soñar en el suelo de Ilóm y nada pudo la llama solar de la voz burlada por los conejos amarillos que se pegaron a mamar en un papayal, convertidos en papayas del monte, que se pegaron al cielo, convertidos en estrellas, y se disiparon en el agua como reflejos con orejas.
Tierra desnuda, tierra despierta, tierra maicera con sueño, el Gaspar que caía de donde cae la tierra, tierra maicera bañada por ríos de agua hedionda de tanto estar despierta, de agua verde en el desvelo de las selvas sacrificadas por el maíz hecho hombre sembrador de maíz. De entrada se llevaron los maiceros por delante con sus quemas y sus hachas en selvas abuelas de la sombra, doscientas mil jóvenes ceibas de mil años.
En el pasto había un mulo, sobre el mulo había un hombre y en el hombre había un muerto. Sus ojos eran sus ojos, sus manos eran sus manos, su voz era su voz, sus piernas eran sus piernas y sus pies eran sus pies para la guerra en cuanto escapara a la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que se le había enroscado en el cuerpo. Pero cómo soltarse, cómo desatarse de la siembra, de la mujer, de los hijos, del rancho; cómo romper con el gentío alegre de los campos; cómo arrancarse para la guerra con los frijolares a media flor en sus brazos, las puntas de güisquil calientitas alrededor del cuello y los pies enredados en el lazo de la faina.
 
 
 
El aire de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Un remolino de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos dio vueltas y vueltas y vueltas y vueltas en torno al cacique de Ilóm y mientras le pegaba el viento en las carnes y la cara y mientras la tierra que levantaba el viento le pegaba se lo tragó una media luna sin dientes, sin morderlo, sorbido del aire, como un pez pequeño.
La tierra de Ilóm olía a tronco de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por la roza.
Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el agua, conejos amarillos en el monte.
No abrió los ojos. Los tenía abiertos, amontonados entre las pestañas. Lo golpeaba la tumbazón de los latidos. No se atrevía a moverse, a tragar saliva, a palparse el cuerpo desnudo temeroso de encontrarse el pellejo frío y en el pellejo frío los profundos barrancos que le había babeado la serpiente.
La claridad de la noche goteaba copal entre las cañas del rancho. Su mujer apenas hacía bulto en el petate. Respiraba boca abajo, como si soplara el fuego dormida.
El Gaspar se arrancó babeado de barrancos en busca de su tecomate, a gatas, sin más ruido que el de las coyunturas de sus huesos que le dolían como si hubiera efecto de la luna, y en la oscuridad, rayada igual que un poncho por la luz luciérnaga de la noche que se colaba a traves de las cañas del rancho, se le vio la cara de ídolo sediento, pegarse el tecomate como a un pezón y beber aguardiente a tragos grandes con voracidad de criatura que ha estado mucho tiempo sin mamar.
Una llamarada de tuza le agarró la cara al acabarse el tecomate de aguardiente. El sol que pega en los cañales lo quemó por dentro: le quemó la cabeza en la que ya no sentía el pelo como pelo, sino como ceniza de pellejo y le quemó, en la cueva de la boca, el murciélago de la campanilla, para que durante el sueño no dejara escapar las palabras del sueño, la lengua que ya no sentía como lengua sino como mecate, y le quemó los dientes que ya no sentía como dientes, sino como machetes filudos.
En el suelo pegajoso de frío topó sus manos medio enterradas, sus dedos adheridos a lo hondo, a lo duro, a lo sin resonancia y sus uñas con peso de postas de escopeta.
Y siguió escarbando a su pequeño alrededor, como animal que se alimenta de cadáveres, en busca de su cuerpo que sentía desprendido de su cabeza. Sentía la cabeza llena de aguardiente colgando como tecomate de un horcón del rancho.
Pero la cara no se la quemó el aguardiente. El pelo no se lo quemó el aguardiente. No lo enterró el aguardiente sino por agua de la guerra. Bebió para sentirse quemado, enterrado, decapitado, que es como se debe ir a la guerra para no tener miedo: sin cabeza, sin cuerpo, sin pellejo.
Así pensaba el Gaspar. Así lo hablaba con la cabeza separada del cuerpo, picuda, caliente, envuelta en estropajo canoso de luna. Envejeció el Gaspar, mientras hablaba. Su cabeza había caido al suelo como un tiesto sembrado de piecitos de pensamientos. Lo que hablaba el Gaspar ya viejo, era monte. Lo que pensaba era monte recordado, no era pelo nuevo. De las orejas le salía el pensamiento a oír el ganado que le pasaba encima. Una partida de nubes sobre pezuñas. Cientos de pezuñas. Miles de pezuñas. El botín de los conejos amarillos.
