La familia de Matilde
 
A Matilde le ocurrió algo parecido a lo que le ocurrió a Cleo, pero al revés: fue su padre quien murió y no su madre. La verdad es que ni yo misma lo entiendo. Tal vez sea porque soy chiquita. Bueno, así es como mamá se expresa cuando con su mano acaricia los colochos de mi cabeza y con resignación sonríe:
--Algún día lo entenderás mi'jita...
Matilde es una niña rubia. Sus ojos tienen el mismo color que los de la gata de los Maldonado. Llegó a vivir con su familia a la casa que queda justo enfrente de nuestra tienda. El día que el camión llevó los muebles y los juguetes de Matilde, mis hermanas y yo curioseamos por la rejas de la ventana.
Mamá nos regañó a todas, pero yo me percaté que ella estuvo observando a los hombres vestidos de azul, que vaciaron el camión y llenaron de muebles la casa de Matilde.
El papá de Matilde era policía. Tenía una Yamaha 400, que lavaba todos los sábados por las mañanas vestido con pantalón corto, una playera floja y tenis. Una vieja pistola semidescubierta lo acompañó cada vez que lo observé atisbando a través de la ventana.
La mamá de Matilde es una mujer muy linda. Creo que Matilde va a ser igual a ella cuando sea grande. Tiene dos hoyitos que se le dibujan en el rostro cuando sonríe. Cada vez que mi madre regresa de visitarla nos cuenta que ella llora por Matilde. Por Carmen y Anabella, casi no pregunta. Seguramente porque son menores que nosotras. Faltan años quizá para que ellas comprendan lo que sucedió.
Nosotros no teníamos noticias de esa familia hasta que una tarde Xiomara (así se llama la madre de Matilde) vino a la casa a pedirle un favor a mamá. Antes de atreverse a hablarle, pidió dos litros de leche en bolsa, un quetzal de pan francés y una docena de bananos. Después, y al ver la cara de confianza que tiene mamá, le contó que estaba empecinada en trabajar, pero su esposo no se lo autorizaba.
Es muy celoso, fíjese señora. Es muy lindo porque me ama por sobre todas las cosas, pero yo necesito trabajar. Él dice que en cualquier sitio donde me emplee siempre va a existir una persona que me quiera para su mujer.
En esa ocasión, mi madre, como queriendo sacarle información, le preguntó de qué barrio provenían, cuánto pagaban de alquiler por la casa donde vivían antes y en qué cuerpo de la policía estaba asignado su esposo.
No me diga que ahora paga esa tremenda cantidad de dinero por la casita esa. Figúrese que aquí recto, a dos cuadras, alquilaban una más grande y por menos renta. Lo único es que en una de las tres habitaciones dicen que se ahorcó el abuelo de don Carlos. Él ha intentado alquilarla, pero como que nadie se anima. Dicen que los jueves a las doce de la noche se observa luz y se escuchan cadenas en el patio. Y eso que no vive nadie. Santísimo...
Xiomara se ganó la confianza de mi madre. Le contaba que Héctor era un buen policía. Muy respetuoso con los demás y probablemente lo ascenderían a sargento porque uno de sus superiores estaba de candidato a alcalde para las elecciones que se realizarían en los próximos treinta días.
Me adora. Me quiere mucho. Es muy bueno con Matilde, Carmen y Anabella. Aunque las tres no son hijas de él, las ama. Ahora bien, doña Chuchita, a mí es a quien más me demuestra su amor. Eso sí. Le cuento. Los celos me tienen al borde del estrés. No puedo trabajar. Tampoco me deja salir a la calle. Ahorita estoy sin permiso. Me escondió mi cédula y cada vez que regresa a la casa me huele de cabo a cabo como que fuera aspiradora el muy condenado.
Esperé el momento propicio para que el tema de conversación entre Xiomara y mamá fuera el de las hijas para preguntar por Matilde. Ella me explicó que me la presentaría en la primera ocasión que tuviera. Me contó que Matilde tenía los mismos años que yo tengo. Que le encantaba jugar con muñecas, con tierra de las macetas y rayar hojas en blanco con crayones de cera.
Recuerdo que una mañana llegó Xiomara a visitar a mi madre. Le habló quedo al oído. Fue casi un susurro. Luego regresó con Matilde, Carmen y Anabella. Le dio un beso a cada una de las niñas y entre torpes pasos rápidos se perdió en la parada de autobuses.
Mi madre entró a las niñas al patio. A Matilde y a mí nos encargó a las más pequeñas. Ese día inició nuestra amistad. Entre las dos cuidábamos a Carmen, Anabella y a mis dos hermanas, porque desde esa ocasión Xiomara las llevaba todas las mañanas.
