EL CLANERO

 

 
¡MALHAYA sea cuando no le hizo caso a la prudencia y salió de juida por el guatal! ¡Malhaya sea cuando se enredó en el cerco de alambre con el ala de su chaqueta! ¡Malhaya sea el condenado cus, el cus hijo de puerca, que al verlo trabado en las púas, se agachó detrasito del guayabal y con mampuesta le tiró el pepitazo!…
La cárcel no come gente. El lo sabe que no come gente. No será como estar en la posada, pero es mucho mejor que estar muerto, o herido que es casi haber muerto. El tiro del condenado cus, se le clavó abajo del hombro, de seguro entre las costillas. Le duele. Al principio fue un golpe caliente en la espalda y un alfilerazo que lo atravesó de parte a parte. Cayó bocabajo.
-Ya me chivó el cus hijo de sesenta mil. No, no fue sólo el susto el que te botó, Xoy; fue un semillazo...
Recordaba haber visto al del resguardo que lo seguía de cerca, agazaparse rápidamente cuando él volteó la cara para ver en qué gancho del alambre estaba trabado; miró la boquita redonda de la tercerola, que más bien era ojo, buscándolo entre las ramitas del guayabal. Luego, el estampido.
Se levantó pronto, volvió a arrojarse al suelo. Otro tiro se enterró cerca. Había visto la dentellada, el rayoón del tiro sobre el talpetate. Comenzó a huir a gatas, entre lo espeso del matorral. La mano derecha le dolía; todo el brazo derecho se le estaba inutilizando. Oleadas de dolor salían del hoyito de la bala hacia todas partes, pero sobre todo hacia el brazo derecho. Debían ser como hormigas. Cada vez más hormigas iban saliendo del hoyito de la bala, alborotadas, locas, huyendo lejos. Oleadas de dolor y de sangre, La cárcel no come gente. ¡Si lo sabrá él! ¿Para qué huir? ¿Para qué? Oleadas de dolor y de sangre. La camisa se le fue poniendo roja. Era una manchita que se le iba extendiendo por el trapo sucio de la camisa, lo mismo que tinta en papel secante. Pero el dolor se extendía con más rapidez. Se agrandaba en círculos, en ondas. El cuerpo debía ser como el agua de blando, de bofo; el tiro, una pedrada. El dolor, los círculos que se van agrandando y agrandando sobre el agua golpeada, mientras la piedra cae al fondo.
No come gente la cárcel. Hubiera sido mejor dejarse coger, sin que le dispararan. Se pudo haber quedado allí, cerca de la chifurnia, en cuanto vio que ya no le quedaba tiempo para romper con el garrote todas las ollas repletas de chicha, todos los pelones llenos de clan. Al fin y al cabo, era poco lo que quedaba y como la sentencia se basa en el cuerpo del delito… ¡Pero ese miedo irrazonable a ser apresado por los del resguardo de hacienda, los condenados cuses!… Cuando se percató había emprendido la carrera para alcanzar el otro lado del río. ¡Agárrenlo! ¡Agárrenlo! Sonaban los tiros en el aire. El terror le acalambraba las piernas. A ver, qué es la cárcel, ¿No es un gran muro donde hay muchos hombres sentenciados por diferentes delitos? ¿No es un cuarto oscuro, sin puerta a la calle, del que no se puede salir? Pero no come gente.
Es verdad que cuando a uno lo acaban de capturar, por dentro se derrumba el valor, la honra, la hombría. Los cuses descargan sus baquetas en la espalda del clanero, sin misericordia; el sargento ordena que le amarren las manos hacia atrás y cuando la cosa está hecha, se acerca para dar al preso unas cuantas cachetadas. Y por muy hombre que sea, el preso no chista palabra, no trata de defenderse. La saliva huye de la boca. Los oídos son una ronronera. La cara se pone blanca, blanca; del color de una pared recién encalada.
