Alaíde Foppa/ I

Por Elena Poniatowska Amor

A su lado, en la cama, no hay hombre. El lugar lo ocupan tres libros, unas cartas abiertas, los anteojos, el periódico de ayer, una pila de hojas en blanco, una pluma, tres o cuatro sobres de invitaciones muy bien rotuladas, la agenda, el directorio telefónico y el propio teléfono con su cable largo. Anoche, cuando la ganó el sueño, así durmieron con ella sus mudos acompañantes. Hoy, a las ocho de la mañana, Alaíde vuelve a palparlos con la mano. Se cala los anteojos, busca la pluma atómica, las hojas en blanco. Un poema, quiere escribir un poema.

Un poema late desde la madrugada en sus sienes, lo ha de haber concebido en la duermevela, esa hora en que no se sabe si se sueña o se piensa dormido. "Tengo que escribirlo". Se pasa la mano por el cabello ondulado. "Tengo que escribirlo". Luego se le atraviesa la vida y se ordena mentalmente. "Voy a ser razonable. Primero voy a consultar mi agenda." Abre la agenda gruesa, muy gastada, abultadísima de boletas de gas, cuentas de teléfono, los cartoncitos crema y verde de los cobros de la luz, notas de remisión y busca el día de hoy, negro de compromisos. "¡Ay, a las nueve tengo que estar en la Universidad porque vamos a reunirnos los maestros." Automáticamente toca el timbre para que Esperanza le suba el desayuno."¿Y el poema?" La vida diaria la irá llevando al poema. "¿Cuando lo escribo?", la vida va escribiendole el poema, segundo a segundo, la poesía surge cuando menos se le espera, en el trayecto a la UNAM, en las tareas cotidianas, en los encuentros fortuitos, "¿Y el poema que se me ha atorado en la garganta y ya me está ahogando?" La vida lo trae y lo lleva en su ajetreo despiadado y Alaíde se aferra a él para no dejarlo ir.

Le pide a Esperanza que jale las cortinas, las abra aun más, mientras ésta pone la charola del desayuno sobre sus piernas.

--¿Por qué no entra más luz?
--El jardín está oscuro, señora.

El jardín de Alaíde siempre ha sido un jardín de sombra. En torno a los árboles, la hiedra escasea. Entonces, se ve la tierra muy negra.

--Tengo mucha prisa. Sería bueno que abriera usted las llaves del agua de la tina para el baño, Esperanza.

Desde la recámara, se oye el chorro de agua caliente.

--¡Qué cantidad de citas tengo hoy, no sé cómo voy a poder!

--Hace usted demasiadas cosas, señora, dice el señor que no para, que correr tanto es malo para el corazón.

--Y para la poesía.

Alaíde ordena la comida. Suena el telefono. Nunca deja de sonar. Cuando la llamo por teléfono y equivoco el acento en su nombre, me corrige. "No es Aláide, con acento en la a, es Alaíde con acento en la i". "Es que pienso en Adelaida; a lo mejor a tu nombre se le cayeron unas sílabas". "No, no, protesto, es mi nombre y me gusta mucho mi nombre". Es cierto, Alaíde con acento en la i le va bien y a lo largo de toda mi vida nunca he encontrado otra. Así como su nombre, es única.

--¿Y el poema, dónde quedó el poema? Las horas lo sepultan, cae la noche, una cena, otra cena, la exposición en la Galería de Arte Mexicano que hay que reseñar, el cheque por cobrar en la caja del "Novedades".

--Elena ¿por qué no veniste a la reunión de "fem,"? Deja a los niños un poco solos, necesitan su espacio, en cambio aquí hiciste falta.

Alaíde le da uno certezas. Hacer falta es una de ellas. Trabajar es otra. Darle las órdenes a Esperanza mientras se apresura a desayunar es otra.

--Tengo que recoger a Luis en la escuela, me lo pidió Laura porque hoy tiene ensayo con Gloria Contreras para su función de ballet en la Universidad. Esperanza no olvide comprar los bollos con ajonjolí de "La Baguette" porque son los que más le gustan al señor, tome usted el dinero en mi bolsa, tenemos cuatro invitados, son pocos, no se queje, voy a pasar al banco, recoja usted la ropa de la tintorería, ¿puede hacerme ese favor? no es mucha, no pesa. No tengo tiempo de ir yo. ¡Ay Esperanza que haría yo sín usted! ¡Qué feo día! ¡qué me pondré? Algo caliente, el traje gris oxford, la blusa verde y los zapatos cafés, los cómodos, siempre tengo que caminar mucho desde el estacionamiento hasta la Facultad de Filosofía y Letras. ¡Se me olvidan mis anillos! ¡Bueno, allí los dejo, no importa! ¿Los aretes? Tampoco, en la Facultad no se fijan en eso, me los pondré a la hora de comer. ¿Vio usted mis tres hileras de perlas? Guárdelas, por favor, son las que me puse anoche. ¡Dios mío, qué tarde es!