La Piojosa Grande manoteó bajo el cuerpo del Gaspar, bajo la humedad caliente de maíz chonete del Gaspar. Se la llevaba en los pulsos cada vez más lejos. Habían pasado de sus pulsos más allá de ella, donde él empezaba a dejar de ser solo él y ella sola ella y se volvían especie, tribu, chorrera de sentidos. La apretó de repente. Manoteó la Piojosa. Gritos y peñascos. Su sueño regado en el petate como su mata de pelo con los dientes del Gaspar como peinetas. Nada vieron sus pupilas de sangre enlutada. Se encogió como gallina ciega. Un puño de semillas de girasol en las entrañas. Olor a hombre. Olor a respiración.
Y al día siguiente:
- Ve, Piojosa, diacún rato va a empezar la bulla. Hay que limpiar la tierra de Ilóm de los que botan los árboles con hacha, de los que chamuscan el monte con las quemas, de los que atajan el agua del río que corriendo duerme y en las pozas abre los ojos y se pugre de sueño... los maiceros... ésos que han acabado con la sombra, porque la tierra que cae de las estrellas incuentra onde seguir soñando su sueño en el suelo de Ilóm, o a mí me duermen para siempre. Arrejuntá unos trapos viejos pa amarrar a los trozados, que no falte totoposte, tasajo, sal, chile, lo que se lleva a la guerra.
Gaspar se rascó el hormiguero de las barbas con los dedos que le quedaban en la mano derecha, descolgó la escopeta, bajó al río y desde un matocho hizo fuego sobre el primer maicero que pasó. Un tal Igiño. El día siguiente, en otro lugar, venadeó al segundo maicero. Uno llamándose Domingo. Y un día con otro el Igiño, el Domingo, el Cleto, el Bautista, el Chalío, hasta limpiar el monte de maiceros.
El mata-palo es malo, pero el maicero es peor. El mata-palo seca un árbol en años. El maicero con sólo pegarle fuego a la roza acaba con el palerío en pocas horas. Y qué palerío. Maderas preciosas por lo preciosas. Palos medicinales en montón. Como la guerrilla con los hombres en la guerra, así acaba el maicero con los palos. Humo, brasa, cenizal. Y si fuera por comer. Por negocio. Y si fuera por cuenta propia, pero a medias en la ganancia con el patrón y a veces ni siquiera a medias. El maíz empobrece la tierra y no enriquece a ninguno. Ni al patrón ni al mediero. Sembrado para comer es sagrado sustento del hombre que fue hecho de maíz. Sembrado por negocio es hambre del hombre que fue hecho de maíz. El bastón rojo del Lugar de los Mantenimientos, mujeres con niños y hombres con mujeres, no echará nunca raíz en los maizales, aunque levanten en vicio. Desmerecerá la tierra y el maicero se marchará con el maicito a otra parte, hasta acabar él mismo como un maicito descolorido en medio de tierras opulentas, propias para siembras que lo harían pistudazo y no ningunero que al ir ruineando la tierra por donde pasa siempre pobre, le pierde el gusto a lo que podría tener: caña en las bajeras calientes, donde el aire se achaparra sobre los platanares y sube el árbol de cacao, cohete en la altura, que, sin estallido, suelta bayas de almendras deliciosas, sin contar el café, tierras majas pringaditas de sangre, ni el alumbrado de los trigales.
Cielos de natas y ríos mantequillosos, verdes, despleyados, se confundieron con el primer aguacero de un invierno que fue puro baldío aguaje sobre las rapadas tierras prietas, hora un año milpeando, todas milpeando. Daba lástima ver caer el chayerío del cielo en la sed caliente de los terrenos abandonados. Ni una siembra, ni un surco, ni un maicero. Indios con ojos de agua llovida espiaban las casas de los ladinos desde la montaña. Cuarenta casas formaban el pueblo. En los aguasoles de la mañana sólo uno que otro habitante se aventuraba por la calle empedrada, por miedo de que los mataran. El Gaspar y sus hombres divisaban los bultos y si el viento era favorable alcanzaban a oír la bulla de los sanates peleoneros en la ceiba de la plaza.
El Gaspar es invencible, decían los ancianos del pueblo. Los conejos de las orejas de tuza lo protegen al Gaspar, y para los conejos amarillos de las orejas de tuza no hay secreto, ni peligro, ni distancia. Cáscara de mamey es el pellejo del Gaspar y oro su sangre -<<grande es su fuerza>>, <<grande es su danza>> - y sus dientes, piedra pómez si se ríe y piedra de rayo si muerde o los rechina, son su corazón en la boca, como sus carcañales son su corazón en sus pies. La huella de sus dientes en las frutas y la huella de sus pies en los caminos sólo la conocen los conejos amarillos. Palabra por palabra, esto decían los ancianos del pueblo. Se oye que andan cuando anda el Gaspar. Se oyen que hablan cuando habla el Gaspar. El Gaspar anda por todos los que anduvieron, todos los que andan y todos los que andarán. El Gaspar habla por todos los que hablaron, todos los que hablan y todos los que hablarán. Esto decían los ancianos del pueblo a los maiceros. La tempestad aporreaba sus tambores en la mansión de las palomas azules y bajo la sábanas de las nubes en las sabanas.
