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Yusef sale al trabajo
Por las tardes, antes que la neblina cubriera en su totalidad
la cruz del Cerro del Carmen, el poste del alumbrado, como el iris de
un ojo por las mañanas, encendía su luz de neón.
Yusef se instalaba en la puerta de la pensión Flamboyán,
en la esquina de la décima avenida, del lado opuesto al partido
de la mazorca, uno de los que llevó a dos o tres generales genocidas
al poder.
Los autos que recorrían la segunda calle se detenían
en el alto, ubicado en el poste que pringaba de luz a la banqueta, la
alcantarilla y a las otras prostitutas, que acompañaban a Yusef.
No todos se detenían por la señal de tránsito:
la figura de un cuerpo alto, de tez morena clara, un metro setenta y ocho
de alto y con un cuerpo de modelo, captaba la atención de pilotos
conocedores de que en ese sector las prostitutas, moteles, pensiones y
farmacias eran más comunes que las gotas en un aguacero.
Esa hermosa figura, comparada casi con la de Naomi Campbell, era la
de Yusef. Para él, las prostitutas no eran precisamente competencia
en el desvelado trabajo del sexo. Por el contrario, eran buena compañía
en las frías noches, le obsequiaban un cigarro de mariguana o un
gramo de cocaína. Él también de vez en cuando sacaba
a alguna de apuros. Cuando un cliente se percataba que sus pechos estaban
inflados a fuerza de silicón y que en su vientre, en vez de ser
profundo y húmedo, habitaba un enorme bulto escondido a fuerza
de presión, cambiaba de parecer y le solicitaba los servicios de
una mujer.
Yusef era amable, jovial y conocedor de los buenos gustos. Cuando le
sobraba dinero, tras pagar el alquiler de su departamento, comprar en
el supermercado y pagar sus perfumes, invitaba a sus amigas prostitutas
a fumar mariguana y a tomar tequila.
Se vestía según la ocasión. Cuando llegaron a
las tiendas los zapatos de plataforma, fue el primero en ir a comprar
dos pares. Tuvo dificultad en encontrar de su número, porque sus
pies se asemejaban a dos lanchones antiguos. Para combinarlos, encerraba
su cuerpo entre corsés que estrangulaban su talle, imprimían
poder al busto y moldeaban sus caderas, como cornucopias de cristal.
De niño, sus compañeros de clase le decían La
Ferrocarrilera, porque sujetados al suelo lo hacían caminar dos
grandes durmientes. Después de probar y probar encontró
dos pares rojo con negro que lo hacían crecer de estatura más
de diez centímetros. Sin embargo, tuvo que acondicionar la punta
para que no le hiciera presión en sus dedos y los lució
con una minifalda roja, una blusa que no le llegaba más abajo de
la cicatriz que le dejó la operación de las dos costillas
flotantes, dos brazaletes de bronce y medias negras, como queriendo rememorar
tiempos de Mata Hari.
En la época en que vino al país la moda de los vestidos
largos de sirena, estilo Lady Di, Yusef de inmediato fue a una de las
tiendas de la Zona Viva, donde compró un par de zapatos negros
de charol. Eran brillantes, puntiagudos y con un tacón tan delgado,
que tuvo que practicar primero en la sala de su departamento, antes de
llevarlos a la calle. Cuando logró domarlos, se paró en
la esquina de siempre con un vestido lila que le llegaba hasta los tobillos.
Un saco negro, encaje de lana con anchos ribetes de raso, blusa color
mostaza con una faja negra que lucía como banda y una moña
amarilla en el cuello, completaron su atuendo.
Lo olores formaban parte de sus vicios. Todo lo que estaba a su alcance
pasaba primero por su nariz. Cuando sus manos tocaban su vientre, inmediatamente
las aspiraba. Después de acariciar sus orejas, también.
Cuando sus dedos palpaban sexo ajeno, no resistía la tentación.
En la repisa de su baño colgaba cualquier cantidad de frascos
de perfumes, su debilidad, que a la vez le causaban envidia entre la competencia,
como le decía con cariño a La Llanta Pache, La Máquina
y Leonela.
Aunque Yusef no dejaba de invitarles una que otra muestra gratis, ellas
difícilmente dejaban de untarse bicarbonato en las axilas o cuando
la vendedora de incienso les ofrecía perfume Siete Machos o Cuatro
Rosas.