-A ver, clanero pícaro, decí quiénes son tus cómplices -grita el sargento, a tiempo que abofetea.
Y el más bragado no es capaz siquiera de callar su propia garganta, que empieza a hablar y hablar; a denunciar.
La cárcel no come gente y el tiro, en cambio, sí que se lo está comiendo, aunque de seguro no le quedó en el cuerpo. Es el hoyito, la pequeña boca que dejó la bala la que se lo está comiendo. Con la mano izquierda se tentó la zona dolorosa. ¡Ay! ¡Pero cállate, Xoy bruto! ¿No ves que los condenados andan cerca? Es verdad que el matorral donde por fin encontró guarida es espeso y no lo hallarán fácilmente, pero no hay que fiarse. Los cuses no dejarán la presa así nada más. Varias veces han estado cerca, buscándolo pulgada a pulgada. Uno pasó casi tropezándose con él. Se le detuvo el resuello. Aunque el resuello lo siente apretado, dificultoso, duro, a causa del dolor. Resollar, de ordinario tan sencillo, ahora que la bala le atravesó el cuerpo, se ha vuelto un martirio. La respiración le desgarra algo allá adentro. El aire entra como si fuera una estaca.
El sabe que la cárcel no come gente. Las veces que estuvo preso, volvió sin novedad: hasta más gordo. Sin embargo, no se puede vencer el terror de que el resguardo lo capture a uno. Uno huye en cuanto los mira. Sobre todo cuando son de la montada. No come gente, pero es mucho más sabroso estar libre, aunque sea con la zozobra de verse perseguido, con la espina de que de un rato a otro la montada lo vaya a capturar. El sargento hace hablar al preso, por las buenas o por las malas; por las buenas es cuando lo cuelgan después de haber hecho la denuncia; por las malas es primero la colgada. Los policías sacan un lazo del morral, lo prenden de una rama, le quitan los pantalones al clanero, le amarran la entrepierna, y empiezan a tirar, a tirar... El preso pende de sus propias verijas. Aúlla. Dice lo que quieren que diga.
Ya tiene toda la camisa empapada de sangre. Por la espalda, por los vellos del pecho le resbalan riachuelos de sangre. En vano aprieta el agujero con la mano, La sangre se empecina en salir por entre los dedos.
Y cuando el sargento manda que lo descuelguen,. le ponen los pantalones y lo echan a andar, amarrado de las manos. No es fácil trotar al paso de los cuses y de sus caballos, cuando se tiene el cuerpo todo descoyuntado. Hay que sufrir baquetazos, hasta que se recuperan las fuerzas. Lo mismo que una vaca cuando la llevan al matadero. Y falta todavía la humillación de llegar al pueblo codo con codo. Las gentes sacan el pescuezo en las ventanas, en las puertas. Los perros ladran desesperadamente; algunos vienen a oliscar las piernas del preso. Y la chiquillada aumenta a cada rato. Salen de las casas, sin decir palabra, espantados; rodean a la escolta en silencio; trotan, trotan, hasta la puerta de la cárcel. Y a veces hasta los zopilotes participan en la expectación.
Si la cárcel comiera gente, la de veces que él estaría comido.
-A ver, Xoy, a ver -se dijo, con un asomo de pánico- decí si no preferirías que te hubieran cogido los condenados cuses, sano y salvo, y no tener este pepitazo, y no estarte vaciando poco a poco.
