La Navidad según Maximón (publicado en Siglo Veintiuno)

Por Lucía Escobar

Otra Navidad. Primero fue la noticia de que ese año, no podríamos cortar pinabetes, luego la ley seca que prohibía tomar alcohol un día después. Eso contribuyó a que creciera la depresión, que como todos los años, me invade en la época mas hipócrita del año.

La radio no dejaba de emitir sus estúpidos mensajes de amor y paz, alternados con bombardeos de publicidad. Y como siempre en esta época; los cuetes. Niños idiotas prendiendo mecha y tirando poco a poco expresiones de pólvora. Bum. Bum. Bum. Mis nervios estaban de punta. A cada momento pensaba que eran disparos y que me iban a matar. ¿Es que volvían los años de guerra?

En esos días estaban por cerrar una tienda de antigüedades que solía visitar en busca de ofertas. Llevaba años detrás de un Maximón de barro pintado, que tenía casi un siglo de vida. Cuando lo vi en liquidación decidí regalármelo, me lo merecía. Además, me cuidaría de toda esa locura navideña, mientras yo le ofrecería un puro, una tortilla, un jarrito y sus velitas, como dicen sus oraciones.

Nos fuimos juntos a mi casa, el Dios pagano y yo. San Simón, San Judas, Dios de los borrachos y los ladrones, hombre de negro ¿Por qué siempre estás sentado?

Le busqué un sitio especial en mi apartamento en el cual se sintiera a gusto y en donde pudiera ponerle sus ofrendas. Lo saqué del papel celofán, lo coloqué sobre un viejo cofre y le ofrecí el primer cigarro en su nueva casa. En la noche le compré un pulmón de quetzalteca especial, mejor conocida como indita. Me eché un puro y le di la bacha.

A partir de ese momento, como que las fiestas se detuvieron: deje de oír tantos cuetes, ya no sentía tan pesado el tránsito y encontré una estación de música clásica en la que la Navidad nunca entró. Tomé por fin la decisión de no adornar la casa. Sin árbol natural, no le veía sentido al Nacimiento; dejé los adornos para otra ocasión. Pasamos juntos la Nochebuena, lo senté del otro lado de la mesa, comimos tamales y bebimos ponche.

 

 

 

Al principio, como en toda relación, nos llevábamos de maravilla, nos respetábamos. El cuidaba mis negocios, mientras yo le prendía una candela y mirábamos juntos el televisor.

Nuestra primera pelea sucedió en las vacaciones de medio año. Me fui con unas amigas a la playa: dos semanas de sol, arena y fiesta. Antes de bajar del avión, empecé a sentir un cosquilleo, no le había dejado nada a Maximón. Peor aún, no le había traído ni siquiera un souvenir.

Llegué directo al apartamento, era predecible que algo malo me esperaba adentro. Efectivamente, todo estaba completamente inundado, alguna tubería se había roto o la habrían roto. La mayoría de mis cosas eran insalvables, sólo Maximón permanecía intacto en su silla. Por un momento creí percibir cierta sonrisa en su rostro mineral.

Poco a poco fui limpiando y reconstruyendo mi apartamento, seguí consintiendo a Maximón pero ahora tenía miedo de él. La espinita venenosa de la duda y la desconfianza había entrado en nuestra relación.

Las cosas empeoraron con el tiempo. Cuando yo lo servía de mala gana, todo me salía pésimo. En noviembre llegue al límite, choque mi auto tres veces en un mes; dos por mi culpa y una no. Ya no tenía amigos, ni amigas, llevaba meses sin sexo y para colmo de males, me robaron la bolsa con todo mi dinero y mis papeles. La mala suerte en mi vida era evidente y tenía que hacer algo.

Me daba cólera hasta darle un cigarro. Al fin y al cabo era sólo un muñeco, debía deshacerme de él y sacar por lo menos lo que me había costado. Si en un tiempo todo había sido perfecto, ahora me daba hasta miedo pensar delante de él, sentía que leía mis pensamientos y que tomaría venganza.

Los síntomas de una nueva Navidad eran cada vez mas evidentes, había llegado la fecha y con ella nuestro primer aniversario juntos.

Pero yo había tomado la decisión de terminar con todo. Metí a Maximón en una caja, lo llevé a una tienda de cosas típicas y lo vendí. Me dieron un poco más del precio original; mi suerte empezaba a cambiar.

Confieso que no pude evitar sentir algo de nostalgia al verlo en la vitrina en medio de tantas frivolidades, incluso creí ver una lágrima en sus ojos.

Para olvidarlo, decidí contagiarme con el entusiasmo de la gente, compré un árbol de plástico, regalos. Puse un nacimiento y canté villancicos.

El 24 fuí a cenar a la casa de mis padres, estaban todos mis hermanos con sus esposas, los niños gritando y yo tan sola.

Las doce; los cuetes, los abrazos, el tamal y los regalos.

Y ahí para mí, envuelto en papel celofán y sonriendo, estaba mi viejo amigo Maximón.

(Diciembre, 1998)


 

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Última revisión: 26/06/08
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.