EL RATERO

Y0 comencé a comer ratas desde que me acuerdo. Creo, no estoy muy seguro. No voy a decir que lo hacía porque mis padres me enseñaran. No. Sería un mal muchacho, pues a los que fueron mis padres nunca los conocí. No sé tampoco en donde nací, así es que no les puedo atribuir nada, ni bueno ni malo. Las ratas tienen un sabor bueno. Las prefiero sobre otros alimentos, como por ejemplo: prefiero comer una rata a una naranja, es más jugosa, como también prefiero una rata a un guapote o una mojarra.
Una de las razones por las que no duraba en las casas donde me empleaba -tenía que ganar la comida- era porque los gatos huían de mí como que si vieran al mismísimo diablo de los gatos y porque las ratas desaparecían como por arte de magia. La gente odia a las ratas pero cuando desaparecen empiezan a amarlas y a extrañarlas.
Yo nunca me como ni una rata más de las que necesito. No tengo un número fijo de ratas para comer, así como tampoco una hora, pero de preferencia me gusta comer de noche y a solas. Yo creo que en parte se debe a que en esas horas ellas saben que las necesito y por eso salen.
Otra de mis preferencias, creo más bien que se trata de mañas, heredadas de a saber quien, es la de comer ratas hembras. Mejor si están cargadas, pues los ratoncitos son bien suavecitos. Yo procuro que cuando estoy comiendo ninguno me mire, pues es feo que lo miren a uno comer, no me gusta. Y peor si le quieren pedir. Ni modo, la gente así es de rara.
La comida que me daban los patrones hacía como que la comía, pero en lo que se descuidaban me la metía entre las bolsas de los pantalones y me la llevaba para el cuarto, el último, donde dormía y se la daba a mis amigas las ratas. Por lo general no se daban cuenta cuando me metía la comida a las bolsas, pues yo como aparte, lejos de los patrones.
Los chuchos llegaban por donde yo estaba comiendo, mejor dicho, haciendo como que comía, pero ni modo que les iba a dar a ellos la comida que buena falta les hacía a mis alimentadoras. Además me dan un poco de miedo. Ni modo que voy a comer chucho, aunque sé que hay gente que lo hace, pero es su gusto.
Cuando en las casas se empiezan a acabar las ratas me tengo que ir a otra casa y así, de casa en casa, de pueblo en pueblo. Como no tengo hermanas ni hermanos, papás ni quien por mí, ni siquiera lugar donde nací, menos en donde morir, no me importa nada. Como no tengo a nadie -¿ya lo dije o no?, ¿no?, bueno, por si al caso- no me importa nada, no tengo a nadie ni nada. Lo único que tengo son mis mudadas y mi cuadro de San Martín de Porres, pues él me ayuda a que no me falten mis ratas, y las mudadas porque me gusta andar bien limpio, y bien mudado. Me gusta el aseo.
Me he andado muchos pueblos de Guatemala, principalmente los de la costa sur y le he de decir que el sabor de las ratas varía de un pueblo a otro. Claro que no es la gran cosa, pero sí hay diferencia entre carnes de costa y de tierra fría. 0 entre animales de sangre caliente y de sangre fría.
De mi estancia en una iglesia es que me viene la devoción por el santo de por ahí del Perú, según me dijo el cura del «Llano de Ánimas», última casa en la que serví antes de caer preso. Me contaba el padre Arango que a San Martín los ratones le entendían y le hacían caso, que él les hablaba y los alimentaba. Yo a veces me pregunto si a él no le gustaban las ratas también. Nunca se lo quise preguntar al padre porque no me atreví, no fuera a ser que me castigara Dios. Ahí en la iglesia del Llano era bonito porque había bastantes ratas. Había de casa y de monte. Las de casa son las grisitas y las de monte son las cafecitas y con la cola un poco más cutía. El padre Arango era bueno conmigo pero lo maté porque dijo que me iba a ir al infierno por comer ratas.
