Para los patojos de la red, para los que tengan patojos, y para los no tan patojos, aquí están unos cuentos que forman parte de nuestro ser. ¡Disfruten!

  • Las lágrimas del Sombrerón
  • Tío Conejo y Tío Coyote
 

LAS LAGRIMAS DEL SOMBRERON
Versión de Luis Alfredo Arango

Celina era una niña muy bonita. La gente del callejón del Carrocero, en el barrio de Belén, la veía todos los días y nunca terminaba de admirarla. Mientras más crecía Celina, más linda se ponía.
-¡Qué ojos tan hermosos!
-¡Sí, tan grandes sus ojos!
-¡Y que pelo el que tiene!
-¡Tan grande y ondulado!
-Se parece a la Virgen del Socorro de la catedral.
Además de ser bonita, Celina era una muchacha sencilla y muy trabajadora.
Su mama hacía tortillas de maíz para vender y Celina salía todos los días, a las doce de la manana, a repartir las tortillas que hacía su mama.
Una tarde, a eso de las seis, en la esquina de la calle de Belén y callejón del Carrocero, sin más ni más, aparecierón cuatro mulas amarradas al poste del alumbrado electrico. Las mulas llevaban cargas de carbón sobre sus lomos. La gente no les dio mucha importancia, salvo porque ya era tarde.
-¡Qué raro! ¿No serán las mulas del Sombrerón? -comentó una mujer medio en serio, medio en broma-.
-¡Dios nos libre, ni lo diga, chula! -le respondió otra al pasar.
Celina estaba muy cansada después de haber trabajado todo el día; el sueño comenzaba a dominarla. Entonces oyó una música muy linda: era la voz de alguien que cantaba acompañándose con una guitarra...
-¡Mamá, oiga esa música!
-¿Qué música? Lo que pasa es que te está venciendo el sueño.
-¡No, mamá!, ¡oiga qué belleza!
Pero la tortillera no alcanzaba a oír ninguna música: "Lo mejor es que te acuestes, mi niña".
Celina se acostó, pero no podía dormir; seguía oyendo aquella melodía tan encantadora. Hasta sus oídos llegó claramente la voz cantarina que decía:
 
 
Eres palomita blanca,
como la flor de limón,
si no me das tu palabra
me moriré de pasión...

A las once de la noche, las mulas carboneras ya no estaban amarradas al poste de la luz eléctrica.
Noche a noche se repitió aquella escena. Lo único que la gente notaba era que ahí estaban las mulas con su carga de carbón, atadas al poste.
Celina, en cambio, se deleitaba con las canciones que escuchaba; la encantadora voz la tenía hipnotizada.
Movida por una intensa curiosidad, a escondidas de su mama, Celina salió a espiar en la oscuridad y se llevó una gran sorpresa: ¡era un hombrecito que hubiera cabido en la palma de su mano! Tenía un gran sombrero que casi lo tapaba todo; apenas si salían debajo del ala, sus zapatitos de charol y sus espuelas de plata. Mientras cantaba y bailaba tocando su guitarrita de nacar, enamoraba a la niña:
 
 
Los luceros en el cielo
caminan de dos en dos
así caminan mis ojos
cuando voy detras de vos...
 
 
¡Celina ya no pudo dejar de pensar en el hombrecito! Se pasaba cada día, esperando que llegara la noche, para verlo y oír sus canciones tan lindas.
Su mama se dio cuenta de que algo raro le estaba pasando a la niña:
-Qué te pasa, hijita -le decía- ¡estás muy pensativa!
Pero Celina no podía explicar sus delicados sentimientos. Simplemente deseaba escuchar esa música; quería ver una vez más al pequeño bailarín que la deleitaba tanto cantándole cosas bonitas. Cuando él la visitaba todo le parecía más hermoso.
Las madres tienen una sabiduría especial que les permite comprender los sentimientos de sus hijos. La tortillera comprendió lo que estaba sucediendo y decidio consultarles el problema a dos o tres vecinos de confianza. Después de escucharla, todos llegaron a la misma conclusión:
¡Celina estaba enamorada del Sombrerón! Además, los vecinos le dieron consejos a la tortillera.
Siguiendo esos consejos, ella decidió llevar a Celina lejos de su casa y la encerró en una iglesia para que ya no viera más al Sombrerón. La gente piensa que los fantasmas no pueden contra Dios.
Al día siguiente, el hombrecito llegó al callejón del Carrocero, pero no encontró a la niña. Entonces se puso como loco y comenzó a buscarla por toda la ciudad.
Sus mulas no volvieron a aparecer, amarradas en el poste de la esquina.
La tortillera y los vecinos creyeron que ya habían resuelto el problema, pero Celina no pensaba lo mismo: en el silencio de su encierro, en vez de olvidar a su pequeño amigo, lo recordaba más y más; le hacían falta sus bellas canciones y sus palabras de amor. La niña enfermó de pura tristeza, Cada día empeoraba de salud hasta que murió. En medio de su pena, la tortillera decidió llevar el cuerpo de su hija al callejón del Carrocero, para velarlo con los vecinos.
Estaban todos muy tristes, reunidos en la casa de la tortillera, cuando escucharon un llanto desgarrador: ¡era el Sombrerón que venía, arrastrando sus mulas! Se detuvo junto al poste de la esquina y comenzó a cantar:
 
 
Corazón de palo santo,
ramo de limón florido
¿por qué dejas en el olvido
a quien te ha querido tanto?
 
 
Los vecinos estaban muy asustados; nadie se atrevía a moverse de su silla. El Sombrerón volvió a cantar:
 
 
¡Ay ay aaay..!
Mañana cuando te vayas
voy a salir al camino
para llenar tu pañuelo
de lágrimas y suspiros...
 