Cuando Xiomara llegaba a la tienda por las tres niñas, yo me ponía muy triste. Era época de vacaciones, por lo que no iba a la escuela. Cuando Xiomara entraba a su casa, mamá le manifestaba a papá que sentía lástima por las cuatro.
La pobre mujer trabajaba a escondidas. Dice que Héctor es muy celoso y, si se entera que está trabajando, de seguro la va a trompear o quizá hasta la podría matar.
Yo voy a hablar con ese Héctor Cipriano Benavente para que se deje de cuentos y deje trabajar a la pobre muchacha esa, decía mi padre, pero, claro, nunca se atrevió.
Mi padre era un hombre de carácter fuerte. Parecido al del director de la escuela. Además de enojado, es cascarrabias. Pataleaba cada vez que mi madre le contaba las aventuras de los Benavente. Sin embargo, nunca hizo nada, ni siquiera el día en que todo se terminó para esa familia.
Las quejas de Xiomara aumentaron y mi amistad con Matilde también. Aunque ella era reservada, permitía que le preguntara sobre su verdadero papá, quien había muerto en el baño de su casa. Ella no comprendía de qué enfermedad se trataba, pero lo cierto es que fue un misterio sin resolver. Nunca supo dónde lo enterraron, aunque en un sueño alguien le contaba que estaba enterrado en el baño de su anterior casa.
Un día le pregunté el nombre de su padre y me respondió que era Rubén Benavente. Yo le dije que los apellidos eran iguales que los de Héctor, pero a ella no pareció interesarle. A mamá, sí.
Con Matilde jugábamos muñecas. Cortábamos hojas, flores del jardín y preparábamos comida, ensaladas y los más ricos banquetes para Carmen, Anabella y mis hermanitas. Todas eran nuestras invitadas. En una ocasión les dimos de comer salsa de tomate con tierra de una maceta de la que colgaban helechos. Pasaron dos días enfermas del estómago. Nunca le contamos a mamá de nuestra travesura.
Doña Chuchita, quiero agradecerle por lo que ha hecho por mí y las niñas, le sollozó Xiomara a mamá y le ofreció un billete de a veinte quetzales. Mamá le dijo que no, chula, cómo va a pensar usted y le devolvió el dinero.
Un sábado yo salí a jugar bicicleta a la banqueta de la cuadra. El padre de Matilde, como de costumbre, lavaba su moto con un cepillo de raíces y un guacal verde de plástico. Se me quedó viendo como si yo fuera la responsable de haberle hecho algo a su hija y desde su casa me roció agua con la manguera. Me volví a casa y entré llorando. Le expliqué a mamá que me había caído de la bicicleta y me fui a mi cuarto a continuar lagrimeando.
Por eso dejé de salir los sábados a pasear. Él siempre estaba en el mismo sitio limpiando las llantas de su Yamaha y con la pistola en la cintura.
Comencé la época de estudios, así que ya no miraba a Matilde por las mañanas. Xiomara continuaba llevándolas a casa. Según entendí por labios de mamá, trabajaba como secretaria en un partido político. Le ofreció a mi madre un carné. Si el partido ganaba las elecciones, de seguro le pondría un supermercado y tiraría la tienda a la basura.
Mire, doña Chuchita, cuando lleguemos al poder todo va a ser diferente. Estoy pensando pedirle el divorcio a Héctor. Ya no soporto. Creo que han sido los seis años más tristes de mi vida. Yo lo quiero muchísimo. Cuántas veces se lo he expresado. Sin embargo, doña Chuchita, ahora tengo la oportunidad de progresar y seguramente Héctor se opondrá.
Luego de las cortas y clandestinas conversaciones con Xiomara, mi madre arrugaba la frente. Después, conversaba con la Virgen del Socorro que bendecía la tienda. Nunca comprendió por qué Héctor era tan celoso y hacía hasta lo imposible para que Xiomara no saliera de la casa.
Hola, doña Chuchita. Deme una Coca y dos panes de manteca, por favor. Cómo está de bonita su patojita. De seguro va a ser miss Guatemala cuando usted menos lo piense --sonrió con sarcasmo a mamá, la tarde que Héctor irrumpió en la tienda.
El policía también preguntó si Xiomara estaba empleada en algún lugar o si abandonaba la casa durante el tiempo que él hacía sus turnos en la jefatura.
Mi madre no le contestaba. Nunca cruzó una mentira por su mente. En cambio, sí tenía licencia de la Virgen cuando se trataba de inventar una mentira piadosa.
No, don Héctor. No la he visto en la calle. Solamente viene a comprar la leche y el pan, pero de allí no sale de su casa, que yo sepa.
