Canto al sudor
Escultura en yeso (c. 1953) 

Anaité Galeotti Moraga.

Homenaje "Maestros de la Plástica Guatemalteca”. Fundación Paiz en exposición

Hablar de Rodolfo Galeotti Torres es hablar de la historia del arte guatemalteco del siglo XX y a través de su obra, conocer los personajes que han nutrido nuestra historia.
Es profundizar sobre un artista nacional que manifestó a lo largo de su vida una única y permanente preocupación: el trasladar a las generaciones presentes que la historia oficial e incluso la no oficial le aportaron a la Guatemala de hoy.
El Maistro Galeotti Torres fue un artista con una obra que trascendió fronteras y épocas, y que cumplió abundantemente con los fines didácticos que él se trazara.
Podríamos iniciar como en todas las biografías diciendo que Rodolfo Galeotti Torres nace el 4 de marzo de 1912 en Quetzaltenango de principios de siglo, cuando aún no se iniciaba la primera guerra mundial. Esa ciudad de apariencia señorial en la cual sobraban las buenas costumbres y los nobles sentimientos, que ha aportado grandes hombres y mujeres a nuestra patria.
Era hijo de un inmigrante italiano, de la región de los mármoles (Carrara) cuyo objetivo fundamental había sido venir a decorar el llamado Palacio de la Reforma en época del presidente José María Reyna Barrios, así como esculpir innumerables esculturas decorativas que adornaban el novísimo Paseo de la Reforma, su nombre era Andrés Galeotti Baranttini y su esposa María Concepción Torres. Rodolfo fue hijo único en un hogar donde la presencia fraterna de arquitectos y artistas italianos radicados en Quetzaltenango, deriva en constantes charlas sobre los artistas clásicos que Italia ha heredado a la humanidad.

El 22 de enero de 1931 se gradúa en Ciencias y Letras, en el Instituto Normal de Varones de Occidente INVO, donde realiza sus estudios secundarios.
Ese mismo año, es enviado por su padres a Carrara, Italia, a la misma academia donde estudió su padre. Se embarca en Puerto Barrios.
En Italia inicia sus estudios en 1931, siendo sus principales maestros Guelfo Raffo, Augusto Pollina y Arturo Nelli, graduándose el 24 de junio de 1933 como Profesor Honorario de la Academia de Bellas Artes de Carrara.
Allí aprende la talla directa en el mármol y la piedra, tanto en alto y bajo relieve como en escultura exenta. Desentraña también los misterios del bronce, cuyo proceso de fundición le será tan útil en su Patria para inmortalizar a nuestro héroe nacional Tecún Umán y tantos personajes más.
Al regresar a Guatemala, se instala en Quetzaltenango, iniciándose dentro del mundo del arte a través de la pintura.
El artista va visualizando en Europa a uno de los principales personajes de nuestra historia: el maya. Y es a través de la interpretación artística del libro sagrado de los k´iches que van surgiendo los personajes míticos de dicha obra. Como escribiera el poeta quetzalteco Víctor Meléndez y Ara “Los mayas habían sentido comodidad en la sangre del Maistro para que su grandioso abolengo hablara con sus pinceles”.
Sin embargo, los volúmenes lo traicionan y Galeotti no pinta, esculpe con el pincel. Su formación de escultor lo delata, pese al trazo preciso con que plasma las figuras anatómicas de los personajes. Entonces un amigo de esos años, el poeta Víctor Villagrán Amaya le comenta: Rodolfo, lo tuyo es la escultura, mejor dedícate a eso.
A finales de 1938 Galeotti es llamado a ejecutar los primeros bocetos del palacio Maya en Quetzaltenango. Luego, con el artista Adalberto de León Soto, quien recién se iniciaba en los campos de la arquitectura y escultura, se traslada a San Marcos. La decoración la realiza de acuerdo a los espacios que la arquitectura (a cargo del maestro constructor don Adolfo Pacheco) le permite. Varios detalles que realiza se inspiran en diseños arqueológicos, otros son símbolos locales y los demás temas regionales, todos inspiración del Maistro, cada uno de los cuales es convenientemente estilizado de acuerdo al estilo de la época.



