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EL RATERO
- Y0 comencé a comer ratas desde que me acuerdo. Creo, no estoy
muy seguro. No voy a decir que lo hacía porque mis padres me
enseñaran. No. Sería un mal muchacho, pues a los que fueron
mis padres nunca los conocí. No sé tampoco en donde nací,
así es que no les puedo atribuir nada, ni bueno ni malo. Las
ratas tienen un sabor bueno. Las prefiero sobre otros alimentos, como
por ejemplo: prefiero comer una rata a una naranja, es más jugosa,
como también prefiero una rata a un guapote o una mojarra.
- Una de las razones por las que no duraba en las casas donde me empleaba
-tenía que ganar la comida- era porque los gatos huían
de mí como que si vieran al mismísimo diablo de los gatos
y porque las ratas desaparecían como por arte de magia. La gente
odia a las ratas pero cuando desaparecen empiezan a amarlas y a extrañarlas.
- Yo nunca me como ni una rata más de las que necesito. No tengo
un número fijo de ratas para comer, así como tampoco una
hora, pero de preferencia me gusta comer de noche y a solas. Yo creo
que en parte se debe a que en esas horas ellas saben que las necesito
y por eso salen.
- Otra de mis preferencias, creo más bien que se trata de mañas,
heredadas de a saber quien, es la de comer ratas hembras. Mejor si están
cargadas, pues los ratoncitos son bien suavecitos. Yo procuro que cuando
estoy comiendo ninguno me mire, pues es feo que lo miren a uno comer,
no me gusta. Y peor si le quieren pedir. Ni modo, la gente así
es de rara.
- La comida que me daban los patrones hacía como que la comía,
pero en lo que se descuidaban me la metía entre las bolsas de
los pantalones y me la llevaba para el cuarto, el último, donde
dormía y se la daba a mis amigas las ratas. Por lo general no
se daban cuenta cuando me metía la comida a las bolsas, pues
yo como aparte, lejos de los patrones.
- Los chuchos llegaban por donde yo estaba comiendo, mejor dicho, haciendo
como que comía, pero ni modo que les iba a dar a ellos la comida
que buena falta les hacía a mis alimentadoras. Además
me dan un poco de miedo. Ni modo que voy a comer chucho, aunque sé
que hay gente que lo hace, pero es su gusto.
- Cuando en las casas se empiezan a acabar las ratas me tengo que ir
a otra casa y así, de casa en casa, de pueblo en pueblo. Como
no tengo hermanas ni hermanos, papás ni quien por mí,
ni siquiera lugar donde nací, menos en donde morir, no me importa
nada. Como no tengo a nadie -¿ya lo dije o no?, ¿no?,
bueno, por si al caso- no me importa nada, no tengo a nadie ni nada.
Lo único que tengo son mis mudadas y mi cuadro de San Martín
de Porres, pues él me ayuda a que no me falten mis ratas, y las
mudadas porque me gusta andar bien limpio, y bien mudado. Me gusta el
aseo.
- Me he andado muchos pueblos de Guatemala, principalmente los de la
costa sur y le he de decir que el sabor de las ratas varía de
un pueblo a otro. Claro que no es la gran cosa, pero sí hay diferencia
entre carnes de costa y de tierra fría. 0 entre animales de sangre
caliente y de sangre fría.
- De mi estancia en una iglesia es que me viene la devoción
por el santo de por ahí del Perú, según me dijo
el cura del «Llano de Ánimas», última casa
en la que serví antes de caer preso. Me contaba el padre Arango
que a San Martín los ratones le entendían y le hacían
caso, que él les hablaba y los alimentaba. Yo a veces me pregunto
si a él no le gustaban las ratas también. Nunca se lo
quise preguntar al padre porque no me atreví, no fuera a ser
que me castigara Dios. Ahí en la iglesia del Llano era bonito
porque había bastantes ratas. Había de casa y de monte.
Las de casa son las grisitas y las de monte son las cafecitas y con
la cola un poco más cutía. El padre Arango era bueno conmigo
pero lo maté porque dijo que me iba a ir al infierno por comer
ratas.