Yo, como le repito, no me como más ratas de las necesarias. El otro que estaba preso conmigo me tenía miedo, no por haber matado, sino porque como ratas en vez de los frijoles todos duros, las tortillas caladas y tiesas y esa agua de chingaste que dicen es café, que dan aquí en la cárcel.
Para aprender a agarrar las ratas tuve que practicar mucho. Me costó mucho. Al principio pasaba muchas hambres y tenía que cazarlas con trampa. Primero me dediqué a ver cómo hacían los gatos, pero desgraciadamente no poseía la rapidez y el tamaño de ellos. Las ratas son unos animalitos muy veloces, tienen mucha rapidez. A mí me dan mucha lástima cuando les ponen veneno y peor ahora con esos que han inventado para que las pobrecitas no se den cuenta que las envenenaron. Una vez me vi muy mal, por poco me muero. Sin saberlo estuve comiendo unas ratas que habían estado comiendo veneno. En esos días me puse gravísimo, y lo peor de todo fue que no podía ir donde el doctor, pues ni modo que le iba a decir que había estado comiendo ratas envenenadas. A puras agüitas me tuve que curar. Y lo peor del caso era que tenía que disimular mi estado. Por las tardes salía a los alrededores del pueblo a traer hojas de té de limón para que me fuera lavando el estómago y la sangre. La cebada y la rosa de jamaica me servían para la inflamación, pues tenía el hígado hecho pedazos. En esos días sí que me vi en trapos de cucaracha; por poquito y me voy para el otro potrero. Y lo peor es que tenía que alimentarme. Por eso fue que me fui a otra casa...
Ya no me recuerdo bien dónde fue que me pasó eso: si en Palín o en Antigua.
Dicen que las ratas comen de todo. Hasta gente. Que en los cementerios se meten a las tumbas y que después de comerse la madera del cajón se empiezan a comer al muerto. Que lo primero que se comen son los ojos y que por ahí se van metiendo más adentro, para el cerebro y para el estómago hasta llegar a los intestinos y que después se siguen comiendo la carne hasta dejar el purisísimo esqueleto y la ropa. Es una carrera contra el hambre: la de ellas y la de los gusanos. Yo más bien creo que todas esas cosas las dice la gente porque las ratas les caen mal. Yo, desde la vez del veneno odio a la gente, todos me caen mal.
Los primeros días de aprendizaje fueron duros. Mi táctica consistía en entrar a un cuarto oscuro y lleno de cachivaches, pues en todas las casas los hay, pero en las del pueblo, me tiraba al suelo y me quedaba quieto, en silencio, casi no respiraba. Abría la boca y en ella metía un pedazo de alguna comida. Así me estaba un largo, larguísimo rato. Durante esos momentos tenía que concentrarme lo más posible y pensar que las ratas tenían que llegar. Así me estaba. Pensando, pensando-rezando: «Ratas benditas, piadosas, clementes, vengan a mí, a mi vientre, fruto bendito, que por tu preciosísima sangre yo vivo y viviré para toda la eternidad, por el fin de los siglos amén». Ni más ni menos. Era una oración inventada por mí y que me daba un magnífico resultado. Después de repetir infinidad de veces la oración llegaba la primer rata y se me subía al cuerpo y empezaba a olisquear con su naricita fría. Yo me sentía perfectamente bien sus bigotes y su suave pelo. Me caminaba por las canillas, por el estómago y por el pecho.
