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El aire de Ilóm olía a tronco
de árbol recién cortado con hacha, a ceniza de árbol
recién quemado por la roza.
Un remolino de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos,
pájaros y retumbos dio vueltas y vueltas y vueltas y vueltas en
torno al cacique de Ilóm y mientras le pegaba el viento en las
carnes y la cara y mientras la tierra que levantaba el viento le pegaba
se lo tragó una media luna sin dientes, sin morderlo, sorbido del
aire, como un pez pequeño.
La tierra de Ilóm olía a tronco de árbol recién
cortado con hacha, a ceniza de árbol recién quemado por
la roza.
Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el agua, conejos
amarillos en el monte.
No abrió los ojos. Los tenía abiertos, amontonados entre
las pestañas. Lo golpeaba la tumbazón de los latidos. No
se atrevía a moverse, a tragar saliva, a palparse el cuerpo desnudo
temeroso de encontrarse el pellejo frío y en el pellejo frío
los profundos barrancos que le había babeado la serpiente.
La claridad de la noche goteaba copal entre las cañas del rancho.
Su mujer apenas hacía bulto en el petate. Respiraba boca abajo,
como si soplara el fuego dormida.
El Gaspar se arrancó babeado de barrancos en busca de su tecomate,
a gatas, sin más ruido que el de las coyunturas de sus huesos que
le dolían como si hubiera efecto de la luna, y en la oscuridad,
rayada igual que un poncho por la luz luciérnaga de la noche que
se colaba a traves de las cañas del rancho, se le vio la cara de
ídolo sediento, pegarse el tecomate como a un pezón y beber
aguardiente a tragos grandes con voracidad de criatura que ha estado mucho
tiempo sin mamar.
Una llamarada de tuza le agarró la cara al acabarse el tecomate
de aguardiente. El sol que pega en los cañales lo quemó
por dentro: le quemó la cabeza en la que ya no sentía el
pelo como pelo, sino como ceniza de pellejo y le quemó, en la cueva
de la boca, el murciélago de la campanilla, para que durante el
sueño no dejara escapar las palabras del sueño, la lengua
que ya no sentía como lengua sino como mecate, y le quemó
los dientes que ya no sentía como dientes, sino como machetes filudos.
En el suelo pegajoso de frío topó sus manos medio enterradas,
sus dedos adheridos a lo hondo, a lo duro, a lo sin resonancia y sus uñas
con peso de postas de escopeta.
Y siguió escarbando a su pequeño alrededor, como animal
que se alimenta de cadáveres, en busca de su cuerpo que sentía
desprendido de su cabeza. Sentía la cabeza llena de aguardiente
colgando como tecomate de un horcón del rancho.
Pero la cara no se la quemó el aguardiente. El pelo no se lo
quemó el aguardiente. No lo enterró el aguardiente sino
por agua de la guerra. Bebió para sentirse quemado, enterrado,
decapitado, que es como se debe ir a la guerra para no tener miedo: sin
cabeza, sin cuerpo, sin pellejo.
Así pensaba el Gaspar. Así lo hablaba con la cabeza separada
del cuerpo, picuda, caliente, envuelta en estropajo canoso de luna. Envejeció
el Gaspar, mientras hablaba. Su cabeza había caido al suelo como
un tiesto sembrado de piecitos de pensamientos. Lo que hablaba el Gaspar
ya viejo, era monte. Lo que pensaba era monte recordado, no era pelo nuevo.
De las orejas le salía el pensamiento a oír el ganado que
le pasaba encima. Una partida de nubes sobre pezuñas. Cientos de
pezuñas. Miles de pezuñas. El botín de los conejos
amarillos.
La Piojosa Grande manoteó bajo el cuerpo del Gaspar, bajo la
humedad caliente de maíz chonete del Gaspar. Se la llevaba en los
pulsos cada vez más lejos. Habían pasado de sus pulsos más
allá de ella, donde él empezaba a dejar de ser solo él
y ella sola ella y se volvían especie, tribu, chorrera de sentidos.
La apretó de repente. Manoteó la Piojosa. Gritos y peñascos.
Su sueño regado en el petate como su mata de pelo con los dientes
del Gaspar como peinetas. Nada vieron sus pupilas de sangre enlutada.
Se encogió como gallina ciega. Un puño de semillas de girasol
en las entrañas. Olor a hombre. Olor a respiración.
Y al día siguiente:
- Ve, Piojosa, diacún rato va a empezar la bulla. Hay que limpiar
la tierra de Ilóm de los que botan los árboles con hacha,
de los que chamuscan el monte con las quemas, de los que atajan el agua
del río que corriendo duerme y en las pozas abre los ojos y se
pugre de sueño... los maiceros... ésos que han acabado con
la sombra, porque la tierra que cae de las estrellas incuentra onde seguir
soñando su sueño en el suelo de Ilóm, o a mí
me duermen para siempre. Arrejuntá unos trapos viejos pa amarrar
a los trozados, que no falte totoposte, tasajo, sal, chile, lo que se
lleva a la guerra.