La desconfianza y los celos de Héctor hacia Xiomara aumentaban cada vez más. Una tarde divisamos con mamá una patrulla que merodeó en varias oportunidades la cuadra. Dos policías bajaron del auto y tocaron con insistencia el timbre de la puerta. Ninguno salió a recibirlos. Tampoco escucharon bulla dentro de la casa. Uno de ellos, el más bajo de estatura, sonrió, pero el otro, un policía canoso, seco y con un bigote como de brocha, dio de patadas al portón. Luego con su puño izquierdo golpeó el derecho como señal de que ya la habían pillado. Mamá le suplicó a la Virgencita que ayudara a Xiomara. Seguramente los dos agentes le contarían a Héctor que no había nadie en la casa y que su mujer a saber en dónde andaba.
Doña Chuchita, fíjese lo que es la vida. Uno de los candidatos a diputado por el partido apareció muerto en su casa hace dos días. ¿Vio los periódicos? Los bomberos descubrieron su cuerpo acuchillado en la cama. El ministro de gobernación dijo a la prensa que fue un crimen pasional. Yo no lo creo, pero no es eso lo que le quería contar. Me propusieron en su lugar, fíjese doña Chuchita.
Xiomara llegó con los ojos morados, unas curitas en la cara y con una mano tapada por una venda. Mi madre lloró con ella y le dijo que mejor se saliera del partido porque varios policías la estuvieron buscando durante las mañanas. Con seguridad era su esposo quien había montado un operativo para descubrir su ausencia en casa.
Imagínese si gana, Xiomara. Todos lo van a saber a través de las noticias de la prensa. Entonces su esposo la va a golpear más o hasta le puede ocurrir algo peor. Ni quiera Dios.
Matilde me dejaba regalos con mamá. En realidad no eran caramelos sino papeles con los que envuelven los dulces, pero con piedras adentro. Era un lindo gesto. Ella no tenía el dinero suficiente para comprármelos. Por eso ahora que ya no veo a Matilde, guardo las piedras dentro de una cajita que tengo en la cabecera de mi cama.
Una tarde, Xiomara llegó a contarle a mamá que Héctor se había enterado de su participación en el partido político. Detalle con detalle le relató cómo el departamento de policía cooperó con él para recabar la información hasta dar con el partido de Xiomara. Para colmo de males, el partido en el que participara la madre de Matilde era el revolucionario. Xiomara estaba muy asustada y lo que más la desconcertaba era que su esposo no le había reclamado nada, ni tampoco le había vuelto a pegar.
No sé qué hacer, doña Chuchita, porque creo que Héctor está planificando algo peligroso. Yo conozco bien sus intenciones. Estoy segura que planea hasta matarme.
Mi madre se persignaba dos y hasta tres veces luego de despedir a Xiomara y cerrar la puerta. No me decía nada, pero con sus gestos y su cara de tristeza no tenía por qué explicármelo.
Xiomara no volvió a llegar a la casa. Tampoco Matilde. Mamá trataba de no hablar de ello en la mesa. Mi padre, con enojo y con un gesto parecido al de los jueces cuando dictan una sentencia, fruncía el ceño y preguntaba a mamá por los Benavente. Ella evitaba cualquier comentario y le explicaba que Héctor ya no la dejaba visitar la casa ni tampoco a las niñas.
El papá de las niñas es celoso. No soporta que Xiomara salga a la calle y que platique con otros hombres. El colmo de todo es que tampoco la deja salir y platicar conmigo o con otras muchachas del barrio. No sé si sea tanto amor. La última vez que Xiomara vino a casa fue sorpresivamente rápida. Me explicó que me iba a contar algo relacionado con su matrimonio, pero no se animó. Pobrecita, pero es mejor que permanezca en su casa para que Héctor no continúe azotándola.
Una mañana que no fui a estudiar pasó algo extraño en la casa de los Benavente. Mi madre no abrió la tienda y mi padre no fue a trabajar. Toda la cuadra estaba rodeada por radiopatrullas. En las esquinas, policías apostados en los autos apuntaban con pistolas hacia todos los puntos. Todos cerraron ventanas y puertas. Los que tenían terraza observaban desde ese sitio y quienes no, atisbaban a través de los cerrojos de las puertas para enterarse de los hechos.
Dos policías rompieron a patadas la puerta de los Benavente. Entraron a toda prisa y lanzaron un artefacto que escupió humo hacia el interior. A los pocos minutos Xiomara salió con los brazos esposados en la espalda y con golpes en la cara. Las tres niñas salieron cargadas entre los brazos de un policía, quien las cubrió con una colcha. Luego las transportaron a un vehículo particular que arrancó a toda velocidad.
