La Jornada Semanal, 14 de noviembre de 1999


 

Alaíde Foppa

Asturias, in memoriam

La inolvidable Alaíde Foppa entrevistó a Miguel Ángel Asturias en 1960. Hablaron de su adolorida Guatemala y de la recreación de la lengua castellana que llevan a cabo en cada obra los escritores americanos. Asturias, siempre generoso, dejó testimonio de su interés por los poetas jóvenes de la América Central: Arqueles Morales, Roque Dalton, Pompeyo Ramírez, entre otros, así como por la nueva novela mexicana. Alaíde Foppa nos ayuda con estos textos a celebrar el centenario del nacimiento de Asturias, los veinticinco años de su muerte y la permanencia de su estilo y de su magisterio.


Miguel Ángel Asturias acaba de estar en su Guatemala. El "su" no enuncia simplemente una nacionalidad, y quizá por ello no he escrito nuestra Guatemala: hay algo esencialmente guatemalteco que ni yo ni muchos guatemaltecos podemos compartir con Miguel Ángel. Se sabe que este escritor tan leído, traducido y admirado en todas partes alcanza lo universal cuando toca lo más propio, lo más local, lo más circunscrito de ese circunscrito pedazo de tierra americana.

Después de cinco años de exilio, Miguel Ángel Asturias ha podido regresar a Guatemala, invitado por la Universidad a dar una serie de conferencias. Esto fue en el pasado noviembre, pero ya en Guatemala no lograba despedirse, volver a Buenos Aires donde reside, a los compromisos editoriales, a la vida literaria internacional en la que se mueve desde hace años. Fue a El Salvador, fue a Honduras y regresó a Guatemala, hasta que tuvo que salir a Cuba, donde acaba de ser jurado en un concurso de novela.

En Guatemala, salvo un pequeño grupo, a Miguel Ángel se le valora un poco menos que en el resto de América. Pero ¿qué le importa eso a él? Lo que le importa es estar en su vieja casa con su vieja tía-madre enferma, con su hermano, con sus sobrinos; oír hablar a la gente, ver otra vez cómo
se hacen las tinajas en Chinautla, comprar los dulces de María Gordillo en la Antigua, platicar con los viejos amigos y animar al joven poeta que le lleva sus versos.

Claro que también "le duele Guatemala", como nos duele a muchos. Por eso, como Unamuno decía de España, "hablamos mal de Guatemala porque la queremos". Se lamenta lo perdido, se censuran muchas cosas, se desalienta uno y se vuelve a esperar...

Y uno de esos días quise ordenar un poco la charla que tuvimos, para traer a México la palabra viva de Miguel Ángel Asturias, que espero no traicionar.

Asturias en Guatemala

­¿Crees necesario, para seguir escribiendo, volver a Guatemala, o te basta el caudal de recuerdos y experiencias del pasado?

­Me es necesario volver. Todo cambia: el paisaje y el lenguaje. El novelista conserva, documenta el hablar de cada día. La lengua es una cosa viva. Es diferente el lenguaje de El Señor Presidente al de El Papa verde. El escritor crea cada vez el idioma, y este es un problema peculiar del escritor americano (también del norteamericano respecto al inglés). El francés, el italiano, el mismo español de España son idiomas hechos; por lo menos, que cambian poco. Nuestro español de América cambia mucho. Yo siento en Guatemala la influencia de las lenguas indígenas en el idioma hablado. Y en la novela hispanoamericana, que estamos creando y que nada tiene que ver con la española, la fidelidad al lenguaje popular es muy importante.

­¿Crees que los escritores guatemaltecos han producido algo valioso en estos últimos años?

­Sí, cosas muy valiosas, pero casi todo en el exilio. Se han publicado más libros de guatemaltecos en los últimos seis años que en los treinta años anteriores. En México, por supuesto, es donde ha aparecido el mayor número; pero también en Argentina, Ecuador y Venezuela.

­¿En qué sobresale el escritor guatemalteco?

­En poesía lírica y cuento. Hay razones de diferente índole para ello. Después de la novela histórica de José Milla, hay un gran vacío en la novela, aunque haya que citar la novela psicológica de Enrique Martínez Sobral y la novela localista de Flavio Herrera. Ese vacío se explica en parte por la enorme influencia de Rubén Darío, y también de Barba Jacob, que llevó a todos al verso. Pero también existe el hecho de que la novela implica un acercamiento a los problemas sociales. Durante las dictaduras no hay novela, si no se escribe fuera de la patria. Por otra parte, la novela exige una disciplina de trabajo a la que pocos se someten...

­¿Crees que las condiciones políticas y sociales influyen también en la poesía?