Gaspar se rascó el hormiguero de las barbas con los dedos que
le quedaban en la mano derecha, descolgó la escopeta, bajó
al río y desde un matocho hizo fuego sobre el primer maicero que
pasó. Un tal Igiño. El día siguiente, en otro lugar,
venadeó al segundo maicero. Uno llamándose Domingo. Y un
día con otro el Igiño, el Domingo, el Cleto, el Bautista,
el Chalío, hasta limpiar el monte de maiceros.
El mata-palo es malo, pero el maicero es peor. El mata-palo seca un
árbol en años. El maicero con sólo pegarle fuego
a la roza acaba con el palerío en pocas horas. Y qué palerío.
Maderas preciosas por lo preciosas. Palos medicinales en montón.
Como la guerrilla con los hombres en la guerra, así acaba el maicero
con los palos. Humo, brasa, cenizal. Y si fuera por comer. Por negocio.
Y si fuera por cuenta propia, pero a medias en la ganancia con el patrón
y a veces ni siquiera a medias. El maíz empobrece la tierra y no
enriquece a ninguno. Ni al patrón ni al mediero. Sembrado para
comer es sagrado sustento del hombre que fue hecho de maíz. Sembrado
por negocio es hambre del hombre que fue hecho de maíz. El bastón
rojo del Lugar de los Mantenimientos, mujeres con niños y hombres
con mujeres, no echará nunca raíz en los maizales, aunque
levanten en vicio. Desmerecerá la tierra y el maicero se marchará
con el maicito a otra parte, hasta acabar él mismo como un maicito
descolorido en medio de tierras opulentas, propias para siembras que lo
harían pistudazo y no ningunero que al ir ruineando la tierra por
donde pasa siempre pobre, le pierde el gusto a lo que podría tener:
caña en las bajeras calientes, donde el aire se achaparra sobre
los platanares y sube el árbol de cacao, cohete en la altura, que,
sin estallido, suelta bayas de almendras deliciosas, sin contar el café,
tierras majas pringaditas de sangre, ni el alumbrado de los trigales.
Cielos de natas y ríos mantequillosos, verdes, despleyados,
se confundieron con el primer aguacero de un invierno que fue puro baldío
aguaje sobre las rapadas tierras prietas, hora un año milpeando,
todas milpeando. Daba lástima ver caer el chayerío del cielo
en la sed caliente de los terrenos abandonados. Ni una siembra, ni un
surco, ni un maicero. Indios con ojos de agua llovida espiaban las casas
de los ladinos desde la montaña. Cuarenta casas formaban el pueblo.
En los aguasoles de la mañana sólo uno que otro habitante
se aventuraba por la calle empedrada, por miedo de que los mataran. El
Gaspar y sus hombres divisaban los bultos y si el viento era favorable
alcanzaban a oír la bulla de los sanates peleoneros en la ceiba
de la plaza.
El Gaspar es invencible, decían los ancianos del pueblo. Los
conejos de las orejas de tuza lo protegen al Gaspar, y para los conejos
amarillos de las orejas de tuza no hay secreto, ni peligro, ni distancia.
Cáscara de mamey es el pellejo del Gaspar y oro su sangre -<<grande
es su fuerza>>, <<grande es su danza>> - y sus dientes, piedra pómez
si se ríe y piedra de rayo si muerde o los rechina, son su corazón
en la boca, como sus carcañales son su corazón en sus pies.
La huella de sus dientes en las frutas y la huella de sus pies en los
caminos sólo la conocen los conejos amarillos. Palabra por palabra,
esto decían los ancianos del pueblo. Se oye que andan cuando anda
el Gaspar. Se oyen que hablan cuando habla el Gaspar. El Gaspar anda por
todos los que anduvieron, todos los que andan y todos los que andarán.
El Gaspar habla por todos los que hablaron, todos los que hablan y todos
los que hablarán. Esto decían los ancianos del pueblo a
los maiceros. La tempestad aporreaba sus tambores en la mansión
de las palomas azules y bajo la sábanas de las nubes en las sabanas.
Pero un día después de un día, el habla ñudosa
de los ancianos anunció que de nuevo se acercaba la montada. El
campo sembrado de flores amarillas advertía sus peligros al protegido
de los conejos amarillos.
¿A qué hora entró la montada en el pueblo? A los
ladinos amenazados de muerte por los indios les parecía un sueño.
No se hablaban, no se movían, no se veían en la sombra dura
como las paredes. Los caballos pasaban ante sus ojos como gusanos negros,
los jinetes se adivinaban con caras de alfajor quemado. Había dejado
de llover, pero asonsaba el olor de la tierra mojada y el pestazo del
zorrillo.
