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EL CLANERO
¡MALHAYA sea cuando no le hizo caso a la prudencia y salió
de juida por el guatal! ¡Malhaya sea cuando se enredó en
el cerco de alambre con el ala de su chaqueta! ¡Malhaya sea el condenado
cus, el cus hijo de puerca, que al verlo trabado en las púas, se
agachó detrasito del guayabal y con mampuesta le tiró el
pepitazo!…
La cárcel no come gente. El lo sabe que no come gente. No será
como estar en la posada, pero es mucho mejor que estar muerto, o herido
que es casi haber muerto. El tiro del condenado cus, se le clavó
abajo del hombro, de seguro entre las costillas. Le duele. Al principio
fue un golpe caliente en la espalda y un alfilerazo que lo atravesó
de parte a parte. Cayó bocabajo.
-Ya me chivó el cus hijo de sesenta mil. No, no fue sólo
el susto el que te botó, Xoy; fue un semillazo...
Recordaba haber visto al del resguardo que lo seguía de cerca,
agazaparse rápidamente cuando él volteó la cara para
ver en qué gancho del alambre estaba trabado; miró la boquita
redonda de la tercerola, que más bien era ojo, buscándolo
entre las ramitas del guayabal. Luego, el estampido.
Se levantó pronto, volvió a arrojarse al suelo. Otro
tiro se enterró cerca. Había visto la dentellada, el rayoón
del tiro sobre el talpetate. Comenzó a huir a gatas, entre lo espeso
del matorral. La mano derecha le dolía; todo el brazo derecho se
le estaba inutilizando. Oleadas de dolor salían del hoyito de la
bala hacia todas partes, pero sobre todo hacia el brazo derecho. Debían
ser como hormigas. Cada vez más hormigas iban saliendo del hoyito
de la bala, alborotadas, locas, huyendo lejos. Oleadas de dolor y de sangre,
La cárcel no come gente. ¡Si lo sabrá él! ¿Para
qué huir? ¿Para qué? Oleadas de dolor y de sangre.
La camisa se le fue poniendo roja. Era una manchita que se le iba extendiendo
por el trapo sucio de la camisa, lo mismo que tinta en papel secante.
Pero el dolor se extendía con más rapidez. Se agrandaba
en círculos, en ondas. El cuerpo debía ser como el agua
de blando, de bofo; el tiro, una pedrada. El dolor, los círculos
que se van agrandando y agrandando sobre el agua golpeada, mientras la
piedra cae al fondo.
No come gente la cárcel. Hubiera sido mejor dejarse coger, sin
que le dispararan. Se pudo haber quedado allí, cerca de la chifurnia,
en cuanto vio que ya no le quedaba tiempo para romper con el garrote todas
las ollas repletas de chicha, todos los pelones llenos de clan. Al fin
y al cabo, era poco lo que quedaba y como la sentencia se basa en el cuerpo
del delito… ¡Pero ese miedo irrazonable a ser apresado por los del
resguardo de hacienda, los condenados cuses!… Cuando se percató
había emprendido la carrera para alcanzar el otro lado del río.
¡Agárrenlo! ¡Agárrenlo! Sonaban los tiros en
el aire. El terror le acalambraba las piernas. A ver, qué es la
cárcel, ¿No es un gran muro donde hay muchos hombres sentenciados
por diferentes delitos? ¿No es un cuarto oscuro, sin puerta a la
calle, del que no se puede salir? Pero no come gente.
Es verdad que cuando a uno lo acaban de capturar, por dentro se derrumba
el valor, la honra, la hombría. Los cuses descargan sus baquetas
en la espalda del clanero, sin misericordia; el sargento ordena que le
amarren las manos hacia atrás y cuando la cosa está hecha,
se acerca para dar al preso unas cuantas cachetadas. Y por muy hombre
que sea, el preso no chista palabra, no trata de defenderse. La saliva
huye de la boca. Los oídos son una ronronera. La cara se pone blanca,
blanca; del color de una pared recién encalada.