- Yo, como le repito, no me como más ratas de las necesarias.
El otro que estaba preso conmigo me tenía miedo, no por haber
matado, sino porque como ratas en vez de los frijoles todos duros, las
tortillas caladas y tiesas y esa agua de chingaste que dicen es café,
que dan aquí en la cárcel.
- Para aprender a agarrar las ratas tuve que practicar mucho. Me costó
mucho. Al principio pasaba muchas hambres y tenía que cazarlas
con trampa. Primero me dediqué a ver cómo hacían
los gatos, pero desgraciadamente no poseía la rapidez y el tamaño
de ellos. Las ratas son unos animalitos muy veloces, tienen mucha rapidez.
A mí me dan mucha lástima cuando les ponen veneno y peor
ahora con esos que han inventado para que las pobrecitas no se den cuenta
que las envenenaron. Una vez me vi muy mal, por poco me muero. Sin saberlo
estuve comiendo unas ratas que habían estado comiendo veneno.
En esos días me puse gravísimo, y lo peor de todo fue
que no podía ir donde el doctor, pues ni modo que le iba a decir
que había estado comiendo ratas envenenadas. A puras agüitas
me tuve que curar. Y lo peor del caso era que tenía que disimular
mi estado. Por las tardes salía a los alrededores del pueblo
a traer hojas de té de limón para que me fuera lavando
el estómago y la sangre. La cebada y la rosa de jamaica me servían
para la inflamación, pues tenía el hígado hecho
pedazos. En esos días sí que me vi en trapos de cucaracha;
por poquito y me voy para el otro potrero. Y lo peor es que tenía
que alimentarme. Por eso fue que me fui a otra casa...
- Ya no me recuerdo bien dónde fue que me pasó eso: si
en Palín o en Antigua.
- Dicen que las ratas comen de todo. Hasta gente. Que en los cementerios
se meten a las tumbas y que después de comerse la madera del
cajón se empiezan a comer al muerto. Que lo primero que se comen
son los ojos y que por ahí se van metiendo más adentro,
para el cerebro y para el estómago hasta llegar a los intestinos
y que después se siguen comiendo la carne hasta dejar el purisísimo
esqueleto y la ropa. Es una carrera contra el hambre: la de ellas y
la de los gusanos. Yo más bien creo que todas esas cosas las
dice la gente porque las ratas les caen mal. Yo, desde la vez del veneno
odio a la gente, todos me caen mal.
- Los primeros días de aprendizaje fueron duros. Mi táctica
consistía en entrar a un cuarto oscuro y lleno de cachivaches,
pues en todas las casas los hay, pero en las del pueblo, me tiraba al
suelo y me quedaba quieto, en silencio, casi no respiraba. Abría
la boca y en ella metía un pedazo de alguna comida. Así
me estaba un largo, larguísimo rato. Durante esos momentos tenía
que concentrarme lo más posible y pensar que las ratas tenían
que llegar. Así me estaba. Pensando, pensando-rezando: «Ratas
benditas, piadosas, clementes, vengan a mí, a mi vientre, fruto
bendito, que por tu preciosísima sangre yo vivo y viviré
para toda la eternidad, por el fin de los siglos amén».
Ni más ni menos. Era una oración inventada por mí
y que me daba un magnífico resultado. Después de repetir
infinidad de veces la oración llegaba la primer rata y se me
subía al cuerpo y empezaba a olisquear con su naricita fría.
Yo me sentía perfectamente bien sus bigotes y su suave pelo.
Me caminaba por las canillas, por el estómago y por el pecho.
- Daba pequeños mordiscos a los pelos. Eso no era siempre así,
pues a veces se me subían por la cabeza. Finalmente olían
lo que tenía entre la boca y se acercaban lentamente. Con precaución,
poco a poco, metían su cabecita entre el hoyo de la boca, y cuando
ya habían agarrado confianza /raz/raz daba la dentellada y la
atrapaba. Sentía correr la sangre tibia por los labios, dientes
y lengua. Sentía también cómo las pobrecitas trataban,
con movimientos instintivos, de zafarse con sus patitas y sus uñitas.