El Gaspar mudó de escondite. En el azul profundo de la noche
de Ilóm se paseaban conejillos rutilantes de estrella en estrella,
señal de peligro, y olía la montaña a pericón
amarillo. Mudó de escondite el Gaspar Ilóm con la escopeta
bien cargada de semillita de oscurana -eso es la pólvora -, semillita
de oscurana mortal, el machete desnudo al cinto, el tecomate con aguardiente,
un paño con tabaco, chile, sal y totoposte, dos hojitas de laurel
pegadas con saliva a los sentidos sustosos, un vidrio con aceite de almendras
y un cajita con pomada de león. Grande era su fuerza, grande era
su danza. Su fuerza eran las flores. Su danza eran las nubes.
El corredor del Cabildo quedaba en alto. Abajo se veía la plaza
panzona de agua llovida. Cabeceaban en la humedad humosa de sus alientos
las bestias ensilladas, con los frenos amarradas en las arciones y la
cincha floja. Desde que llegó la montada olía el aire a
caballo mojado.
El jefe de la montada iba y venía por el corredor. Una tagarnina
encendida en la boca, la guerrera desabrochada, alrededor del pescuezo
un pañuelo de burato blanco, pantalón de fatiga caído
en las polainas y zapatos de campo.
En el pueblo ya sólo se veía el monte. La gente que no
huyó fue diezmada por los indios que bajaban de las montañas
de Ilóm, al mando de un cacique pulsudo y traicionero, y la que
se aguantó en el pueblo vivía surdida en sus casas y cuando
cruzaba la calle lo hacía con carrerita de lagartija.
La noticia del bando los sacó a todos de sus casas. De esquina
en esquina oían el bando. <<Gonzalo Godoy, Coronel del Ejército
y Jefe de la Expedicionaria en Campaña, hace saber que, rehechas
sus fuerzas y recibidas órdenes y efectivos, anoche hizo su entrada
a Pisigüilito, con ciento cincuenta hombres de a caballo buenos para
el chispero y cien de a pie, flor para el machete, todos dispuestos a
echar plomo y filo contra los indios de la montaña...>>
Sombra de nubes oscuras. Remoto sol. La montaña aceitunada.
El cielo, la atmósfera, las casas, todo color de tuna. El que leía
el bando, el grupo de vecinos que escuchaba de esquina en esquina -casi
siempre el mismo grupo -, los soldados que lo escoltaban con tambor y
corneta, no parecían de carne, sino de miltomate, cosas vegetales,
comestibles...
Los principales del pueblo estuvieron después del bando a visitar
al coronel Godoy. Pasadito el bando llegaron en comisión. Don Chalo,
sin quitarse la tranca de la boca, sentado en una hamaca que colgaba de
las vigas del corredor del Cabildo, fijó sus redondos ojos zarcos
en todas las cosas, menos en la comisión, hasta que uno de ellos,
tras tantearse mucho, dio un paso al frente y empezó como a querer
hablar.
El coronel le echó la mirada encima. Venían a ofrecerle
una serenata con marimba y guitarras para celebrar su llegada a Pisigüilito.
- Y ya que lo brusqueamos, mi coronel -dijo el que hablaba-, juiceye
el programa: <<Mucha mostaza>>, primera pieza de la primera parte;
<<Cerveza negra>>, segunda pieza de la primera parte; <<Murió
criatura>>, tercera pieza...
-¿Y la segunda parte? -cortó el coronel Godoy en seco.
-Asegunda parte nu hay -intervino el más viejo de los que ofrecían
la serenata, dando un paso al frente-. Aquí en propio Pisigüilito
sólo son esas piezas las que se tocan dende tiempo y toditas son
mías. La última que compuse fue <<Murió criatura>>,
cuando el cielo recogió tiernita a la hija de la niña Crisanta
y no tiene otro mérito.
-Pues, amigo, ya debía usted ir solfeando para componer una
pieza que se llame <<Nací de nuevo>>, porque si nosotros
no llegamos anoche, los indios de la montaña bajan al pueblo hoy
en la madrugada y no amanece un baboso de ustedes ni para remedio. Los
rodajean a todos.
El compositor con la cara de cáscara de palo viejo, el pelo
en la frente pitudo como de punta de mango chupado y las pupilas apenas
visibles entre las rendijas de los párpados, se quedó mirando
al coronel Godoy, silencio de enredaderea por el que todos sintieron deslizarse
las indiadas que al mando del Gaspar Ilóm no le habían perdido
el gusto a lo que no tenían y le llevaban ganas al ganado, al aguardiente,
a los chuchos y al pachulí de la botica para esconder el sudor.
El guerrero indio huele al animal que lo protege y el olor que se aplica:
pachulí, agua aromática, unto maravilloso, zumo de fruta,
le sirve para borrarse esa presencia mágica y despistar el olfato
de los que le buscan para hacerle daño.