-A ver, clanero pícaro, decí quiénes son tus cómplices
-grita el sargento, a tiempo que abofetea.
Y el más bragado no es capaz siquiera de callar su propia garganta,
que empieza a hablar y hablar; a denunciar.
La cárcel no come gente y el tiro, en cambio, sí que
se lo está comiendo, aunque de seguro no le quedó en el
cuerpo. Es el hoyito, la pequeña boca que dejó la bala la
que se lo está comiendo. Con la mano izquierda se tentó
la zona dolorosa. ¡Ay! ¡Pero cállate, Xoy bruto! ¿No
ves que los condenados andan cerca? Es verdad que el matorral donde por
fin encontró guarida es espeso y no lo hallarán fácilmente,
pero no hay que fiarse. Los cuses no dejarán la presa así
nada más. Varias veces han estado cerca, buscándolo pulgada
a pulgada. Uno pasó casi tropezándose con él. Se
le detuvo el resuello. Aunque el resuello lo siente apretado, dificultoso,
duro, a causa del dolor. Resollar, de ordinario tan sencillo, ahora que
la bala le atravesó el cuerpo, se ha vuelto un martirio. La respiración
le desgarra algo allá adentro. El aire entra como si fuera una
estaca.
El sabe que la cárcel no come gente. Las veces que estuvo preso,
volvió sin novedad: hasta más gordo. Sin embargo, no se
puede vencer el terror de que el resguardo lo capture a uno. Uno huye
en cuanto los mira. Sobre todo cuando son de la montada. No come gente,
pero es mucho más sabroso estar libre, aunque sea con la zozobra
de verse perseguido, con la espina de que de un rato a otro la montada
lo vaya a capturar. El sargento hace hablar al preso, por las buenas o
por las malas; por las buenas es cuando lo cuelgan después de haber
hecho la denuncia; por las malas es primero la colgada. Los policías
sacan un lazo del morral, lo prenden de una rama, le quitan los pantalones
al clanero, le amarran la entrepierna, y empiezan a tirar, a tirar...
El preso pende de sus propias verijas. Aúlla. Dice lo que quieren
que diga.
Ya tiene toda la camisa empapada de sangre. Por la espalda, por los
vellos del pecho le resbalan riachuelos de sangre. En vano aprieta el
agujero con la mano, La sangre se empecina en salir por entre los dedos.
Y cuando el sargento manda que lo descuelguen,. le ponen los pantalones
y lo echan a andar, amarrado de las manos. No es fácil trotar al
paso de los cuses y de sus caballos, cuando se tiene el cuerpo todo descoyuntado.
Hay que sufrir baquetazos, hasta que se recuperan las fuerzas. Lo mismo
que una vaca cuando la llevan al matadero. Y falta todavía la humillación
de llegar al pueblo codo con codo. Las gentes sacan el pescuezo en las
ventanas, en las puertas. Los perros ladran desesperadamente; algunos
vienen a oliscar las piernas del preso. Y la chiquillada aumenta a cada
rato. Salen de las casas, sin decir palabra, espantados; rodean a la escolta
en silencio; trotan, trotan, hasta la puerta de la cárcel. Y a
veces hasta los zopilotes participan en la expectación.
Si la cárcel comiera gente, la de veces que él estaría
comido.
-A ver, Xoy, a ver -se dijo, con un asomo de pánico- decí
si no preferirías que te hubieran cogido los condenados cuses,
sano y salvo, y no tener este pepitazo, y no estarte vaciando poco a poco.