Yusef era muy cuidadoso en ese aspecto. Consultaba bazares, solicitaba
información por correo o lo visitaban cosmetólogas para
venderle Anaïs Anaïs, Poison o Givenchy. El dinero que ganaba
era suficientemente bueno como para andar comprando baratuchas. Por otro
lado tenía siempre en mente que su imagen debía ser lo primero
para trabajar.
De su cabello se encargaba Néstor, quien además de ser
su estilista era su admirador. A Néstor lo conoció en la
clínica del médico que lo iba a operar para quitarle algo
prácticamente inútil y que sólo le servía
para orinar.
Néstor lo hizo, pero Yusef se arrepintió antes de entrar
al quirófano. Algún día sí tendría
los huevos para hacerlo, le decía a los demás.
Yusef no había conocido el amor verdadero. Solamente el placer
y el trabajo. Sin embargo, en una ocasión vio una fotografía
que le causó un cosquilleo que lo hizo retorcerse desde el vientre
hasta la cabeza y recordar que su corazón latía fuerte también.
Esa sensación ocurrió el día en que abrió
al azar una revista deportiva que encontró en el salón de
Néstor, mientras esperaba turno. En la página 48 encontró
la foto de un boxeador, que levantaba ambos brazos en señal de
victoria. Era corpulento, brutal en la mirada y con gotas de sudor en
la amplitud de su pecho.
Su actitud ante el hecho le provocó cierta incomodidad a Yusef,
quien cerró de inmediato la revista no sin antes terminar de sentir
hormigas por todo el cuerpo.
Intentó de nuevo abrirla. Encontró la foto. Colocó
su dedo índice sobre la cara del boxeador, hasta que leyó
en el pie de foto que Mike Tyson había necesitado apenas unos segundos
para derribar a su adversario, quien permanecía inconsciente hasta
el momento en que fue tomada la fotografía.
Yusef se sonrojó. Impulsivamente rompió la página
completa y la guardó dentro de su bolso. Si Néstor se hubiera
percatado, le habría explicado que necesitaba la hoja para mandar
un cupón y solicitar una nueva línea de cosméticos.
Su estilista era un tipo narigón. Su pelo estaba pintado eléctricamente
con rayos. Sobre su cabeza sobresalía un corte de capas, que terminaba
antes de llegar a la oreja en disminución. Algunos lo llamaban
con cinismo estilo hongo, pero a Néstor esa actitud no le quitaba
el sueño. Además, ese corte le permitía mostrar los
aretes de oro y plata, que comenzaban a formar una hilera desde las orejas,
continuaban por sus cejas, nariz, lengua, pechos y terminaban en el ombligo.
Antes de que se repusiera a esa sensación, Dayana, la asistente
de Néstor, lo invitó a que se mojara el cabello con agua
tibia. Después pasó a la silla de Néstor, quien procedió
a cortar no sin antes advertirle que pronto necesitaría otro tinte.
Cortó las puntas y le aplicó gelatina. Cuestionó
el extraño comportamiento de Yusef y en son de broma deslizó
la punta de la tijera sobre su espalda. Esa acción causó
escalofríos que lo estremecieron de inmediato.
-- No es nada, tú. Es que conocí a un chavo que está
de lo más guapo que te podás imaginar-- se excusó.
-- Deberías de traerlo a que se corte el pelo y así le
doy el visto bueno-- continuó Néstor cuando pinchó
con la punta de la tijera la cadera de Yusef.
--No. Es que no vive aquí, sino en el extranjero. Además,
no va a venir a cortarse el pelo en un bodrio como éste-- aseguró.
Al mismo tiempo lanzó un upper cut al vacío cerca
del vientre de Néstor. Cambió de tema y dio por concluido
el comentario.
Por las mañanas, Yusef amanecía con la cara pringada
de un azul que le dibujaban los primeros vellos de su barba. Su alargada
boca, que le valió el apodo de Trompín en la secundaria,
además de estar pastosa y con manchas de lápiz labial, despertaba
sonriente, con placer, eufórica y entreabierta. Casi de la misma
manera como cuando se quedaba dormido después de acostarse con
alguno de sus clientes.
Sus ojos, con manchas negras o celestes, despertaban sin el peso de
las pestañas postizas. Se saturaban de lagañas y cuando
no padecían de conjuntivitis, cronométricamente marcaban
un tic nervioso tres veces seguidas.