Sobre la silla yace el vestido de noche fresa de muchos botoncitos que llevó a la Embajada de Italia, las zapatillas doradas, las medias lacias, la ropa interior todavía un poco abultadita cono si recordara que contuvo un cuerpo. La recámara huele a Alaíde, tiene su perfume.

¡Qué extraño nombre Alaide! Alaide no es Adelaida, es Alaide de Guatemala, no, no es indígena, será una abreviatura, no es italiano, será árabe, de dónde vendrá, Alaide Foppa, parece un nombre antiguo para una criatura antigua. Alaíde, sin embargo, es moderna y vivía en México en la ciudad más antigua del Nuevo Mundo, las más poblada, una ciudad que la atosigaba y recoría diariamente de norte a sur.

Hija de la terrateniente Julia Falla, Alaíde nació en Barcelona, de padre italiano, por eso se educó en Italia y por eso viajó a Europa como quien va a la esquina. Al casarse, de Guatemala, se exilió a México con su esposo, el político guatemalteco Alfonso Solórzano y aquí residieron veinte años. La vida de Alaíde fue muy ajetreada, escribía tres artículos a la semana, daba clases en la Facultad de Filosofía y Letras, en el Instituto Italiano de Cultura, hacía crítica de arte, fundó la cátedra de sociología de la mujer en la Facultad de Ciencias Políticas, tradujó el "Ave Fenix" de Paul Eluard y sobre todo y ante todo tuvo cinco hijos: Julio, Laura, Silvia, Mario y Juan Pablo, y para su desconcierto y su zozobra, los tres últimos se volvieron guerrilleros.

Esperanza, hoy también es mi programa de radio "Foro de la Mujer" en Radio Universidad. El poema "¿Dónde quedó el poema?", Alaide en la tina se consuela. "Hay tan buenos poemas sobre la manzana, ¿para qué un poema más? Es muy presuntuoso de mi parte." Ni siquiera recuerda cuándo escribió el último:

"El corazón".
"Dicen que es del tamaño
de mi puño cerrado.
Pequeño, entonces,
pero basta
para poner en marcha todo esto.
Es un obrero que trabaja bien,
Aunque anhele el descanso,
y es un prisionero
que espera vagamente
escaparse."


La casa siempre está llena. La vida social es muy intensa. Primero, son las fiestas infantiles de piñatas y magos, después las "tocadas" de adolescentes, las "lunadas" en el jardín, las fogatas que acicatean discusiones políticas, sentados en el suelo, los ceniceros colmados, las "cubas" que se renuevan, Julio el mayor, su guitarra y sus canciones de protesta, Mario y sus ideales, Laura y su pasión por el baile, Silvia que quiere ser médica, Juan Pablo por su admiración por Mario; desde muy chicos los cinco hijos participan en la vida de los adultos, en la mesa comentan la vida política, su futuro, la religión, ir o no a misa; en la casa no hay televisión, la plática en torno a la mesa la suple, también en la recámara de Alaíde donde se continúan las reflexiones a la hora en que Alfonso, el padre, hace la siesta. Julio, el mayor, es muy extrovertido, lo cual facilita la comunicación, Laura, muy rebelde, Alaíde se recuesta en su cama, los pies sobre la colcha y escucha a sus hijos, de repente puede ser de una ternura increíbe. Julio recuerda la lectura de unos poemas, su brazo en torno a los hombros de su madre; frente a las posiciones antirreligiosas a ultranza de sus hijos, Alaíde lee un "Salmo de Salomón" y los calla. Alaíde ha entablado un combate permanente contra el dogmatismo y las expresiones absolutistas; su postura los ayuda a matizar, pero lo que más les conmueve es que les lea poesía abrazados. A los hijos les encanta conocer a los amigos de sus padres; cada vez que viene alguien importante de Guatemala, se queda en la casa de los Solórzano. Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, Dominique Eluard con quien Alaide traduce un hermoso libro al francés: "El libro vacío" de Josefina Vicens. A las reuniones asiste siempre algun escritor o pintor de América Latina o de Italia, Mario Monteforte Toledo, Tito Monterroso, Carlos Illezcas, José Luis Balcárcel, Raquel Tibol, Julia Cardinale, Guitierre Tibón, José Luis Cuevas, Julieta y Enrique González Pedrero, Franciso López Cámara, Margo Glantz, Luis Rius, Sergio Méndez Arceo, Arnold Belkin, Raúl Leyva, Demetrio Aguilera Malta, los pintores y hermanos Pedro y Rafael Coronel, Cristina Rubalcava, Jorge Hernández Campos, Horacio Labastida, Annunciata Rossi, María Pía Lamberti, poetas, dramaturgos, críticos de arte, personalidades de paso. Las comidas son dinámicas y estimulantes, los cinco hijos, sus grandes ojos abiertos, absorben la cultura que les ofrece su madre..

