Oye Guapa.
No congeles el júbilo, no quieras con desgana pero si pese a todo no puedes…y te salvas no te quedes conmigo.

Al abrir los ojos vi a Marco. El cabello rojizo contrastaba con el blanco de la almohada. Su cuerpo estaba quieto y las sábanas apiladas en el piso. El calor me había despertado. Apenas eran las siete de la mañana y el calor era intolerable. Hacía una semana nos estábamos inundando y ahora nos encontrábamos a punto de asarnos. Junio siempre ha sido un mes muy loco. Días de sol, lluvia y viento. A veces todo en un mismo día. Ya en pie asomé la cara por al ventana. La ciudad había despertado. La gente corría de un lado a otro, volteé y vi de reojo a Marco, que seguía, durmiendo plácidamente en esa espantosa posición de muerto. Llevaba años tratando, sin éxito, que durmiera de otra forma. Pero, en cuanto se tumbaba en la cama cruzaba los brazos sobre el pecho. Fue así desde la primera noche que dormimos juntos. Cuánto tiempo y cuántas cosas habían pasado desde entonces. Me gustaba verlo, observar cada centímetro de su cuerpo, de su rostro. Está vez algo no andaba bien, su cabeza estaba más hundida que de costumbre y la boca levemente abierta, lo más inusual era que no roncaba. De pronto sentí la rigidez de su cuerpo y en cuestión de segundos pasó por mi mente nuestra vida juntos. Todo se fue tan rápido como un suspiro. Me acerqué y la certeza de su muerte me invadió. Súbitamente la rigidez se apoderó de los dos. Yacíamos los dos mudos, muertos e inertes. Tendida junto a él, sentí el primer beso y el último. Quise besarlo una vez más pero no pude. Sus amoratados y fríos labios ya no me pertenecían. Fue entonces cuando la nostalgia llenó el vacío, mis huesos, mis músculos, mí ser y grité ¡Marco qué hago sin ti! La vida, su vida se había extinguido pero nuestro amor no.
La vida tal cual la conocía había cambiado. La guerra lo estaba consumiendo todo. Habíamos dormido mal y desayunábamos tarde. La noche anterior había sido de mucho ajetreo. Los nazis seguían avanzando y todos estábamos muy nerviosos. La guerra sucedía al otro lado del Atlántico pero a pesar de la distancia la sombra empezaba a cubrirnos. Sólo se respiraba guerra, sólo se hablaba de la guerra y sólo se soñaba con la guerra. Cualquier otro pensamiento no duraba, cualquier otra cosa había que posponerla u olvidarla.