Pero un día después de un día, el habla ñudosa de los ancianos anunció que de nuevo se acercaba la montada. El campo sembrado de flores amarillas advertía sus peligros al protegido de los conejos amarillos.
¿A qué hora entró la montada en el pueblo? A los ladinos amenazados de muerte por los indios les parecía un sueño. No se hablaban, no se movían, no se veían en la sombra dura como las paredes. Los caballos pasaban ante sus ojos como gusanos negros, los jinetes se adivinaban con caras de alfajor quemado. Había dejado de llover, pero asonsaba el olor de la tierra mojada y el pestazo del zorrillo.
El Gaspar mudó de escondite. En el azul profundo de la noche de Ilóm se paseaban conejillos rutilantes de estrella en estrella, señal de peligro, y olía la montaña a pericón amarillo. Mudó de escondite el Gaspar Ilóm con la escopeta bien cargada de semillita de oscurana -eso es la pólvora -, semillita de oscurana mortal, el machete desnudo al cinto, el tecomate con aguardiente, un paño con tabaco, chile, sal y totoposte, dos hojitas de laurel pegadas con saliva a los sentidos sustosos, un vidrio con aceite de almendras y un cajita con pomada de león. Grande era su fuerza, grande era su danza. Su fuerza eran las flores. Su danza eran las nubes.
 
 
El corredor del Cabildo quedaba en alto. Abajo se veía la plaza panzona de agua llovida. Cabeceaban en la humedad humosa de sus alientos las bestias ensilladas, con los frenos amarradas en las arciones y la cincha floja. Desde que llegó la montada olía el aire a caballo mojado.
El jefe de la montada iba y venía por el corredor. Una tagarnina encendida en la boca, la guerrera desabrochada, alrededor del pescuezo un pañuelo de burato blanco, pantalón de fatiga caído en las polainas y zapatos de campo.
En el pueblo ya sólo se veía el monte. La gente que no huyó fue diezmada por los indios que bajaban de las montañas de Ilóm, al mando de un cacique pulsudo y traicionero, y la que se aguantó en el pueblo vivía surdida en sus casas y cuando cruzaba la calle lo hacía con carrerita de lagartija.
La noticia del bando los sacó a todos de sus casas. De esquina en esquina oían el bando. <<Gonzalo Godoy, Coronel del Ejército y Jefe de la Expedicionaria en Campaña, hace saber que, rehechas sus fuerzas y recibidas órdenes y efectivos, anoche hizo su entrada a Pisigüilito, con ciento cincuenta hombres de a caballo buenos para el chispero y cien de a pie, flor para el machete, todos dispuestos a echar plomo y filo contra los indios de la montaña...>>
Sombra de nubes oscuras. Remoto sol. La montaña aceitunada. El cielo, la atmósfera, las casas, todo color de tuna. El que leía el bando, el grupo de vecinos que escuchaba de esquina en esquina -casi siempre el mismo grupo -, los soldados que lo escoltaban con tambor y corneta, no parecían de carne, sino de miltomate, cosas vegetales, comestibles...
Los principales del pueblo estuvieron después del bando a visitar al coronel Godoy. Pasadito el bando llegaron en comisión. Don Chalo, sin quitarse la tranca de la boca, sentado en una hamaca que colgaba de las vigas del corredor del Cabildo, fijó sus redondos ojos zarcos en todas las cosas, menos en la comisión, hasta que uno de ellos, tras tantearse mucho, dio un paso al frente y empezó como a querer hablar.
El coronel le echó la mirada encima. Venían a ofrecerle una serenata con marimba y guitarras para celebrar su llegada a Pisigüilito.
- Y ya que lo brusqueamos, mi coronel -dijo el que hablaba-, juiceye el programa: <<Mucha mostaza>>, primera pieza de la primera parte; <<Cerveza negra>>, segunda pieza de la primera parte; <<Murió criatura>>, tercera pieza...
-¿Y la segunda parte? -cortó el coronel Godoy en seco.
-Asegunda parte nu hay -intervino el más viejo de los que ofrecían la serenata, dando un paso al frente-. Aquí en propio Pisigüilito sólo son esas piezas las que se tocan dende tiempo y toditas son mías. La última que compuse fue <<Murió criatura>>, cuando el cielo recogió tiernita a la hija de la niña Crisanta y no tiene otro mérito.
-Pues, amigo, ya debía usted ir solfeando para componer una pieza que se llame <<Nací de nuevo>>, porque si nosotros no llegamos anoche, los indios de la montaña bajan al pueblo hoy en la madrugada y no amanece un baboso de ustedes ni para remedio. Los rodajean a todos.