No come gente la cárcel, no come; apenas mastica. Los primeros
momentos son también desastrosos adentro. La cárcel del
pueblo tiene muy mal olor. Es oscurísima. Apenas un cuarto donde
uno vive y duerme, come, hace todas las necesidades, y sin agua. Cuando
el carcelero cierra la puerta de madera enrejada, se le viene a uno materialmente
un peñasco encima. Se va la respiración, se paraliza la
sangre. La sangre. A él se le está yendo a chorros la sangre
por el agujero que le dejó el tiro del condenado cus, A veces las
ollas de chicha resultan con pequeñas reventaduras, con hoyítos
por donde se escapa el líquido; es preciso buscar un pedazo de
cera de abejas o mejor cera de cohete para taponar, de lo contrario la
olla queda vacía. Debía haber un pegamento, una brea para
cerrar los hoyuelos de las balas. Tío Maco decía que en
las heridas, lo más peligroso era la sangre que se derramaba hacia
adentro; pero él esperaba que en su herida, no tuviera hemorragia
interna. No iba a ser tan torcido. A la verdad, él, Xoy, no era
lo que se dice un hombre torcido. Haber estado preso cinco o seis veces
por clanero, no era prueba de buena fortuna, pero tampoco de muy mala,
A otros les sucedían cosas peores. Allí tenemos al pobre
Inés. Inés, mató a Loreto porque Loreto lo agredió
con un cuchillo y cuando se lo quitó, cogió todavía
un puño de tierra y se lo tiró en los ojos. Entonces Inés
sacó el revólver y lo mató. Y estuvo preso cuatro
años. Salió libre. Venía gordo, colorado, contento.
"No maté por mala fe; maté en ley" -decía a quienes
lo oían. Y no se gloriaba de nada. Venía humilde. Entonces
Polito se tomó unos tragos y fue a buscarlo a su posada. "No, Polito,
no tengo nada que sentir de vos; estás tomado, es mejor que vengás
cuando estés bueno", Polito no quiso entender. Sacó el tazifiro
y se lanzó sobre él, le rasgó la camisa. "Contenete
Políto ¡por el amor de Dios!" Y Polito lo quiso puyar otra
vez. Inés iba para atrás y para atras. Se enredó
en un banco y cayó. Polito se le echó encima. Inés
tuvo tiempo de sacar la pistola y disparó. Cinco años en
la cárcel. Inés salió libre de nuevo. Se negó
a tomar aguardiente. Se negó a salir. Se encerró con su
mujer en la posada. Llegó a buscarlo Escolástico, "Inés,
me gusta tu mujer, la Chusita". Inés se quedó callado. "¡Lo
oíste Inés! Te digo que la Chusita me gusta- Ve si me la
das". Inés sintió una oleada de sangre, pero se contuvo.
"Colaco, hemos sido amigos; no me jurgués, por el amor de Dios!".
Escolástico se tiró una carcajada. La Chusita asustada,
asomó la cara en el corredor. Colaco se le arrimó. "Me gusta
la Chusita, Inés o me la regalás o me la prestás…"
"Te digo por última vez Colaco…" Colaco se tiró otra carcajada.
"Te lo repito, o me la regalás o me la…" Un tiro en pecho y Colaco
se derrumbó. Seis años en la chirona. Salió; ya estaba
viejo. Muy panzón, muy canoso. "Ahora, ni onque me vengan a pedir
que les empreste a mi madre", dijo Inés, para demostrar que estaba
cansado de reyertas. No lo vino a buscar ninguno por muchas semanas. No
salía. No asomaba la cara. Y aquella manana en que dispuso oír
misa, le vino la pulmonía… Inés sí era hombre de
mala suerte. Pero él, Xoy, no era de mala suerte, a pesar de haber
estado preso por clanero cinco o seis...
Pero debía haber un tapón para cerrar el hoyíto
de la bala. Un taponcito delgado, suave. Porque la bala en sí,
no mata; el dolor de estar agujereado tampoco mata. Lo que mata es que
uno se va vaciando, se va vaciando.
Probó a erguirse y se le oscurecieron los ojos. ¡Ay! ¡Pero
no hablés, Xoy bruto! La cosa se está poniendo fea. Se está
debilitando. Se le va asonsando poco a poco la cabeza. Y la sangre sigue
saliéndole por el hoyito de la bala. En chorros calientes, mero
como cuando el chirís que uno está cargando lo orina. Si
hubiese una cera, un tapón, un olote para tapar el hoyo de la bala.