Algunas chillaban, casi todas, otras sólo forcejaban tratando
de zafarse de mis potentes mandíbulas. Algunas me arañaban
la cara pero pude evitar eso dejándome crecer la barba. Lograr
esa técnica me llevó mucho tiempo y paciencia, pero, quién
no va a tenerla tratándose de conseguir el sustento. El trabajo
era un poco dificil y hasta peligroso, pues tenía que subirme,
en ocasiones, a los tapancos, pero sobre todo tenía que cuidarme
de la gente, gente metida e impertinente que le gustaba andar averiguando
qué es lo que uno hace o no hace. Por eso es que yo odio a toda
la gente. Creo que sólo con otra persona igual a mí me
podría llevar.
- Lamento en realidad la muerte del recordado padre Arango, pues en
cierto modo él fue el que pagó todo el odio acumulado
durante años contra la gente, especialmente contra los patrones,
quienes eran los más cercanos a mí, y por lo tanto los
que más me vigilaban. El pobrecito ya estaba muy ancianito. Yo
más bien creo que le hice un favor ayudándolo a que dejara
este mundo.
- Partícipe de mi odio fue la Micaila. Yo así le decía,
pero se llamaba Micaela, Micaela Donis, creo, no me acuerdo bien. La
pobrecita se espantó de mis costumbres. La conocí en una
zarabanda de Escuintla o La Democracia, no estoy muy seguro. Lo único
que me acuerdo es que hacía mucho calor y que nuestros cuerpos
sudaban de tanto bailar y tomar. Esa misma noche me la llevé
a una pensión y no me lo va a creer, pero después de estar
con ella, es decir, de ocuparme, de hacer uso de ella para mis necesidades
de hombre -porque también las tengo-, quién lo iba a decir,
pero tuve que levantar a dishoras de la noche a comerme un mi ratoncito.
La Micaela ni se dio cuenta porque estaba cansada de bailar y tomar,
y por si fuera poco, todavía me atendió en sus compromisos
de mujer. Yo estaba igual y ya me iba a dormir cuando allá a
lo lejos oigo sobre el machimbre, la casi imperceptible pero inconfundible,
carrera de un ratoncito y /taz/ que se me olvidan hasta las curvas de
la Micaila y que dicho sea de paso, era buena la babosa para estar con
ella y así sin vestirme ni nada y medio bolo me levanté
a buscar al ratoncito, hasta que me lo encontré quietecito comiéndose
un periódico. Palabra usté que se me hacía agua
la boca.
- Yo empecé a vivir con la Micaila. Alquilábamos un cuarto
en Siquinalá, ella trabajaba y yo también.
- Ella no sabía de mis platillos favoritos. Por el día
de los Santos hace como unos ocho años, ¿o diez?, ya ni
me acuerdo, ella estaba preñada de mí y ya poco le faltaba
cuando una noche me agarra con las manos en la masa: ¡cabal! me
estaba comiendo un ratón. Ahí mismo me gritó, me
insultó y se puso a arrojar. Se pellizcaba la boca. se arañaba
la cara y se golpeaba la barriga a la vez que gritaba que no quería
tener un hijo que había sido hecho con los besos de una boca
que comía ratas vivas.
- Yo creo que si las ratas hubieran estado muertas otra cosa hubiera
sido.
- Esa misma noche se fue, yo no sé a donde, y me dijo que prefería
estar muerta.
- Yo no sé qué fue de ella. Después andaba la
bola de que se había ahogado y alguien dijo que no había
querido tener al muchachito. Esa fue una de mis primeras desgracias,
porque he tenido varias. El hecho de tener que trabajar no es lo que
propiamente se pueda decir una desgracia. Estar preso sí. Deber
varias vidas también. No tener mujer, ni hijos, ni tierra, ni
a nadie también. Lo de mujer se puede aliviar un poco yendo con
las rocoleras y pagándoles para pasar la noche con ellas, pero
no es lo mismo mi amigo.