­No influyen. La poesía lírica es una evasión de la realidad. El poeta se aísla y puede ser apolítico; el novelista necesariamente se compromete.

­¿Qué impresión tienes de este reciente contacto con una parte de Centroamérica? ¿Algo ha cambiado en El Salvador desde que tú fuiste embajador allá, hace seis años?

­Al contacto con las juventudes literarias de Guatemala, El Salvador, Honduras, he notado que existe una gran inquietud, traducida en un afán de estos jóvenes por interpretar, lo más directamente posible, la realidad de sus países. Quiero citar, también, a tres excelentes jóvenes poetas: Arqueles Morales en Guatemala, Roque Dalton en El Salvador y Pompeyo Ramírez en Honduras.

­¿Y la poesía en Argentina?

­Creo que Jorge Luis Borges sigue siendo el mejor poeta argentino. Entre los más jóvenes, el sorprendente Castelpoggi.

­¿Y la novela?

­La novela argentina se acerca cada vez más a una fiel interpretación de la realidad social. Los nuevos nombres son: David Viñas, con su novela sobre la Patagonia, y Bernardo Verbinsky, cuya novela tan leída se llama Villa Miseria también es América.

 

­¿Los escritores mexicanos son leídos en Argentina?

­Sí, se les conoce, y se sigue el desarrollo cultural de México gracias a la excelente distribución del Fondo de Cultura Económica, los "Cuadernos Americanos" y también a México en la Cultura, que es muy leído allá. Pero este conocimiento, que antes no existía, se debe también al hecho de que en Argentina las nuevas generaciones han abierto las puertas de par en par a los problemas de América. Últimamente ha habido ediciones y reediciones de libros sobre México y sobre el Caribe: la Revolución mexicana, la guatemalteca y hoy, sobre todo, la de Cuba, interesan vivamente al argentino, que ha alejado los ojos de Europa para fijarse en América.

­Y la actual novela mexicana, ¿ha llegado a Argentina?

­Lo hispanoamericano, y también lo brasileño, ha llegado al mundo de la cultura europea después del '20, porque en esa época América empezó a llevar a Europa, en sus novelas, los problemas americanos. Si existe una vida americana debe existir una literatura americana. Mientras la literatura latinoamericana fue un simple reflejo de lo europeo, no interesó a los europeos. Cuando se tradujeron al francés mis Leyendas de Guatemala, en 1931, se traducían muy pocos libros hispanoamericanos (casi todos escritos por diplomáticos); en 1952, cuando se tradujo El Señor Presidente, ya eran muchos los autores hispanoamericanos traducidos. Desde entonces, el interés por nuestra América ha seguido creciendo. Varios editores en Francia me han propuesto dirigir una colección de novelistas hispanoamericanos y ya existe una, La Croix du Sud, de Gallimard, que dirige Roger Callois.

­¿Y en Rusia, en China, en la India? Tú has estado allí recientemente. ¿Qué se sabe de nosotros?

­Hace dos años, después de asistir como oyente al Congreso de Escritores Asiáticos en la India (por cierto, no fue nadie de México), fui a China. Me enteré entonces de que se está preparando una enciclopedia de la
literatura hispanoamericana, desde los textos indígenas hasta los contemporáneos. Ya está empezada pero se terminará, según el plan, hacia el año 2000... Antes, en la URSS sólo se traducía a los escritores comunistas; actualmente se están traduciendo
todos los escritores importantes de América. Ya está traducido al ruso El Señor Presidente y también Week-end en Guatemala.

­Pero de ti, Miguel Ángel, casi no hemos hablado, y no hay entrevista sin confesión. Me gustaría saber...

­¿Mis proyectos para 1960? Sacar en limpio dos manuscritos de novela. El Alhajadito, novela de infancia,
y El mal ladrón, novela de imaginación y fantasía situada en América, donde acaso no se trajo la cruz de Cristo sino la cruz del mal ladrón... Como ves, me aparto aquí del tema social que he tratado en mis últimas novelas (está por salir en Buenos Aires la tercera de la trilogía del banano, Los ojos de los enterrados). No es bueno encasillarse...

­Y Guatemala siempre presente... Quisiera preguntarte algo así como: ¿Qué quiere decir ser guatemalteco? ¿Cómo sientes dentro de ti lo indígena y lo criollo? ¿Cómo entró todo eso en tu obra?