Silvia escribe: "Dentro de la familia, Mamá era una figura muy fuerte, de mucho peso, determinaba lo cotidiano, el ritmo de la casa; la vida pues, y también las formas, los cuadros, la música. A sus hijos, nos involucraba en su mundo, en una parte del mundo intelectual y artístico de México y dos de mis hermanos se fueron metiendo en eso: la música, el baile. Pero toda la militancia política y la nostalgia, que determinaro que tres de los cinco hermanos regresáramos a Guatemala y que nos llevó a comprometernos en la lucha revolucionaria, nos la inculcó papá".

En casa de los Solórzano el ambiente en fogoso, capitaneado por una mujer culta y elegante, hermosa, fina, con mucho don de gentes, mucho mundo. Alaíde nació en 1913, cuando su padre era cónsul en Barcelona y la cultura la trae en la sangre, ha vivido entre libros, pinturas, representaciones teatrales; se educó en España, en Suiza, Francia, Argentina y Bélgica, y en Italia obtuvo su doctorado en Filosofía y Letras. En la Sorbona, en París, cuando Alfonso Solórzano era cónsul de Guatemala, quiso hacer una maestría pero con tres hijos pequeños, resultó difícil y no pudo terminala.

Su afán es inagotable. Mujer de gracia y de dulzura, Alaíde es feroz consigo misma. Se exige siempre, se acicatea, sangra sus ijares, se pone al servicio de, todas las causas valen más que ella misma. Nadie comprende cómo Alaíde se da tiempo para abarcar los cuatro intereses de su vida, los cuatro pilares que la sostienen: la crítica de arte, el feminismo, la poesía (límpida, clara, como ella misma), la docencia y la vida académica. Por si esto fuera poco, Alaíde todavía se entrega a la traducción simultánea del italiano al español o viceversa para redondear su presupuesto. Porque en la casa en la esquina de Hortensia y Camelia, la sostienen dos profesionistas: Alfonso y Alaíde. Ambos viven de su trabajo.

¿Cómo le hace Alaíde para ser esposa, madre de cinco muchachos, ama de casa y darse tiempo para atender a fondo sus cuatro inquietudes personales? Es casi un milagro. La verdad es que ahora que los hijos han crecido, también ellos organizan reuniones, y si Alaíde dice que bueno, que vengan cuarenta, se sorprende y se molesta un poco cuando aparecen doscientos. A pesar de su protesta, participa en la fiesta y llega un momento en que no hay distinción entre los amigos de sus hijos y ella. Julio, el mayor, trabaja en el Museo de Antropología y es ayudante de Siqueiros, sus compañeros de taller se acercan a Alaíde, crítica de arte, lo mismo los jóvenes estudiantes de sociología en la UNAM en la clase de Juan Pablo, buscan a Alaíde, políglota y catedrática. Las compañeras de medicina de Silvia, las compañeras de Laura, la bailarina, su maestra Gloria Contreras, todos acuden a la casa de Alaide, a su espléndida mesa, a su calidad humana. Alaíde, cordial, tiene una capacidad real de hacer amistad con gente muchísimo más joven que ella. Y si no, que lo diga Marta Lamas. Les cuenta que ha vivido en 58 casas a lo largo del tiempo, que conoce el desarraigo terrible de los trashumantes, que Guatemala es su país y quisiera regresar, frontera con frontera, que doña Julia Falla, su madre, la espera cada año. A México, Alaíde Foppa le ha dado miles de críticas de arte, prólogos, un libro de conversaciones con Cuevas, poemas, ¡Ay poemas! ¡Ay la poesía! Y ahora "fem,", la revista feminista que absorbe casi todo su tiempo.

"Una poesía
nació esta mañana
en el aire claro.
Estaba distraída,
se me fue de la mano.

El crecimiento de sus hijos la lleva a un mundo de absoluta entrega, muy rico, muy pleno, vehemente que la complementa y la entusiasma. Sus hijos sueñan con una Guatemala libre y quieren luchar por ella. La UNAM es un semillero de ideas y de ideales, de romanticismo y de entrega. De la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de la Cátedra de Sociología de la UNAM, algunos se han ido a la guerrilla. Los privilegiados, Mario, Juan Pablo y Silvia, se internan en Guatemala. Mario funda un periódico: "El diario de Guatemala" y cuando lo ametrallan frente al diario, decide irse a la clandestinidad. Juan Pablo, de 27 años, es toda pasión. Silvia, que siempre fue una niña generosa, se recibe en la facultad de medicina dela UNAM, y dedica sus conocimientos a los campesinos y a los pobres de Guatemala para optar finalmente por la guerrilla. Julio sale becado a Moscú a la Universidad Lomonosov. Curiosamente, si la politización de los hijos viene de su padre: Alfonso Solórzano, comunista, la de Alaíde proviene de sus hijos.