Uno de sus proyectos principales viene a ser la decoración del Palacio Nacional de Guatemala, para la cual realiza más de quinientos bocetos, trabajando capiteles, escudos, decoración de frisos, columnetas, relieves e incluso el diseño de la fuente Luminosa del Parque Central y de la Concha Acústica que armonizan con el estilo mantenido en el Palacio.
Y es ya a partir de su trabajo en el Palacio Nacional que Rodolfo Galeotti Torres, con la llegada de la Revolución de Octubre de 1944, se inicia como el escultor más representativo de esa generación.
Esa etapa de su vida es sumamente prolífica, realiza el Tríptico de la Revolución, que representa a los actores de la gesta revolucionaria de esa época: los obreros, los estudiantes y los militares. Invita al pueblo a incorporarse en la magna tarea de estudiar a través de su relieve “La Universidad Popular se abre al pueblo” crea el Peón Caminero como un homenaje a los trabajadores que hacen los caminos del país, gesta el Canto al sudor... Su obra se trasforma en un canto permanente a las conquistas democráticas que alcanza el país en esa breve primavera.
La década del 40 al 50 es la época en que el Maistro Galeotti Torres reta al espacio con sus representaciones desmesuradas. Figuras que emergen en vigorosos volúmenes, manos y pies enormes que trasforman el mundo mediante el trabajo; es el equivalente escultórico en Guatemala del muralismo desproporcionado de Orozco y la violenta ternura que muestra Tamayo en sus colores desbocados.
Es también la época de la serena explosión de formas femeninas, más cercanas a cíclopes que a mujeres. Es la eclosión de la abundancia en la representación de danzas y manantiales en donde la pareja se entrelaza en un beso o en una caricia que recuerda lo apretado del paisaje de nuestras montañas y volcanes. Hombres volcanes, mujeres montañas, cuyo hálito pétreo está revestido de ternura y poderosa sed de amor.
En esta misma década surgen formas libres y con ritmo constante, más parecidas a aves que a mujeres, esta nueva expresión se manifiesta en la cadencia de las formas femeninas, senos y caderas que recuerdan formas vegetales librando una silenciosa lucha para incorporarse al aire, soltándose de la tierra en increíbles equilibrios.
Formas aéreas, aves-mujeres que había de una libertad no sólo concebida sino practicada, silencio del material y del espacio en concreción de formas y colores.
El concreto se hace uno con el mosaico y la solución es una sinfonía. Formas escultóricas que anidan formas vegetales, haciendo posible la convivencia del arte y la naturaleza.
Ya en la década de los sesenta, Galeotti refiere en su obra pública el legado de las figuras históricas. Mediante reposadas lecturas y acuciosas investigaciones va proponiendo a las autoridades la concreción de bustos y relieves con un afán cívico.
El didactismo del artista se equilibra con la fiel interpretación de los personajes. La selección de los mismos la base fielmente en el aporte que cada uno de ellos le ha dado al país, en ese sentido, regatea fuertemente el que sus personajes no sean figuras que hayan tenido que ver con capítulos obscuros de nuestra historia.
Es así como una de sus primeras obsesiones toma cuerpo y camina hacia la luz. La figura señera de Tecún Umán, bajo los impulsos de un tenaz Rafael Téllez García que lo recrea para la niñez y la juventud guatemaltecas, se va constituyendo paso a paso.
Galeotti crea cuatro versiones del mismo Héroe nacional, y las reparte en los cuatro costados de nuestra geografía y allende fronteras.

Después de ese monumental impulso que dura casi treinta años, decide realizar las estatuas de otros dos héroes indígenas Manuel Tot y Atanasio Tzul, las que tras interminables investigaciones en el Archivo General de Centroamérica, se concretan en las dos impresionantes figuras.
Atanasio arrastra con su viento fuerte a los k´iches para rebelarse contra el gobierno español, mientras que Manuel, con las manos encadenadas, rechaza una libertad ficticia que aún no acaba de concretarse.

El monumentalismo aún lo acompaña, cuando cede a la sublime tentación de esculpir al Apóstol de la humildad. Aún se siente el viento de la caridad que empuja al hoy Santo Hermano Pedro de Betancur, pero como el mismo artista dijo: "Es un hombre humilde, que con la mano izquierda toca la campanilla y con la derecha espera la dádiva generosa; es un hombre, es un hombre santo..."
Y con esa escultura Galeotti Torres nos recuerda la importancia de la humildad y el placer de compartir con los demás.
Posteriormente, ya en los setenta realiza otra de sus máximas obras, el Jugador de Pelota Maya. Aunque ya no quedan trazos de monumentalismo, el gesto del personaje indica movimiento y cadencia.
El individuo está absorto en el juego. El gesto así lo indica. Debe acertar, debe colocar la pelota en el marcador, le va la vida en ello.
Parece que el Maistro Galeotti ha logrado detener el tiempo, la dinámica del personaje y sus atavíos nos trasportan al período clásico, donde todo reviste ceremoniosidad y donde los hitos más importantes de la vida de cada individuo tenían que ver con la muerte.
Durante la década del ochenta, Galeotti Torres concluye el monumento al papa Juan Pablo II . Esta magnífica obra muestra el espíritu de tan venerado personaje. Con esta obra Rodolfo Galeotti Torres cierra su prolífera vida dejando una trayectoria de trabajo fecundo y amor inmenso a su país y a su gente.

 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.