Daba pequeños mordiscos a los pelos. Eso no era siempre así, pues a veces se me subían por la cabeza. Finalmente olían lo que tenía entre la boca y se acercaban lentamente. Con precaución, poco a poco, metían su cabecita entre el hoyo de la boca, y cuando ya habían agarrado confianza /raz/raz daba la dentellada y la atrapaba. Sentía correr la sangre tibia por los labios, dientes y lengua. Sentía también cómo las pobrecitas trataban, con movimientos instintivos, de zafarse con sus patitas y sus uñitas. Algunas chillaban, casi todas, otras sólo forcejaban tratando de zafarse de mis potentes mandíbulas. Algunas me arañaban la cara pero pude evitar eso dejándome crecer la barba. Lograr esa técnica me llevó mucho tiempo y paciencia, pero, quién no va a tenerla tratándose de conseguir el sustento. El trabajo era un poco dificil y hasta peligroso, pues tenía que subirme, en ocasiones, a los tapancos, pero sobre todo tenía que cuidarme de la gente, gente metida e impertinente que le gustaba andar averiguando qué es lo que uno hace o no hace. Por eso es que yo odio a toda la gente. Creo que sólo con otra persona igual a mí me podría llevar.
Lamento en realidad la muerte del recordado padre Arango, pues en cierto modo él fue el que pagó todo el odio acumulado durante años contra la gente, especialmente contra los patrones, quienes eran los más cercanos a mí, y por lo tanto los que más me vigilaban. El pobrecito ya estaba muy ancianito. Yo más bien creo que le hice un favor ayudándolo a que dejara este mundo.
Partícipe de mi odio fue la Micaila. Yo así le decía, pero se llamaba Micaela, Micaela Donis, creo, no me acuerdo bien. La pobrecita se espantó de mis costumbres. La conocí en una zarabanda de Escuintla o La Democracia, no estoy muy seguro. Lo único que me acuerdo es que hacía mucho calor y que nuestros cuerpos sudaban de tanto bailar y tomar. Esa misma noche me la llevé a una pensión y no me lo va a creer, pero después de estar con ella, es decir, de ocuparme, de hacer uso de ella para mis necesidades de hombre -porque también las tengo-, quién lo iba a decir, pero tuve que levantar a dishoras de la noche a comerme un mi ratoncito. La Micaela ni se dio cuenta porque estaba cansada de bailar y tomar, y por si fuera poco, todavía me atendió en sus compromisos de mujer. Yo estaba igual y ya me iba a dormir cuando allá a lo lejos oigo sobre el machimbre, la casi imperceptible pero inconfundible, carrera de un ratoncito y /taz/ que se me olvidan hasta las curvas de la Micaila y que dicho sea de paso, era buena la babosa para estar con ella y así sin vestirme ni nada y medio bolo me levanté a buscar al ratoncito, hasta que me lo encontré quietecito comiéndose un periódico. Palabra usté que se me hacía agua la boca.
Yo empecé a vivir con la Micaila. Alquilábamos un cuarto en Siquinalá, ella trabajaba y yo también.
Ella no sabía de mis platillos favoritos. Por el día de los Santos hace como unos ocho años, ¿o diez?, ya ni me acuerdo, ella estaba preñada de mí y ya poco le faltaba cuando una noche me agarra con las manos en la masa: ¡cabal! me estaba comiendo un ratón. Ahí mismo me gritó, me insultó y se puso a arrojar. Se pellizcaba la boca. se arañaba la cara y se golpeaba la barriga a la vez que gritaba que no quería tener un hijo que había sido hecho con los besos de una boca que comía ratas vivas.
Yo creo que si las ratas hubieran estado muertas otra cosa hubiera sido.
Esa misma noche se fue, yo no sé a donde, y me dijo que prefería estar muerta.
Yo no sé qué fue de ella. Después andaba la bola de que se había ahogado y alguien dijo que no había querido tener al muchachito. Esa fue una de mis primeras desgracias, porque he tenido varias. El hecho de tener que trabajar no es lo que propiamente se pueda decir una desgracia. Estar preso sí. Deber varias vidas también. No tener mujer, ni hijos, ni tierra, ni a nadie también. Lo de mujer se puede aliviar un poco yendo con las rocoleras y pagándoles para pasar la noche con ellas, pero no es lo mismo mi amigo.