No come gente la cárcel, no come; apenas mastica. Los primeros momentos son también desastrosos adentro. La cárcel del pueblo tiene muy mal olor. Es oscurísima. Apenas un cuarto donde uno vive y duerme, come, hace todas las necesidades, y sin agua. Cuando el carcelero cierra la puerta de madera enrejada, se le viene a uno materialmente un peñasco encima. Se va la respiración, se paraliza la sangre. La sangre. A él se le está yendo a chorros la sangre por el agujero que le dejó el tiro del condenado cus, A veces las ollas de chicha resultan con pequeñas reventaduras, con hoyítos por donde se escapa el líquido; es preciso buscar un pedazo de cera de abejas o mejor cera de cohete para taponar, de lo contrario la olla queda vacía. Debía haber un pegamento, una brea para cerrar los hoyuelos de las balas. Tío Maco decía que en las heridas, lo más peligroso era la sangre que se derramaba hacia adentro; pero él esperaba que en su herida, no tuviera hemorragia interna. No iba a ser tan torcido. A la verdad, él, Xoy, no era lo que se dice un hombre torcido. Haber estado preso cinco o seis veces por clanero, no era prueba de buena fortuna, pero tampoco de muy mala, A otros les sucedían cosas peores. Allí tenemos al pobre Inés. Inés, mató a Loreto porque Loreto lo agredió con un cuchillo y cuando se lo quitó, cogió todavía un puño de tierra y se lo tiró en los ojos. Entonces Inés sacó el revólver y lo mató. Y estuvo preso cuatro años. Salió libre. Venía gordo, colorado, contento. "No maté por mala fe; maté en ley" -decía a quienes lo oían. Y no se gloriaba de nada. Venía humilde. Entonces Polito se tomó unos tragos y fue a buscarlo a su posada. "No, Polito, no tengo nada que sentir de vos; estás tomado, es mejor que vengás cuando estés bueno", Polito no quiso entender. Sacó el tazifiro y se lanzó sobre él, le rasgó la camisa. "Contenete Políto ¡por el amor de Dios!" Y Polito lo quiso puyar otra vez. Inés iba para atrás y para atras. Se enredó en un banco y cayó. Polito se le echó encima. Inés tuvo tiempo de sacar la pistola y disparó. Cinco años en la cárcel. Inés salió libre de nuevo. Se negó a tomar aguardiente. Se negó a salir. Se encerró con su mujer en la posada. Llegó a buscarlo Escolástico, "Inés, me gusta tu mujer, la Chusita". Inés se quedó callado. "¡Lo oíste Inés! Te digo que la Chusita me gusta- Ve si me la das". Inés sintió una oleada de sangre, pero se contuvo. "Colaco, hemos sido amigos; no me jurgués, por el amor de Dios!". Escolástico se tiró una carcajada. La Chusita asustada, asomó la cara en el corredor. Colaco se le arrimó. "Me gusta la Chusita, Inés o me la regalás o me la prestás…" "Te digo por última vez Colaco…" Colaco se tiró otra carcajada. "Te lo repito, o me la regalás o me la…" Un tiro en pecho y Colaco se derrumbó. Seis años en la chirona. Salió; ya estaba viejo. Muy panzón, muy canoso. "Ahora, ni onque me vengan a pedir que les empreste a mi madre", dijo Inés, para demostrar que estaba cansado de reyertas. No lo vino a buscar ninguno por muchas semanas. No salía. No asomaba la cara. Y aquella manana en que dispuso oír misa, le vino la pulmonía… Inés sí era hombre de mala suerte. Pero él, Xoy, no era de mala suerte, a pesar de haber estado preso por clanero cinco o seis...
Pero debía haber un tapón para cerrar el hoyíto de la bala. Un taponcito delgado, suave. Porque la bala en sí, no mata; el dolor de estar agujereado tampoco mata. Lo que mata es que uno se va vaciando, se va vaciando.
