artículos periodísticos de Marco Antonio Flores

VIVO


Eran las seis cuarenta y cinco de la tarde, cuando pase por la ciudad universitaria. Iba manejando despacio porque el sol caía y en el fondo, sobre las montañas, iba dejando un manto anaranjado que adornaba la vida. La tarde era tibia (aun la ciudad no era el horno que es ahora) y la hilera de cipreses dejaba que pasaran los rayos de la luz, dandole a la avenida una sensación de contraluz. Era el 14 de mayo de 1981.

Despacio llegue hasta el portón de mi casa y sone la bocina para que llegaran a abrirlo; atras se detuvo la camionetilla Subaru y se bajaron cuatro hombres armados: tres con nueve milimetros y otro con una Uzi. Dos mas se quedaron en el carro: me senti, me supe muerto. Abrieron
violentamente la portezuela y me ordenaron a gritos: "Salí hijuelagranputa". Decidí resistir, luego de dominar mi terror. Comenzaron a culetearme la cara, la cabeza, el pecho, los brazos, pero no llegaron a desmayarme. Cuando uno de ellos me puso la pistola cargada en la sien, se abrio el portón y aproveche para meter el retroceso y mandarlos al carajo. Corrieron detras del carro disparando, pero no alcanzaron a darme. Cuando volvieron a su auto me les había pelado. Estaba vivo. La sangre me fluía a borbotones de la cabeza y la cara, pero iba vivo. Era el 14 de Mayo de 1981. Hace trece años aquello; ahora cumplo trece años de estar vivo de nuevo.
Estuve escondido durante dos meses, durante los cuales decidí quedarme, no salir del país. Había que darle la batalla a los asesinos. Sin embargo, a fin de mes, secuestraron a mi compañero de cubículo en la Facultad de Arquitectura; se llamaba Rodolfo de León y le decían en Derecho "Pulga" y en Arquitectura "Chipilín". No le hacía daño a nadie, era entelerido, pacífico, generoso, hablantín. Apareció muerto con un machete ensartado en la cabeza. A principios del mes siguiente secuestraron a mi cuñada, con un embarazo de ocho meses. Su primo, el Alcalde de Guatemala, militar, ahora flamante diputado, no quiso o no pudo hacer nada. Creo que a veces no ha de dormir. Nunca apareció.
Decidí salir de nuevo al exilio. Al llegar a México con mis hijas y mi mujer, supe que realmente estaba vivo.
Amo a México. Me dio refugio, casa, trabajo, reconocimiento que en mi país no tenía, amor, paz, tranquilidad y posibilidades de escribir sin sobresaltos.
Durante años no quise saber de este desgraciado país. Trataba de olvidarme de que era guatemalteco. Odiaba que me hablaran de Guatemala. Me aislé. No supe ni quise tener contacto con los guatemaltecos. No quería volver jamás aquí. Pero a veces, sin quererlo, me sentía caminando por alguna calle de mi ciudad, de ésta en la que crecí, en la que tuve amigos, en la que luché. Inmediatamente desechaba esas imágenes. Llegué a odiar a este país.
En 1988 mi madre se moría y tuve que venir para despedirme de ella. Y me atrapó el país, mis recuerdos, mis visiones, mis palabras olvidadas y comencé a preparar la vuelta, que nunca alcancé definitivamente.
Amo a México. Allá crecieron mis hijas, se hicieron médicos, vivieron intensamente, gozaron su adolescencia, me hicieron intensamente feliz.
Y comencé a volver. Y comenzó de nuevo a dolerme el país.
Y volví a comprometerme con su historia, con sus dolores, con su futuro. Por eso hablo para ustedes desde aquí, viviendo allá. Porque amo a los dos países. Soy de ambos. La vida me los dio y yo los adopté.
Todo esto comenzó el 14 de Mayo de 1981, cuando intentaron asesinarme y sobreviví. Vivo. Y canto. Y escribo.
Canto porque también la poesía es mi vida. Es la vida.
Canto porque como dice Benedetti "Cantamos porque somos militantes de la vida, cantamos porque los sobrevivientes y nuestros pueblos quieren que cantemos".



