Diez colores nuevos

(Fragmento, Editorial Praxis, 1993)

Anadrio

Quien primero vio una nube de color anadrio

era un joven pastor de diecisiete abriles

que más tarde fue monarca de su reino

y hombre feliz hasta decir ya no,

porque el anadrio es el color de la alegría

y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!

¡Y de la buena suerte!

¡Y de la buena suerte!

En mil quinientos veinte

un español porquerizo de Castilla

vino a América y cuando se internó en la selva

vio un árbol de color anadrio;

ese mismo soldado de fortuna

más tarde comió con Carlos V

y fue virrey;

porque el anadrio es el color de la alegría

y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!

¡Y de la buena suerte!

¡Y de la buena suerte!

En la época moderna otras personas

han visto objetos de color anadrio

y su suerte ha cambiado en forma radical.

Un pescador vio una sirena cuya cola

era anadria y desde entonces

pescó y pescó y pescó y pescó y ahora

es dueño de una flota ballenera;

porque el anadrio es el color de la alegría

y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!

¡Y de la buena suerte!

¡Y de la buena suerte!

Vendía periódicos un niño,

rapaz sin desayuno, de pobreza trajeado,

un día en su camino vio una piedra

que era, por supuesto, de color anadrio.

Ese niño actualmente es accionista

de una inmensa cadena de periódicos;

porque el anadrio es el color de la alegría

y de la buena suerte.

Pinte usted

las paredes de su casa

de color anadrio

y le irá bien.

Dunia

Dunias son las sonrisas que intercambian,

bobalicones, los enamorados,

dunia es la flor que no se mira nunca,

y es dunia también la primera sonrisa

de un recién nacido.

Dunia es el color de todo lo inmaterial,

es el color de la ausencia,

el color de los adioses

y el color con que la música y la poesía

se presentan cuando echan la casa por la ventana.

La piel de un potrillo o de un becerro

de tres días es de un dunia intenso,

lo mismo que las perlas en embrión,

las estrellas que no se ven desde la tierra,

los pétalos no abiertos de las flores

y los ojos de los niños que duermen

en el claustro materno.

Lo no tocado todavía es dunia,

como la atmósfera de los espejismos

y las plumas de los pájaros

que oímos cantar, pero no vemos.

Los lagos y los ríos que nadie ha descubierto

en estas selvas vírgenes de América

agitan aguas dunias

que dejarán de serlo en cuanto sean vistas.

Dunia…Dunia…Dunia...


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.