Probó a erguirse y se le oscurecieron los ojos. ¡Ay! ¡Pero no hablés, Xoy bruto! La cosa se está poniendo fea. Se está debilitando. Se le va asonsando poco a poco la cabeza. Y la sangre sigue saliéndole por el hoyito de la bala. En chorros calientes, mero como cuando el chirís que uno está cargando lo orina. Si hubiese una cera, un tapón, un olote para tapar el hoyo de la bala. Y la cárcel no come gente, porque Inés salió vivo todas las veces, y él, Xoy, también ha regresado como si tal cosa. Lo desagradable es cuando a poco de estar en la chirona del pueblo, viene Lipa, su mujer y asoma la cabeza entre las rejas. "Ya ves, Xoy, pa'qué no se te quita la maña de hacer clan. El clan es salado, entendelo. Tanto que te fregás trabajando día y noche y nunca hacemos nada. Y dijera yo no ganás con la venta del clan. Pero mi mamá dice que el pisto del guaro tiene sal, está maldecido. . . " Y él tiene que consolar a su buena mujer. "Será salado el clan, pero es honrado. Contimás que uno no le roba a ninguno. Es un trabajo tan bueno como los demás. Lo que pasa es que los cuses, los condenados, le llevan tirria al clanero". "Sí, Xoy, pero el gobierno ingrato no cre que el clanero es honrado y por eso lo persigue y hasta lo mata. Me tenés que jurar que cuando salgás libre ya no vas a hacer más guaro de olla. Mejor andate pa'la capital, buscá trabajo ¡onque sea de chonte!"
¡Con sólo que el condenado hubiera errado el tiro, otro gallo le cantara! Oyó bien cuando el cus movió el montante, con seco restregar de fierros; cuando se sobaron unos resortes; cuando el dedo del cus apretó el gatillo; cuando la bala salió frotando el aire… No se acuerda cómo llegó hasta aquí. Arrastrándose, no cabe duda, pero en cuánto tiempo, cómo se le ocurrió, cómo pudo sin ser descubierto, no sabe. Y de seguro fue el tiro que le salió por el pecho, el que cayó casi al mismo tiempo que él, entre las hojas de chilacayote. Y en una hoja había un goterón de sangre. Entonces fue cuando se paró, y cuando sonó el otro tiro. Otro, otros. Los caballos corrían por todos lados y también las gentes de a pie. Era espantoso. "Me van a matar". Pero ya estaba herido. Ya había pasado lo peor.
Tampoco le gusta el sermón de Nicolasa, su suegra. La vieja Nicolasa hace una mueca horrible cuando llega a su nariz el mal olor de la chirona; se lleva la orilla del rebozo a la nariz y a la boca, para que no penetre el mal olor. Y así habla, a través de la tela. "El clan da tres vicios, pa’que lo sepás: el vicio de tomarlo, el vicio de venderlo y el vicio de hacerlo. Preferiría que fueras como don Tocho, que está enviciado a tomar; o la señora María Jiménez, que tiene el vicio de venderlo en su fonda; o más que sea que tuvieras el de otros claneros, que sólo tienen el vicio de hacer el clan. Pero vos tenés los tres, vos tomás, vos vendés y vos hacés el clan. Sos más pior que el Enemigo Malo, que Dios Sea Con Nosotros". Sí, de seguro es el diablo el que enredó esta mañana todas las cosas para él, para Xoy. Comenzando porque no tenía que ir a la chifurnia a esas horas, pues la sacada iba a empezar cayendo el sol. La tema de ir a ver si la tuba ya estaba de punto. Y por averiguar si algún indio ladrón no le había robado uno de los pelones llenos que tenía escondidos bajo un montón de leña. Y luego haber corrido en cuanto los de la montada aparecieron en la otra falda de la loma…
