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Cuarto menguante
Narayana es tan dulce como un melocotón. Su sonrisa recuerda
los atardeceres de noviembre. Dos ojos avellanados bailan con picardía
cuando su curiosidad vence a la timidez que la caracteriza ante los adultos.
Aún no ha cumplido los cinco años, pero cuando está
seria pareciera que nadie logrará contentarla ni con todos los
dulces de planeta.
Su cabello es el sueño de quienes se han imaginado frente al
espejo con miles de estrellas que se encienden y se apagan como luciérnagas
a media noche.
Cuando Narayana derrama alguna lágrima, sus padres o sus abuelos
la contentan con helado de limón o una paleta de chocolate.
Si hubiera una clasificación de niñas, dirían
que Narayana no es de aquellas que obedecen a sus padres al primer llamado
de atención. Su único temor es la paleta de pino que cuelga
en la cocina y que alguna vez ha tenido que esconder para que su madre
no la encuentre.
Hoy se levantó más temprano que de costumbre. Con una
bata amarilla, el pelo apuntando hacia todos los puntos cardinales y con
la fragilidad de un gato, pasa frente a la habitación de sus padres.
Es domingo y el periódico está tirado bajo la puerta. Sus
padres juegan con las manos dentro de la cama.
--Qué lindos tenés los ojos-- le dice Iván a su
compañera.
--Anoche hubo luna llena. Ojalá fuera de queso. Me la comería
hasta no dejar ni una migaja-- se saborea ella, quien luego de besarlo
vuelve a cerrar los ojos.
Narayana sonríe y entra al baño. Sale y se dirige al
refrigerador. Luego de arrastrar una silla, lo abre y toma el biberón
que está a la mitad de leche. Se traslada al patio y echa un vistazo
al cielo. Saluda en silencio y se sienta en la silla de madera que le
regaló su abuela. Antes d mediodía, ha preparado una mesa
con mantel azul, sal, mantequilla, una taza de azúcar y la ha adornado
con flores blancas que cortó de una de las macetas de la vecindad.
Por la tarde hurga la bolsa de su madre y extrae el espejo redondo,
en el que ha visto cómo le han salido uno tras otro sus dientes
y en el que verá también cómo se le caerán
uno por uno.
Sobre un plato hondo de plástico color salmón coloca
el espejo, que empieza a reflejar los últimos rayos del sol. Una
y otra vez regresa con vasos, tenedores, cucharas y un plato más
grande en el que pondrá algo que pareciera de un delicioso sabor.
La mesa está servida. Busca entre su ropero blanco el mejor de
sus vestido. Lo desarruga con las manos y se viste sobre la pantaloneta
que ha usado durante el día.
Una lámpara desconectada es la última en alcanzar espacio
en la mesita de madera improvisada en el patio. Está oscureciendo
y la luna acaba de perder la timidez. Está justo sobre la casa
y Narayana recién apaga el televisor, se esconde de sus padres
y sale al patio a cenar lo más exquisito que jamás se haya
imaginado.
Su hermano menor la persigue, pero no alcanza a quitar el pasador que
recientemente cerró la puerta que conduce al patio trasero.
Narayana se sienta. Coloca un pañuelo en su cuello y con las
dos manos empieza a hacer círculos con el espejo. Primero rápido
y luego despacio. La luna se atraviesa con velocidad es espejo, hasta
que queda fija. Justo en medio, intacta y casi a punto de estallar.
Narayana se persigna y cierra los ojos. Toma el cuchillo y el tenedor
de plástico y comienza a cortar hasta que logra comerse un pedazo
de buen tamaño.
Da un sorbo de leche fría de la mamila y traga con un poco de
risa y con algo de malicia.
Luego de comerse la mitad de la luna, recoge los platos, el espejo
y entra despacio a la casa. Su madre la ve con enojo y le ordena acostarse.
Ella se tapa la boca con la mano y ríe. Le da un beso a su hermano
y duerme hasta el otro día.
Hoy Narayana se levantó más temprano que de costumbre.
Con una bata amarilla, el pelo apuntando hacia todos los puntos cardinales
y con la fragilidad de un gato, pasa frente a la habitación de
sus padres. Es lunes y el periódico está tirado bajo la
puerta. Sus padres juegan con las manos dentro de la cama.
--Qué lindos tenés los labios-- le dice ella a Iván.
--Qué extraño, anoche no hubo luna llena. Parece que
alguien se adelantó y se comió la mitad.
Narayana sonríe y entra al baño.
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