- A un hombre como yo no le quedaba otra cosa, pues ya ve lo que me
pasó con la mujer que tuve. En cambio las putas no le están
preguntando a uno qué es lo que come.
- Yo, cuando me iba a quedar con alguna, llevaba un par de ratas ya
muertas entre la bolsa de la chumpa. /Viera cómo son de buenas
para alentarlo a uno en cosas de amor/.
- Ni modo, desde el lío con la Micaela es que me he vuelto cuidadoso
porque lo que sí no puedo es dejar de comerme mi porción
de ratas diarias.
- No tener mujer es como decir no tener hijos, porque para tener hijos
de puta, basta con los que hay.
- A veces uno piensa que es mejor no tenerlos, pero viera qué
feo se siente saber que uno se va de este mundo y no deja nada. En mi
caso sólo la mala fama y, para ajuste de cuentas ¡Ratero!
Lo de la tierra está más jodido, pues no tengo ni donde
me entierren. A mí sólo me pasará como les ha pasado
a muchos, que sólo aparecen en los caminos sin que se sepa por
qué, o tal vez en un barranco, o en un río o en el mar
o en el volcán de Pacaya, o en el mejor de los casos que me entierren
en la Verbena como XX. Total que a mí me ha perseguido la mala
potra.
- Fíjese, primero lo que me sucedió con la Micaila, segundo,
lo del padre Arango, aunque en realidad maté primero al padre,
como a los años fue que me junté con la Micaela. Después
que estuve preso por un lío en una cantina en la que mataron
a una muchacha, pero la verdad es que yo no la maté, palabra.
Que por mi culpa la mataron, es aparte, pero no fue porque yo quisiera.
La noche de un viernes yo estaba con ella y en otra mesa estaba un polícia
de la militar ambulante, y como ella lo despreciaba en su borrachera
de celos y de guaro le metió varios plomazos cuando ella se levantó
a marcar «Cabaretera».
- Mientras se averiguaba, yo estuve pre ... sidente.
- Entre veces yo me recuerdo de la Micaela...
- Había una canción que le cantaba. Era una canción
que le oí a unos estudiantes que estaban chupando, en Palín
o en Amatitlán, no me acuerdo bien: la canción dice así
(se la voy a cantar).
- Por este calvo ay ay ay
- lloraba la Micaila ay ay ay
- por este calvo ay ay ay
- lloraba la Micaila ay ay ay
-
- Cuando le puse
- la mano en la frente
- dijo la Micaila
- este sí esta caliente
- Aquí se repite la primera estrofa, que debe ser cantada
con sentimiento, porque si no no funcia, no surte efecto en las damas.
-
- Después seguía cantando el tipo, un grandulón
y cachetón, que tenía buena voz y era bueno para el trago:
- Cuando le puse
- la mano en el pecho
- dijo la Micaila
- éste sí va derecho
- El estilo es ranchero, y usté ha de saber lo que es cantar
rancheras en las cantinas: pues los muchachos le ponen sentimiento.
- Los otros estudiantes formaban el coro, pero habían unos que
sí le atinaban, en cambio otros, los más zocados, ya no
muy las polainas, mientras el cachetón seguía, acompañado
de la guitarra:
- Cuando le puse
- la mano en el ombligo
- dijo la Micaila
- esto si va conmigo
- Y para rematar la canción, con la atención de los que
estaban allí echando tragos, cantaba el cachetón:
- Cuando le puse la
- mano en la tortuga
- dijo la Micaila
- tu ti cu tu taco
-
- Por este calvo ay ay ay
- lloraba la Micaila ay ay ay
- por este calvo ay ay ay
- lloraba la Micaila ay ay ay
- Pero cuando cantaban esta parte, unos se doblaban de la risa, las
mujeres se emocionaban y aplaudían, unos gritaban y a otros más
bien les caía mal. A mí me hacia gracia y me aprendí
la canción, pues de una o de otra manera me recordaba a la Micaela.
