Se llamaba ...

Se llamaba Lucía y se pintaba furiosamente las uñas
y me dejaba una tibia sensación de naranja.

Desde la calle mis dieciocho abriles
subían por el muro a la ventana
coronados de yedras unas veces
y puntiagudos otras como llamas,
mientras el cielo caía gota a gota
de los tejados de las casas.

Me gustaba la falsa humedad de sus medias
que daban a sus piernas un resplandor de agua,
me gustaban las yemas de sus dedos,
me gustaba su olor de lápiz, me gustaba
el pececillo gordo de su lengua
y su manera de preguntar: -¿Me amas?

Olía a yerbabuena y a ciertos jabones cursis
cuando por el escote se escapaban
sus senos, de puntillas
con pies de ángel, casi como alas,
y mis manos se hacían de pronto mariposas
y los espejos eran ramas
cargadas de duraznos y de extraños jacintos,
y algo se derretía al nivel de la cama.

Nunca dijo que sí pero cedía siempre.
Me acuerdo de sus ligas y del burujo de sus enaguas,
de sus medias colgadas en alguna parte
y de su cabellera dispersa por la almohada
como una mancha de tinta ligeramente azulosa
o un vivero de arañas.

Se llamaba Lucía, pero pudo llamarse Rosa.
El nombre, como siempre, ni da ni quita nada.
Más allá de las islas heladas del olvido
donde mi corazón jamás echará el ancla,
no pertenece ya a mi historia esta historia
y más que cosa vivida se antoja imaginada.
Se me confunde ahora con las habladurías
de las comadres contra las muchachas,
cuando se sientan alrededor de una taza de café
mientras la tos ya infla, ya desinfla la sala ...
 
 

Un poco de silencio

Tu recuerdo, en el aire;
con el humo en que se despereza mi último cigarro,
a la luz espectral de los aparadores
o, de súbito, dentro del ropero de luna.
Es a la hora de las ventanas bien abiertas
y los libros por el suelo,
cuando la tarde penetra a las alcobas, debajo de las camas,
se va a pique en las palanganas, y en los espejos
o mancha las barbudas colchas almidonadas.
Viene con las tazas de té, desde los melocotones,
en la contraluz que dan las naranjas,
y es tu misma sonrisa congelada de muerte,
la misma
que se prendió a tu boca como una sanguijuela.
Eres como palabra que busca una garganta,
o como el anhelo de ser sueño.
Vienes
y te quedas aquí, sobre mi libro abierto,
perdida por el vidrio de mis anteojos,
adherida a mis dedos, a mi nariz que se yergue en la boca
y en medio de los ojos--como cuña.
¿De dónde? ¡Dí! ¿De dónde?
Algunas noches siento que vienen a buscarte.
Manos imprecisas, palpan bajo los cobertores
y por la estepa boreal de las sábanas;
presiento la carne de gallina que ponen los cojines,
los colchones
por el tactear peludo y vacilante
que deshiela el horror acumulado en mis huesos.
Desde afuera,
allende el viento, allende los árboles como carbonizados
quiero ver, en las noches, algo que está esperándote,
algo que alienta en el rumor del río y de la propia noche
y de la hojarasca pisada imperceptiblemente.
Hay un rondar, un gélido rondar--el mismo
de cuando, tras un grito que me rasgó la sangre,
te empujaron al caos los ojos de la muerte.
¿Qué tiene eso qué ver con que el viento llore en el ojo de la llave
y con que crujan los huesos de los armarios?
Cuando abro la polvera donde empollan su blancura las motas,
cuando alguien se ahoga en el sifón del lavado,
cuando se me quedan viendo, con sus ojos de todos colores,
los frascos de aguas aromáticas
o la pecera inunda de su temblor la alcoba,
tu recuerdo, en el aire, se hace aire,
se hace silencio y luego pensamiento.

Nocturno (número 3)

Yo me pregunto ahora qué espero, qué persigo,
qué hago aquí entre la noche tundido y humillado,
viendo cómo gotea mi corazón, mi húmedo
corazón solitario como el reloj de un muerto;
por qué en vez de sentir mi hígado o mis pulmones,
o el peso de mi lengua ya casi como un liquen,
o el limar sigiloso del pensamiento, ahora
sólo siento que cae mi corazón al agua,
que cae gota a gota, sudando desde un muro,
brotando desde el muro oscuro de mí mismo,
cual si me derritiera yo mismo poco a poco
y me fuera rodando al agua y asfixiándome,
ahogándome en pedazos indefinidamente.
 

Me pregunto qué miro cuando no miro nada,
con quién estoy hablando ahora que hablo solo
de qué está lleno el hueco de mis manos vacías,
por qué crece mi pelo como si me doliera,
como si me arrancaran de cuajo las raíces,
o el pelo fuera un poco de esa noche de adentro
helada o interminable que se me va escapando.
 

Brasa de mi costado, yodo en la carne viva,
viejo agujero negro, o garfio, o ay de hielo
mi corazón me habita, él sólo, aquesta noche.
 

(¿Quién llama entre la furia de sus aldabonazos?
¿Quién pasa en sus pisadas? ¿Quién clava clavos torvos?)
 

Esta noche me habita mi corazón, él sólo.
Esta noche camina por salas y pasillos
un monje vivo que es también un alma en pena.

Y mientras el silencio duele y la vida duele
y la noche me duele como una inmensa herida,
mi corazón se vuelve una pequeña noche,
una grieta que bebe la noche gota a gota.

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.