El Desterrado

Al eterno retorno, y a los otros...
 

"A partir de determinado punto ya no hay regreso.
Es preciso alcanzar ese punto..."

Kafka
 
 

"SE HA DESCUBIERTO que las nuevas tintas con que se imprimen estos libros contienen un componente altamente tóxico para el lector habituado".
María se pintaba los labios, mostrando todo el silencio desplegado sobre su espalda.
"Produce un daño severo a nivel pulmonar que se extiende hacia el resto del cuerpo a través de la sangre."
Le daba un beso sin llegar a tocarle y salía por la puerta hecha prisa.
"A modo de vaho recorre las cavidades nasales, recto, muy recto hacia arriba, más allá de los cornetes. Por detrás de las cuencas de los ojos se detiene, pues el velo retinal se resiste a ser atravesado así de golpe. Allí, donde toda la luz se condensa y es implacablemente devorada por una delgada lámina de puntos y fibras, el veneno se esparce lento y firme en su momento. Letra por letra, las señales se van absorbiendo por la tela, frágiles y poderosas, cargadas de lumbre abandonan la retina y se van insertando en el tubo que las lleva otro poco más hacia adentro. Y allá atrás, una vez cruzado se dispersan por la interna obscuridad que late y late, a borbotones de sangre y líquido cefalorraquídeo. Se desplaza el filtro, malévolo, silencioso y feliz, atraviesa otras tantas delgadas membranas hasta alcanzar finalmente la gris cavidad de los pensamientos."
Méndez se vió las manos, la forma de las letras estaba impresa en ellas. Miró al espejo, en su frente qedaban vestigios, trazas negras como cenizas rezagadas del viaje silábico hacia sus pensamientos. Horrorizado, cerró los ojos para esconderse de su imagen. Entonces empezó todo. Sintió un temblor frío recorrerle la piel, primero con la suave constancia de los hormigueros, luego, la agitación fue creciendo más y más. Retumbaba, podía escucharla, podía sentir cómo se dejaba venir: como estampida, como manada de pezuñas hondas y redondas recorriéndole lo blando como tripa de tambor. Aterrado, el hombre veía y sentía cómo sus tejidos empezaban a rebelarse, se hundían y se alzaban en frenética confusión. Entonces el mundo se aflojaba: bajo sus pies, la tierra parecía tratar de golpear y tragarle con feroz intención, cientos de manos, de uñas dentadas le asían desesperadas. La noche le caminaba devota por los ojos forzándole a abrirlos a golpe de frase y circunvolución de ideas prohibidas. Tiritaba. Una terrible y helada vibración le tomó el cuerpo entero haciéndoselo crecer hasta lo impensable. La cabeza le daba vueltas, se aferró como pudo a la silla tratando de anclarse sobre de ella, tratando de no ser llevado por la correntada de fuego, de lava, o de lo que quiera que fuese esa revolución de intestinos que le quemaba por dentro. Quiso gritar, no pudo, unos hilos invisibles le halaban la mandíbula hacia atrás. Estaba como maniatado, como ceñido al mundo desde adentro. Sentía que desde múltiples puntos unas garras abstractas le estiraban y le tiraban, su cuerpo se sacudía sin control, múltiples respiraciones le brotaban del mismo, golpes de dientes, de costillas, de pellejos y vísceras desenfrenados, se desmembraba, sus tendones se reventaban, fibra a fibra se desprendían, no podía más, no podía más, se partía en incontables pedazos, en trozos, en cuadros deformes de fluidos y carne expulsados... Entonces se hizo la calma de nuevo.
Méndez respiró hondamente. Se levantó con lentitud, pegó el libro a su pecho, y desde éste lanzó un largo y callado alarido hacia el cielo falso. Luego llevó las letras hasta sus ojos. Después, siempre abiertas sus hojas, lo llevó nuevamente hacia el pecho, mientras cerraba la vista. Luego lo mismo: subir el libro a la cara, absorber, paladear el escrito, y bajarlo de nuevo hasta apretarlo contra las costillas como para digerir todo aquéllo.
"Es tóxico, mortal para el hombre civilizado. Los médicos, los curas, los técnicos y los políticos no cesan de advertirlo al público. Causa una suerte de cáncer que conduce a una muerte lenta y dolorosa. Debe evitarse el contacto y la diseminación de estos libros."
Con renovado nerviosismo, Méndez repetía aquél procedimiento, una y otra vez lo repetía, luego se daba a ver hacia los lados. Sus ojos grandes, sus cejas arqueadas... ahora temía ver alguien, o ser visto por alguien. Examinó minuciosamente y sin moverse un centímetro, todo su entorno. Los ojos rodaban en sus simas, se estiraban para revisar los bordes de cada ventana. Se cercioró de su soledad. Por un instante se sintió seguro, se sintió estar más solo que nadie. Fue entonces cuando se decidió. Allí, en el centro de la pieza, con todo el sigilo del mundo y sus siglos, Méndez raspó con la uña la tapa del libro; la raspó con la intensa calma de la sombra el número preciso de veces, trazando en cada ciclo la forma indicada, entonces dio los golpes marcados, con el ritmo y la intensidad señaladas. Enloquecía. A medida que sus manos ejecutaban el signo, sentía surgir desde lo más hondo de su cuerpo, -¡cuerpo y alma eran ahora lo mismo! ¡lo mismo! Méndez creyó haberlo por fin descubierto- un fluido luminoso que había surgido como un minúsculo punto, y que ahora, inexorable, le inundaba hasta casi rebalsar. El golpe final, sobre la tapa del libro supuso su saturación con la sustancia de luz. Aquél hombre ahora brillaba, hasta la coronilla. Todo estaba hecho: Méndez estaba iniciado.