A un hombre como yo no le quedaba otra cosa, pues ya ve lo que me pasó con la mujer que tuve. En cambio las putas no le están preguntando a uno qué es lo que come.
Yo, cuando me iba a quedar con alguna, llevaba un par de ratas ya muertas entre la bolsa de la chumpa. /Viera cómo son de buenas para alentarlo a uno en cosas de amor/.
Ni modo, desde el lío con la Micaela es que me he vuelto cuidadoso porque lo que sí no puedo es dejar de comerme mi porción de ratas diarias.
No tener mujer es como decir no tener hijos, porque para tener hijos de puta, basta con los que hay.
A veces uno piensa que es mejor no tenerlos, pero viera qué feo se siente saber que uno se va de este mundo y no deja nada. En mi caso sólo la mala fama y, para ajuste de cuentas ¡Ratero! Lo de la tierra está más jodido, pues no tengo ni donde me entierren. A mí sólo me pasará como les ha pasado a muchos, que sólo aparecen en los caminos sin que se sepa por qué, o tal vez en un barranco, o en un río o en el mar o en el volcán de Pacaya, o en el mejor de los casos que me entierren en la Verbena como XX. Total que a mí me ha perseguido la mala potra.
Fíjese, primero lo que me sucedió con la Micaila, segundo, lo del padre Arango, aunque en realidad maté primero al padre, como a los años fue que me junté con la Micaela. Después que estuve preso por un lío en una cantina en la que mataron a una muchacha, pero la verdad es que yo no la maté, palabra. Que por mi culpa la mataron, es aparte, pero no fue porque yo quisiera. La noche de un viernes yo estaba con ella y en otra mesa estaba un polícia de la militar ambulante, y como ella lo despreciaba en su borrachera de celos y de guaro le metió varios plomazos cuando ella se levantó a marcar «Cabaretera».
Mientras se averiguaba, yo estuve pre ... sidente.
Entre veces yo me recuerdo de la Micaela...
Había una canción que le cantaba. Era una canción que le oí a unos estudiantes que estaban chupando, en Palín o en Amatitlán, no me acuerdo bien: la canción dice así (se la voy a cantar).
Por este calvo ay ay ay
lloraba la Micaila ay ay ay
por este calvo ay ay ay
lloraba la Micaila ay ay ay
Cuando le puse
la mano en la frente
dijo la Micaila
este sí esta caliente
Aquí se repite la primera estrofa, que debe ser cantada con sentimiento, porque si no no funcia, no surte efecto en las damas.
Después seguía cantando el tipo, un grandulón y cachetón, que tenía buena voz y era bueno para el trago:
Cuando le puse
la mano en el pecho
dijo la Micaila
éste sí va derecho
El estilo es ranchero, y usté ha de saber lo que es cantar rancheras en las cantinas: pues los muchachos le ponen sentimiento.
Los otros estudiantes formaban el coro, pero habían unos que sí le atinaban, en cambio otros, los más zocados, ya no muy las polainas, mientras el cachetón seguía, acompañado de la guitarra:
Cuando le puse
la mano en el ombligo
dijo la Micaila
esto si va conmigo
Y para rematar la canción, con la atención de los que estaban allí echando tragos, cantaba el cachetón:
Cuando le puse la
mano en la tortuga
dijo la Micaila
tu ti cu tu taco
Por este calvo ay ay ay
lloraba la Micaila ay ay ay
por este calvo ay ay ay
lloraba la Micaila ay ay ay
Pero cuando cantaban esta parte, unos se doblaban de la risa, las mujeres se emocionaban y aplaudían, unos gritaban y a otros más bien les caía mal. A mí me hacia gracia y me aprendí la canción, pues de una o de otra manera me recordaba a la Micaela.