El guerrero que transpira a cochemonte, despista y se agracia con raíz
de violeta. El agua de heliotropo esconde el olor del venado y la usa
el guerrero que despide por sus poros venaditos de sudor. Más penetrante
el olor del nardo, propio para los protegidos en la guerra por aves nocturnas,
sudorosas y heladas; así como la esencia de jazmín del cabo
es para los protegido de las culebras, los que casi no tienen olor, los
que no sudan en los combates. Aroma de palo rosa esconde al guerrero con
olor de cenzontle. El huele de noche oculta al guerrero que huele a colibrí.
La diamela al que transpira a micoleón. Los que sudan a jaguar
deben sentir a lirio silvestre. A ruda los que saben a guacamayo. A tabaco
los que sudando se visten de charla de loro. Al guerrero-danta lo disimula
la hoja de higo. El romero al guerrero-pájaro. El licor de azahar
al guerrero-cangrejo.
El Gaspar, flor amarilla en el vaivén del tiempo, y las indiadas,
carcañales que eran corazones en las piedras, seguían pasando
por el silencio de enredadera que se tramó entre el coronel y el
músico de Pisigüilito.
-Pero, eso sí -avivó la voz el coronel Godoy-, los matan
a todos, los rodajean y no se pierde nada. ¡Un pueblo en que no
hay cómo herrrar una bestia, me lleva la gran puta!
Los hombres del coronel Godoy, acurrucados entre las caballerías,
se pararon casi al mismo tiempo, espantándose ese como sueño
despierto en que caían a fuerza de estar en cuclillas. un chucho
tinto de jiote corría por la plaza como buscaniguas, de fuera la
lengua, de fuera los ojos, acecidos y babas.
Los hombres volvieron a caer en su desgana. Sentándose sobre
sus talones para seguir horas y horas inmóviles en su sueño
despierto. Chucho que busca el agua no tiene rabia y el pobre animal se
revolcaba en los charcos de donde saltaba, negro de lodo, a restregarse
en la parte baja de las paredes de las casas que daban a la plaza, en
el tronco de la ceiba, en el palo desgastado del poste.
-¿Y ese chucho...? -preguntó el coronel desde la hamaca,
atarraya de pita que en todos los pueblos lo pescaba a la hora de la siesta.
-Ta accidentado -contestó el asistente, sin perderle movimiento
al perro, pie sobre pie, atrancado a uno de los pilares del corredor del
Cabildo, cerca de la hamaca donde estaba echado el coronel, y después
de buen rato, sin moverse de aquella postura, dijo -: Pa mí que
comió sapillo y se atarantó.
-Anda averiguar, casual vaya a ser rabia...
-¿Y ónde se podrá averiguar?
-En la botica, jodido, si aquí no hay otra parte.
El asistente se metió los caites y corrió a la botica.
Como decir el Cabildo de este lado, en frente quedaba la botica.
El chucho seguía desatado. Sus ladridos astillaban el silencio
cabeceador de los caballos mechudos y el como sueño despierto de
los hombres en cuclillas. De repente se quedó sin pasos. Rascó
la tierra como si hubiera enterrado andares y los buscara ahora que tenía
que andar. Un sacudón de cabeza, otro y otro, para arrancarse con
la cabeza y todo lo que llevaba trabado en el galillo. Baba, espuma y
una masa blanquizca escupida del galillo al suelo, sin tocarle los dientes
ni la lengua. Se limpió el hocico con ladrillos y echó a
correr husmeando la huella de algún zacate medicinal que en el
transtorno culebreante de su paso se le volvía sombra, piedra,
árbol, hipo, basca, bocado de cal viva en el suelo. Y otra vez
en carrera, como chorro de agua que el golpe del aire pandea, hasta caer
de canto. Se lo llevaba el cuerpo. Consiguió pararse. Los ojos
pepitosos, la lengua colgante, el latiguillo de la cola entre las piernas
atenazadas, quebradizas, friolentas. Pero al querer dar el primer paso
trastabilló como maneado y el tatarateo de la agonía, en
rápida media vuelta, lo echó al suelo con las patas para
arriba, fuerceando con todas sus fuerzas por no irse de la vida.
-Pué dejó de vultear, pué... -dijo uno de los
hombres encuclillados entre las caballerías. Imponían estos
hombres. El que habló tenía la cara color de nata de vinagre
y un chajazo de machete directamente en la ceja.
El chucho sacudía los dientes con tastaseo de matraca, pegado
a la jaula de sus costillas, a su jiote, a sus tripas, a su sexo, a su
sieso. Parece mentira, pero es a lo más ruin del cuerpo a lo que
se agarra la existencia con más fuerza en la desesperada de la
muerte, cuando todo se va apagando en ese dolor sin dolor que, como la
oscuridad, es la muerte. Así pensaba otro de los hombres acurrucados
entre las caballerías. Y no se aguantó y dijo:
- Entuavía se medio mueve. ¡Cuesta que se acabe el ajigolón
de la vida! ¡Bueno Dios nos hizo perecederos sin más cuentos...,
pa qué nos hubiera hecho eternos! De sólo pensarlo me basquea
el sentido.