"La enfermedad degenera en una necesidad de golpear y escarbar lo que los infectos tengan ante sí. Desarrollan una serie de movimientos incoherentes e incomprensibles, los cuales simplemente no pueden evitar."
Tembloroso salía a las calles, tratando torpemente de ocultar esa mezcla de satisfacción y miedo profundo en su ser. Miedo de dos orígenes distintos, y, como suele ocurrir, opuestos. El delicioso miedo de saberse capaz, y no sólo de saberse capaz sino de necesitar ser capaz de lo desconocido, y el terrible miedo de ser descubierto y apresado por una acción ilegal. No podía evitarlo. El libro ya le había capturado en su propia prisión: le había envuelto en sus hojas salpicadas de símbolos húmedos, de vapores abstractos, que con cortas sentencias le amputaban todo fundamento anterior, toda convicción precedente. La vida no podía ser ya la misma. La inocencia, que como una imagen hecha en un espejo caliente, se desvanecía obsoleta, se había vuelto como aire que emigraba y que dejaba tras de sí todo el horror de la nada. Sentía un intenso punzón en el pecho -la enfermedad de que hablaban-, el dolor, el abismo, el olor de las lágrimas que solidarias hacen su camino en callada quietud. La rabia temerosa... -Las cosas no eran así... ¡no eran así!- se secaba la cara, se la exprimía, a medida que seguía preguntándose por dentro. ¿Por qué era que todo el mundo se le fragmentaba? ¿Y tan de repente? ¿Qué era él mismo antes de saber todo aquéllo? ¿Y qué eran los otros? ¿Qué habían sido las cosas antes de que él llegase a ser lo de ahora? ¿Es que acaso existía algo antes de entonces? ¿Es que acaso existía todavía él mismo? O quizás no era él antes, sino que era tal vez otro, otra persona más estúpida y feliz. Tal vez había sido otro individuo menos individuo el que le había habitado los días; antes, cuando toda su vida no era más que una y sólo una, antes de convertirse en esos múltiples sueños que no le dejaban ya en paz. Entonces era como si habitara otro mundo, uno diferente del que hasta ahora era el suyo. ¿Acaso no habitamos cada uno un mundo distinto? ¿Como si viviéramos cada uno en la propia burbuja? Como inmersos en una esfera delgada y elástica que al hacer contacto con las esferas de otros crea puentes o un túneles para intercambiar palabras, besos o puñetazos. Como fuera, el mundo ahora era otro, más claro y terrible, más hermoso y perverso.
Agitado, meneando el cuerpo y las manos sin control alguno, Méndez erraba por las aceras y asfaltos del barrio. No veía gente inmediata, pero sabía que de un momento a otro empezarían a asomar. Tenía que calmarse, tenía que esconder aquél libro, de lo contrario éste sería su perdición... -¡como si no lo hubiese sido ya!- Se tambaleaba, sentía frío en la cara, sudores helados en la espalda que le caminaban febriles e insulsos, iba a caerse... como pudo se aferró al primer poste que halló. Allí trató de calmarse. Fue peor. Respiró profundo, por un instante le pareció haber recobrado el equilibrio. Pero entonces las manos empezaron a vibrarle de nuevo, y luego un frío, un fuego frío e intenso le emergió desde algún punto en el centro de sus costillas, dándole un nuevo sentido a sus manos. Incrédulo, Méndez observaba cómo sus dedos repetían la seña sobre la superficie del poste: giraban, danzaban, trazaban las líneas una y otra vez hasta el número justo, golpeaban, las tantas veces, con el ruido y el ritmo cabales, y la calma más densa se hacía en la parte más honda de sí, mientras el miedo insalvable se conservaba, bien afianzado en su extremo superior. Dicotomías humanas, enfrentamientos de lo interno y lo externo, el vivir y el morir contra el sobrevivir, la contradicción esencial. Lo disfrutaba, no podía evitarlo. Aunque se lo reprochara, y temiera por sí, él lo disfrutaba. Poco a poco, Méndez fue dejándose llevar por aquel impulso primitivo y violento, nadaba en éste, era el símbolo, era la señal...