Cuando me recuerdo de la canción no puedo evitar recordarme de ella y de la cría que iba a tener. Diz que mío, pues de lo contrario aquella noche no se hubiera arañado la cara y pellizcado la boca, aunque también lo pudo haber hecho por irse con algún hijoeputa, no sé.
Después me junté con la María Antonia. Toña le decía yo. Parecía gata la cabrona, pero no porque tuviera los ojos zarcos, o porque tuviera nueve vidas o por pelionera o por todas esas cosas que hacen los gatos, pues ni comía ratas.
Parecía gata porque le gustaba que uno se le estuviera encaramando a cada rato, era insaciable. La dejé porque me imaginaba que me quemaba el rancho y además porque le gustaba hacer y que le hicieran cochinadas en la cama. Y yo sí que no puedo ser de esos, pues soy delicado. Pobre porque a saber qué fin tuvo. Dicen que estuvo de puta en el «Cony» o en un bar de Mazate, no sé. Ahí por lo menos encontró una forma fácil de satisfacer sus ganas. Yo no le guardo rencor, aunque sí asco. Cuando estuve en la capital, en uno de los pocos viajes que hice, me dijo una mujer que por qué me dejaba crecer las uñas tanto, y yo le dije «para cazarte mejor», porque en realidad no le iba a decir que me servían para poder descuartizar mejor a los ratones, pues aunque usté no lo crea, las uñas son necesarias para llevar ese tipo de alimentación. Aquí donde me mira, sequito, pero ágil. En la oscuridad puedo ver y al caminar no hago ruido. Si yo quiero, claro. La nariz la tengo buena para los olores.
Lo que usté esta pensando es correcto, ni más ni menos: puro gato. El bigote me lo dejo porque me luce, no porque me sirva, como la barba, en aquellos primeros días. Ahora, si me quiero comer una rata lo único que tengo que hacer es buscarla y cuando la he localizado ¡raz! el manotazo y, ¡ya!, a la boca, vivita y coleando.
Al padre Arango lo maté porque quería hacer que dejara de comer mis ratías. Me decía con voz lenta pero autoritaria: «Esos animales los hizo Dios así de repugnantes, no por error sino porque sirven para ayudar a que las almas se vayan al cielo y no al infierno, pues esos son unos de los tantos animales que hay allá». 0 si no me decía: «Las ratas son lo contrario a las palomas, pues estas son blancas, son puras, mientras que las ratas son grises, impuras, de color de la ceniza de las brasas del infierno. Las ratas blancas no existen, son agentes diabólicos que ha soltado Satanás para que caigamos en el pecado. Lo mismo que las palomas grises, no existen tampoco, son ratas disfrazadas de palomas que sólo sirven para que los incrédulos vayan a parar al infierno. Las palomas moran en el cielo. Y si no, ¿por qué crees hijito que Dios escogió este animalito para venir al mundo?». Y así, varias tonterias que me irritaban. ¿Qué daño les hacía comiéndome a las ratas? Yo más creo que les hacía un bien, si es que es cierto lo que dice el padre de las ratas, el infierno y Satanás. Por eso es que empecé a planear cómo matarlo sin que se dieran cuenta las demás gentes.
Como le repito, yo empecé a desear la muerte del padre Arango. Primero fue un deseo, después una necesidad y por último, una exigencia que me venía desde muy hondo, desde el alma. Fue así como empecé a pedir, con toda mi alma al único santo de mi devoción, San Martín, que me ayudara. Yo sabía de antemano que no lo podría matar sólo así, pues la gente lo quería mucho. Decidí obligarlo a que abandonara el Llano de Ánimas, para asesinarlo en el camino, pues es un lugar poco transitado en los días que no son de mercado, días en que la gente baja de Amatitlán, a vender y comprar. Todas las noches me subía al tapanco de la sacristía que era donde él dormía, y le hacía escuchar los chillidos de las ratas y los ratoncitos. De las ratas al ver cómo me comía a sus ratoncitos y de ellos al comérmelos poco a poco. El pobre padre sufría terriblemente pues él se lo atribuía al demonio. Decía que el Diablo lo estaba tentando. El pobre viejo se levantaba a dishoras de la noche a rezar y a mortificarse para obtener templanza. Después le dio por tomar agua bendita. Como yo seguía con el suplicio, empezó a dormir con la sotana, el rosario, el escapulario y la magnífica. Después dormía con todos los chunches que se ponen para decir la misa. Pobre. Pobrecito, lo hubiera visto. El pobre se fue poniendo más viejito de lo que era, pero a nadie le dijo nunca una palabra de lo que le estaba sucediendo, ni a mí. Se empezó a volver desconfiado en extremo, no se fiaba ni de su sombra, pero eso sí, lo disimulaba bien. Al extremo que la gente decía que se estaba volviendo más santo pues cada día era más bondadoso y más paciente.
