Un buen polvo

Por Lucía Escobar

Me gusta llegar a un lugar y buscar sus camposantos. Disfruto igual un paseo en los asépticos y pulcros cementerios grandes como en los pueblerinos, llenos de colores y rarezas. A menudo busco la tumba más vieja y la más nueva; siempre me dan sorpresas. Cuando veo un nicho lleno de flores no puedo evitar robar algunas y llevarlas al muerto que nadie visita ni recuerda. No tiene nada que ver con la propiedad privada, ni la redistribución de la riqueza, es una maña nada más.
He llegado a pensar que todos los cementerios del mundo se conectan entre sí, como los armarios de Millás, y que los espíritus viajan sin pasaporte a través de las catacumbas. Así que si un día lloras frente a la tumba de Asturias en Père Lachaise, es probable que tus lágrimas lleguen hasta el nicho de la Vanushka en Xela.
Cada campo santo guarda la historia y la idiosincrasia de un pueblo; basta ver las estatuas de mármol decapitadas del cementerio de Quetzaltenango para entender el abolengo venido a menos de sus habitantes, o ver el mural del cementerio de Comalapa para saber por qué hay miedo en los ojos de sus hijos.
Un paseo por el de Todos Santos nos escupe una verdad dolorosa y es que las barras y las estrellas se apoderaron de nuestra bandera (diría Arjona) mientras que el de Panajachel es una delicia naif, pues cada nicho tiene un dibujo que representa el oficio o profesión del difunto.
Y aunque la tecnología ya es capaz de convertir un cadáver en un diamante, a mí me sigue gustando pensar que polvo somos y en polvo nos convertiremos.

Lo que me lleva a dudar si seré recordada como un mal polvo o un buen polvo. ¿Quién sabe?
(Publicada el miércoles 11 de julio 2007 en elPeriódico), link: http://www.elperiodico.com.gt/es/20070711/12/41517/

Muerte en mayo

Por Lucía Escobar

Estuve muerta, ¿recuerdas? Fue antes de esta vida, hoy, seis o siete años atrás. Probé el sabor de la tierra, el olor a flores podridas pegado al cuerpo, horas, días, semanas, años. Los gusanos eran pensamientos tristes entrando y saliendo de mi cabeza, corazón y manos. Conocí el significado de nunca, de jamás. La ausencia recorría mis venas.
Estuve muerta, muerta, bien muerta, no tenía un solo pelo en la cabeza, como las ideas y el amor, todo había desaparecido de mí. No importaban las fechas, los días, las horas, que si la madre, que si tu madre, la Navidad, el cumpleaños, la SAT, no había nada, todo era oscuro, frío, lejano. Sentía miedo, estaba sola, los ojos dolían, dolían mucho, se deshacían en mis manos de pura tristeza. La lluvia caía triste en mis sueños, empezaba y nunca paraba y no podía pararla.
Le exigí a Dios una respuesta y solo la ciencia me Newton me contestó. Sentí la fuerza de un rayo partir un árbol en la Reforma un día de mayo, hace siete años. El viento besó mi pelo y depositó una flor de jacaranda en mi mano. Reencarné, me volví un poco Juan, lo absorbí. Su risa en mi boca; sus pensamientos, mis palabras; sus amigos, los míos; su lucha, la mía. Me quedé con lo mejor de él, que es mucho.
Y en el desierto floreció un hermoso jardín. Guardé el negro para las noches especiales y me vestí de flores. Respiré profundo y disfruté el dolor de dar vida; dos veces renací. El muerto se fue al hoyo y yo al gozo.
Ahora sé, qué se siente eso de morir. No toda muerte es igual: algunas son violentas, oscuras, tremendas, como un balazo en la sien o volverse chicharrón en el baúl de un carro, cuando no da tiempo de decir adiós, te extrañaré. Repentinas, traicioneras.
Y hay otras más estúpidas, lentas, siniestras. El arsénico mañanero en pequeñas dosis, el café amargo, la frustración, el miedo a la vida, qué sé yo. Cotidianas, invisibles.

(Publicada miércoles 9 de mayo del 2007 en elPeriódico) http://www.elperiodico.com.gt/es/20070509/12/39437/

 

 

 

Pariendo Enanos

Por Lucía Escobar

Es una pena que, entre los nuevos inventos y avances de la tecnología, no hemos logrado darle la oportunidad al género masculino de engendrar un bebé. Me gustaría estar viva el día que esto suceda; será un acontecimiento tan importante como la llegada del ser humano a la Luna. Quizá comprenderán entonces, los hombres necios, el verdadero significado de la palabra lunática.
Mientras eso sucede, a las mujeres del mundo nos seguirá tocando la nada suave tarea de parir. Pero, como género no es destino, mientras la ciencia se duerme en sus laureles el feminismo sigue haciendo de las suyas. Y ahora cada vez es más común ver hombres que asumen la paternidad con tal convicción y entrega que hacen tambalear los mitos del instinto materno. Los vemos haciéndose un colocho para cambiar pañales en sucios urinarios, aprendiendo a calmar llantos sin la magia de la chiche, o intentando poner ganchitos y colitas en los pelos más rebeldes.
No es fácil para ellos, ya que a las mujeres nos han hecho creer que somos la única autoridad competente en materia de crianzas y, por muy modernas que seamos, hay terrenos en los que no nos gusta ceder. ¡Que lo cuide, pero a mi manera!
¿Cuántas veces me habré mordido la lengua para no obligar al padre de mis hijos a llevar pañal, toallitas húmedas, carruaje, pacha, Tylenol, colcha, suéter, partida de nacimiento y juguetes cada vez que sale con ellos?
Pero tengo mi recompensa por respetar su manera de ser padre; puedo tomarme la libertad de dejar el nido un par de días, o hasta semanas enteras, sin sentir pena o preocupación por los críos. Ya que, a la hora de los berrinches y la fiebre, mis hijitos tienen un padre tan dedicado y amoroso como la más abnegada de las madrecitas (que desde luego no soy yo).
¡Que vivan los buenos padres!

(Publicada miércoles 13 de junio del 2007 en elPeriódico)

http://www.elperiodico.com.gt/es/20070613/12/40608/


 

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Última revisión: 26/06/08
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.