A la semana de estar preso en el Quiché, la cárcel se va volviendo acogedora, familiar. Desde luego, la llegada es horrible. El soldado abre la gran puerta enrejada, con traquido de hierros; se presenta el encargado de la prisión y el alcaide le ordena: "Métame a este clanero hijo de puerca en el calabozo de los indios". El encargado, un prisionero con prerrogativas, recibe al nuevo con una buena patada en las posaderas. "Estos claneros hijos de sesenta mil, me caen como pedrada en la espinilla. ¡Mejor robaran! ¡Mejor mataran! Y no que hacen una cosa que es y no es delito, y ni siquiera huyen de la montada ¡se dejan agarrar como pajaritos!". El encargado manda que todos los presos se pongan en fila, "Vaya, muchachos, les doy permiso paque le den una patada en el culo al nuevo, en gracia a que es cushushero! " Lo que es justo es justo; no todos los presos toman en serio el permiso para la patada. Y pobre del nuevo que se hace el arrecho y se vuelve para contestar los golpes, porque lo crucifican a acialazos…
Son como chorritos de agua caliente, más bien goterones de sudor los que van saliendo de la herida. Resbalan a lo largo de la espalda, del pecho. Espesos. Pegajosos. Igual que el clan cuando lo está sudando la panza del perol. Se le volvió a oscurecer la vista. Feo, feo, se está poniendo. Siquiera una tuza, un papel, un trapito para tapar el hoyo: ¿Por qué no servirá la mano para eso? Con la mano derecha no hay que contar, por supuesto; casi no la puede mover. La izquierda sana, buena, parece que perteneciera a otro cuerpo y no al suyo que está herido y en peligro; sin embargo, cuando la arrima a la zona golpeada, ella se retira, por sí sola, rápidamente. Es torpe. Solamente llega a la región herida a provocar más dolor. Y su cabeza ya no es cabeza, es un tecomate, un tol vacío.
La primera semana en la prisión, todo es quedarse viendo a lo alto del muro, contar las nubes que pasan, envidiar a los pájaros que a veces cruzan por el pedacito de cielo, desear ser aunque sea uno de esos zopilotes que se detienen por ratos en el borde de la muralla. Hasta que viene el encargado con el látigo: "Vaya clanero sebón, cogé l’escoba y barreme el patio y no estés allí, elevado, haciéndote la vieja!". Los chicotazos del encargado duelen mucho, pero duelen más que todo porque el encargado es un lamido, un hijo de mala madre. Barrer es oficio de mujeres y uno se siente humillado de que lo obliguen a barrer, a recoger toda la basura, las chencas, los palitos de fósforo, los papeles sucios. Los prisioneros antiguos celebran aquello con chacotas quemantes. "Linda, aseame bien la casa; dejame el suelo como un espejo, que aquí te tengo enrollado tu premio!" Y pobre del nuevo preso que se permite lanzar una mirada de reto. El encargado ordena al indio más astroso, al último de los presos: "Ve, Manuel, te doy permiso pa'que le des un soplamocos a ese clanero hijo de puerca…" Si uno trata de evitar el soplamocos, intervienen todos: "Dale, Manuel, no le tengás miedo; tantito te levante la mano, lo machucamos a patadas. No le tengás miedo, que la cárcel no come gente. Y además que ya estamos todos adentro y onque nos soplemos a este jodido, más adentro no nos pueden meter!"
Con sólo que hubiera un taponcito. Sabroso estar sentado en el corredor de la casa, en el banco. Luego viene la Lipa con una jícara de agua de masa, caliente y azucarada. Lipa, apurate con el agua de masa porque traje mucha sed de la chifurnia. Con la carrereada que me metieron esos cuses condenados. Y quesimacito me mete un pepitazo el maldito; yo que me trabo en el cerco de alambre y el maldito que me tiende la tercerola, ¡Huy, Xoy; bendito sea Dios que no te pegaron! Me apuntó al pecho, figurate Lipa. Es por la maña de andar haciendo clan; tanto que te he rogado que dejés ese oficio. No es oficio de cristiano. Es pisto salado el que se gana con el clan... Pero la Lipa no viene con la jícara de agua caliente y yo me estoy muriendo de sed. Si tuviera a la mano un taponcito para taparme el hoyo… Apurate Lipa, que se me está poniendo la boca seca; siento el galillo enchichicastado de la sed; la cabeza se me está poniendo hueca. Grandota siento la cabeza de la pura sed. No es cabeza, Es más bien un tol grande, un bodoque tecomatoso.