Contrario a su mimética expresión, se levantaba malhumorado,
con las piernas adoloridas y con una leve molestia en la espalda. Tras
ducharse con agua caliente, se fumaba un Winston que compraba por paquetes
en El Dorado todas las semanas. Se vestía con pantaloncillos cortos,
una playera, zapatos calados y salía a platicar con doña
Lucía, la señora de la tienda. Allí compraba medio
litro de jugo de manzana y cuatro panes tostados. Antes de mediodía
volvía sudando del gimnasio. Dormía hasta pasadas las cuatro
de la tarde. Se despertaba con hambre disfrazado de jogging. Comía
papas fritas y transformado en una bella dama salía en búsqueda
de sus clientes.
Los vecinos sentían algo especial por Yusef. Era amable con
todos. Durante el día, muchos no se percataban que era él
mismo quien se apostaba en la esquina a esperar a sus clientes. A algunos
les tenía sin cuidado, petro otros, quizá alguna anciana
o un molesto padre de familia, lo insultaban. En una ocasión, cuando
Yusef recién se mudó al barrio, don Matías, el dueño
de una de las pensiones, le puso una pistola en el pecho. Le dijo que
si no se quitaba de la esquina, lo iba a llenar de plomo. Pero al cabo
de dos meses don Matías era uno de sus mejores amigos, porque Yusef
era uno de sus mejores clientes en la pensión.
Una lluviosa noche de julio, Yusef pegaba alaridos desde su acostumbrada
esquina. En el partido de la mazorca había sesión, ya que
se aproximaban las elecciones. Uno de los candidatos al parlamento salió
con pistola en mano. Antes de averiguar disparó dos veces al aire.
Esto alarmó más a Yusef, quien continuó con la andanada
de alaridos. Otros seguidores del partido también salieron a la
calle, pero constataron que en lugar de una tragedia, ocurría un
hecho a favor de uno de ellos: Yusef había capturado in fraganti
a un ladrón que trataba de llevarse el equipo de sonido de uno
de los autos estacionados. Con estas acciones, Yusef se ganaba amigos
y enemigos. No había quién no lo saludara o quién
no lo pasara insultando.
En otra ocasión, un grupo de jóvenes que viajaba a gran
velocidad, le pasó disparando huevos podridos. Algunos dieron contra
la pared, pero otros acertaron en su cuerpo. Esto obligó a Yusef
a armarse de valor, pero también a portar entre su bolsa un revólver
con forma de lapicero. Un solo disparo, pero efectivo.
Giró dos veces la llave hacia la izquierda y empujó la
puerta de su departamento. Cuando se inclinó a recoger la correspondencia,
observó que sobre las ofertas de perfumes esparcidas en el piso
cayeron cientos de cabellos, que seguramente se habían quedado
flotando en sus hombros y entre su recién recortado cabello. Sacudió
la cabeza. Maldijo a los estilistas y sus anticuadas técnicas.
Se quitó la ropa y frente al espejo encontró un hombre diferente.
Sus zapatos de tacón quedaron al descubierto. Arriba de ellos,
dos piernas con pequeños troncos de vellos les ordenaban estatismo.
Se vio de cuerpo entero de abajo hacia arriba, hasta que se clavó
los ojos. Esa mirada era la de un enamorado. Recordó cuando estudiaba
secundaria. Aquella vez sintió lo mismo por uno de sus compañeros.
Su nombre era Manuel, un rubio con un ojo verde y otro azul, que había
perdido todos los cursos, por lo que repitió el grado. Cada vez
que Manuel se sentaba a su lado, Yusef sudaba frío. Terminaron
saliendo juntos.
Luego de quitarse el crayón de labios, con los kleenex,
sacó de su bolso el arrugado papel que había arrancado de
la revista y lo dirigió a su pecho. Leyó detenidamente la
nota de la Associated Press y de nuevo los escalofríos viajaron
por calles y avenidas de su cuerpo.
Mike Tyson se había convertido en el nuevo campeón mundial
de box. Eso lo tenía sin cuidado, pero la corpulencia, lo negro
y la bestialidad de ese tipo habían ingresado directamente a su
sistema nervioso, con la fuerza de la embestida de un toro.
Destapó la botella de tequila, que lo esperaba todos los días
sobre el refrigerador y luego de hacer muecas con el último trago,
se quitó los tacones. Se tendió en la cama después
de releer el artículo. Mecánicamente y casi sin percatarse
recortó las fotos. Lo demás fue a parar a la esquina, donde
estaba ubicada la cesta de la basura.
Al día siguiente solicitaría más información
de él.