El compositor con la cara de cáscara de palo viejo, el pelo en la frente pitudo como de punta de mango chupado y las pupilas apenas visibles entre las rendijas de los párpados, se quedó mirando al coronel Godoy, silencio de enredaderea por el que todos sintieron deslizarse las indiadas que al mando del Gaspar Ilóm no le habían perdido el gusto a lo que no tenían y le llevaban ganas al ganado, al aguardiente, a los chuchos y al pachulí de la botica para esconder el sudor.
El guerrero indio huele al animal que lo protege y el olor que se aplica: pachulí, agua aromática, unto maravilloso, zumo de fruta, le sirve para borrarse esa presencia mágica y despistar el olfato de los que le buscan para hacerle daño.
El guerrero que transpira a cochemonte, despista y se agracia con raíz de violeta. El agua de heliotropo esconde el olor del venado y la usa el guerrero que despide por sus poros venaditos de sudor. Más penetrante el olor del nardo, propio para los protegidos en la guerra por aves nocturnas, sudorosas y heladas; así como la esencia de jazmín del cabo es para los protegido de las culebras, los que casi no tienen olor, los que no sudan en los combates. Aroma de palo rosa esconde al guerrero con olor de cenzontle. El huele de noche oculta al guerrero que huele a colibrí. La diamela al que transpira a micoleón. Los que sudan a jaguar deben sentir a lirio silvestre. A ruda los que saben a guacamayo. A tabaco los que sudando se visten de charla de loro. Al guerrero-danta lo disimula la hoja de higo. El romero al guerrero-pájaro. El licor de azahar al guerrero-cangrejo.
El Gaspar, flor amarilla en el vaivén del tiempo, y las indiadas, carcañales que eran corazones en las piedras, seguían pasando por el silencio de enredadera que se tramó entre el coronel y el músico de Pisigüilito.
-Pero, eso sí -avivó la voz el coronel Godoy-, los matan a todos, los rodajean y no se pierde nada. ¡Un pueblo en que no hay cómo herrrar una bestia, me lleva la gran puta!
Los hombres del coronel Godoy, acurrucados entre las caballerías, se pararon casi al mismo tiempo, espantándose ese como sueño despierto en que caían a fuerza de estar en cuclillas. un chucho tinto de jiote corría por la plaza como buscaniguas, de fuera la lengua, de fuera los ojos, acecidos y babas.
Los hombres volvieron a caer en su desgana. Sentándose sobre sus talones para seguir horas y horas inmóviles en su sueño despierto. Chucho que busca el agua no tiene rabia y el pobre animal se revolcaba en los charcos de donde saltaba, negro de lodo, a restregarse en la parte baja de las paredes de las casas que daban a la plaza, en el tronco de la ceiba, en el palo desgastado del poste.
-¿Y ese chucho...? -preguntó el coronel desde la hamaca, atarraya de pita que en todos los pueblos lo pescaba a la hora de la siesta.
-Ta accidentado -contestó el asistente, sin perderle movimiento al perro, pie sobre pie, atrancado a uno de los pilares del corredor del Cabildo, cerca de la hamaca donde estaba echado el coronel, y después de buen rato, sin moverse de aquella postura, dijo -: Pa mí que comió sapillo y se atarantó.
-Anda averiguar, casual vaya a ser rabia...
-¿Y ónde se podrá averiguar?
-En la botica, jodido, si aquí no hay otra parte.
El asistente se metió los caites y corrió a la botica. Como decir el Cabildo de este lado, en frente quedaba la botica.
El chucho seguía desatado. Sus ladridos astillaban el silencio cabeceador de los caballos mechudos y el como sueño despierto de los hombres en cuclillas. De repente se quedó sin pasos. Rascó la tierra como si hubiera enterrado andares y los buscara ahora que tenía que andar. Un sacudón de cabeza, otro y otro, para arrancarse con la cabeza y todo lo que llevaba trabado en el galillo. Baba, espuma y una masa blanquizca escupida del galillo al suelo, sin tocarle los dientes ni la lengua. Se limpió el hocico con ladrillos y echó a correr husmeando la huella de algún zacate medicinal que en el transtorno culebreante de su paso se le volvía sombra, piedra, árbol, hipo, basca, bocado de cal viva en el suelo. Y otra vez en carrera, como chorro de agua que el golpe del aire pandea, hasta caer de canto. Se lo llevaba el cuerpo. Consiguió pararse. Los ojos pepitosos, la lengua colgante, el latiguillo de la cola entre las piernas atenazadas, quebradizas, friolentas. Pero al querer dar el primer paso trastabilló como maneado y el tatarateo de la agonía, en rápida media vuelta, lo echó al suelo con las patas para arriba, fuerceando con todas sus fuerzas por no irse de la vida.
