POLVO ENAMORADO

A ROBERTO Y CUCA
A LA SOMBRA DE BRAHMS

Los arroyos puros
se adormecen al són del llanto mío
y, a su modo, también se duerme el río.

Al sueño, Quevedo

Llamó a la puerta un día, el mar. Sedujo, 
entre las olas solo, la agonía. 
Llamó a mi puerta solo el mar un día; 
pero entendí la noche que produjo.

Entre las altas ondas me condujo, 
llamas de sombra, su melancolía; 
y aquella blanca nave sólo mía, 
a ser ajena noche se redujo.

Hoy que lo entiendes, dime amor cuál río, 
camino en movimiento, es quien me nombra 
en olas tristes que tu arena apura.

Responde con pasión al labio mío 
antes que al río el mar un día, sombra 
conceda. Y a tus ondas sepultura.
 
 
 
 

Después del sueño, el sueño. Acrece un punto 
el universo demencial. Urgencia 
de un invisible dardo: su impaciencia, 
su camino, su blanco, su conjunto.

El juego de vivir es otro asunto, 
más rata, más amor, más penitencia 
sin universo y dardo, sin demencia, 
más al fondo, ay, de un íntimo difunto.

¿Y antes del sueño cuál -decid- cauterio 
de hielo prenatal escalda el día, 
su espejo, su calvicie, sus desiertos?

La respuesta descubre un cementerio 
más hueso enamorado que agonía 
de los sueños que sueñan a sus muertos.
 
 
 
 

Razona el fuego. En rojo ramo ofrece, 
huraño, flores a la sombra. Vela, 
en barca trascendido, flota, vuela. 
Pulsa el fulgor del mar donde se cuece.

Luego es cenizas, llaga. Desmerece, 
bocas sin fin, sus flores. Le desvela 
un sueño en otra sombra; se congela, 
luz sin llama en el labio que estremece.

Es sin embargo, amor, más decidido 
infierno; porque a un beso moribundo, 
un cálido estertor al mar indaga;

y en su fondo epitafia, trascendido, 
otra llama, otra boca y otro mundo, 
en sueño, en ascua, en mar, en beso, en llaga.
 
 

Con golpes de ceniza me reprendo. 
Yo soy la llaga. Azote mi letargo. 
Vuelvo a la vida, creo, sin embargo, 
el pan que como a mí me está comiendo.

De un horno alucinado me trasciendo. 
Las ascuas lamo. Soy su perro amargo. 
Y mientras gruño, sobre el hombro cargo 
la llaga del mendrugo en que me enciendo.

Vuelvo a la vida, creo. Miro en tomo 
a Cristo calcinado. La locura 
del pan sin lengua. El can en ascua y grito.

Su hueso enfermo. La fealdad del horno. 
El muslo de la virgen, levadura. 
La puta muerte, su hambre. Su infinito.
 
 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.