Pero ahora se fija que está hablando con una mata de chilca y no con la Lipa, su mujer. La mata de chilca menea todas sus ramas, sus millares de hojas, al paso del viento. Sus oídos se van poniendo cada rato más despiertos, más agudos, Oye perfectamente el sonido del aire en la mata de chilca. Oye el zumbar de las nubes en el cielo. Oye el pasito de las hormigas en los cogollos del zacatal; oye el pasito de las hormigas, oye que una hormiga viene subiendo por sus pantalones, clavando sus uñas en la tela, tocando cautelosamente la tela con sus barbas antes de avanzar, todo lo cual produce un ruidillo ahogado, un acezo. Y si tuviera un pedazo de papel, lo enrollaría para hacer un tapón. Entonces vendrá la Lipa con la jícara de agua de masa. Sabiendo que se está muriendo de la sed, ¿por qué no le trae la turumba de agua? Pero mejor sería de agua fría, de agua de la tinaja. Otra vez será más prevenido y traerá el cacho con clan. Mucho mejor un buen trago de clan que una jícara de agua. ¡La tontería de haber dejado el cacho colgado de un clavo, cerca de la cama! Los chorritos de sangre, salen y salen y salen. Ahora toda la pechera de la camisa está colorada de sangre. No, pero no es colorada, es morada, es negra. Sus ojos comienzan a ver con más agudeza las cosas, casi le duelen de la fuerza con que miran, de los aluviones de luz que se le derraman por los ojos. La chilca no es propiamente verde, es entre blanca y azul. Las hojitas parecen dedos. Las ramas tiesas, disparadas para arriba; los tallos no son verdes, son grises, con grietas, miles de grietas; es la cáscara, la corteza. Los tallos de la chilca se parecen en pequeño a los troncos del roble. Y las hormigas mueven sus patitas con prontitud. La cintura de la hormiga es un hilo, Y los jos, qué feos. Esa nube blanca de tarlatana; así mero es el algodón que venden en la botica. El algodón ¿Por qué no un poco de algodón, para hacer el taponcíto? El algodón chupa la sangre, se la bebe; es un animalito lleno de sed, se parece a las ovejas que arrean los indios chiquimulas. El algodón no es algodón, es un chivo con sed. Pero la Lipa no viene con la jícara de agua de masa Y si hubiera traído el cacho lleno de clan, otro gallo le cantara, En la cárcel del Quiché, los presos juntan reales y reales para comprarle guaro a los guardianes; los guardianes traen el guaro en tripas de coche, que se enrollan en la cintura o cerca de las verijas. Es feo el trago en tripa, pero al fin es trago y en pasando por el gaznate, quita la sed, Ahora es el olfato el que habla, el que domina. La chilca tiene un olor suave. No huele lo mismo la hoja que el tallo, el olor del tallo es más concentrado. Y la hormiguita que camina por esa hoja, huele a algo, ¿a qué? Por Dios que huele a algo, más bien hiede a chivo, a meados. Y el olor de la tierra sí es sabroso. Si estuviera mojada la tierra olería mejor, uf, mucho mejor. Es sabroso el olor de la tierra seca, pero el agua le agrega no sé que. El agua. La Lipa se está tardando con el agua y ya se le acabó la saliva. ¡Eh! Y se le viene durmiendo la lengua. Aunque la lengua no se duerme, sólo se pone estropajosa, como si uno tuviera adentro un pedazo de hule. Tiene sabor a algo la lengua. Don Roque, el maestro, dice que uno siente los sabores con la lengua; y ahora él se está dando cuenta de que tambien la lengua tiene sabor, ¿Y con qué saborea el sabor de la lengua? Y si se comiera una hoja de chilca, le sentiría sabor a verdolaga, o a berro; aunque más amargo. El sabor de