-Pué dejó de vultear, pué... -dijo uno de los hombres encuclillados entre las caballerías. Imponían estos hombres. El que habló tenía la cara color de nata de vinagre y un chajazo de machete directamente en la ceja.
El chucho sacudía los dientes con tastaseo de matraca, pegado a la jaula de sus costillas, a su jiote, a sus tripas, a su sexo, a su sieso. Parece mentira, pero es a lo más ruin del cuerpo a lo que se agarra la existencia con más fuerza en la desesperada de la muerte, cuando todo se va apagando en ese dolor sin dolor que, como la oscuridad, es la muerte. Así pensaba otro de los hombres acurrucados entre las caballerías. Y no se aguantó y dijo:
- Entuavía se medio mueve. ¡Cuesta que se acabe el ajigolón de la vida! ¡Bueno Dios nos hizo perecederos sin más cuentos..., pa qué nos hubiera hecho eternos! De sólo pensarlo me basquea el sentido.
- Por eso digo yo que no es pior castigo el que lo afusilen a uno - adujo el del chajazo en la ceja.
- No es castigo, es remedio. Castigo sería que lo pudieran dejar a uno vivo para toda la vida, pa muestra....
- Ésa sería pura condenación.
El asistente volvió del Cabildo. El coronel Godoy seguía trepado en la hamaca, bigotudo y con los ojos abiertos, puro pescado en atarraya.
- Que es que le dio bocado, dice el boticario, mi coronel, porque es que estaba pinto de jiote.
-¿Y no le preguntaste qué le dio el fregado?
-Bocado, dice...
-Bocado, pero ¿con qué se lo dio?
-Con vigrio molido y veneno.
-Pero ¿qué veneno le echó?
-Disimule que ya le vo a preguntar.
-¡Mejor vas vos, Chalo malo! -se dijo el coronel Godoy, apeándose de la hamaca, los ojos zarcos como de vidrio molido y el veneno para el cacique de Ilóm, en el pensamiento.
-Y vos -ordenó Godoy al asistente -andame a buscar a los que vinieron a ofrecer una serenata y les decís que digo yo que la traigan esta noche.
Gran amarilla se puso la tarde. El Cerro de los Sordos cortaba los nubarrones que pronto quemaría la tempestad como si fuera polvo de olote. Llanto de espinas en los cactos. Pericas gemidoras en los barrancos. ¡Ay, si caen en la trampa los conejos amarillos! ¡Ay, si la flor del chilindrón, color de estrella en el día, no borra con su perfume el olor del Gaspar, la huella de sus dientes en las frutas, la huella de sus pies en los caminos, sólo conocida por los conejos amarillos!
El perro pataleaba en el retozo de la agonía, sin levantar la cabeza, meándose por poquitos, hinchada la barriga, erizo el espinazo, el sexo como en brama, la nariz con espuma de jaboncillo. De lejos se oía que venían parejeando los aguaceros. El animal cerró los ojos y se pegó a la tierra.
 
De una sola patada tumbó el coronel Jefe de la Expedicionaria los tres pies de caña que sostenían un tiesto de tinaja, donde acababan de encender ocote, frente al Cabildo, para anunciar la serenata. El que lo había prendido alcanzó parte del golpe y el asistente que salía al corredor con un quinqué encendido, un fuetazo en la espalda. Esto hizo pensar a los principales. voces corridas de <<apaguen el fuego>>, <<échenle tierra>>. Y como raíces, granjeada nuevamente la voluntad del coronel, movieron los brazos para saludarlo. Se dieron a conocer. El que más cerca estaba del coronel era el señor Tomás Machojón. Entre el coronel, la autoridad militar, y su mujer, la autoridad máxima, la Vaca Manuela Machojón.
Machojón y el coronel se alejaron hablando en voz baja. El señor Tomás había sido de las indiadas del Gaspar Ilóm. Era indio, pero su mujer, la Vaca Manuela Machojón, lo había untado de ladino. La mujer ladina tiene una baba de iguana que atonta a los hombres. Sólo colgándolas de los pies echarían por la boca esa viscosa labiosidad de alabanciosas y sometidas que las hace simpre salirse con lo que quieren. Así se ganó la Vaca Manuela al señor Tomás para los maiceros.
Llovía. Las montañas bajo la lluvia de la noche sueltan olor a brasas apagadas. Sobre el techo del Cabildo tronaba el aguacero, como el lamento de todos los maiceros muertos, por los indios, cadáveres de tinieblas que dejaban caer del cielo fanegas de maíz en lluvia torrencial que no ahogaba el sonido de la marimba.
El coronel alzó la voz para llamar al músico.
-Vea, maistro, a esa piecita que le puso <<Cerveza negra>>, cámbiele nombre, póngale <<Santo remedio>>. Y la vamos a bailar con doña Manuelita.
-Pues si lo ordena, el cambio es de acuerdo, y bailen, vamos a tocar <<Santo remedio>>.