Mientras este monólogo me taladraba la mente veía del otro lado de la mesa a Bill, mi esposo desde hacía cuatro años. Sabía que me hablaba porque su boca moviéndose pero, no lograba entender ni una de sus palabras. A lo lejos intuí que nuevamente se quejaba por la falta de mantequilla. Teníamos leche, mermelada, tostadas, café pero no mantequilla. Para él la falta de mantequilla era una clara señal de la guerra. Así era Bill y todo era culpa de la guerra. Si no hubiera sido por la guerra, nosotros no estaríamos juntos. Nos casamos precipitados en un estúpido arranque de romanticismo, miedo e histeria. Guerra, maldita guerra. A Bill Lo conocí en una tertulia hacia apenas unos pocos meses atrás.
Bill Tofano, filósofo (singular nombre para un filósofo) de origen germánico (nadie podría decirlo por el apellido), treinta y tanto años, pálido, de cabello oscuro, alto y completamente flemático. Aún me pregunto qué me atrajo de él. Lo veo a mi lado al despertar y sinceramente no lo sé. Me siento terriblemente culpable, fui yo quien se acercó a él. Bill, jamás se hubiera atrevido a hablarme. Creo que el hecho que fuera filósofo fue lo que me atrajo de él. Yo estaba por terminar mis estudios. Era realmente una chica privilegiada, pocas podían asistir a la universidad. Yo era la primera en mi familia. Pues bien, en una de esas tertulias universitarias donde solíamos ir los “intelectuales” lo conocí. Fue a la primera persona que vi al entrar. Estaba de pie frente a una columna, ausente de la conversación. Él estaba por casualidad, a mí me había invitado un colega del periódico. Sí, trabajaba en un periódico, hacía unos cuantos meses me habían contratado. Era periódico pequeño liberal de carácter casi subversivo. Empecé haciendo reseñas de los “clásicos” (Zolá, Russeau, Kant, entre otros), pero luego me decidí a escribir relatos corto bajo un pseudónimo. Tuvieron éxito de inmediato, fueron muy bien acogidos, por nuestros selectos suscriptores. Aparentemente ayudaban a la gente a apartar su mente de la amenaza de la guerra. Los relatos estaban llenos de héroes y heroínas protagonizando grandes historias de amor. Mis compañeros decían que la pasión con la que escribía, era sin duda, fruto de mi sangre latina. Hasta la fecha no sé de donde venía la inspiración, ni en donde escondía tanta pasión. Lo que si sé, es que la sangre latina nada tenía que ver. En casa todos adolecían de la misma falta de pasión y por mis venas corría la misma sangre. La imperdonable falta de pasión era un mal generalizado. En la ciudad Probablemente estaba en el agua y yo me había libraba por que siempre bebía vino.
Un día para mi sorpresa, después de varias copas de aguardiente destilado por mi abuela, Bill me dio su versión de la historia. Me confesó haberse sentido intrigado por mi presencia y la pasión con la que hablaba, ilusamente pensó que aquello podía contagiarse. Esto reafirmó mi teoría que yo para Bill era sólo un ejercicio filosófico. Si tan sólo la guerra acabara, mi vida, podría ser otra pensé mientras bebía el último trago de aguardiente. Bill era un digno ejemplar de su estatus socioeconómico y de la generación de los 30. Había alcanzado la madurez entre guerras y tenía una idea muy peculiar del individuo y su función en la sociedad. Ahora mismo se debatía entre sí debía enlistarse o no (otro ejercicio filosófico). Sentía cierta obligación con su país de crianza y creía que era una forma de demostrar que no todos los germanos estaban de acuerdo con Hitler. Yo no estaba de acuerdo pero jamás se lo dije. Yo no creía en los ejercicios filosóficos y discutir con Bill sin duda era uno. Tanto año en la escuela de filosofía le había quemado la cabeza. Estaba convencido que los filósofos estaban en otro nivel evolutivo. Ellos no se dejaban llevar por los “sentimientos”, eso era algo demasiado primitivo. Al principio esta actitud me pareció graciosa, pero después de un tiempo llegó a fastidiarme. El pobre jamás se imaginó el desprecio que sentía por sus opiniones y a veces por él mismo. Si tan sólo le hubiera hecho caso a mi abuela. Tanto mi madre como ella me lo advirtieron: Desconfía de los hombres de manos calientes. Te harán infeliz, son terriblemente desapasionados. Más te valdría estar sola. Pero yo hice oídos sordos y me preguntaba por qué no habían seguido su propio consejo. Aquello siempre me pareció una tontería, hasta que para una Navidad mientras servía unas copas rocé las manos de mi padre y sentí que quemaban. Esto despertó mi curiosidad e hice la prueba con el resto de los invitados. Durante toda la velada sólo pude encontrar con un par de manos tibias y estaba segura no serían las de Bill. A él lo dejé de último, no quería constatar que sus manos estarían tan ardientes como un carbón.



 