Y la cárcel no come gente, porque Inés salió vivo
todas las veces, y él, Xoy, también ha regresado como si
tal cosa. Lo desagradable es cuando a poco de estar en la chirona del
pueblo, viene Lipa, su mujer y asoma la cabeza entre las rejas. "Ya ves,
Xoy, pa'qué no se te quita la maña de hacer clan. El clan
es salado, entendelo. Tanto que te fregás trabajando día
y noche y nunca hacemos nada. Y dijera yo no ganás con la venta
del clan. Pero mi mamá dice que el pisto del guaro tiene sal, está
maldecido. . . " Y él tiene que consolar a su buena mujer. "Será
salado el clan, pero es honrado. Contimás que uno no le roba a
ninguno. Es un trabajo tan bueno como los demás. Lo que pasa es
que los cuses, los condenados, le llevan tirria al clanero". "Sí,
Xoy, pero el gobierno ingrato no cre que el clanero es honrado y por eso
lo persigue y hasta lo mata. Me tenés que jurar que cuando salgás
libre ya no vas a hacer más guaro de olla. Mejor andate pa'la capital,
buscá trabajo ¡onque sea de chonte!"
¡Con sólo que el condenado hubiera errado el tiro, otro
gallo le cantara! Oyó bien cuando el cus movió el montante,
con seco restregar de fierros; cuando se sobaron unos resortes; cuando
el dedo del cus apretó el gatillo; cuando la bala salió
frotando el aire… No se acuerda cómo llegó hasta aquí.
Arrastrándose, no cabe duda, pero en cuánto tiempo, cómo
se le ocurrió, cómo pudo sin ser descubierto, no sabe. Y
de seguro fue el tiro que le salió por el pecho, el que cayó
casi al mismo tiempo que él, entre las hojas de chilacayote. Y
en una hoja había un goterón de sangre. Entonces fue cuando
se paró, y cuando sonó el otro tiro. Otro, otros. Los caballos
corrían por todos lados y también las gentes de a pie. Era
espantoso. "Me van a matar". Pero ya estaba herido. Ya había pasado
lo peor.
Tampoco le gusta el sermón de Nicolasa, su suegra. La vieja
Nicolasa hace una mueca horrible cuando llega a su nariz el mal olor de
la chirona; se lleva la orilla del rebozo a la nariz y a la boca, para
que no penetre el mal olor. Y así habla, a través de la
tela. "El clan da tres vicios, pa’que lo sepás: el vicio de tomarlo,
el vicio de venderlo y el vicio de hacerlo. Preferiría que fueras
como don Tocho, que está enviciado a tomar; o la señora
María Jiménez, que tiene el vicio de venderlo en su fonda;
o más que sea que tuvieras el de otros claneros, que sólo
tienen el vicio de hacer el clan. Pero vos tenés los tres, vos
tomás, vos vendés y vos hacés el clan. Sos más
pior que el Enemigo Malo, que Dios Sea Con Nosotros". Sí, de seguro
es el diablo el que enredó esta mañana todas las cosas para
él, para Xoy. Comenzando porque no tenía que ir a la chifurnia
a esas horas, pues la sacada iba a empezar cayendo el sol. La tema de
ir a ver si la tuba ya estaba de punto. Y por averiguar si algún
indio ladrón no le había robado uno de los pelones llenos
que tenía escondidos bajo un montón de leña. Y luego
haber corrido en cuanto los de la montada aparecieron en la otra falda
de la loma…
A la semana de estar preso en el Quiché, la cárcel se
va volviendo acogedora, familiar. Desde luego, la llegada es horrible.
El soldado abre la gran puerta enrejada, con traquido de hierros; se presenta
el encargado de la prisión y el alcaide le ordena: "Métame
a este clanero hijo de puerca en el calabozo de los indios". El encargado,
un prisionero con prerrogativas, recibe al nuevo con una buena patada
en las posaderas. "Estos claneros hijos de sesenta mil, me caen como pedrada
en la espinilla. ¡Mejor robaran! ¡Mejor mataran! Y no que
hacen una cosa que es y no es delito, y ni siquiera huyen de la montada
¡se dejan agarrar como pajaritos!". El encargado manda que todos
los presos se pongan en fila, "Vaya, muchachos, les doy permiso paque
le den una patada en el culo al nuevo, en gracia a que es cushushero!