Por fin, un día, sin decirle nada a nadie, después de estar atormentándolo durante la noche, agarró un tecomate, lo llenó de agua bendita, y salió para Amatitlán. Agarré el machete y me fui tras él. Al llegar a la vuelta del Matagusanos, ahí por donde don Narcis, lo atalayé. Venía solito, mascullando oraciones.
Cuando me vio parado en medio del camino con unos costales y el machete en la mano, ha de haber pensado que se trataba del mismísimo diablo. Yo le vi bien la cara, el pobre levantaba su crucifijo y me ordenaba que me retirara a mis infiernos. Destapó el tecomate y lo levantó para echarme agua bendita. Yo levanté el machete y lo dejé caer con fuerza. El machete lo había afilado la víspera. Algo tronó en forma sorda y el machete se trabó un poco, yo no sé si fue en el tecomate o en la cabeza. Yo sólo oí que rezaba. No se quejó, no gritó. Sólo rezó en silencio. El brazo me dolía un poco y lo tenía salpicado de sangre. Metí al difunto entre los costales y me lo llevé a la orilla del lago. Cómo pesaba el condenado y eso que era flaquito, pero no es el cuerpo el que pesa sino la muerte. Ya en la orilla de la quebrada lo vi por última vez: en sus labios aún quedaban restos de oraciones inútiles, sus ojos reflejaban bondad, tal vez tenía razón la gente, y hubiera dicho que eran bonitos pero la fea cortada que tenía por las cejas lo hacía verse feo. Le abrí el estómago en cruz y le eche cal. La carne estaba viva, todavía se movía. Puse unas piedras entre el costal, lo amarré y dejé caer el bulto. Más tarde regresé a tirar el machete pues no quería conservarlo, además estaba mellado. Yo digo que estaba así porque los huesos del padre eran duros. El padre ya era viejo, en cambio yo soy joven. El ha de estar en el cielo, en cambio yo me iré al infierno. Al final de cuentas le hice un favor.
Me fui a la iglesia y me dormí profundamente pues me sentía cansado. Como al mes de que el padre no aparecía se empezó a correr la bola de que había muerto; otros decían que se había ido al cielo en cuerpo y alma. A los pocos días llegó otro padre a decirle una misa y unas señoras piadosas le rezaron los nueve días. A mí me dio tanta lástima que se me salieron las lágrimas.
Pero eso no es mucho pasarle a uno. Lo que sí es desgracia es cuando uno cree que ha encontrado la felicidad y ¡raz! que se la arrebatan. Ni más ni menos eso fue lo que me pasó. Por eso creo que soy así, pues en la sangre nunca he llevado la maldad. Como le contaba, mis padres no me enseñaron nada. Así. Nada: ni bueno ni malo. A mí la vida fue la que me hizo malo. La mala suerte. La malapotra.