Durmió hasta entrada la noche. Se molestó con su actitud.
Como si no debía ir a ganarse el pan de cada día. Se dio
un duro golpe en la cabeza con el dintel de la puerta, cuando trató
de ajustarse los tacones. A veces su estatura le era útil para
defenderse de los demás, pero también le provocaba incomodidades
como pegar cabezazos contra lámparas. Antes de salir a la calle
se fumó un cigarro de mariguana. Continuaba nervioso, así
que un par de humeadas lo regresaría a su nivel normal. Tragó
humo hasta que casi se ahoga. Con un gancho sandino prensó lo que
había sobrevivido a sus bocanadas y guardó la bacha dentro
de un cofre, y con veinticinco minutos de retraso llegó hasta su
esquina.
Seis horas y media tenía de estar parado. Ningún cliente
había solicitado sus servicios. El frío penetraba por todo
su vestido. Sus pies parecían dos trozos de hielo y pesaban más
que un par de yunques. Iba a retirarse hacia su departamento, cuando un
auto blanco con vidrios polarizados se estacionó del otro lado
de la calle. Sonó la bocina con insistencia. El polarizado bajó
automáticamente y una mano con guantes blanco le ordenó
que se acercara.
Un acento extranjero retumbó desde el asiento de atrás.
-- ¿Cuánto me vas a cobrar hoy, mi amor?
Yusef se acercó con cautela, porque no conocía las placas
del auto. Lo único que notó fueron las iniciales del cuerpo
diplomático. Dio la vuelta al vehículo y se colocó
en la ventana del copiloto. El guante blanco entró al Mercedes
y pulsó el botón de descenso automático. Yusef echó
una mirada al interior y observó a un hombre con traje azul, canoso,
anteojos redondos, barba recortada y con un teléfono celular en
la mano. Pensó inmediatamente que podría compensar lo que
no había ganado en toda la noche.
Sin embargo, recordó que las experiencias con diplomáticos,
muy frecuentes por cierto, no eran del todo agradables.
Estaba a punto de rechazar el billete de cincuenta dólares que
el hombre del traje azul había sacado de su cartera, cuando se
percató que sobre el asiento había una revista Interviú
que lucía en la portada la foto de Mike Tyson.
De nuevo sintió cosquillas en el estómago. Por su frente
pasó una ráfaga de calor, la cual le recordó que
debía contestar la oferta.
-- Vamos, muñeco, pero me regalás la revista.
-- Claro. Ésta y las que quieras, darling.
Subió al automóvil a toda prisa. Durante todo el recorrido
al motel, hojeó la Interviú de cabo a rabo. No hizo
caso de las súplicas del incómod diplomático que
lo conminaba a que se trasladara al sillón de atrás.
El guante blanco abrió la puerta al diplomático, cuya
cabeza se había puesto roja al intentar levantarse. De mala gana,
le dio el billete a Yusef y le dijo al guante blanco que durante dos horas
apagara el celular.
Yusef protestó. Le dijo que por los pinches cincuenta dólares
no iba a permanecer dos horas dentro el motel.
-- Dame otro igual y nos quedamos hasta el amanecer.
-- ¡Dos horas!-- recalcó el del traje azul, a la vez que
ordenó al guante blanco que le diera a Yusef otro billete y que,
de inmediato, le quitara la revista.
Yusef dobló dentro de la Interviú los otros cincuenta
dólares y los metió en su bolso.
-- Vamos, mi amor. ¿Te puedo decir Mike, verdad?
Despertó mareado. La cama continuaba dando vueltas. Se levantó
desnudo. Apagó el interruptor, que estaba en el baño. El
diplomático se había marchado, pero le escribió una
nota en una hoja de la revista. La letra era horrible. Había faltas
de ortografía y redacción, por lo que aseguró que
había sido escrita por guante blanco.
"Te quedaztes dormido. No te pudemos levantar asi que nos marchamos.
Haces bien el amor, pero necesitas mejor condición física.
No nos volvás a decir Mike".
--Pinche guante blanco. Se metió a la habitación para
pegarme una cogida. Lo vuelvo a ver y le meto un plomazo justo en medio
de la mano --llamó a un taxi. Se roció con Givenchy y fumó
un Winston. Durante el recorrido a casa permaneció callado y viendo
hacia el cielo.
Entró malhumorado al departamento. La curiosidad por ver la
revista hizo que olvidara el juego sucio del diplomático y guante
blanco. Le produjo náusea recordar el cuadro de los tres desnudos
frente al espejo. Bebió un sorbo de tequila, se recostó
en la cabecera de su cama.
