La Chica Borges
Prisionero te espero al amanecer
Miguel Bosé

Hace ya casi un año perdí a mi perro. Ese simple hecho desató una serie de eventos que hasta el día de hoy me parecen inverosímiles. Un acontecimiento tan simple cambió por completo mi existencia y mi visión del mundo. Aquella tarde, salí desesperada de casa en busca de mi perro. Deambulé por la ciudad hasta que sin darme cuenta llegué al parque donde solíamos pasear. Me senté allí, en espera de un milagro. Sentada en nuestra banca favorita pasaron las horas hasta que por fin me convencí que no había más que hacer. Fue hasta ese día que me percaté de la variedad de pequeños comercios rodeando el parque: una floristería, una carnicería, una tienda de regalos, una ferretería, una panadería y cerrando el círculo una librería. En cuanto la vi decidí entrar. Me compraría un libro. Siempre he pensado que con un poco de imaginación, los libros pueden ser sustitutos de casi todo. La librería se llamaba La Historia Sin Fin, igual que el libro de Mikel Ende. La puerta de entrada era muy pequeña pero daba inicio a una insospechable e interminable hilera de libros. La búsqueda del libro para conmemorar mi pérdida convirtió en un reto. Al principio busqué con calma, pero con el paso de las horas empecé a desesperarme había demasiado de donde escoger. Cansada me refugie al final de un anaquel y me senté en el piso. Mi descanso se vio interrumpido por unos sollozos en crecendo. Gateando seguí el lamento hasta llegar a una esquina donde vi a una mujer blanca, narizona y de cabellos rizados. La observé oculta tras una columna; entre sus manos sostenía un libro que sacudía con fuerza al mismo tiempo que decía - ¿Por qué me haces esto? Por un momento pensé que tal vez había alguien a su lado. Sin embargo, asomé la nariz pero no vi a nadie. Estaba loca, hablaba con el libro, más bien con la fotografía de la contraportada. Era un hombre de edad madura, ojos grandes y grises. Me escondí nuevamente al ver como golpeaba el libro contra el suelo. Aquella situación estaba adquiriendo niveles altos de estrés. Lo mejor era marcharme antes de que se percatara de mi presencia. En mi intento por huir, tropecé con una estantería y los libros cayeron al suelo. El ruido la puso sobre alerta y se incorporó violentamente. Sorprendida por mi presencia bajó la mirada, arregló su cabello y sin decir media palabra se abrió paso entre los anaqueles. Con pena me agaché a recoger el libro que había dejado tirado y se lo extendí diciendo: estoy harta de las pequeñas infamias. Al terminar la frase, ante mis incrédulos ojos, SU rostro pasó de la infelicidad al gozo. Se abalanzó contra mi estrechándome en sus brazos y gritando – ¡es una señal, es una señal! Sin entender lo QUE sucedía, sonreí nerviosa esperando el momento oportuno para escapar. Sin soltarme me arrastró por toda la librería diciendo continuamente: no te escaparás. Al llegar a un solitario rincón, viéndome a los ojos me preguntó: - Borges eres tú,- dime algo, -no seas cretino-. Al no encontrar respuesta tomó mi cabeza entre sus manos y sacudiéndola decía: - viejo perverso sé QUE estas allí -. Maldita mi suerte pensé antes de perder el conocimiento. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. A lo lejos escuché SU voz pero internamente me rehusaba a despertar; quería pensar QUE todo era un mal sueño. En cuanto abrí los ojos continuó el interrogatorio. Mi cerebro aún no funcionaba. Me incorporé como pude y maldije a mi perro. Quise salir corriendo pero la narizona me detuvo. Se puso a llorar y no pude abandonarla. Seguramente yo tenía razón y ella era una víctima más de las pequeñas infamias. Como si leyera mi mente; preguntó ¿qué es una pequeña infamia? Aclarándome la voz, solemnemente Le dije: son esas cosas tan normales, inocentes y cotidianas al parecer inofensivas pero QUE te amargan lentamente. Sabionda continué: una pequeña infamia es morir cuando se es joven, llegar a viejo y morir lentamente, un amor mal correspondido, ser mujer y no poder concebir un hijo, en fin tantas cosas. Podría hablarte todo el día y toda la noche de ello Le aseguré. Con esas palabras firmé mi sentencia. Carmina, así se llamaba la narizona me tomó la palabra convidándome a un café. Al calor de la segunda taza seguí hablando: Las pequeñas infamias te minan lentamente. Lo he visto. Mi vecino de enfrente, el de al lado, el señor de la esquina, el panadero, el lechero, yo misma lo he experimentando. Con estos ojos he visto a hombres y mujeres ser derrotados. Mi padre, por ejemplo, murió de un ataque masivo al co-ra-zón. ¿Puedes creerlo? Frente a nuestras narices. Sin darnos cuenta, en tres días SU corazón dejó de latir. Mi relato se vio interrumpido por Carmina QUE se afanaba en preguntar si era Borges él QUE hablaba por mi boca. No sé como pude ignorar mi sexto sentido QUE me decía QUE aquella mujer estaba loca. Completamente loca. Harta de escuchar aquel nombre Le pregunté ¿Quién era Borges? Estuvo a punto de fulminarme con la mirada. Con cierto desprecio me contestó Borges “el escritor”. No tenía idea de quien me hablaba pero fingí, no quería alterarla.

