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- Amor, hace muchos años hubo en Europa un hombre bueno
- que quiso domesticar a un lobo.
- Después, hubo en Antigua otro hombre también
buenísimo que
- quiso domesticar a los hijos de ese lobo.
- De este hombre aún puede escucharse el eco de sus
pasos
- sobre las piedras de las calles y el canto de su campanilla
- prolongarse en las paredes.
- En Antigua, ciudad de iglesias y volcanes, hay también
uno
- que lleva el nombre del primer hombre y en ese templo,
- una tumba que guarda los restos del segundo.
- Y en el campanario, una campana gigante que sacude ese
- gran cajón de marimba que es el valle de la ciudad
de Antigua.
- ¿Por qué ese metal es tan profundo?
- Amor, vos lo sabés. Porque es la voz de aquellos hombres.
- Hoy, sin embargo, esa campana sonará más honda.
- ¿Por que?
- En ese templo vivía otro hombre que era el heredero
de aquellos de quienes es voz la campana.
- ¡Y lo han matado!
- Lo han matado los nietos del mismo lobo por intentar
- arrancarles víctimas de sus fauces.
- Y él ha muerto como un hombre cristalino.
- Amor, ahora la campana sonará inmensa
- y sacudirá el corazón de las montañas.
- Ocurre después de la primera lluvia. . .
- El aster teje huipiles en las faldas del volcán de
Agua,
- el viejo abuelo,
- y las campanitas de quiebracajetes tintean sus colores
- sobre las cercas de las aldeas.
- Después de la primera gota. . .
- Las flores de sojoc son espuma sobre el mar en las laderas
- de las montañas
- y el taxisco se viste totalmente como de mariposas
- amarillas.
- Y los pinos,
- los cipreses,
- los encinos,
- las araucarias,
- las gravileas,
- los guayacanes,
- los cerezos,
- los eucaliptos,
- todos los árboles que tienen el papel de poritos en
la piel
- de nuestra patria, son de un verde abismo.
- Después de la primera lluvia,
- como en las calles de Antigua el viernesanto,
- la tierra es una alfombra.
- Solo que sus flores, sus frutos y sus pájaros no son
de
- aserrín pintado sino de carne.
- ¿Recordás?
- Te estoy hablando de la primavera nuestra.
- Solo que sobre esa alfombra,
- como en las calles de Antigua el viernesanto,
- solo camina,
- moribundo o muerto,
- un crucificado.
- Como cuando era yo un niño sin oficio,
- me tendí sobre la hierba para mirar el cielo,
- pero por sus veredas no circuló un solo ángel.
- No me digas que eras la golondrina que aleteó sobre
la casa.
- O esa mariposa que se posó sobre el geranio y se bebió
- la última gota de rocío?
- Niña mía,
- ¿de que tamaño tenés los ojos? ¿han
crecido tus pupilas?
- ¿que campanas estás escuchando? ¿se
parecen a las campanas
- sanjuaneras?
- Te imagino hundiendo tus pies de leoncita entre la nieve.
- ¿O estas bañándote bajo un coco de fuego?
- ¿Sabés?
- La granada ha adquirido el color que le pondría un
alfarero
- y en tu dormitorio ha nacido una violeta.
- ¿El cielo? Es el mismo lloronazo que dejaste, pero
las
- milpas ya son madres.
- Sí,
- el techo de la casa es siempre aeropuerto de los pájaros
- y el clavel sigue con sus flores a las muchachas que pasan
por la
- calle.
- De la María sé que su vientre germinará
mañana.
- Mi pequeña ardilla,
- ¿nos has soñado?
- ¿recordás la mesa y su permanente exposición
de aromas?
- ¿la ventana y su cristal hecho de infinito, que da
hacia
- la alameda y las montañas?
- ¿recordás las montañas y sus pantalones
y blusas de clorofila?
- ¿los árboles y sus frutos como pintados por
un niño?
- ¿los pájaros, sus trajes de primavera, sus
flautas de barro?
- ¿recordás las aldeas, sus caminitos, sus plazuelas
de juguete?
- ¿las ciudades? las ciudades, ¡lámparas
de los valles!
- Ah, se me olvidaba que el volcán de Agua te envía
saludos y
- que la aldea nuestra por vos ha preguntado.
- Mi nena,
- mi pequeña camarada,
- Quisiera enviarte nuestros amaneceres y crepúsculos
- envueltos en una tusa,
- nuestros ríos y lagos dibujados en una gota de agua
- y todo un mercadito con sus artesanías, sus flores,
sus
- frutas y sus mujeres y sus hombres en el cristal de un grano
de
- azúcar.
- Pero, vos, sabés que ni siquiera puedo enviarte este
poema.
- Este poema lleno de luz es para la sombra.
- Para mí y para nadie.
- Vos lo sabés, futura patria mía.
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