Entonces empezó a aparecer la gente. Pasaban despacio a su lado, le miraban de reojo, como al acecho, susurraban ausencias. Lentamente bajaban la frecuencia de sus pasos, lo hacían a medida que se le aproximaban, un paso tras otro, como si nada. Luego, por fin, se detuvieron. Méndez los veía, aún si cerraba los ojos. Comenzaban a darle vueltas, caminaban en torno a él. Al principio eran dos, con el tiempo eran diez, quince, veinticinco, no podía contarlos. Docenas de hombres, de mujeres y niños, de seres que no eran hombres, ni mujeres ni niños, sino jueces avejentados y serios, legados y cuasi-verdugos que como calaveras le giraban, le daban tirones sin tocarlo, condenas, revueltas, respiraciones corriendo, ejércitos de vacíos cantando palabras de pintalabios y escopeta, sentencias físicas que tarde o temprano terminarían llegando hasta lo que los otros llamaban "espíritu". Lo acosaban, le acusaban, bañándole en truenos, en lluvias de dictámenes afilados, en ríos de cuernos e instrucciones de redoblante, docenas de dedos le señalaban y señalaban al libro, y allí, sumida entre todos, María, como una otra más entre los monstruos de aceras, como una otra más que le miraba sin verlo, pero que al fin le señalaba. Agujeros de aire, dientes flotando y riendo, jirones, halones y empujones, insultos de fuego que le cercaban y le encerraban, no podía más, no podía más, la sangre es el grito del hombre y Méndez no podía ya dejar de gritar. Gritaba, gritaba y gritaba, hasta que llegaron por fin a traerle...
Luego fue el juicio, que duró una nada. La evidencia era suficiente. Cargaba las letras prohibidas. Había puesto en peligro la estabilidad y la seguridad del estado, no sólo la suya sino la de todos los otros. La respuesta era clara: tenía que ser expulsado, so pena de que pudiese extender su contagio. Despacio y marcial, Méndez fue conducido con mordaza hacia la frontera. No tuvo oportunidad de despedirse, después de todo ya estaba muerto. De camino, la gente lo veía de reojo, como si aún el verlo fuera peligroso. No habían lamentos. El mismo zapateo y trajín circular de la urbe seguía su curso. Era una tragedia personal que en nada afectaba a la comunidad, siempre que se completara de manera adecuada su salida.
Llegaron al límite. Le dieron un bolso con alimento y herramienta. Le indicaron que no retirarse la mordaza sino hasta que la sed se le hiciera cansada. Frente a sí: el desierto. Para la ciudad, ese era el único modo de hallarse la cura: en aquél sitio la desesperanza debía ser suficiente para sanarle de una vez y por siempre la mente. Quizás al cabo de una docena de años podría intentar regresar a la urbe. Dió un par de pasos y volteó a ver para atrás. Allá en la ruidosa afonía del concreto vió por última vez a la gente. María, aún con la pintura entera y firme en los labios, le decía adiós agitando un pañuelo. Dos lágrimas le vaciaron la cara. Partió.
Buscó un camino pero no había ninguno trazado. Con resignación y sosiego, Méndez, que ya no era Méndez, contempló la larga sombra del sol. Recluido en esa vasta celda que era la existencia, el hombre se limitaba a respirar y andar. Pocas cosas habían cambiado adentro de él con la expulsión, seguía igual de solo y herido con conocimiento. A pesar de que el sol le forzaba a cerrar los párpados, éstos traslucían el haz blanco desde su interior. Aún le brillaban las córneas. No sabía ya nada del tiempo, debieron haber pasado vastos meses antes de que dejara de andar, pues el pelo le llegaba hasta el pecho y las uñas eran ya garras sin filo.
Encontró unas piedras, se detuvo frente a ellas. Allí, mísero y enflaquecido, el hombre sintió una vez más ese impulso y no pudo contenerse. Con frenética calma sus uñas empezaron a raspar en las rocas: con justa la forma y el número, con justo el sonido y el ritmo, con justos los golpes en cantidad y en la fuerza. Entonces más que un alivio o consuelo, Méndez sintió una satisfacción irle llenando de nuevo: ¡era otra vez la señal! ¡la bendita señal de los libros! ¡Aún estaba infecto! Temblaba, con reverente emoción temblaba, con extensa debilidad. Aquél hombre recobraba la frescura a medida que se daba a repetir una y otra vez el símbolo sagrado, pero luego... un milagro mayor ocurrió. De pronto, el desterrado escuchó algo que le pareció como un eco. Era el asombro. A lo lejos, desde todos los puntos y sentidos, el hombre empezó a escuchar la señal, exactamente la misma señal. Repetida... una y otra vez repetida. Era como un concierto de uñas y de tubos y piedras: eran las señales emblanquecidas de otros presos menos presos que repetían con él la marca del tiempo. Y allí, sin alcanzar a verse, todos se sonreían y todos sabían que los otros sonreían, como niños, como aguaceros felices, como llantos alegres del cielo. Entonces, una red excavada de luz que no era del sol se fue haciendo en lo profundo del suelo. Esa noche, una noche, los solitarios virtieron la seña, y el desierto fue hecho el centro del mundo...

 

 

igor slowing
Octubre de 1999

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.