No hubo ningún disparo. La cuadra quedó en silencio de la misma manera que ocurre en las películas del oeste cuando concluye un duelo entre dos pistoleros.
A los pocos minutos llegó una Suburban blanca en la que se leía un letrero que decía juez de paz de turno. Un señor con anteojos oscuros, vestido con traje verde, corbata rosada y una barba descuidada bajó del auto.
Junto a otros tres que lo siguieron, penetró a la casa, pero antes se quitó los anteojos de gota que le cubrían buena parte del rostro. Los vecinos vencieron el miedo y comenzaron a salir de sus casa tímidamente. Mamá abrió la tienda. Mi padre agarró su lonchera, en la que guardaba para la refacción panes con huevo, que aún permanecían tibios. Metió una galleta salada y un paquete de Tortrix. Junto a mamá caminó hacia la patrulla donde tenía encerrada a Xiomara y colocaron la lonchera en sus piernas, que estaban llenas de una sangre a punto de ponerse negra.
Ella no dijo nada a mis padres. Ellos tampoco, pero tras dejarle la comida y emprender la retirada el juez salió sorpresivamente de la casa de Matilde y con el índice derecho los llamó. Mis padres titubearon pero no tuvieron más remedio que aproximarse hacia él. Con la cabeza negaron todo. El hombre, que en ese instante tenía el rostro descompuesto, pero en la boca se le dibujaba una risa macabra, les enseñó un martillo manchado con sangre que estaba metido dentro de una bolsa plástica. Seguidamente sacó de otras dos bolsas plásticas una vieja cédula y el uniforme de agente de policía, que seguramente era el de Héctor. Mis padres abrieron los ojos al mismo tiempo. Asombrados, voltearon la mirada hacia Xiomara. Ella derramó unas lágrimas, y bajó la cabeza.
De la casa salieron dos policías cargando el cuerpo sin vida de Héctor. Entre otros vecinos que se aproximaron a presenciar de cerca el incidente, personal de una funeraria y curiosos, los agentes trasladaron el semidestrozado cuerpo dentro de una ambulancia que se perdió calle abajo.
El juez se puso los lentes oscuros y entró a la Suburban blanca. El auto arrancó tras la ambulancia que también se perdió calle abajo.
Mamá entró a la tienda y me abrazó. Mi padre la siguió y cerró la tienda. Yo tenía todo el panorama claro: Xiomara no soportó el asedio de Héctor, así que desesperada le dio muerte.
Sin embargo, estaba y no estaba en lo cierto. Xiomara había dado muerte a Héctor, quien era una mujer con traje de policía y de esposo. El juez se lo comentó a mis padres cuando los llamó. Revisó el cadáver de Héctor, pero resultó que era una mujer hecha y derecha. Yo lo escuché cuando mamá lo platicó en quedito con papá.
Pero, te imaginás mi'jo, él no era hombre sino una mujer. Cómo pudieron vivir así tantos años y cómo se pudo enamorar Xiomara de la hermana de su primer esposo. Es decir, de su único esposo. Eso no lo concibo yo, ni quiera Dios.
Sí, mamá, pero lo peor de todo es que entre los dos mataron al verdadero Benavente o sea al hermano de Rubén Benavente. Decidieron fugarse y vivir como cualquier pareja. Bueno, como cualquiera no, porque ella era más celosa que cualquier otro hombre, gruñó mi padre.
Mis padres no me dijeron nada. Claro, mamá tarareaba su famosa frase de que yo era chiquita y que esto y lo otro. Días más tarde mamá visitó a Xiomara en la cárcel. Ella le contó con todos los detalles cómo la hermana de su esposo la acosaba. Cómo se habían enamorado y por qué decidieron eliminarlo y ponerse a vivir juntas. Ellos eran gemelos, por lo que no le costó tomar su puesto en la policía. Mamá se persignaba cada vez que se lo contaba a mi padre. También le contó que los miembros del partido revolucionario contrataron un abogado para Xiomara. Ella alegó demencia y fue trasladada al manicomio. Allí permanecerá hasta que los médicos decidan.
Matilde y sus hermanas la llegan a visitar. Eso me ha contado mamá. Matilde y sus hermanas están bien. Consideran que su madre está loca. Xiomara no lo cree, pero prefiere permanecer en el manicomio. Allí conoció a otra paciente que tiene complejo de policía.
Mamá me contó de Cleo, una niña que llega a visitar a su madre al manicomio. Ella llega a visitarla los jueves y trata de convencerla de que no es policía. Cada vez que mamá visita a Xiomara, encuentra a Cleo y a su madre jugando de policías y ladrones.

 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.