- Por eso digo yo que no es pior castigo el que lo afusilen a uno -
adujo el del chajazo en la ceja.
- No es castigo, es remedio. Castigo sería que lo pudieran dejar
a uno vivo para toda la vida, pa muestra....
- Ésa sería pura condenación.
El asistente volvió del Cabildo. El coronel Godoy seguía
trepado en la hamaca, bigotudo y con los ojos abiertos, puro pescado en
atarraya.
- Que es que le dio bocado, dice el boticario, mi coronel, porque es
que estaba pinto de jiote.
-¿Y no le preguntaste qué le dio el fregado?
-Bocado, dice...
-Bocado, pero ¿con qué se lo dio?
-Con vigrio molido y veneno.
-Pero ¿qué veneno le echó?
-Disimule que ya le vo a preguntar.
-¡Mejor vas vos, Chalo malo! -se dijo el coronel Godoy, apeándose
de la hamaca, los ojos zarcos como de vidrio molido y el veneno para el
cacique de Ilóm, en el pensamiento.
-Y vos -ordenó Godoy al asistente -andame a buscar a los que
vinieron a ofrecer una serenata y les decís que digo yo que la
traigan esta noche.
Gran amarilla se puso la tarde. El Cerro de los Sordos cortaba los
nubarrones que pronto quemaría la tempestad como si fuera polvo
de olote. Llanto de espinas en los cactos. Pericas gemidoras en los barrancos.
¡Ay, si caen en la trampa los conejos amarillos! ¡Ay, si la
flor del chilindrón, color de estrella en el día, no borra
con su perfume el olor del Gaspar, la huella de sus dientes en las frutas,
la huella de sus pies en los caminos, sólo conocida por los conejos
amarillos!
El perro pataleaba en el retozo de la agonía, sin levantar la
cabeza, meándose por poquitos, hinchada la barriga, erizo el espinazo,
el sexo como en brama, la nariz con espuma de jaboncillo. De lejos se
oía que venían parejeando los aguaceros. El animal cerró
los ojos y se pegó a la tierra.
De una sola patada tumbó el coronel Jefe de la Expedicionaria los
tres pies de caña que sostenían un tiesto de tinaja, donde
acababan de encender ocote, frente al Cabildo, para anunciar la serenata.
El que lo había prendido alcanzó parte del golpe y el asistente
que salía al corredor con un quinqué encendido, un fuetazo
en la espalda. Esto hizo pensar a los principales. voces corridas de <<apaguen
el fuego>>, <<échenle tierra>>. Y como raíces, granjeada
nuevamente la voluntad del coronel, movieron los brazos para saludarlo.
Se dieron a conocer. El que más cerca estaba del coronel era el señor
Tomás Machojón. Entre el coronel, la autoridad militar, y
su mujer, la autoridad máxima, la Vaca Manuela Machojón.
Machojón y el coronel se alejaron hablando en voz baja. El señor
Tomás había sido de las indiadas del Gaspar Ilóm.
Era indio, pero su mujer, la Vaca Manuela Machojón, lo había
untado de ladino. La mujer ladina tiene una baba de iguana que atonta
a los hombres. Sólo colgándolas de los pies echarían
por la boca esa viscosa labiosidad de alabanciosas y sometidas que las
hace simpre salirse con lo que quieren. Así se ganó la Vaca
Manuela al señor Tomás para los maiceros.
Llovía. Las montañas bajo la lluvia de la noche sueltan
olor a brasas apagadas. Sobre el techo del Cabildo tronaba el aguacero,
como el lamento de todos los maiceros muertos, por los indios, cadáveres
de tinieblas que dejaban caer del cielo fanegas de maíz en lluvia
torrencial que no ahogaba el sonido de la marimba.
El coronel alzó la voz para llamar al músico.
-Vea, maistro, a esa piecita que le puso <<Cerveza negra>>, cámbiele
nombre, póngale <<Santo remedio>>. Y la vamos a bailar con
doña Manuelita.
-Pues si lo ordena, el cambio es de acuerdo, y bailen, vamos a tocar
<<Santo remedio>>.
Ña Vaca Manuela y el coronel Godoy se sangoloteaban en la oscuridad,
al compás de la marimba, como esos fantasmas que salen de los ríos
cuando llueve de noche. En la mano de su compañera dejó
el Jefe de la Expedicionaria en campaña, un frasquito, santo remedio,
dijo, para el jiote de indio.