­Debe haber factores hereditarios, sin duda; pero en mis recuerdos aparece muy pronto el interés, la curiosidad, el amor por la vida popular suburbana y por la vida de los indios. Detrás de mi casa había (y todavía existe) una tienda de granos y otros comestibles. Ahí acampaban las carretas, los patachos de mulas, juntaban fuego en la noche, cantaban, hablaban... Ahí conocí el lenguaje de mi gente. El interés por el indio no correspondía a esa época. Todavía en 1920, hablar del indio se consideraba denigrante para el país... Fue precisamente la generación del '20 la que empezó a introducir el elemento indígena en el arte guatemalteco: Carlos Mérida en la pintura, Yela Günter en la escultura, Jesús y Ricardo Castillo en la música. Mi tesis de abogado, que presenté en 1923, fue sobre "El problema social del indio".

­Para terminar, la pregunta inevitable: ¿cuál de tus libros prefieres?

­El que voy a escribir...

Miguel Ángel Asturias ya está otra vez en Argentina, pero piensa volver hacia el norte antes que termine el año. El próximo encuentro, en México.


México, enero de 1960


Asturias en México

Miguel Ángel Asturias acaba de pasar una semana en México, después de veinte años de ausencia. En México apareció, por cierto, hace veinte años también El Señor Presidente, esa densa, alucinante y desgarradora novela que marca un punto tan importante en la historia de la narrativa hispanoamericana. Miguel Ángel Asturias no era entonces un desconocido, porque las Leyendas de Guatemala ya habían revelado ­en Europa antes que en América­ su capacidad de extraer del profundo pasado americano las sugestiones de un mundo apenas vislumbrado hasta entonces. La crítica mexicana, sin embargo, aún no había tomado en consideración a Asturias, y se mostró más bien displicente con esa primera novela, que publicó entonces el editor Costa-Amic. No así hoy, que la prensa ha estado tan alerta al paso del escritor guatemalteco, y la crítica, tan cálida al referirse a su obra.

Miguel Ángel Asturias vino a México por razones sobre todo afectivas, es decir, por sentimientos, que es
lo que suele mover a los poetas: ha estado con su hijo Rodrigo, con su precioso nieto Sandino, ha visto a los viejos amigos. Pero ha tenido tiempo también de hablar con algunos periodistas, de visitar al Rector, de grabar un disco en la nueva serie de la Universidad Voz Viva de América, de hacer una lectura de poesía y de hablar con el Secretario de Educación sobre el próximo Congreso de Escritores Latinoamericanos, que ha de realizarse muy pronto en México.

El recital de poesía lo auspiciaron los estudiantes de arquitectura. Ya se sabe que los estudiantes "se roban" casi siempre a los escritores de peso, bajo la mirada condescendiente del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad. Miguel Ángel leyó algunos fragmentos de su último libro, Clarivigilia primaveral, y el público sintió la honda fascinación de esa poesía llena de evocaciones, mitos, transfiguraciones, colores y sonidos, que pasaban, como conjurados por extraña magia, en la voz cálida del poeta. Para muchos que conocen la novela de Asturias, su poesía era ignorada. La impresión fue sobrecogedora: qué abundancia, qué riqueza, qué desborde de imaginación...

Sobre la presencia de Miguel Ángel Asturias en México se proyectó la sombra del premio Nobel. Los periodistas estaban al acecho y, en ese afán por la noticia, creo que muchos, para quienes no era muy importante el destino de tan comentado premio, deseaban vivamente que lo recibiera Miguel Ángel Asturias, sólo por tener un Nobel a la mano. Muchos lo deseábamos también, por menos fútiles motivos, aunque ya sabemos que el premio Nobel ­con tan discutibles antecedentes­ no representa ni el juicio perfecto de un remoto e infalible jurado, ni el reconocimiento absoluto de la Gloria. En cuanto a Miguel Ángel Asturias, ni la expectación ni el resultado negativo alteraron en nada su buen humor distraído, su cordialidad permanente, su interés por lo que lo rodea.

No puedo dejar de recordar, a este propósito, lo que me dijo un día Miguel Ángel Asturias en Roma, cuando acababa de ser "finalista" en Estocolmo: "Mira, la fama no me parece tan importante; el dinero sirve, pero tampoco es tan necesario... ¿Sabes por qué sí puedo decirte que me gustaría recibir el premio Nobel? Porque ningún gobierno me negaría entonces la entrada a Guatemala."

En aquel entonces, Miguel Ángel Asturias era un guatemalteco sin pasaporte. Hoy, afortunadamente, es
el Embajador de Guatemala en París, nombrado por el gobierno que preside, desde hace cuatro meses, Julio César Méndez Montenegro. En México se detuvo entre Guatemala y París. Y en Guatemala acaba de recibir, después de muchos años de ausencia, el reconocimiento vivo, afectuoso y conmovido de su gente.


México, noviembre de 1966

 

 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.