Ña Vaca Manuela y el coronel Godoy se sangoloteaban en la oscuridad, al compás de la marimba, como esos fantasmas que salen de los ríos cuando llueve de noche. En la mano de su compañera dejó el Jefe de la Expedicionaria en campaña, un frasquito, santo remedio, dijo, para el jiote de indio.
 
 
 
 
II
Al sol le salió el pelo. El verano fue recibido en los dominios del cacique de Ilóm con miel de panal untada en las ramas de los árboles frutales, para que las frutas fueran dulces; tocoyales de siemprevivas en las cabezas de las mujeres, para que las mujeres fueran fecundas; y mapaches muertos colgados en las puertas de los ranchos, para que los hombres fueran viriles.
Los brujos de las luciérnagas, descendientes de los grandes entrechocadores de pedernales, hicieron siembra de luces con chispas en el aire negro de la noche para que no faltaran estrellas guiadoras en el invierno. Los brujos de las luciérnagas con chispas de piedra de rayo. Los brujos de las luciérnagas, los que moraban en tiendas de piel de venada virgen.
Luego se encendieron fogarones con quien conversar del calor que agostaría las tierras si venía pegando con la fuerza amarilla, de las garrapatas que enflaquecían el ganado, del chapulín que secaba la humedad del cielo, de las quebradas sin agua, donde el barro se arruga año con año y pone cara de viejo.
Alrededor de los fogarones, la noche se veía como un vuelo tupido de pajarillos de pecho negro y alas azules, los mismos que los guerreros llevaron como tributo al Lugar de la Abundancia, y hombres cruzados por cananas, las posaderas sobre los talones. Sin hablar, pensaban: la guerra en el verano es siempre más dura para los de la montaña que para los de la montada, pero en el otro invierno vendrá el desquite, y alimentaban la hoguera con espineros de grandes shutes, porque en el fuego de los guerreros, que es el fuego de la guerra, lloran hasta las espinas.
Cerca de los fogarones otros hombres se escarbaban las uñas de los pies con sus machetes, la punta del machete en la uña endurecida como roca por el barro de las jornadas, y las mujeres se contaban los lunares, risa y risa, o contaban las estrellas.
La que más lunares tenía era la nana de Martín Ilóm, el recién parido hijo del cacique Gaspar Ilóm. La que más lunares y más piojos tenía. La Piojosa Grande, la nana de Martín Ilóm.
En su regazo de tortera caliente, en sus trapos finos de tan viejos, dormía su hijo como una cosa de barro nuevecita y bajo el coxpi, cofia de tejido ralo que le cubría la cabeza y la cara para que no le hicieran mal ojo, se oía su alentar con ruido de agua que cae en tierra porosa.
Mujeres con niños y hombres con mujeres. Claridad y calor de los fogarones. Las mujeres lejos en la claridad y cerca en la sombra. Los hombres cerca en la claridad y lejos en la sombra. Todos en el alboroto de las llamas, en el fuego de los guerreros, fuego de la guerra que hará llorar a las espinas.
Así decían los indios más viejos, con el movimiento senil de sus cabezas bajo las avispas. O bien decían, sin perder su compás de viejos: Antes que la primera cuerda de maguey fuera trenzada se trenzaron el pelo las mujeres. O bien: Antes que hombre y mujer se entrelazaran por delante hubo los que se entrelazaron del otro lado de la faz. O:

 

El Avilantro arrancó los aretes de oro de las orejas de los señores. Los señores gimieron ante la brutalidad. Y le fueron dadas piedras preciosas al que arrancó los aretes de oro de las orejas de los señores. O: Eran atroces. Un hombre para una mujer, decían. Una mujer para un hombre, decían. Atroces. La bestia era mejor. La serpiente era mejor. El peor animal era mejor que el hombre que negaba su simiente a la que no era su mujer y se quedaba con su simiente a la temperatura de la vida que negaba.