II
Al sol le salió el pelo. El verano fue recibido
en los dominios del cacique de Ilóm con miel de panal untada en
las ramas de los árboles frutales, para que las frutas fueran dulces;
tocoyales de siemprevivas en las cabezas de las mujeres, para que las
mujeres fueran fecundas; y mapaches muertos colgados en las puertas de
los ranchos, para que los hombres fueran viriles.
Los brujos de las luciérnagas, descendientes de
los grandes entrechocadores de pedernales, hicieron siembra de luces con
chispas en el aire negro de la noche para que no faltaran estrellas guiadoras
en el invierno. Los brujos de las luciérnagas con chispas de piedra
de rayo. Los brujos de las luciérnagas, los que moraban en tiendas
de piel de venada virgen.
Luego se encendieron fogarones con quien conversar del
calor que agostaría las tierras si venía pegando con la
fuerza amarilla, de las garrapatas que enflaquecían el ganado,
del chapulín que secaba la humedad del cielo, de las quebradas
sin agua, donde el barro se arruga año con año y pone cara
de viejo.
Alrededor de los fogarones, la noche se veía como
un vuelo tupido de pajarillos de pecho negro y alas azules, los mismos
que los guerreros llevaron como tributo al Lugar de la Abundancia, y hombres
cruzados por cananas, las posaderas sobre los talones. Sin hablar, pensaban:
la guerra en el verano es siempre más dura para los de la montaña
que para los de la montada, pero en el otro invierno vendrá el
desquite, y alimentaban la hoguera con espineros de grandes shutes, porque
en el fuego de los guerreros, que es el fuego de la guerra, lloran hasta
las espinas.
Cerca de los fogarones otros hombres se escarbaban las
uñas de los pies con sus machetes, la punta del machete en la uña
endurecida como roca por el barro de las jornadas, y las mujeres se contaban
los lunares, risa y risa, o contaban las estrellas.
La que más lunares tenía era la nana de
Martín Ilóm, el recién parido hijo del cacique Gaspar
Ilóm. La que más lunares y más piojos tenía.
La Piojosa Grande, la nana de Martín Ilóm.
En su regazo de tortera caliente, en sus trapos finos
de tan viejos, dormía su hijo como una cosa de barro nuevecita
y bajo el coxpi, cofia de tejido ralo que le cubría la cabeza y
la cara para que no le hicieran mal ojo, se oía su alentar con
ruido de agua que cae en tierra porosa.
Mujeres con niños y hombres con mujeres. Claridad
y calor de los fogarones. Las mujeres lejos en la claridad y cerca en
la sombra. Los hombres cerca en la claridad y lejos en la sombra. Todos
en el alboroto de las llamas, en el fuego de los guerreros, fuego de la
guerra que hará llorar a las espinas.
Así decían los indios más viejos,
con el movimiento senil de sus cabezas bajo las avispas. O bien decían,
sin perder su compás de viejos: Antes que la primera cuerda de
maguey fuera trenzada se trenzaron el pelo las mujeres. O bien: Antes
que hombre y mujer se entrelazaran por delante hubo los que se entrelazaron
del otro lado de la faz. O:
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El Avilantro arrancó los aretes de oro de las
orejas de los señores. Los señores gimieron ante la brutalidad.
Y le fueron dadas piedras preciosas al que arrancó los aretes de
oro de las orejas de los señores. O: Eran atroces. Un hombre para
una mujer, decían. Una mujer para un hombre, decían. Atroces.
La bestia era mejor. La serpiente era mejor. El peor animal era mejor
que el hombre que negaba su simiente a la que no era su mujer y se quedaba
con su simiente a la temperatura de la vida que negaba.