Esa noche estuve despierta hasta muy tarde y al día siguiente me costó mucho trabajo levantarme. Desperté al sentir que Bill sacaba a pasear a Spencer. Bill era muy bueno con él. Al poco tiempo me levanté y me preparé un café. Estaba tomándome el primer sorbo cuando escuché el pomo de la puerta dar vueltas. Regresaban muy pronto y Spencer no ladraba. Era muy extraño. Todo cobró sentido cuando Bill se asomó a la puerta con mi perro entre sus brazos. Estaba rígido, muerto. Lo había atropellado un coche. No quise escuchar el resto de la historia. No me interesaban los detalles. Estaba muerto. Se lo arrebaté de las manos, lo coloqué en la bolsa de lona de la compra y salí sin rumbo fijo. Caminé calle abajo y me senté en la primera banca que encontré. La idea que Spencer pronto sería comida de gusanos me aterrorizó y decidí incinerarlo. Volví a casa corriendo en busca del directorio telefónico. Tomé el primer número de la lista e hice una cita. Salí de casa, sin cruzar palabra con Bill. No quería hablar con él, seguramente calificaría de absurda mi ida, no lo toleraría y tendría que golpearlo.
El encargado del crematorio no quería incinerarlo. No acostumbraban a cremar animales. Luego de una larga e insistente conversación y por supuesto un poco de dinero extra, lo convencí. Yo misma presidí la ceremonia, a los pocos minutos tuve sus cenizas entre mis manos. Salí de allí triste, sintiéndome tremendamente sola. Ni siquiera la lluvia me hizo caminar de prisa. Caminaba viendo las gotas de lluvia estrellarse contra el pavimento. Quería sentir las gotas estrellarse contra mí para que luego arrastraran la tristeza. La lluvia seguía cayendo, un rótulo luminoso resaltaba en la calle: BAR ESPANTAPERROS. Sin dudar entré, necesitaba tomar una copa, descansar y protegerme de la lluvia. Colgué mi chaqueta, me senté y coloqué sobre el mostrador las cenizas de Spencer. Arregle mis cabellos y le sonreí al barman mientras ordenaba un Cassis Con Soda. Sorprendido repitió la orden y asentí. Siempre había querido pedir aquel trago. La heroína de uno de mis libros favoritos lo hacía y yo quería sentirme como ella. Al primer sorbo sentí el singular y fuerte sabor amargo. El segundo sorbo fue más sencillo. Después pedí otro y otro hasta que el tiempo dejó de importar y empecé a sentir simpatía por el resto de los que estaban en la barra. Al poco tiempo de conversar percibí que se sentían intrigados por mi presencia, bueno por el “cenicero” que había puesto sobre la barra. El barman fue el designado para preguntarme. Me tomó desprevenida, aún así creo que logré convencerlos que se trataba de un simple cenicero. Todos se echaron a reír. Las mujeres siempre tan excéntricas dijo más de alguno. Lo que ellos no sabían era que eran parte del funeral de Spencer. Fue una noche increíble cantamos, bebimos y lloramos. Era muy tarde cuando por fin decidí volver a casa. Había dejado de llover, decidida me incorporé y dejé a las cenizas en la barra. No me apetecía caminar con un muerto a cuestas a aquellas horas de la noche. Llegué a casa y me tumbé a la par de Bill. Él siguió durmiendo sin inmutarse. En ese preciso instante me di cuenta que no lo quería. Por la mañana lo escuché llamarme desde la cocina pero decidí ignorarlo hasta que se marchó. Mi cabeza aún estaba rezagada. Nunca fui buena para beber ni para decir adiós. La combinación de ambos fue desastrosa. Bebí un enorme vaso con agua y tomé un par de aspirinas esperando que se diera un milagro. Mientras tomaba el café recobré la conciencia: había dejado las cenizas de Spencer sobre la barra. Sin ocuparme de mi aspecto, corrí tan aprisa como pude hacia el bar. A la luz del día aquel sitio había perdido el encanto. Las mesas y sillas estaban apiladas y el barman barría el piso. En cuanto me vio me reconoció y me llamó Lady Cassis. Aclarando la voz pregunté por mi cenicero, con un tono muy amable me dijo que lo había lavado y colocado junto a los demás. Spencer había terminado en la basura, entre escupitajos y colillas. Ese fue el fin de mi hermoso perro. Y por todo culpé a Bill. Lo hice porque fue lo más fácil, la excusa perfecta. Intuyendo el fin de nuestra relación a la semana siguiente decidió enlistarse. La guerra por fin llegó a nuestra puerta. La última vez que le vi fue en la estación de tren que lo llevaría hasta la base naval donde partiría para Europa. En la estación fingí que lo extrañaría. Pero en cuanto partió el tren me sentí libre. Regresé a casa, abrí las ventanas y puse un disco de Edith Piaf. La guerra seguía, la vida también. Aunque cada vez quedaba menos gente en la ciudad. Las fabricas y comercios estaban cerrados. Estábamos rodeados por una calma obligada y la esperanza de que todo acabara pronto se esfumaba.
Al día siguiente de la partida de Bill, salí a recorrer la ciudad y a traer mis cupones de abastos. Ahora no sólo hacía falta la mantequilla. Hice una larga fila junto a unas veinte personas más. Resignada y en silencio hasta que la monotonía se rompió con un constante golpe seco sobre la calle. A los pocos minutos el sonido se hizo acompañar por una borrosa imagen que poco a poco se afinaba. A lo lejos podía ver un cabello rojo ondeando libremente, Un hombre grande usando un bastón llegó hasta mí con una sonrisa plena en el rostro. Apoyándose sobre el bastón se acercó a mí y con voz profunda me dijo ¡Oye Guapa! Sonreí y tímidamente dije hola. Soy Marcos dijo extendiéndome la mano. Al sentir sus manos frías mi corazón latió.
La guerra terminó, al poco tiempo poco tiempo tuve noticias de Bill. Había sobrevivido y había decidido quedarse en Alemania por un tiempo. Era su manera sutil de decir adiós. Yo para aquel entonces ya era muy feliz. Al despertarme cada mañana veía a Marco respirando profundamente a mi lado y su cabello rojo contrastando con el blanco de la almohada. Al verlo recordaba nuestro primer encuentro, qué me atrajo de él, por qué me enamoré, el primer beso y sobre todo su hermosa voz diciéndome: Oye Guapa.



 

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Última revisión: 26/06/08
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.