Cuando conocí a Victoria algo me avisaba que iba a ser feliz, pero no por mucho tiempo. Usté sabe, las corazonadas. Así como las tenía usté. Ella era empleada de unos viejos de pisto. Me decía que la trataban bien. Era chula la condenada, pero no era eso lo mejor que tenía: tenía buenas nalgas, anchas y macizas, buenas tetas y todo lo que una mujer desea tener. Yo la fastidiaba con eso de estarle preguntando por el patrón: que si el patrón aquí, que si el patrón allá. Ella me decía que era honrada, que cómo iba yo a pensar eso y que además no tenía la categoría del patrón. Yo al principio la celaba, los espiaba a los dos, a ella y al viejo y pensaba: «Si me falla, les doy agua a los dos». Pero resulta que me salió buena y honrada. Pero lo mejor que tenía, y por eso me junté con ella, es que también comía ratas.
Cuando estuve viviendo con ella no chupé ni fui a las cantinas con las mujeres. Fueron tres o cuatro años de eso, yo creía que por fin estaría tranquilo y feliz. Lo que me preocupaba un poco era la idea de los hijos, pues no se miraba claro con ella. Varias noches la oí llorar en silencio. Un día le pregunté el motivo de su infelicidad y me dijo que no me había podido dar un hijo. Yo le dije que no se preocupara, que haríamos todo lo posible, pero yo en el fondo también sentí una cosa fea que nunca he sentido. Su felicidad regresó, yo lo sabía pues cantaba:
Mish, mish,
mishito mío
caza ratones
por los rincones
Y yo le contestaba:
Yo quisiera
ser mishito
para entrar
por la ventana
y cazarme a la niña
a la niña más galana
Pero resulta usté que, mire, todos los días, noche y día, le dábamos y nada. La pobre se fue chupando poco a poco y se empezó a poner vieja. Me decía que quería darme un hijo, que me acostara con ella pero, cómo me iba a acostar con una mujer que siendo joven ya estaba vieja. Por fin la pobrecita murió. Murió llorando. Yo le fui fiel siempre. El día que murió la fui a enterrar. Al regreso creo que empezó a terminar mi desgracia: me metí a la primera cantina que se me atravesó. Anduve chupando no sé ni cuántos días, bebe y bebe, pues me repetía: «Bebe bebe que la vida es breve». Eso me sucedió pocos días antes de venir a parar aquí, a ver la luz a cuadros. Después de estar una semana aquí con usté, empecé a sentir una necesidad extraña que me obligaba a contarle todo lo que me había pasado. Ahora que lo he hecho, me siento mejor.
Yo siempre fui evitado de meterme a la pendencia. No tengo amigos ni enemigos, hablo poco y no me gusta estar mucho tiempo en el mismo lugar, eso para evitar, para evitar toda clase de problemas y como a mí me sigue la mala suerte, mejor «Machete estate en tu vaina».
Una noche, después de que había muerto mi mujer y unos días antes de venir aquí, estaba tomando, cuando oí a unos tipos que ni los conocía, hablando de ella. Hablaban de sus cualidades de hembra, hablaban de su belleza, estaban bastante tomados, eran dos, yo estaba tomado también, la rocola tocaba «El abandonado», o «Cartas Marcadas», no me recuerdo bien, yo me toqué el machete en la cintura, uno le contaba al otro que él se la había agarrado antes que él y que era muy buena pero que la había agarrado más patoja, que le gustaba, que no cobraba, el guaro me daba vueltas, sus piernas las sentía alrededor de mi cintura, su boca me embriagaba, su aliento me quemaba, ellos contaban sus hombrías, era cierto: tenía buenas nalgas, le gustaba, no cobraba, ellos la habían conocido antes que yo, a mí me constaba que me había sido fiel, ella no me había fallado, el machete me lastimaba la cintura, tenía ganas de sacarlo, sabía que no debía hacerlo, apuré de un trago el resto del octavo y me dispuse a huir de mi destino, no quería que la malapotra me alcanzara, me paré y me encaminé a la