Adolescentes con cara de bucul sin pintar jugaban entre los ancianos,
entre las mujeres, entre los hombres, entre las fogatas, entre los brujos
de las luciérnagas, entre los guerreros, entre las cocineras que
hundían los cucharones de jícara en las ollas de los puliques,
de los sancochos, del caldo de gallina, de los pepianes, para colmar las
escudillas de loza vidriada que les iban pasando y pasando y pasando y
pasando los invitados, sin confundir los pedidos que les hacían,
si pepián, si caldo, si pulique. Las encargadas del chile colorado
rociaban con sangre de chile huaque las escudillas de caldo leonado, en
el que nadaban medios güisquiles espinudos, con cáscara, carne
gorda, pacayas, papas deshaciéndose, güicoyes en forma de
conchas, y manojitos de ejotes, y trozaduras de ichintal, todo con su
gracia de culantro, sal, ajo y tomate. También rociaban con chile
colorado las escudillas de arroz y caldo de gallina, de siete gallinas,
de nueve gallinas blancas. Las tamaleras, zambas de llevar fuego, sacaban
los envoltorios de hoja de plátano amarrados con cibaque de los
apastes aborbollantes y los abrían en un dos por tres. Las que
servían los tamales abiertos, listos para comerse, sudaban como
asoleadas de tanto recibir en la cara el vaho quemante de la masa de maíz
cocido, del recado de vivísimo rojo y de sus carnes interiores,
tropezones para los que en comenzando a comer el tamal, hasta chupándose
los dedos y entran en confianza con los vecinos, porque se come con los
dedos. El convidado se familiariza alrededor de donde se comen los tamales,
a tal punto que sin miramiento prueba el del compañero o pide la
repetición, como los muy confianzudos de los guerrilleros del Gaspar
que decían a las pasadoras, no sin alargar la mano para tocarles
las carnes, manoseos que aquéllas rehuían o contestaban
a chipotazos: ¡Treme otro, mija!... Tamales mayores, rojos y negros,
los rojos salados, los negros de chumpipe, dulces y con almendras; y tamalitos,
acólitos en roquetes de tuza blanca, de bledos, choreques, lorocos,
pitos o flor de ayote; y tamalitos con anís, y tamalitos de elote,
como carne de muchachito de maíz sin endurecer. ¡Treme otro,
mija!... Las mujeres comían unas como manzanarrosas de masa de
maíz raleada con leche, tamalitos coloreados con grana y adornados
con olor. ¡Treme otro, mija!... Las cocineras se pasaban el envés
de la mano por la frente para subirse el pelo. A veces le echaban mano
a la mano para restregarse las narices moquientas de humo y tamal. Las
encargadas de los asados le gozaban el primer olor a la cecina: carne
de res seca compuesta con naranja agria, mucha sal y mucho sol, carne
que en el fuego, como si reviviera la bestia, hacía contorsiones
de animal que se quema. Otros ojos se comían otros platos. Güiras
asadas. Yuca con queso. Rabo con salsa picante que por lo meloso del hueso
parece miel de bolita. Fritangas con sudor de sietecaldos. Los bebedores
de chilate acababan con el guacal en que bebían como si se lo fueran
a poner de máscara, para saborear así hasta el último
poquito de puzunque salobre. En tazas de bola servían el atol shuco,
ligeramente morado, ligeramente ácido. A eloatol sabía el
atol de suero de queso y maíz, y a rapadura, el atol quebrantado.
La manteca caliente ensayaba burbujas de lluvia en las torteras que se
iban quedando sin la gloria de los platanos fritos, servidos enteros y
con aguamiel a mujeres que además cotorreaban por probar el arroz
en leche con rajitas de canela, los jocotes en dulce y los coyoles en
miel.
La Vaca Manuel Machojón se levantó de la pila de ropas
en que estaba sentada, usaba muchas enaguas y muchos fustanes desde que
bajó con su marido, el señor Tomás Machojón,
a vivir a Pisigüilito, de donde habían subido a la fiesta
del Gaspar. Se levantó para agradecer el convite a la Piojosa Grande
que seguía con el hijo del Gaspar Ilóm en el regazo.
La Vaca Manuel Machojón dobló la rodilla ligeramente
y con la cabeza agachada dijo:
- Debajo de mi sobaco te pondré, porque tienes blanco el corazón
de tortolita. Te pondré en mi frente, por donde voló la
golondrina de mi pensamiento, y no te mataré en la estera blanca
de mi uña aunque te coja en la montaña negra de mi cabello,
porque mi boca comió y oyó mi oreja agrados de tu compañía
de sombra y agua, de estrella granicera, de palo de la vida qe da color
de sangre.
Batido en jícaras que no se podían tener en los dedos,
tan quemante era el líquido oloroso a pinol que contenían,
agua con rosicler en vasos ordinarios, café en pocillo, chicha
en batidor, aguardiente a guacalazos mantenían libres los gaznates
para la conversación periquera y la comida.
La Vaca Manuela Machojón no repitió sus frases de agradecimiento.
Como un pedazo de montaña, con su hijo entre los brazos, se perdió
en lo oscuro la Piojosa Grande.
- La Piojosa Grande se juyó con tu hijo... -corrió a
decir la Vaca Manuela Machojón al Gaspar que comía entre
los brujos de las luciérnagas, los que moraban en tiendas de piel
de venada virgen y se alimentaban de tepezcuintle.
Y el que veía en la sombra mejor que gato de monte, tenía
los ojos amarillos en la noche, se levantó, dejó la conversación
de los brujos que era martillito de platero y ....
- Con licencia... -dijo al señor Tomás Machojón
y a la Vaca Manuela Machojón, que habían subido a la fiesta
con noticias de Pisigüilito.
De un salto alcanzó a la Piojosa Grande. La Piojosa Grande le
oyó saltar entre los árboles como su corazón entre
sus trapos y caer frente a su camino de miel negra, con los dedos como
flechas de punta para dar la muerte, viéndola con los ojos cerrados
de cuyas junturas mal cosidas por las pestañas salían mariposas
(no estaba muerto y los gusanos de sus lágrimas ya eran mariposas),
hablándola con su silencio, poseyéndola en un amor de diente
y pitahaya. Él era su diente y ella su encía de pitahaya.