" Lo que es justo es justo; no todos los presos toman en serio el permiso
para la patada. Y pobre del nuevo que se hace el arrecho y se vuelve para
contestar los golpes, porque lo crucifican a acialazos…
Son como chorritos de agua caliente, más bien goterones de sudor
los que van saliendo de la herida. Resbalan a lo largo de la espalda,
del pecho. Espesos. Pegajosos. Igual que el clan cuando lo está
sudando la panza del perol. Se le volvió a oscurecer la vista.
Feo, feo, se está poniendo. Siquiera una tuza, un papel, un trapito
para tapar el hoyo: ¿Por qué no servirá la mano para
eso? Con la mano derecha no hay que contar, por supuesto; casi no la puede
mover. La izquierda sana, buena, parece que perteneciera a otro cuerpo
y no al suyo que está herido y en peligro; sin embargo, cuando
la arrima a la zona golpeada, ella se retira, por sí sola, rápidamente.
Es torpe. Solamente llega a la región herida a provocar más
dolor. Y su cabeza ya no es cabeza, es un tecomate, un tol vacío.
La primera semana en la prisión, todo es quedarse viendo a lo
alto del muro, contar las nubes que pasan, envidiar a los pájaros
que a veces cruzan por el pedacito de cielo, desear ser aunque sea uno
de esos zopilotes que se detienen por ratos en el borde de la muralla.
Hasta que viene el encargado con el látigo: "Vaya clanero sebón,
cogé l’escoba y barreme el patio y no estés allí,
elevado, haciéndote la vieja!". Los chicotazos del encargado duelen
mucho, pero duelen más que todo porque el encargado es un lamido,
un hijo de mala madre. Barrer es oficio de mujeres y uno se siente humillado
de que lo obliguen a barrer, a recoger toda la basura, las chencas, los
palitos de fósforo, los papeles sucios. Los prisioneros antiguos
celebran aquello con chacotas quemantes. "Linda, aseame bien la casa;
dejame el suelo como un espejo, que aquí te tengo enrollado tu
premio!" Y pobre del nuevo preso que se permite lanzar una mirada de reto.
El encargado ordena al indio más astroso, al último de los
presos: "Ve, Manuel, te doy permiso pa'que le des un soplamocos a ese
clanero hijo de puerca…" Si uno trata de evitar el soplamocos, intervienen
todos: "Dale, Manuel, no le tengás miedo; tantito te levante la
mano, lo machucamos a patadas. No le tengás miedo, que la cárcel
no come gente. Y además que ya estamos todos adentro y onque nos
soplemos a este jodido, más adentro no nos pueden meter!"
Con sólo que hubiera un taponcito. Sabroso estar sentado en
el corredor de la casa, en el banco. Luego viene la Lipa con una jícara
de agua de masa, caliente y azucarada. Lipa, apurate con el agua de masa
porque traje mucha sed de la chifurnia. Con la carrereada que me metieron
esos cuses condenados. Y quesimacito me mete un pepitazo el maldito; yo
que me trabo en el cerco de alambre y el maldito que me tiende la tercerola,
¡Huy, Xoy; bendito sea Dios que no te pegaron! Me apuntó
al pecho, figurate Lipa. Es por la maña de andar haciendo clan;
tanto que te he rogado que dejés ese oficio. No es oficio de cristiano.
Es pisto salado el que se gana con el clan... Pero la Lipa no viene con
la jícara de agua caliente y yo me estoy muriendo de sed. Si tuviera
a la mano un taponcito para taparme el hoyo… Apurate Lipa, que se me está
poniendo la boca seca; siento el galillo enchichicastado de la sed; la
cabeza se me está poniendo hueca. Grandota siento la cabeza de
la pura sed. No es cabeza, Es más bien un tol grande, un bodoque
tecomatoso.