 


II


La historia de Borges, quien quiera QUE este fuera y Carmina me tenía intrigada. Nuevamente como si leyera mi mente empezó a contarme cómo se habían conocido. Había sido casi quince años atrás, en casa de sus padres para ser precisa en la biblioteca. Según Carmina no era una biblioteca cualquiera y así lo comprobé más tarde. Por generaciones SU familia se había dedicado a coleccionar libros de todo tipo. SU padre el último en la línea pasaban largas horas catalogándolos. Gustaba mucho de la poesía, y admiraba enormemente a Borges, un poeta menor. Desde niña se vio invadida por aquel nombre, SU padre lo citaba en cuanta ocasión se Le presentaba. Para mayor fortuna o desdicha según lo quieran ver, la biblioteca estaba en el punto exacto del ALEPH. ¿El ALEPH? Pregunté, sin obtener respuesta. Ella un tanto recelosa, ahora me explico por qué, no quiso explicarme y continuó contándome como se conocieron. Fue en SU cumpleaños número nueve, QUE justo coincidió con la muerte de Borges. De esto se enteró cuando días más tarde les contó a sus padres QUE había tenido una conversación con él. Sus padres sin darle mucha importancia Le informaron QUE Borges había muerto en Ginebra, QUE aquello no era posible. Yo seguía sin entender nada. Sólo corroboraba QUE Carmina había estado loca desde chica. Prosiguió sin detenerse ante mi cara de incredulidad. El día de SU cumpleaños, mientras jugaba en la biblioteca subió a una escalerilla, tratando de alcanzar un libro, en el intento se tambaleó y cayó al suelo secamente. Curiosamente también cayó un libro abierto en la página 34. Con letras grandes estaba escrito “Deseo QUE esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad QUE me ha inducido, y me induce a la exploración de tantos lenguajes y tantas literaturas” firmado JLB. Para Carmina aquello fue una revelación. Corriendo fue con SU padre a enseñarle SU descubrimiento. A partir de ese día SU padre Le llenó de Borges la existencia, Le hizo leer todo cuanto de él poseía. Empezó leyendo SU poesía, ensayos, traducciones, comentarios hasta QUE finalmente llegó a la prosa, SU máxima expresión. SU hambre por Borges se incrementó hasta tal punto de no poder comer ni dormir pensando en él. Se obsesionó con la idea de conocer a Borges. Aquello no era posible, por QUE estaba muerto pero ella sabía QUE en el ALEPH todo era posible. Trató de convencer a SU padre para QUE Le dejase entrar. Pero él se negó, insistía en QUE nadie estaba preparado para bajar allí. Era imposible sobrevivir después de bajar hacia aquel mágico espacio. Él se llevaría el secreto a la tumba. No se habló más de eso y el sicoanalista QUE frecuentaba se hizo muy pero muy rico. La niñez transcurrió y llegó a la temible adolescencia. Luego vino SU presentación en sociedad. La noche de la fiesta fue un martirio. Odiaba ser el centro de atención y vestir aquel traje de raso azul. Pero SU madre la condenó a permanecer en la fiesta, cerrando con llave las puertas de la biblioteca. No tenía a donde huir. El suplicio terminó pasada las doce de la noche, hora a la QUE finalmente acabó todo. Por fin en SU cama durmió plácidamente. Esa noche tuvo el mejor sueño de SU vida. Se encontraba en Buenos Aires, en una hermosa plaza. Estaba sentada bajo un castaño y a lo lejos calle abajo, vio como se acercaba una silueta QUE fue cobrando forma. Caminaba con paso firme apoyado por un bastón. A medida QUE se afinaba la imagen pudo ver QUE vestía traje y corbata. Era Borges. ¡Si! Borges. Al llegar frente a ella, Le extendió la mano y Le dijo _ gusto en volver a verte_ . Ella sonrió ante SU sentido del humor y tomó SU mano. A pesar de la ceguera se conducía hábilmente. Tomados del brazo, distinguidamente caminaron por la peatonal hasta llegar a un café, donde Borges pidió un vaso con agua y ella una manzanilla. Conversaron como dos viejos amigos. Jorge Luis, como ella Le llamaba, Le habló de sus obras inconclusas y de SU “biblioteca personal”. El tiempo se Le había acabado y no estaba dispuesto asumir SU muerte como escritor. Había mucho trabajo por hacer; necesitaba QUE alguien escribiera SU obra. Carmina había sido escogida; sería sus manos, sus ojos, SU voz. Gracias a SU madre aquel maravilloso sueño fue interrumpido. Era domingo, día de misa. Carmina se levantó, vistió y marchó a la iglesia. El resto del día espero con ansias la noche, pensando en ver Borges. Pero no llegó. Tuvo QUE esperar cerca de dos meses para QUE él llegara a sus sueños. Esta vez fue la dependienta quien interrumpió el relato. Era hora de cerrar. Yo estaba enganchada en la historia así QUE acepté ir a SU piso. Además, Le había prometido hablar de las pequeñas infamias y ella me lo recordaba y recordaría siempre.


