Del libro "Gente educada"

Nueva huida a Egipto

María y José salieron de Belén y emprendieron la marcha a Egipto. El niño envuelto en pañales y en los brazos de su madre, sonreía, sonreía... Corría peligro y era necesario abandonar la Tierra Santa para buscar seguridad en el país vecino. La Migra, integrada por soldados del rey Herodes, ya buscaba a los viandantes. Por extraño que parezca, Jesús, José y María no viajaban en el borrico tradicional sino en un viejo autobús destartalado de la línea Transportes del Sur, entre pasajeros de toda laya y de diversas nacionalidades. Iban pequeños comerciantes, ladrones, braceros, narcos y tal vez hasta espías.
Tras agobiante y molesto recorrido de muchas horas, el polvoso vehículo se detuvo en un pueblo semiabandonado y desértico. José tocó disimuladamente las monedas que llevaba en su escarcela. Son pocas pensó, pero me alcanzarán. Muchos pasajeros desalojaron el autobús. La frontera aún estaba lejana, pero aquel pueblo era el último que quedaba en la ruta. Sólo una docena de personas, entre ellas la Sagrada Familia, no se bajaron. Todos continuarían el viaje hasta la frontera. El copiloto se dirigió al pasaje y gritó: Estaremos aquí media hora. quienes van más allá tienen que comprar un nuevo boleto. José entregó dos monedas.
María dio el pecho al niño y José bajo del autobús en busca de comida. Al rato volvió con una berenjena, un coco y unos tacos de maná. Los tres se alimentaron al mismo tiempo, y María dijo: Tengo sed, José. Este puso el coco en el regazo de ella, diciendo: Esta fruta contiene agua pero no tengo con qué partirla. El niño dejó de lactar y movió una mano. Tres de sus pequeños y sonrosados dedos se posaron sobre la fruta. Al retirarlos, el coco tenía tres pequeños agujeros. Sin advertirlos, José lo retiró de las rodillas de María y se mojó las manos. Mira, dijo embelesado, la fruta tiene tres agujeros; anda, bebe, María, calma tu sed.
El camión de pasajeros siguió su marcha. La noche cayó sobre el campo y un semillero de estrellas empezó a arder en el firmamento. Bien arropado, el niño dormía en brazos de su madre. Ella iba dormitando, pero José velaba. En su duermevela, María volvió a escuchar la dulce canción dedicada a su madre, que los ángeles disfrazados de pastores, habían entonado unos días antes frente a la carpintería de José:

Usted es abuela
y abuelo es Joaquín
de la primavera
en este jardín
Queda a su cuidado
la luz del mañana:
que nunca se apague,
Señora Santa Ana.

Ya colman el huerto
delicadas frutas,
cayó en el desierto
refrescante lluvia.
Si todo está bien.
y hay mucho cariño,
díganos, señora,
¡por qué llora el niño!

Las flores derraman
su canto más dulce
y con sus colores
nos llenan de aromas,
enciende la aurora
fulgores de grana
pero el niño llora
por una manzana.

La noche se acerca,
no brillan luceros,
todo el mundo gime
y está sin sentido,
el niño solloza
y en sombras se ha hundido
por esa manzana
que se le ha perdido.

El vehículo se detuvo de pronto en la inmensa soledad del campo. Tres hombres esbozados penetraron. Beduinos del desierto o asaltantes de caminos, uno de ellos aclaró: No se alarmen... Hay que pagar por transitar por estos rumbos. Nosotros somos los cobradores del peaje. José sacó una moneda y la ofreció al rufián. Son cinco, dijo éste. Fortificándose de paciencia y de resignación, el carpintero entregó cuatro monedas más.
Al llegar a la frontera, la escarcela de José siguió vaciándose. De caseta en caseta las monedas iban volando de sus manos. Qué si faltaba un papel: tres monedas; que si una licencia, cinco monedas. Que si era sirio, que si libanés, que si hondureño, que si hierosolimitano, que si paraguayo, que si egipciaco, nada, nada: Cáigase con cinco monedas más. Así pasaron por otros pueblos amurallados como Basora, Bagdad, etc. hasta llegar a Tegucigalpa. Menos mal que ahí tenían parientes porque a José ya no le quedaba ni una moneda.
Que gusto le dio a María y a José saludar a todos. La tía Isabel tomó al niño y lo alzó en brazos al tiempo que exclamaba: ¡Es el niño más hermoso del mundo! Ruborizada, María replicó: Tu bebé no le va a la zaga, prima. Llegaron más parientes y amigos y se improvisó una pequeña fiesta familiar. Quien trajo jarrones de vino de Canaam, quien dátiles, ciruelas y mangos; quien ollas de mezcal y gusanos de maguey; quien pomos de yuscarán y guanábanas (que son las reinas de las frutas); quien demajuanas de vino rosado, quien quesadillas y garnachas; quien garrafones de cuschusha y quien jarras de aguardientes clandestinos recién sacado del alambigue. Todos brindaron por el futuro brillante que esperaba al niño, cuya preciosa vida había sido puesta a salvo por sus amantísimos padres. Aquel niño iba a inaugurar una nueva era para la humanidad, aquel glorioso infante iba a encontrar la manzana que se le había perdido, no importa si era en el siglo uno o en el siglo veintiuno.
Pasado algún tiempo, se pensó en el regreso y José empezó a preparar el viaje y recibió agradecido el apoyo económico de parientes y amigos. El retorno a la tierra Prometida resultó otra odisea quizá más terrible que la primera. Las angustias, las amenazas y las extorsiones fueron más agudas y copiosas. Ya en la aduana de Tapo, en donde padecieron afrentas y absurdos interrogatorios, José fue despojado de las últimas monedas.
Extenuados pero jubilosos, María y José se vieron finalmente bajo el techo protector de su humilde hogar. Pensativo, José dijo a su esposa: No nos queda ya ni una moneda, María; no sé qué vamos a hacer. Yo si sé, amado esposo, replicó ella. Le retiró el pecho al niño, quien en ese momento sorbía goloso, lo depositó en la cuna, tibia y brillante como la cauda de un cometa, y se dirigió a la cocina.
Volvió en seguida con un billete de a veinte dólares en la mano. Mira, dijo, dejé esto en un jarrito de la cocina; sabía que alguna vez lo íbamos a necesitar. Cambié el oro que le dieron a el niño cuando nació; el hombre de la casa de cambio me dio esto. José abrazó a María, diciendo: Eres maravillosa, madre amabilísima, saldré a buscar alimento y luego compraré madera y una sierra eléctrica para abrir mañana mismo la carpintería.


 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.