Pero ahora se fija que está hablando con una mata de chilca
y no con la Lipa, su mujer. La mata de chilca menea todas sus ramas, sus
millares de hojas, al paso del viento. Sus oídos se van poniendo
cada rato más despiertos, más agudos, Oye perfectamente
el sonido del aire en la mata de chilca. Oye el zumbar de las nubes en
el cielo. Oye el pasito de las hormigas en los cogollos del zacatal; oye
el pasito de las hormigas, oye que una hormiga viene subiendo por sus
pantalones, clavando sus uñas en la tela, tocando cautelosamente
la tela con sus barbas antes de avanzar, todo lo cual produce un ruidillo
ahogado, un acezo. Y si tuviera un pedazo de papel, lo enrollaría
para hacer un tapón. Entonces vendrá la Lipa con la jícara
de agua de masa. Sabiendo que se está muriendo de la sed, ¿por
qué no le trae la turumba de agua? Pero mejor sería de agua
fría, de agua de la tinaja. Otra vez será más prevenido
y traerá el cacho con clan. Mucho mejor un buen trago de clan que
una jícara de agua. ¡La tontería de haber dejado el
cacho colgado de un clavo, cerca de la cama! Los chorritos de sangre,
salen y salen y salen. Ahora toda la pechera de la camisa está
colorada de sangre. No, pero no es colorada, es morada, es negra. Sus
ojos comienzan a ver con más agudeza las cosas, casi le duelen
de la fuerza con que miran, de los aluviones de luz que se le derraman
por los ojos. La chilca no es propiamente verde, es entre blanca y azul.
Las hojitas parecen dedos. Las ramas tiesas, disparadas para arriba; los
tallos no son verdes, son grises, con grietas, miles de grietas; es la
cáscara, la corteza. Los tallos de la chilca se parecen en pequeño
a los troncos del roble. Y las hormigas mueven sus patitas con prontitud.
La cintura de la hormiga es un hilo, Y los jos, qué feos. Esa nube
blanca de tarlatana; así mero es el algodón que venden en
la botica. El algodón ¿Por qué no un poco de algodón,
para hacer el taponcíto? El algodón chupa la sangre, se
la bebe; es un animalito lleno de sed, se parece a las ovejas que arrean
los indios chiquimulas. El algodón no es algodón, es un
chivo con sed. Pero la Lipa no viene con la jícara de agua de masa
Y si hubiera traído el cacho lleno de clan, otro gallo le cantara,
En la cárcel del Quiché, los presos juntan reales y reales
para comprarle guaro a los guardianes; los guardianes traen el guaro en
tripas de coche, que se enrollan en la cintura o cerca de las verijas.
Es feo el trago en tripa, pero al fin es trago y en pasando por el gaznate,
quita la sed, Ahora es el olfato el que habla, el que domina. La chilca
tiene un olor suave. No huele lo mismo la hoja que el tallo, el olor del
tallo es más concentrado. Y la hormiguita que camina por esa hoja,
huele a algo, ¿a qué? Por Dios que huele a algo, más
bien hiede a chivo, a meados. Y el olor de la tierra sí es sabroso.
Si estuviera mojada la tierra olería mejor, uf, mucho mejor. Es
sabroso el olor de la tierra seca, pero el agua le agrega no sé
que. El agua. La Lipa se está tardando con el agua y ya se le acabó
la saliva. ¡Eh! Y se le viene durmiendo la lengua. Aunque la lengua
no se duerme, sólo se pone estropajosa, como si uno tuviera adentro
un pedazo de hule. Tiene sabor a algo la lengua. Don Roque, el maestro,
dice que uno siente los sabores con la lengua; y ahora él se está
dando cuenta de que tambien la lengua tiene sabor, ¿Y con qué
saborea el sabor de la lengua? Y si se comiera una hoja de chilca, le
sentiría sabor a verdolaga, o a berro; aunque más amargo.
El sabor de la hormiga tiene que ser de anísillo, tal vez de píldora.