la hormiga tiene que ser de anísillo, tal vez de píldora. Una píldora deRoss le caería bien. Tío Maco dice que siempre es bueno purgarse. Si te pica un alacrán, lo primero purgarte y luego una mordida de panela. Si se te embola la cabeza, una purga; si estás aventado o acedo, una purga, La sed es lo que me molesta. Si no fuera por la sequedad de la boca… Lo bueno de Tío Maco es que no receta nunca vomitivos. El vomitivo no es de mal sabor, sobre todo el de ipecacuana que tiene jarabe. Lo malo es que lo hacen tomar muchos vasos de agua a uno, hasta que se revuelve el estómago y es necesario deponer. Aunque fuera un taponcito de olote. Duele la panza de tanto deponer con el vomitivo. Duelen los riñones de estar embrocado deponiendo. Duelen los ojos de la fuerza de la deposición. Duele el pecho. Y el hoyito se va adormeciendo. Es casi sabroso sentirlo allí, en la espalda, en el pecho. No es dolor, no es ardor, es comezón. Tal vez el hoyito de la bala se haya
Vuelto pulga. Debe ser negro, debe ser saltarín y brioso. Y qué bonito que pegara un salto y se fuera y le dejara tapado allí. ¡Apurate Felipa, ni que hubieras ido a sembrar el maíz hasta. ahora! Si no viene luego la sed me va a chivar. La sed ha de ser como el algodón, chupa y chupa. Bonito lo que contó Teresón del tecomate con agua. ¡Ja, Ja! Teresón dejó colgado en la viga del rancho el tecomate lleno de agua, en lo que salió a dar una vuelta a la milpa. Y cuando regresó, el comején se había comido el tecomate. ¡Ja, Ja! Se había comido todo el tecomate y sólo estaba colgando el agua... O una pita para amarrar la boca de la herida. La sed lo está matando, lo está matando. Vení Lipa; acercate. Pero qué querés, hombre; no mirás que'stoy atareada con el torteado. Si sólo quiero que te agachés tantito, que me tentés los pies; siento que se me están enfriando. Una helazón me sube por los pies, por las canillas. Feo, feo. Una gran helazón. Y otra vez estoy platicando con la mata de chilca. Si me mirara la gente, diría que me estoy chiflando. Eso sí que no me había pasado de hablar solo y de hablar con una macolla de zacate. Lo mismo que Abelino Airehelado, cuando pasa por la calle platicando con su mano derecha. O como Daví, el loco, cuando tira si¡ ropa al río y dice: "Que te vaya bien, calzoncillo; que te vaya bien, camisa. . ." Igual a la Tulixpán cuando se voltea para la pared a regañar al Asombro…
-¡Aquí vino a pelar rata! -dijo el cus a sus compañeros, a gritos- ¡Vení mirá, Pantaleón, al clanero hijuecién! ¿Qué lo íbamos a encontrar entre el chilquerío?
-Cabalito se lo mandó al plato el Tixudo -comentó Pantaleón, alborozado-. Ese Tixudo tiene un pulsito… ¡De esta le dan las vueltas de sargento! - ¡Tixudoooó! ... Corré Tixudo, vení mirá la palomita que te soplaste!
Descendieron de sus caballos. El sargento sacó un trozo de papel, del tamaño de un sobre y sin más letras que un sello de hule impreso en la mitad. Con un alfiler prendió el papel a la camisa manchada de sangre.
-¡Parte sin novedá!…-anunció.
-¿Y no tenemos que dar aviso, mi sargento?
-Cuando bajemos al pueblo, podemos hablar con el alcalde, siquiera por humanidad, pa'que levanten el cadáver.
-Creí que yo tenía que ir a declarar -vaciló el Tixudo.
-¿Y a cuenta de qué? Nosotros somos autoridá. Además que de declarar sería yo. Vos no hacés más que obedecer mis órdenes. Y ni yo tengo nada qué ver. La orden que me dio el comandante de armas es, clanero visto, clanero muerto…

 

 


 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.