Adolescentes con cara de bucul sin pintar jugaban entre los ancianos, entre las mujeres, entre los hombres, entre las fogatas, entre los brujos de las luciérnagas, entre los guerreros, entre las cocineras que hundían los cucharones de jícara en las ollas de los puliques, de los sancochos, del caldo de gallina, de los pepianes, para colmar las escudillas de loza vidriada que les iban pasando y pasando y pasando y pasando los invitados, sin confundir los pedidos que les hacían, si pepián, si caldo, si pulique. Las encargadas del chile colorado rociaban con sangre de chile huaque las escudillas de caldo leonado, en el que nadaban medios güisquiles espinudos, con cáscara, carne gorda, pacayas, papas deshaciéndose, güicoyes en forma de conchas, y manojitos de ejotes, y trozaduras de ichintal, todo con su gracia de culantro, sal, ajo y tomate. También rociaban con chile colorado las escudillas de arroz y caldo de gallina, de siete gallinas, de nueve gallinas blancas. Las tamaleras, zambas de llevar fuego, sacaban los envoltorios de hoja de plátano amarrados con cibaque de los apastes aborbollantes y los abrían en un dos por tres. Las que servían los tamales abiertos, listos para comerse, sudaban como asoleadas de tanto recibir en la cara el vaho quemante de la masa de maíz cocido, del recado de vivísimo rojo y de sus carnes interiores, tropezones para los que en comenzando a comer el tamal, hasta chupándose los dedos y entran en confianza con los vecinos, porque se come con los dedos. El convidado se familiariza alrededor de donde se comen los tamales, a tal punto que sin miramiento prueba el del compañero o pide la repetición, como los muy confianzudos de los guerrilleros del Gaspar que decían a las pasadoras, no sin alargar la mano para tocarles las carnes, manoseos que aquéllas rehuían o contestaban a chipotazos: ¡Treme otro, mija!... Tamales mayores, rojos y negros, los rojos salados, los negros de chumpipe, dulces y con almendras; y tamalitos, acólitos en roquetes de tuza blanca, de bledos, choreques, lorocos, pitos o flor de ayote; y tamalitos con anís, y tamalitos de elote, como carne de muchachito de maíz sin endurecer. ¡Treme otro, mija!... Las mujeres comían unas como manzanarrosas de masa de maíz raleada con leche, tamalitos coloreados con grana y adornados con olor. ¡Treme otro, mija!... Las cocineras se pasaban el envés de la mano por la frente para subirse el pelo. A veces le echaban mano a la mano para restregarse las narices moquientas de humo y tamal. Las encargadas de los asados le gozaban el primer olor a la cecina: carne de res seca compuesta con naranja agria, mucha sal y mucho sol, carne que en el fuego, como si reviviera la bestia, hacía contorsiones de animal que se quema. Otros ojos se comían otros platos. Güiras asadas. Yuca con queso. Rabo con salsa picante que por lo meloso del hueso parece miel de bolita. Fritangas con sudor de sietecaldos. Los bebedores de chilate acababan con el guacal en que bebían como si se lo fueran a poner de máscara, para saborear así hasta el último poquito de puzunque salobre. En tazas de bola servían el atol shuco, ligeramente morado, ligeramente ácido. A eloatol sabía el atol de suero de queso y maíz, y a rapadura, el atol quebrantado. La manteca caliente ensayaba burbujas de lluvia en las torteras que se iban quedando sin la gloria de los platanos fritos, servidos enteros y con aguamiel a mujeres que además cotorreaban por probar el arroz en leche con rajitas de canela, los jocotes en dulce y los coyoles en miel.
La Vaca Manuel Machojón se levantó de la pila de ropas en que estaba sentada, usaba muchas enaguas y muchos fustanes desde que bajó con su marido, el señor Tomás Machojón, a vivir a Pisigüilito, de donde habían subido a la fiesta del Gaspar. Se levantó para agradecer el convite a la Piojosa Grande que seguía con el hijo del Gaspar Ilóm en el regazo.
La Vaca Manuel Machojón dobló la rodilla ligeramente y con la cabeza agachada dijo:
- Debajo de mi sobaco te pondré, porque tienes blanco el corazón de tortolita. Te pondré en mi frente, por donde voló la golondrina de mi pensamiento, y no te mataré en la estera blanca de mi uña aunque te coja en la montaña negra de mi cabello, porque mi boca comió y oyó mi oreja agrados de tu compañía de sombra y agua, de estrella granicera, de palo de la vida qe da color de sangre.
Batido en jícaras que no se podían tener en los dedos, tan quemante era el líquido oloroso a pinol que contenían, agua con rosicler en vasos ordinarios, café en pocillo, chicha en batidor, aguardiente a guacalazos mantenían libres los gaznates para la conversación periquera y la comida.
La Vaca Manuela Machojón no repitió sus frases de agradecimiento. Como un pedazo de montaña, con su hijo entre los brazos, se perdió en lo oscuro la Piojosa Grande.
- La Piojosa Grande se juyó con tu hijo... -corrió a decir la Vaca Manuela Machojón al Gaspar que comía entre los brujos de las luciérnagas, los que moraban en tiendas de piel de venada virgen y se alimentaban de tepezcuintle.
Y el que veía en la sombra mejor que gato de monte, tenía los ojos amarillos en la noche, se levantó, dejó la conversación de los brujos que era martillito de platero y ....
- Con licencia... -dijo al señor Tomás Machojón y a la Vaca Manuela Machojón, que habían subido a la fiesta con noticias de Pisigüilito.