Era un número especial dedicado a la vida de Tyson. El reportero
destacaba las hazañas del boxeador, desde su nacimiento en Brooklyn,
sus peleas amateur, cómo perdió la oportunidad de ir a las
olimpiadas, fulminantes knock out como campeón mundial,
su condena en la cárcel y su conversión al islam.
Las cifras y la figura de Tyson lo excitaban. Desde ese momento, él
era uno de sus más fieles seguidores y, por qué no, aspiraba
a su amor.
Desde esa vez, coleccionó todo lo relacionado con su fantasía.
Playeras, afiches, revistas, periódicos, biografías. Solicitó
información a uno de sus clientes, que navegaba en internet. Con
el tiempo seespecializó no solamente en Tyson, sino en el deporte
del boxeo.
Aprendió de memoria las fechas de los combates anteriores y
los minutos o segundos que necesitó Tyson para derribar a sus adversarios.
Se molestó cuando su admirado deportista realizó alianza
con el capo Don King y lamentó no haber sido Desiree Washington,
una tal reina de belleza, que fue violada por el fajador.
Nunca hubiera tenido necesidad de ser violado por ese muñeco,
se lamentaba. Después sorbía lentamente el tequila. Arrugaba
la cara, exhalaba humo de un Winston y frotaba sus pechos con los oxigenados
vellos de la mano derecha.
Intentó enviarle una carta y explicarle que lo amaba. Sin embargo,
estaba seguro que era una locura. Una cosa es la realidad y otra la fantasía.
Una cosa era exigir el amor de un cliente, pero otra ilusionarse con una
estrella mundial.
Una tarde, cuando el cansancio del desvelo y la gimnasia lo habían
agotado, soñó que era seleccionado nacional. Participaría
en los pesos completos. Se vio terriblemente fornido. Sus pechos estaban
rellenos de músculos. Su nariz estaba inflamada, seguramente de
tanto golpe, y sus piernas se asemejaban al poste que le hacía
compañía.
Con furia derribó a cuanto adversario le hizo frente. De algo
le habían servido las lecturas, los videos y la información
sobre el campeón mundial. Pero el sueño se fue convirtiendo
en una pesadilla, ya que la última pelea la libraría contra
Tyson. Estaba nervioso y angustiado. Sabía de lo temible de los
golpes de ese boxeador, pero su corazón no temía eso, sino
enfrenarse a quien amaba.
Se vio subido en el ring. Vestía una bata plateada con franjas
azules. Su pantaloneta tenía un color sepia y se había rasurado
todos los vellos del pecho. Eso le gustaba. Con terror vio subir la comitiva
que acompañaba a Tyson. Él venía cubierto con una
toalla negra, bata negra, pantaloneta negra y guantes negros. Trepó
al cuadrilátero en el preciso momento en el que Yusef deseaba decirle
que lo amaba y que en ningún momento lo lastimaría. De reojo,
Tyson observó la figura, que más se asemejaba a la de un
monje benedictino y estrelló ambos guantes con fuerza.
Yusef estaba impactado. Tras la brutal figura, emanaba luz. Estaba
en la esquina derecha y quien anunciaba la pelea estaba por abandonar
las cuerdas. Gotas frías de sudor bajaban a toda prisa por su cuerpo,
perdiéndose entre el elástico del pantaloncillo. Al fondo
se escuchó una campana y antes de parpadear sintió como
si una locomotora se hubiera descarrilado para chocar contra él.
Como pudo, esquivó los golpes para llegar al clinch.
Cuando tuvo enfrente la cara de Tyson, lo besó sin piedad. El demoledor
púgil, impactado por la andanada de besos, reaccionó violentamente,
escupió el protector y mordió la oreja de Yusef. Esto hizo
que brincara de su cama, se palpara la oreja y rompiera en llanto. Qué
susto, se dijo. Ese animal casi me arranca la cabeza. Se vistió.
Acabó con la botella. Sacó del cofre la vieja bacha y la
fumó casi hasta tragársela. Con agua caliente diluyó
la sangre que le había causado el fijo de un arete en el pabellón
de la oreja. Colocó una gasa y la disimuló con maquillaje.
Antes de abandonar el departamento se untó Anaïs Anaïs.
Echó llave y sonrió. Estaba seguro de que esa noche le sobrarían
clientes.
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