- Cuando me recuerdo de la canción no puedo evitar recordarme
de ella y de la cría que iba a tener. Diz que mío, pues
de lo contrario aquella noche no se hubiera arañado la cara y
pellizcado la boca, aunque también lo pudo haber hecho por irse
con algún hijoeputa, no sé.
- Después me junté con la María Antonia. Toña
le decía yo. Parecía gata la cabrona, pero no porque tuviera
los ojos zarcos, o porque tuviera nueve vidas o por pelionera o por
todas esas cosas que hacen los gatos, pues ni comía ratas.
- Parecía gata porque le gustaba que uno se le estuviera encaramando
a cada rato, era insaciable. La dejé porque me imaginaba que
me quemaba el rancho y además porque le gustaba hacer y que le
hicieran cochinadas en la cama. Y yo sí que no puedo ser de esos,
pues soy delicado. Pobre porque a saber qué fin tuvo. Dicen que
estuvo de puta en el «Cony» o en un bar de Mazate, no sé.
Ahí por lo menos encontró una forma fácil de satisfacer
sus ganas. Yo no le guardo rencor, aunque sí asco. Cuando estuve
en la capital, en uno de los pocos viajes que hice, me dijo una mujer
que por qué me dejaba crecer las uñas tanto, y yo le dije
«para cazarte mejor», porque en realidad no le iba a decir
que me servían para poder descuartizar mejor a los ratones, pues
aunque usté no lo crea, las uñas son necesarias para llevar
ese tipo de alimentación. Aquí donde me mira, sequito,
pero ágil. En la oscuridad puedo ver y al caminar no hago ruido.
Si yo quiero, claro. La nariz la tengo buena para los olores.
- Lo que usté esta pensando es correcto, ni más ni menos:
puro gato. El bigote me lo dejo porque me luce, no porque me sirva,
como la barba, en aquellos primeros días. Ahora, si me quiero
comer una rata lo único que tengo que hacer es buscarla y cuando
la he localizado ¡raz! el manotazo y, ¡ya!, a la boca, vivita
y coleando.
- Al padre Arango lo maté porque quería hacer que dejara
de comer mis ratías. Me decía con voz lenta pero autoritaria:
«Esos animales los hizo Dios así de repugnantes, no por
error sino porque sirven para ayudar a que las almas se vayan al cielo
y no al infierno, pues esos son unos de los tantos animales que hay
allá». 0 si no me decía: «Las ratas son lo
contrario a las palomas, pues estas son blancas, son puras, mientras
que las ratas son grises, impuras, de color de la ceniza de las brasas
del infierno. Las ratas blancas no existen, son agentes diabólicos
que ha soltado Satanás para que caigamos en el pecado. Lo mismo
que las palomas grises, no existen tampoco, son ratas disfrazadas de
palomas que sólo sirven para que los incrédulos vayan
a parar al infierno. Las palomas moran en el cielo. Y si no, ¿por
qué crees hijito que Dios escogió este animalito para
venir al mundo?». Y así, varias tonterias que me irritaban.
¿Qué daño les hacía comiéndome a
las ratas? Yo más creo que les hacía un bien, si es que
es cierto lo que dice el padre de las ratas, el infierno y Satanás.
Por eso es que empecé a planear cómo matarlo sin que se
dieran cuenta las demás gentes.
- Como le repito, yo empecé a desear la muerte del padre Arango.