III


Mientras caminábamos Le conté la historia, de mi amigo, el poeta. Una de las más grandes pequeñas infamias QUE he presenciado. La primera vez QUE lo vi sentí SU rebeldía. Solía caminar por los pasillos de la universidad con paso moderado pero firme. Le gustaba tomar el sol y fumar un pitillo de vez en cuando. Un día nuestras miradas se cruzaron e intercambiamos sonrisas. La siguiente vez QUE nos encontramos él leía El Principito, y sin más empezamos a hablar. A los pocos minutos pude comprobar QUE era lo QUE la gente llama “marginado social” y quien yo llamaba “un espíritu libre”. Siempre con un pie adentro y otro afuera, luchando contra SU propia naturaleza. Pasaba todo el tiempo creando. La inspiración no lo abandonaba ni siquiera dormido. Pero un día desapareció. No supe más de él, hasta QUE un día lo encontré en una calle gris, en uno de esos barrios de “empresarios y profesionales”. Me costó reconocerle. Era otro, con traje, cabello corto y zapatos de vestir. Cargaba el mundo a cuestas. Nos vimos y sin decir palabra nos abrazamos. Una vez más las “pequeñas infamias” habían carcomida la voluntad del hombre. SU genialidad tuvo QUE quedarse encerrada en un traje. Sus ideas fueron cortadas al igual QUE SU rubia cabellera y SU sonrisa franca fue sustituida por una mueca. Ahora era parte de la sociedad. Carmina no perdió detalle. Lo apuntaba todo en SU siniestra libretita. Después de un incómodo silencio y en retribución a mi historia ella siguió contándome la suya.
Después de la segunda aparición de Borges el mundo de Carmina no fue el mismo. Se marchó de casa contradiciendo a sus padres, pero tenía QUE hacerlo, Borges así se lo había solicitado. Lejos en el instituto parisino aprendería lo necesario para concluir SU obra. SU avidez por la lectura destacó desde el primer momento y esto no pasó desapercibido, siendo nombrada bibliotecaria. Fue lo mejor QUE Le pudo suceder, allí se encontraba con Borges. Solían dar largos paseos o se dedicaban a escribir sus obras inconclusas. Esas noches siempre terminaban en riña. Carmina siempre ansiosa deseaba saber como acabarían; él dueño de la eternidad se lo tomaba con calma y retrasaba el desenlace. Entre ellos había surgido un discreto romance, imperceptible para el espectador común. Para Carmina era muy difícil fingir y Borges ingenuamente Le correspondía. Carmina culminó sus estudios con la publicación de SU primer libro, realmente el último de Borges. Tal como lo predijera Borges fue un gran éxito. La nombraron la revelación del año; SU libro fue traducido en 19 idiomas diferentes. Para mí fue una gran sorpresa. No sabía QUE la narizona fuera tan famosa. A él, el libro no Le parecía para tanto; solía decir QUE en estos tiempos los críticos eran más benevolentes. En esta parte de la historia empecé a comprender el enamoramiento de Carmina con Borges, el hombre, el escritor, el poeta ... Yo sin conocerle empezaba a estar loca por él. En un acto totalmente irracional decidí mantener en secreto mi fascinación por él. Tenía miedo a ser descubierta, pensaba QUE los celos la nublarían y me alejara de él.