Una píldora deRoss le caería bien. Tío Maco dice
que siempre es bueno purgarse. Si te pica un alacrán, lo primero
purgarte y luego una mordida de panela. Si se te embola la cabeza, una
purga; si estás aventado o acedo, una purga, La sed es lo que me
molesta. Si no fuera por la sequedad de la boca… Lo bueno de Tío
Maco es que no receta nunca vomitivos. El vomitivo no es de mal sabor,
sobre todo el de ipecacuana que tiene jarabe. Lo malo es que lo hacen
tomar muchos vasos de agua a uno, hasta que se revuelve el estómago
y es necesario deponer. Aunque fuera un taponcito de olote. Duele la panza
de tanto deponer con el vomitivo. Duelen los riñones de estar embrocado
deponiendo. Duelen los ojos de la fuerza de la deposición. Duele
el pecho. Y el hoyito se va adormeciendo. Es casi sabroso sentirlo allí,
en la espalda, en el pecho. No es dolor, no es ardor, es comezón.
Tal vez el hoyito de la bala se haya
Vuelto pulga. Debe ser negro, debe ser saltarín y brioso. Y
qué bonito que pegara un salto y se fuera y le dejara tapado allí.
¡Apurate Felipa, ni que hubieras ido a sembrar el maíz hasta.
ahora! Si no viene luego la sed me va a chivar. La sed ha de ser como
el algodón, chupa y chupa. Bonito lo que contó Teresón
del tecomate con agua. ¡Ja, Ja! Teresón dejó colgado
en la viga del rancho el tecomate lleno de agua, en lo que salió
a dar una vuelta a la milpa. Y cuando regresó, el comején
se había comido el tecomate. ¡Ja, Ja! Se había comido
todo el tecomate y sólo estaba colgando el agua... O una pita para
amarrar la boca de la herida. La sed lo está matando, lo está
matando. Vení Lipa; acercate. Pero qué querés, hombre;
no mirás que'stoy atareada con el torteado. Si sólo quiero
que te agachés tantito, que me tentés los pies; siento que
se me están enfriando. Una helazón me sube por los pies,
por las canillas. Feo, feo. Una gran helazón. Y otra vez estoy
platicando con la mata de chilca. Si me mirara la gente, diría
que me estoy chiflando. Eso sí que no me había pasado de
hablar solo y de hablar con una macolla de zacate. Lo mismo que Abelino
Airehelado, cuando pasa por la calle platicando con su mano derecha. O
como Daví, el loco, cuando tira si¡ ropa al río y
dice: "Que te vaya bien, calzoncillo; que te vaya bien, camisa. . ." Igual
a la Tulixpán cuando se voltea para la pared a regañar al
Asombro…
-¡Aquí vino a pelar rata! -dijo el cus a sus compañeros,
a gritos- ¡Vení mirá, Pantaleón, al clanero
hijuecién! ¿Qué lo íbamos a encontrar entre
el chilquerío?
-Cabalito se lo mandó al plato el Tixudo -comentó Pantaleón,
alborozado-. Ese Tixudo tiene un pulsito… ¡De esta le dan las vueltas
de sargento! - ¡Tixudoooó! ... Corré Tixudo, vení
mirá la palomita que te soplaste!
Descendieron de sus caballos. El sargento sacó un trozo de papel,
del tamaño de un sobre y sin más letras que un sello de
hule impreso en la mitad. Con un alfiler prendió el papel a la
camisa manchada de sangre.
-¡Parte sin novedá!…-anunció.
-¿Y no tenemos que dar aviso, mi sargento?
-Cuando bajemos al pueblo, podemos hablar con el alcalde, siquiera
por humanidad, pa'que levanten el cadáver.
-Creí que yo tenía que ir a declarar -vaciló el
Tixudo.
-¿Y a cuenta de qué? Nosotros somos autoridá.
Además que de declarar sería yo. Vos no hacés más
que obedecer mis órdenes. Y ni yo tengo nada qué ver. La
orden que me dio el comandante de armas es, clanero visto, clanero muerto…
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