Primero fue un deseo, después una necesidad y por último,
una exigencia que me venía desde muy hondo, desde el alma. Fue
así como empecé a pedir, con toda mi alma al único
santo de mi devoción, San Martín, que me ayudara. Yo sabía
de antemano que no lo podría matar sólo así, pues
la gente lo quería mucho. Decidí obligarlo a que abandonara
el Llano de Ánimas, para asesinarlo en el camino, pues es un
lugar poco transitado en los días que no son de mercado, días
en que la gente baja de Amatitlán, a vender y comprar. Todas
las noches me subía al tapanco de la sacristía que era
donde él dormía, y le hacía escuchar los chillidos
de las ratas y los ratoncitos. De las ratas al ver cómo me comía
a sus ratoncitos y de ellos al comérmelos poco a poco. El pobre
padre sufría terriblemente pues él se lo atribuía
al demonio. Decía que el Diablo lo estaba tentando. El pobre
viejo se levantaba a dishoras de la noche a rezar y a mortificarse para
obtener templanza. Después le dio por tomar agua bendita. Como
yo seguía con el suplicio, empezó a dormir con la sotana,
el rosario, el escapulario y la magnífica. Después dormía
con todos los chunches que se ponen para decir la misa. Pobre. Pobrecito,
lo hubiera visto. El pobre se fue poniendo más viejito de lo
que era, pero a nadie le dijo nunca una palabra de lo que le estaba
sucediendo, ni a mí. Se empezó a volver desconfiado en
extremo, no se fiaba ni de su sombra, pero eso sí, lo disimulaba
bien. Al extremo que la gente decía que se estaba volviendo más
santo pues cada día era más bondadoso y más paciente.
- Por fin, un día, sin decirle nada a nadie, después
de estar atormentándolo durante la noche, agarró un tecomate,
lo llenó de agua bendita, y salió para Amatitlán.
Agarré el machete y me fui tras él. Al llegar a la vuelta
del Matagusanos, ahí por donde don Narcis, lo atalayé.
Venía solito, mascullando oraciones.
- Cuando me vio parado en medio del camino con unos costales y el machete
en la mano, ha de haber pensado que se trataba del mismísimo
diablo. Yo le vi bien la cara, el pobre levantaba su crucifijo y me
ordenaba que me retirara a mis infiernos. Destapó el tecomate
y lo levantó para echarme agua bendita. Yo levanté el
machete y lo dejé caer con fuerza. El machete lo había
afilado la víspera. Algo tronó en forma sorda y el machete
se trabó un poco, yo no sé si fue en el tecomate o en
la cabeza. Yo sólo oí que rezaba. No se quejó,
no gritó. Sólo rezó en silencio. El brazo me dolía
un poco y lo tenía salpicado de sangre. Metí al difunto
entre los costales y me lo llevé a la orilla del lago. Cómo
pesaba el condenado y eso que era flaquito, pero no es el cuerpo el
que pesa sino la muerte. Ya en la orilla de la quebrada lo vi por última
vez: en sus labios aún quedaban restos de oraciones inútiles,
sus ojos reflejaban bondad, tal vez tenía razón la gente,
y hubiera dicho que eran bonitos pero la fea cortada que tenía
por las cejas lo hacía verse feo. Le abrí el estómago
en cruz y le eche cal. La carne estaba viva, todavía se movía.
Puse unas piedras entre el costal, lo amarré y dejé caer
el bulto. Más tarde regresé a tirar el machete pues no
quería conservarlo, además estaba mellado. Yo digo que
estaba así porque los huesos del padre eran duros. El padre ya
era viejo, en cambio yo soy joven. El ha de estar en el cielo, en cambio
yo me iré al infierno. Al final de cuentas le hice un favor.
- Me fui a la iglesia y me dormí profundamente pues me sentía
cansado. Como al mes de que el padre no aparecía se empezó
a correr la bola de que había muerto; otros decían que
se había ido al cielo en cuerpo y alma. A los pocos días
llegó otro padre a decirle una misa y unas señoras piadosas
le rezaron los nueve días. A mí me dio tanta lástima
que se me salieron las lágrimas.
- Pero eso no es mucho pasarle a uno. Lo que sí es desgracia
es cuando uno cree que ha encontrado la felicidad y ¡raz! que
se la arrebatan. Ni más ni menos eso fue lo que me pasó.
Por eso creo que soy así, pues en la sangre nunca he llevado
la maldad. Como le contaba, mis padres no me enseñaron nada.
Así. Nada: ni bueno ni malo. A mí la vida fue la que me
hizo malo. La mala suerte. La malapotra.
- Cuando conocí a Victoria algo me avisaba que iba a ser feliz,
pero no por mucho tiempo. Usté sabe, las corazonadas. Así
como las tenía usté. Ella era empleada de unos viejos
de pisto. Me decía que la trataban bien. Era chula la condenada,
pero no era eso lo mejor que tenía: tenía buenas nalgas,
anchas y macizas, buenas tetas y todo lo que una mujer desea tener.