La Piojosa Grande hizo el gesto de tomar el guacal que el Gaspar llevaba
en las manos. Ya lo habían alcanzado los brujos de las luciérnagas
y los guerrilleros. Pero sólo el gesto, porque en el aire detuvo
los dedos dormidos al ver al cacique de Ilóm con la boca húmeda
de aquel aguardiente infame, líquido con peso de plomo en el que
se reflejaban dos raíces blancas, y echó a correr otra vez
como agua que se despeña.
El pavor apagó las palabras. Caras de hombres y mujeres temblaban
como se sacuden las hojas de los árboles macheteados. Gaspar levantó
la escopeta, se la afianzó en el hombro, apuntó certero
y.... no disparó. Una joroba a la espalda de su mujer. Su hijo.
Algo así como un gusano enroscado a la espalda de la Piojosa Grande.
Al acercársele la Vaca Manuela Machojón a darle afectos
recordó la Piojosa Grande que había soñado, despertó
llorando como lloraba ahora que ya no podía despertar, que dos
raíces blancas con movimientos de reflejos en el agua golpeada,
penetraban de la tierra verde a la tierra negra, de la superficie del
sol al fondo de un mundo oscuro. Bajo la tierra, en ese mundo oscuro,
un hombre asistía, al parecer, a un convite. No les vio la cara
a los invitados. Rociaban ruido de espuelas, de látigos, de salivazos.
Las dos raíces blancas teñían el líquido ambarino
del guacal que tenía en las manos el hombre del festín subterráneo.
El hombre no vio el reflejo de las raíces blancas y al beber su
contenido, palideció, gesticuló, se tiró al suelo,
pataleó, sintiendo que las tripas se le hacían pedazos,
espumante la boca, morada la lengua, fijos los ojos, las uñas casi
negras en los dedos amarillos de luna.
A la Piojosa Grande le faltaban carcañales para huir más
a prisa, para quebrar los senderos más a prisa, los tallos de los
senderos, los troncos de los caminos tendidos sobre la noche sin corazón
que se iba tragando el lejano resplandor de los fogarones fiesteros, las
voces de los convidados.
El Gaspar Ilóm apareció con el alba después de
beberse el río para apagarse la sed del veneno en las entrañas.
Se lavó las tripas, se lavó la sangre, se deshizo de su
muerte, se la sacó por la cabeza, por los brazos igual que ropa
sucia y la dejó ir en el río. Vomitaba, lloraba, escupía
al nadar entre las piedras cabeza adentro, bajo del agua, cabeza afuera
temerario, sollozante. Qué asco la muerte, su muerte. El frío
repugnante, la paralización del vientre, el cosquilleo en los tobillos,
en las muñecas, tras las orejas, al lado de las narices, que forman
terribles desfiladeros por donde corren hacia los barrancos el sudor y
el llanto.
Vivo, alto, la cara de barro limón, el pelo de nige lustroso,
los dientes de coco granudos, blancos, la camisa y calzón pegados
al cuerpo, destilando mazorcas líquidas de lluvia lodosa, algas
y hojas, apareció con el alba el Gaspar Ilóm, superior a
la muerte, superior al veneno, pero sus hombres habían sido sorprendidos
y aniquilados por la montada.
En el suave resplandor celeste de la madrugada, la luna dormilona,
la luna de la desaparición con el conejo amarillo en la cara, el
conejo padre de todos los conejos amarillos en la cara de la luna muerta,
las montañas azafranadas, baño de trementina hacia los valles,
y el lucero del alba, el Nixtamalero.
Los maiceros entraban de nuevo a las montañas de Ilóm.
Se oía el golpe de sus lenguas de hierro en los troncos de los
árboles. Otros preparaban las quemas para la siembra, meñiques
de una voluntad oscura que pugna, después de milenios, por libertar
al cautivo del colibrí blanco, prisionero del hombre en la piedra
y en el ojo del grano de maíz. Pero el cautivo puede escapar de
las entrañas de la tierra, al calor y resplandor de las rozas y
la guerra. Su cárcel es frágil y si escapa el fuego, ¿qué
corazón de varón impávido luchará contra él,
si hace huir a todos despavoridos?
El Gaspar, al verse perdido, se arrojó al río. El agua
que le dio la vida contra el veneno, le daría la muerte contra
la montada que disparó sin hacer blanco. Después sólo
se oyó el zumbar de los insectos.
Fuentes:
Asturias, Miguel Angel. Hombres de maiz . Ed. crítica,
1. ed. / coordinador, Gerald Martin. Nanterre, France : ALLCA XX, Université
Paris X, Centre de recherches latino-américaines, 1992. Series
title: Colección Archivos ; 21.
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