De un salto alcanzó a la Piojosa Grande. La Piojosa Grande le oyó saltar entre los árboles como su corazón entre sus trapos y caer frente a su camino de miel negra, con los dedos como flechas de punta para dar la muerte, viéndola con los ojos cerrados de cuyas junturas mal cosidas por las pestañas salían mariposas (no estaba muerto y los gusanos de sus lágrimas ya eran mariposas), hablándola con su silencio, poseyéndola en un amor de diente y pitahaya. Él era su diente y ella su encía de pitahaya.
La Piojosa Grande hizo el gesto de tomar el guacal que el Gaspar llevaba en las manos. Ya lo habían alcanzado los brujos de las luciérnagas y los guerrilleros. Pero sólo el gesto, porque en el aire detuvo los dedos dormidos al ver al cacique de Ilóm con la boca húmeda de aquel aguardiente infame, líquido con peso de plomo en el que se reflejaban dos raíces blancas, y echó a correr otra vez como agua que se despeña.
El pavor apagó las palabras. Caras de hombres y mujeres temblaban como se sacuden las hojas de los árboles macheteados. Gaspar levantó la escopeta, se la afianzó en el hombro, apuntó certero y.... no disparó. Una joroba a la espalda de su mujer. Su hijo. Algo así como un gusano enroscado a la espalda de la Piojosa Grande.
Al acercársele la Vaca Manuela Machojón a darle afectos recordó la Piojosa Grande que había soñado, despertó llorando como lloraba ahora que ya no podía despertar, que dos raíces blancas con movimientos de reflejos en el agua golpeada, penetraban de la tierra verde a la tierra negra, de la superficie del sol al fondo de un mundo oscuro. Bajo la tierra, en ese mundo oscuro, un hombre asistía, al parecer, a un convite. No les vio la cara a los invitados. Rociaban ruido de espuelas, de látigos, de salivazos. Las dos raíces blancas teñían el líquido ambarino del guacal que tenía en las manos el hombre del festín subterráneo. El hombre no vio el reflejo de las raíces blancas y al beber su contenido, palideció, gesticuló, se tiró al suelo, pataleó, sintiendo que las tripas se le hacían pedazos, espumante la boca, morada la lengua, fijos los ojos, las uñas casi negras en los dedos amarillos de luna.
A la Piojosa Grande le faltaban carcañales para huir más a prisa, para quebrar los senderos más a prisa, los tallos de los senderos, los troncos de los caminos tendidos sobre la noche sin corazón que se iba tragando el lejano resplandor de los fogarones fiesteros, las voces de los convidados.
El Gaspar Ilóm apareció con el alba después de beberse el río para apagarse la sed del veneno en las entrañas. Se lavó las tripas, se lavó la sangre, se deshizo de su muerte, se la sacó por la cabeza, por los brazos igual que ropa sucia y la dejó ir en el río. Vomitaba, lloraba, escupía al nadar entre las piedras cabeza adentro, bajo del agua, cabeza afuera temerario, sollozante. Qué asco la muerte, su muerte. El frío repugnante, la paralización del vientre, el cosquilleo en los tobillos, en las muñecas, tras las orejas, al lado de las narices, que forman terribles desfiladeros por donde corren hacia los barrancos el sudor y el llanto.
Vivo, alto, la cara de barro limón, el pelo de nige lustroso, los dientes de coco granudos, blancos, la camisa y calzón pegados al cuerpo, destilando mazorcas líquidas de lluvia lodosa, algas y hojas, apareció con el alba el Gaspar Ilóm, superior a la muerte, superior al veneno, pero sus hombres habían sido sorprendidos y aniquilados por la montada.
En el suave resplandor celeste de la madrugada, la luna dormilona, la luna de la desaparición con el conejo amarillo en la cara, el conejo padre de todos los conejos amarillos en la cara de la luna muerta, las montañas azafranadas, baño de trementina hacia los valles, y el lucero del alba, el Nixtamalero.
Los maiceros entraban de nuevo a las montañas de Ilóm. Se oía el golpe de sus lenguas de hierro en los troncos de los árboles. Otros preparaban las quemas para la siembra, meñiques de una voluntad oscura que pugna, después de milenios, por libertar al cautivo del colibrí blanco, prisionero del hombre en la piedra y en el ojo del grano de maíz. Pero el cautivo puede escapar de las entrañas de la tierra, al calor y resplandor de las rozas y la guerra. Su cárcel es frágil y si escapa el fuego, ¿qué corazón de varón impávido luchará contra él, si hace huir a todos despavoridos?
El Gaspar, al verse perdido, se arrojó al río. El agua que le dio la vida contra el veneno, le daría la muerte contra la montada que disparó sin hacer blanco. Después sólo se oyó el zumbar de los insectos.



Fuentes:

Asturias, Miguel Angel. Hombres de maiz . Ed. crítica, 1. ed. / coordinador, Gerald Martin. Nanterre, France : ALLCA XX, Université Paris X, Centre de recherches latino-américaines, 1992. Series title: Colección Archivos ; 21.

 

 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.