Yo la fastidiaba con eso de estarle preguntando por el patrón:
que si el patrón aquí, que si el patrón allá.
Ella me decía que era honrada, que cómo iba yo a pensar
eso y que además no tenía la categoría del patrón.
Yo al principio la celaba, los espiaba a los dos, a ella y al viejo
y pensaba: «Si me falla, les doy agua a los dos». Pero resulta
que me salió buena y honrada. Pero lo mejor que tenía,
y por eso me junté con ella, es que también comía
ratas.
- Cuando estuve viviendo con ella no chupé ni fui a las cantinas
con las mujeres. Fueron tres o cuatro años de eso, yo creía
que por fin estaría tranquilo y feliz. Lo que me preocupaba un
poco era la idea de los hijos, pues no se miraba claro con ella. Varias
noches la oí llorar en silencio. Un día le pregunté
el motivo de su infelicidad y me dijo que no me había podido
dar un hijo. Yo le dije que no se preocupara, que haríamos todo
lo posible, pero yo en el fondo también sentí una cosa
fea que nunca he sentido. Su felicidad regresó, yo lo sabía
pues cantaba:
- Mish, mish,
- mishito mío
- caza ratones
- por los rincones
- Y yo le contestaba:
- Yo quisiera
- ser mishito
- para entrar
- por la ventana
- y cazarme a la niña
- a la niña más galana
Pero resulta usté que, mire, todos los días, noche y
día, le dábamos y nada. La pobre se fue chupando poco a
poco y se empezó a poner vieja. Me decía que quería
darme un hijo, que me acostara con ella pero, cómo me iba a acostar
con una mujer que siendo joven ya estaba vieja. Por fin la pobrecita murió.
Murió llorando. Yo le fui fiel siempre. El día que murió
la fui a enterrar. Al regreso creo que empezó a terminar mi desgracia:
me metí a la primera cantina que se me atravesó. Anduve
chupando no sé ni cuántos días, bebe y bebe, pues
me repetía: «Bebe bebe que la vida es breve». Eso me
sucedió pocos días antes de venir a parar aquí, a
ver la luz a cuadros. Después de estar una semana aquí con
usté, empecé a sentir una necesidad extraña que me
obligaba a contarle todo lo que me había pasado. Ahora que lo he
hecho, me siento mejor.
Yo siempre fui evitado de meterme a la pendencia. No tengo amigos ni
enemigos, hablo poco y no me gusta estar mucho tiempo en el mismo lugar,
eso para evitar, para evitar toda clase de problemas y como a mí
me sigue la mala suerte, mejor «Machete estate en tu vaina».
Una noche, después de que había muerto mi mujer y unos
días antes de venir aquí, estaba tomando, cuando oí
a unos tipos que ni los conocía, hablando de ella. Hablaban de
sus cualidades de hembra, hablaban de su belleza, estaban bastante tomados,
eran dos, yo estaba tomado también, la rocola tocaba «El
abandonado», o «Cartas Marcadas», no me recuerdo bien,
yo me toqué el machete en la cintura, uno le contaba al otro que
él se la había agarrado antes que él y que era muy
buena pero que la había agarrado más patoja, que le gustaba,
que no cobraba, el guaro me daba vueltas, sus piernas las sentía
alrededor de mi cintura, su boca me embriagaba, su aliento me quemaba,
ellos contaban sus hombrías, era cierto: tenía buenas nalgas,
le gustaba, no cobraba, ellos la habían conocido antes que yo,
a mí me constaba que me había sido fiel, ella no me había
fallado, el machete me lastimaba la cintura, tenía ganas de sacarlo,
sabía que no debía hacerlo, apuré de un trago el
resto del octavo y me dispuse a huir de mi destino, no quería que
la malapotra me alcanzara, me paré y me encaminé a la puerta,
cerré los ojos para no verlos, pero ¡ay amigo!, no cerré
los oídos, no cerré el paso de la sangre. Al estar casi
en la puerta uno de ellos dijo: «ése es, el muy macho nunca