 
Nadie supo a qué hora se fue el Sombrerón. Su voz se fue alejando lentamente, hasta que se perdió en la noche oscura. A la mañana siguiente, cuando los dolientes tuvieron valor para salir de la casa de la tortillera, se quedaron maravillados: ¡había un reguero de lagrimas cristalizadas, como goterones brillantes, sobre las piedras de la calle!
 
 
 
 

Tío Conejo y Tío Coyote Versión de Francisco Morales Santos

En cierto lugar había un huerto poblado de sandías. Tío Conejo lo descubrió en una de sus andanzas y a partir de entonces todas las noches trasponía la cerca para darse una comilona. Pero una vez no le bastó con comerse la sandía más madura sino que la vació toda, se ensució por dentro y luego la tapó.
Faltando un día para que el cura del pueblo cumpliera años, la dueña de aquel huerto pensó en regalarle una fruta, de modo que fue en busca de la mejor sandía, la cortó y se la llevó al padre.
El día del cumpleaños, se le sirvió un almuerzo riquísimo al padre ya que nadie en el pueblo quiso quedarse atrás, dando cada uno lo mejor de la cosecha. Cuando estaban por levantarse de la mesa, el padre le dijo al sacristán:
- ¿A que no adivinas de que nos olvidamos?
- Francamente no sé.
- ¡Pues de la sandía!
- ¡Ah, caramba! -replicó el sacristán. Se rascó la cabeza como siempre, salió hacia la despensa y volvió con una enorme sandía entre los brazos.
Cuando el padre empezó a partirla vieron que saltó una chibolita y luego otra y otra.
Creyendo que de adrede la señora le había echado estiercol, el cura la mandó llamar y la reprendió.
La señora se azareó y se fue a su casa bastante preocupada.
Durante largo rato estuvo pensando como hacer para tenderle una trampa al que le había hecho esa mala acción. Y de repente se le ocurrió poner un muñeco de cera en el sandíal.
Al anochecer llegó Tío Conejo, como de costumbre. Lo primero que vio fue el muñeco, pero solo el perfil se le veía de tan oscuro que estaba.
Tío Conejo lo confundió con una persona y le preguntó molesto:
- ¿Y tú, que haces aquí? ¡Hazte a un lado o te doy una manotada!
Tío Conejo no esperó respuesta y le dio la manotada.
-¡Suéltame la mano! -le dijo y le pegó con la otra.
Al ver que su contrincante no le soltaba las dos manos, Tío Conejo amenazó con pegarle una patada y se la dio.
-¡Suéltame las dos manos y el pie! -volvió a decir Tío Conejo.
-Si no lo haces te pego con el otro.
-¡Suéltame las manos y los pies o te propino un barrigazo! -insistió Tío Conejo.
Viendo que el muñeco lejos de soltarlo más lo atrapaba, Tío Conejo acabó diciendole:
-¡Suéltame o te pego un cabezazo!
Al otro día, bien temprano fue la señora al sandíal, desprendió al Tío Conejo y lo dejó encerrado mientras iba a calentar un asador.
Estando encerrado Tío Conejo acertó a pasar por alli Tío Coyote.
-¡Oye! ¿Que haces alli?
-Vea, Tío Coyote lo que pasa es que me encerraron porque quieren casarme con una joven rica, pero yo no quiero.
-No seas tonto. Esa ganga no se la ofrecen a uno todos los días. ¿Por que no quieres?
-Porque me gusta ser libre. Eso es todo.
Dicho esto Tío Conejo trató de interesar en el asunto a Tío Coyote. Por último le dijo.
-Si usted tomara mi lugar tendría asegurada su vejez.
-Viéndolo bien, tienes razón. ¡No hablemos más!, -dijo Tío Coyote y se metió en la trampa.
Cuando la señora volvió, dijo asombrada:
-¡Qué raro! Hace un rato estabas más pequeño y ahora te veo más grandote. ¡Qué luego has crecido! De todos modos me las vas a pagar.
Acto seguido le quemó la cola con el asador.
Mientras tanto, Tío Conejo se fue corriendo y se subió a un injertal.
Quería ver si pasaba Tío Coyote para burlarse de el.
Cuando Tío Coyote lo vio gritó furioso:
-¡Ahora sí te como!
-¡Oh no, Tío Coyote! ¡Espérese! Voy a botarle un injerto.
Al momento lanzó el injerto. Tan sabroso estaba el fruto que Tío Coyote no tardó en pedirle otro, pero esta vez, Tío Conejo le tiró uno verde que le quebró los dientes.
Luego, salió corriendo y fue a subirse a un coyolar.
Cuando Tío Coyote pasó, Tío Conejo volvió a molestarlo.
-Ahora si te como, -le dijo el Tío Coyote.
-¡No, por favor, Tío Coyote! Mejor déjeme que le bote un coyol.
Para que el Tío Coyote entrara en confianza, Tío Conejo le tiró un coyol maduro, pero después le tiró uno verde que le rompió la cabeza.
Una vez repuesto, Tío Coyote volvió a amenazarlo, pero Tío Conejo recurrió a su ingenio, haciéndole creer que la luna reflejada en el río era un queso.
Venga -le dijo-, aquí hay un sabroso queso, pero fíjese que para sacarlo hay que beberse el agua y como yo soy chiquito... Quien quita usted se anima.
Tío Coyote no lo pensó dos veces y terac, terac, terac, se puso a beber agua hasta decir ya no. Cuando el agua empezaba a salirsele por todos lados, Tío Conejo le dijo:
 
¡Adiós Tío Coyote
dientes quebrados
cola quemada!...
y salió corriendo

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.