Vecino de México, Guatemala es posiblemente el país de Centroamérica que más ha sufrido la explotación campesina. Al igual que Chiapas, son los grandes terratenientes los dueños de las plantaciones de azúcar y de algodón, mientras que los indígenas se debaten entre la desnutrición, las enfermedades gastrointestinales y de la piel y la falta de programas de salud. Según la UNICEF, Guatemala es uno de los países con mayor mortalidad infantil, los niños mueren, al igual que en Chiapas, de enfermedades curables como la difteria, el tétanos, la tosferina, la tuberculosis, el sarampión.

Dentro de una naturaleza exuberante y entre los restos de la civilización más prodigiosa de América Latina: la maya, los guatemaltecos, no han tenido los gobiernos que se merecen, al contrario, sus habitantes comparten la suerte de los chiapanecos: son extranjeros en su propia tierra.

Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura en 1967, autor de El señor presidente, Hombres de maíz, Fin de semana en Guatemala, Leyendas de Guatemala, escribió libros que provocaron que los dictadores guatemaltecos lo despojaran de su nacionalidad y acercó a los ciudadanos del mundo a un país hasta entonces prácticamente desconocido. Luis Cardoza y Aragón vivió en el exilio durante años, también perseguido por los mismos dictadores. Carlos Mérida, el pintor, se instaló en Mëxico definitivamente y a Tito Monterroso se le considera mexicano. Habría que decir que los chiapanecos y los guatemaltecos no se distinguen entre sí. Rosario Castellanos saludaba a los vendedores de bordados y de telas provenientes de Chactajal como a los Reyes Magos, tanto admiraba su creatividad.

Un destino puede cumplirse en unos cuantos días, una vida adquirir un sentido nuevo en menos de una semana.

El 19 de diciembre de 1980, después de buscarla en todos los hospitales y puestos policíacos, doña Julia Falla, afligidísima le habla a Laura desde Guatemala para decirle que nadie sabe dónde está su madre, Alaíde, ni el chofer, Actún Shiroy que la llevó de compras. Doña Julia tiene razón al atormentarse. En los últimos meses han pasado muchas cosas. Primero, murió Juan Pablo, el menor de los Solórzano en un enfrentamiento con el ejército guatemalteco -nadie sabe dónde quedó su cadáver-, después Alfonso Solórzano, muy afectado por la muerte del hijo, resultó trágicamente atropellado al atravesar la Avenida Insurgentes frente al cine de Las Américas. A Alaíde, estas dos muertes la han cambiado mucho. Vendió la casa de Hortensias en la colonia Florida, repartió sus muebles y se ha mudado a un departamento minúsculo. Esperanza, la leal, la visitará una vez a la semana para hacer lo más indispensable.

Alaíde, de hecho, ya no necesita nada. Empieza una nueva vida. Está decidida a participar mucho más activamente en la lucha que libra Guatemala. El suyo es un compromiso. Surge del dolor de la conciencia. Desde hace tiempo es una activista en AIMUR (Agrupación Internacional de Mujeres contra la Represión) y en Amnistía Internacional.

En su programa de Radio Universidad "Foro de la Mujer", las indígenas Mayas quichés entrevistadas, protestan por el saqueo del actual gobierno, cuentan cómo los militares las persiguen y las torturan y cómo muchos campesinos se han refugiado en la sierra a combatir. Dos días más tarde, Alaíde sale de México como lo acostumbra a visitar a su madre, propietaria de fincas cafetaleras, mujer culta y fuerte, quien ama la música y ha sido concertista. Alaíde no sabe realmente lo que es el peligro, tampoco le teme. ¿Cómo se va a temer lo que no se conoce? "Cuídate Alaíde", le advierten. A una madre, lo peor que puede pasarle es la muerte de su hijo.

Laura, su hija, la despide en el aeropuerto: "Éste año de 1980, ya no nos puede suceder nada malo; ya todo lo que tenía que pasar pasó".

"Un lento silencio
viene desde lejos
y lentamente
me penetra.
Cuando me habite
del todo,
cuando callen las otras voces
cuando yo sea sólo una isla silenciosa
tal vez escuche
la palabra esperada."


FIN

Artículo publicado en El Universal el 9 de Julio del 2000

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.