¡NO SEAS INDIO!


Cuando llegue a La Habana, nadie me oía; nadie nos oía a los guatemaltecos porque hablabamos muy quedito, como que estuvieramos chiveados. Ahí empece a comprender la diferencia de las culturas. Los cubanos eran mestizos, pero tenían otro componente: la cultura africana. Nosotros, a pesar de ser mestizos, teníamos un componente cultural más fuerte sobre nuestra formación, sobre nuestras conciencias, que nos hacía hablar quedito y como amishados. Desde entonces me doy cuenta que esto sucede con todos los guatemaltecos en el extranjero.

Diez años después, en Madrid, cuando me editaron alla un libro de poesía, el prologuista, al referirse a mi figura, dijo que había yo llegado al invierno madrileño con mi cara aindiada. Le dio en la puritita madre a mi racismo. Hizo añico todos los años de mi educación ladina, racista y comemierda, durante las cuales pasaron introyectandome con toda desfachatez ejercer la discriminación en contra de otros hombres iguales a nosotros.

Comprendí que el otro tambien soy yo. El racismo no es más que miedo a la diferencia, al otro. Nuestra sociedad es racista, asquerosamente racista.

A partir de esas y otras experiencias, recorde que había conocido "al otro" (que soy yo tambien) cuando entre al colegio San Sebastian, a los once años. Hasta ese momento no había tenido relación con un indio, con un ser igual a mi, pero con una cultura que tenía muchos rasgos de la mía, pero tambien algunos diferentes. En aquel colegio, so pretexto de que Sor Pijije era muy de a sombrero, se acentuaba la diferencia de manera hipocrita; el tal cura liberacionista había "recogido" a un montón
de patojos en las comunidades indígenas y se los había traído para hacerles la caridad. Es decir, para seguirles introyectando
ideologicamente la cultura y la religión de los conquistadores. Sin embargo, todos aquellos muchachos eran vestidos con uniforme, rapados y conducidos como en manada al lugar donde habitaban. Es decir, la diferencia era acentuada. Frente a aquello uno se sentía superior.

A pesar de todo, me hice de un cuate: Curruchiche. A saber que se hizo. Y acolite misa con otro: Alfredo Tay Coyoy, que en aquel tiempo era de los consentidos de Sor Pijije. Ahora es Ministro de Educación. El tal Tay fue durante años un individuo que se ligo ideologicamente a la cultura racista de los ladinos. Hizo carrera al lado de cavernicolas como Mata Gavidia y Juarez Paz. Siempre pense que ahí se quedaría. Sin embargo, el año pasado fui a la casa Flavio Herrera a un panel y cual no sería mi
sorpresa que Tay era ahora racista, pero indio. Su discurso era de una violencia inexplicable. O muy explicable.

Cuando llegue al exilio a principios de los ochenta, conocí al unico amigo indio que he tenido. Con los meses, con la confianza de la amistad, Chicoy (así le puse de apodo) me revelo que los indios tenían organizaciones secretas de tres tipos: una, que proponía la coexistencia con los ladinos; otra, que proponía ganarles en todos los campos; y la última, que proponía que había que cortarles el pescuezo a todos los ladinos. El racismo en este país está llegando al punto de la violencia. La sinrazon está ganando adeptos. La explotación, el despojo, la discriminación, el genocidio a que han sido sometidos los indígenas, esta llegando al punto de enfrentamiento sin retorno.

Desde chiquito, en mi casa, me acostumbre a que mi madre, cuando yo hacía alguna necedad me gritaba: iYa te dije que no seas indio! Yo me reía para mis adentros, porque ella síque tenía rasgos indígenas acentuados. Alli estaba la contradicción. Allí se encuentra todavía. Todos los mestizos en nuestro país tenemos la mancha mongolica. Nuestra cultura es mestiza, pero no es enemiga de la otra. Al contrario, esa voz quedita que tenemos nos viene de nuestro otro yo. Del que forma parte de nuestra sangre, de nuestro color, de nuestro comun pasado.


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.