supo lo que su mujer había sido» (mish, mish, mishito mío)
el machete me dolió más que nunca, sentí los pies
pesados como adobes, la mano se me acalambró pero di otro paso
para huir y otra vez la voz: «y todo por hueco, si no podía
había que hacerle el favor» (acuéstate conmigo quiero
darte un hijo, un hijo de mis entrañas y de las tuyas). La cabeza
me dio vueltas, la luz de la cantina me cegó, todo el guaro que
me había estado tomando después de la muerte de la única
mujerque me había hecho feliz se me fue a la cabeza, el machete
se me puso solito en la mano, vi dos sombras que se pararon y se me cruzaron
enfrente, alguien ordenó que apagaran la luz, esa fue su perdición,
vi claramente cómo uno se fue por la derecha y el otro por la izquierda,
uno era zurdo y el otro era derecho, uno se tiró el sombrero mientras
que el otro se sacó un calabozo de la cintura, el machete me quiso
alumbrar la cara con una lámpara de mano cuando sólo oí
el chicotazo de mi brazo y la pirueta de la mano que se quiso agarrar
del techo de la cantina, otro chicotazo, otros, rápido, la luz
de la calle apenas llegaba, las sombras parecían como los bailes
de los moros de «Las Trojes», la mano ya no me temblaba, la
sangre me corría espesa y rápido, la cabeza la sentía
bien, el trago me daba calorcito, el del calabozo me tiró dos trabones,
buenos, pero me los zafé bien. En el segundo me le fui para adelante
y le tiré cruzado. Cuando él metió la mano buscando
la panza, lo alcanzó el tiro cruzado que yo había empezado
a hacer momentos antes. Lo demás fue fácil, las canillas
se le aguadaron y no pudo dar la vuelta rápido, yo sí, mi
látigo-brazo también, mi mano segura también, mi
machete también, encontrando la nuca algo caída en un intento
por salir de la rueda del chicotazo, la noche del padre Aranco pasó
corriendo por las calles, ahí quedaron los dos, partidos como cantiles
en mueca borracha, yo me fui por el río, no me acuerdo bien pero
creo que llovía, no sé, lo cierto es que la cara me perleaba.
Anduve huido como tres días. A los policías no les quise
hacer alto, pues hubiera tenido que matarlos y hubiera podido, pero, créame,
palabra de hombre, yo no soy malo.
Ahora lo que sí no sé es qué voy a hacer cuando
yo les cuente que usté se ahorcó por mi culpa, pues ellos
no me van a creer.
Esa es la verdad, yo sentía necesidad de que alguien supiera
mis desgracias, pues al contarlas uno siente que ya se ha quitado un peso
de encima.
Cuando yo le conté mi vida al hombre que estaba conmigo en la
bartolina, me escuchaba con atención, pero como eso llevó
varios días fue lo que no aguantó.
La primera noche que pasamos juntos, cuando despertó a dishoras
de la noche y me oyó comiendo, me dijo: «regálame
amigo» y yo con gusto le extendí el pedazo de rata. Así
empezaron a transcurrir algunas noches, hasta que al fin él me
preguntó, pues nunca lo había hecho, que de donde sacaba
carne fresca. Todavía me hizo la broma de que yo tenía conectes
con el jefe de la policía, pero cuando le dije la verdad empezó
a vomitar. Al otro día no le paraba la arrojadera.
Ayer, cuando desperté estaba colgado de los barrotes de la puerta.
Con el pantalón hizo un ahorcador y se ahorcó.
Pobrecito, a mí me dio lástima, pues me daba no sé
qué cosa oírlo cómo arrojaba, -¡después
de haber comido él también! cuando oía el chillido
de las ratas al estarlas desgonzando para comerlas. Pobre, porque tuvo
la paciencia de oír mi historia.
Ahora sólo me faltaría que usté también
se quisiera ahorcar sólo porque le da asco hablar con el Ratero.
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