puerta, cerré los ojos para no verlos, pero ¡ay amigo!, no cerré los oídos, no cerré el paso de la sangre. Al estar casi en la puerta uno de ellos dijo: «ése es, el muy macho nunca supo lo que su mujer había sido» (mish, mish, mishito mío) el machete me dolió más que nunca, sentí los pies pesados como adobes, la mano se me acalambró pero di otro paso para huir y otra vez la voz: «y todo por hueco, si no podía había que hacerle el favor» (acuéstate conmigo quiero darte un hijo, un hijo de mis entrañas y de las tuyas). La cabeza me dio vueltas, la luz de la cantina me cegó, todo el guaro que me había estado tomando después de la muerte de la única mujerque me había hecho feliz se me fue a la cabeza, el machete se me puso solito en la mano, vi dos sombras que se pararon y se me cruzaron enfrente, alguien ordenó que apagaran la luz, esa fue su perdición, vi claramente cómo uno se fue por la derecha y el otro por la izquierda, uno era zurdo y el otro era derecho, uno se tiró el sombrero mientras que el otro se sacó un calabozo de la cintura, el machete me quiso alumbrar la cara con una lámpara de mano cuando sólo oí el chicotazo de mi brazo y la pirueta de la mano que se quiso agarrar del techo de la cantina, otro chicotazo, otros, rápido, la luz de la calle apenas llegaba, las sombras parecían como los bailes de los moros de «Las Trojes», la mano ya no me temblaba, la sangre me corría espesa y rápido, la cabeza la sentía bien, el trago me daba calorcito, el del calabozo me tiró dos trabones, buenos, pero me los zafé bien. En el segundo me le fui para adelante y le tiré cruzado. Cuando él metió la mano buscando la panza, lo alcanzó el tiro cruzado que yo había empezado a hacer momentos antes. Lo demás fue fácil, las canillas se le aguadaron y no pudo dar la vuelta rápido, yo sí, mi látigo-brazo también, mi mano segura también, mi machete también, encontrando la nuca algo caída en un intento por salir de la rueda del chicotazo, la noche del padre Aranco pasó corriendo por las calles, ahí quedaron los dos, partidos como cantiles en mueca borracha, yo me fui por el río, no me acuerdo bien pero creo que llovía, no sé, lo cierto es que la cara me perleaba. Anduve huido como tres días. A los policías no les quise hacer alto, pues hubiera tenido que matarlos y hubiera podido, pero, créame, palabra de hombre, yo no soy malo.
Ahora lo que sí no sé es qué voy a hacer cuando yo les cuente que usté se ahorcó por mi culpa, pues ellos no me van a creer.
Esa es la verdad, yo sentía necesidad de que alguien supiera mis desgracias, pues al contarlas uno siente que ya se ha quitado un peso de encima.
Cuando yo le conté mi vida al hombre que estaba conmigo en la bartolina, me escuchaba con atención, pero como eso llevó varios días fue lo que no aguantó.
La primera noche que pasamos juntos, cuando despertó a dishoras de la noche y me oyó comiendo, me dijo: «regálame amigo» y yo con gusto le extendí el pedazo de rata. Así empezaron a transcurrir algunas noches, hasta que al fin él me preguntó, pues nunca lo había hecho, que de donde sacaba carne fresca. Todavía me hizo la broma de que yo tenía conectes con el jefe de la policía, pero cuando le dije la verdad empezó a vomitar. Al otro día no le paraba la arrojadera.
Ayer, cuando desperté estaba colgado de los barrotes de la puerta. Con el pantalón hizo un ahorcador y se ahorcó.
Pobrecito, a mí me dio lástima, pues me daba no sé qué cosa oírlo cómo arrojaba, -¡después de haber comido él también! cuando oía el chillido de las ratas al estarlas desgonzando para comerlas. Pobre, porque tuvo la paciencia de oír mi historia.
Ahora sólo me faltaría que usté también se quisiera ahorcar sólo porque le da asco hablar con el Ratero.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.