IV

Por mi parten seguí contándole de las “pequeñas infamias” con la esperanza de QUE ella siguiera contándome de Borges. Pasaba el tiempo. Mi creciente admiración por Borges llegaba a límites impensables y empecé a preguntarme qué hacia a Carmina especial. Por qué él la había elegido. Repasando los hechos, inicié un pequeño diario apuntando todos los datos QUE me parecían relevantes. Después de mucha deliberación llegué a la conclusión QUE todo principio-final, pregunta-respuesta surgía del y en el ALEPH. Sólo entrando allí lo encontraría. Tenía QUE entrar en él y perderme para siempre. Carmina trabajaba en el libro y no me prestaba atención. Hacía caso omiso a mi petición de ir a casa de sus padres. Lo tenía todo planeado, durante nuestra estancia yo haría lo posible por encontrar ALEPH y conquistar a Borges. El único detalle pendiente era cómo sacar a Carmina del juego. Finalmente, partimos un sábado por la mañana, llegando a la hora del té. Los padres de Carmina nos recibieron con mucho agrado. En cuanto puse un pie en la casa quise QUE me enseñaran la biblioteca pero, para mi mala suerte llevaban varias semanas reparando el techo. Las obras me pusieron muy tensa e irritable, Carmina lo notó pero no hizo ningún comentario. Por SU parte ella no Le daba importancia alguna al no poder entrar. Se pasaba las horas con viejos amigos o corrigiendo aquel maldito libro en donde yo y mis pequeñas infamias seríamos los protagonistas. El miércoles siguiente a nuestra llegada la biblioteca quedó habilitada, ese mismo día por la noche nos quedamos solas Carmina y yo. Ese era el momento ideal, tal vez mi única oportunidad. Tenía QUE encontrar el ALEPH. Para mi sorpresa, nuevamente como si leyera mi pensamiento, ella misma lo sugirió. Nos dirigimos a la Biblioteca y con SU huesuda mano señaló un punto en el techo. La puerta estaba oculta al ojo humano, con gran cuidado la abrió y ante mis ojos apareció una escalera en forma de caracol. Ella descendió indicándome QUE esperara. Me pareció una eternidad lo QUE tardó en volver, pero valió la pena la espera. Borges permitió QUE entrara. Las paredes estaban tapizadas por libros, cuadros y partituras. Al terminar la escalera había un gran salón y en un rincón oscuro se dibujaba la figura de Borges. Se puso de pie extendiéndome la mano. Todo era como en el relato de Carmina. Yo me quedé petrificada ante SU presencia. Era más perturbadora de lo QUE suponía. Todo se desvaneciócuando con SU encantadora voz me preguntó ¿soy tan ciego como esperabas? Pronto los tres nos echamos a reír. Ahora sé QUE había QUE estar ciego para no ver QUE aquellos dos se traían algo entre manos. No sé cuanto pasó pero se me hizo muy corto. Cansado Borges se despidió. En el ALEPH no hay tiempo QUE valga así QUE bien pudo ser una eternidad o sólo un instante. Salí completamente enamorada de él. Con gran pesar fui subiendo las escaleras. Faltaba un escalón para encarar la triste realidad y se me ocurrió dejar una señal para poder regresar. Esperé a QUE todos durmieran y bajé cautelosamente. A ciegas busqué la maraca y até la correa de la cortina a la clavija. Estaba a punto de entrar cuando se encendió una luz acusadora. De pie ante mí estaba Carmina.


V


Ese es el último recuerdo QUE tengo de aquella noche. Los padres de Carmina me encontraron a la mañana siguiente, en el piso. Recibí un golpe en la cabeza. Fue una noche turbulenta. Carmina desapareció dejando una nota de despedida. Confesaba QUE estaba quedándose ciega y prefería alejarse del mundo. En la carta también daba instrucciones precisas dejándome como la única beneficiaria de SU último libro. Sus padres lo sospechaban pero no lo querían creer. Ellos sabían QUE el riesgo de perder la vista nunca había desaparecido. Nació con esa extraña enfermedad , a los nueve años se agudizó y a los quince parecía estar curada. Todo coincidía con las apariciones de Borges. Según SU madre la pérdida de la vista agudizó SU imaginación y fue la causa de SU triunfo literario. Yo no sabía como decirles QUE no era todo parte de SU imaginación por QUE yo también había visto a Borges. No era posible QUE las dos tuviéramos la misma aparición. Estaba segura yo- no- lo -había -imaginado.
SU libro fue publicado; pronto estuvo en todas las librerías del país. Cada vez QUE lo veía me sentía totalmente absurda y engañada. Pero a pesar de eso, movida por la curiosidad lo leí de cabo a rabo. En el epílogo, entre líneas, encontré las respuestas QUE estaba buscando. Ella y Borges lo habían tramado todo desde el principio. No fue casualidad QUE mi perro se extraviara, ni QUE yo entrara aquella librería. Todo fue una cadena de eventos totalmente planificada para QUE pudieran quedarse en el ALEPH.


EPILOGO


A raíz del golpe quedé parcialmente ciega, qué ironía. Por fin comparto el mundo de Borges. Se me concedió el deseo. La única respuesta QUE no encontré es por qué Borges eligió a Carmina, por qué ella es la Chica Borges. Seguramente la respuesta es parte de la Historia Universal de la Infamia. Ahora tengo un nuevo perro, QUE me guía y me hace recordar cómo un simple hecho, cambió por completo mi existencia y mi visión del mundo





 

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Última revisión: 26/06/08
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.