Muñeca
 
El escenario es un tanto patético. Quizá parecido a los encuentros de fútbol que se juegan los fines de semana en el barrio. La mayor cantidad de público ingresa por las gradas de concreto. Otros, lo que no han cancelado su boleto, están subidos en los árboles o en los tejados de las casas vecinas. En las dos entradas, un rótulo amenaza que no es permitido el ingreso de niños. Sin embargo, se percibe la presencia de algunos de ellos corriendo por entre los corredores de preferencia.
Los que han pagado un precio más elevado para observar de cerca el espectáculo saben, sin preocupación, que su asiento está reservado. Algunos beben cerveza, fuman cigarrillos y conversan de los anteriores combates en una caseta que exhibe un hermoso trofeo de primer lugar. Cada uno hace alarde de que será el ganador en las apuestas.
Hasta arriba, amarrada con dos lazos anaranjado y azul a un poste de luz eléctrica, y una centenaria jacaranda, cuelga una manta en la que se lee: "Hoy pelea estelar: Muñeca versus Mandíbula". La primera de ellas soy yo.
Tengo seis meses de entreno forzado a diario. Bueno, si no me han identificado aún, soy una American Pitt Bull Terrier. Mis ojos son amarillo tirando a fuego, mi nariz es roja y tengo seiscientas libras de presión en la mandíbula. A la fecha no he perdido una pelea, y es por eso que estoy metida en este pequeño cuartucho, de no más de dos metros cuadrados, a la espera que el reloj marque las dos de la tarde para lanzar la primera tarascada a mi rival.
Muy pocas veces me ha inquietado conocer quién será mi adversaria. A menos que mis entrenos varíen de intensos a suaves, o que las carreras bajen de cuarenta y cinco a veinte kilómetros diarios. No me inquieta la idea de preocuparme contra quién tendré que luchar.
Fui la primera en venir a este palenque. No entiendo por qué no han diseñado uno exclusivo para perros. Éste sirve de escenario para gallos de pelea. Imagínense, dos ovíparos desplumándose sin misericordia. La última vez que combatí en este mismo sitio apestaba a sangre de estos bichos de dos patas tan ridículos e insignificantes. Perdí el apetito por más de una semana.
Antes que me trajeran en uno de esos picops con palangana ancha, bebí bastante agua en casa. Antes de salir, también me bañaron dos veces con agua fría y me untaron loción en las cuatro patas. Durante el camino permanecí recluida dentro de la jaula importada de color crema con azul. Todo lo miré pasar muy rápido. Apenas percibí olores poco usuales como el que salía de unas extrañas plantas a las que todavía no he logrado acostumbrarme, pero que me producen inmediatamente estornudos.
Durante el camino traje a la memoria mis entrenos. Ja, y las mordidas que tuve que acertar a cuatro perros callejeros que trataron de pasársela de listos. También recordé con náusea el horrible sabor a llanta --o mejor dicho, a hule desgastado-- y por supuesto, los incontables trotes en la carretera: en todas las noches corrí amarrada a la parte trasera del auto.
Eso me hizo estar segura de mí misma y sentirme orgullosa de ser una perra de pelea. Me da risa pensar en que pude haber nacido una simple Cocker Spaniel, de peluche, una engreída pekinesa o una obediente pastora alemana.
Llegamos al palenque. Me sacaron de la jaula como cuando se carga a un cachorro por primera vez. Entré con el cuerpo cubierto totalmente con toallas. Al instante reconocí una de ellas. Claro, el olor de la sangre queda impregnado en la tela por varios meses. Una de ellas, verde oscuro, olía a mi sangre. Eso provocó que los pelos de mi nuca se erizaran. Tiré mordidas al aire y hacia los que se encontraban cerca de mí.
Por supuesto que quienes llegaron a recibirme a la entrada principal aplaudieron con ira, pero nadie se atrevió a acercarse. Cómo explicarles que mi rabia no significaba el clásico ingreso que realizan los campeones cuando enfilan hacia el cuadrilátero. Se avientan contra el público, regañan con los colmillos y si pueden muerden a quien tengan enfrente. No, no, no. Yo estaba molesta cuando aspiré el olor de mi sangre, el cual permanecía plasmado en ese montón de chirajos de tela.
Entramos a la arena --aunque es sólo un decir, porque, total, es un improvisado ring de torta de cemento, con cuatro postes mal amarrados con simbólicas cuerdas de plástico.
Decía que cuando me soltaron corrí a toda velocidad simulando que mi rival estaba lista para dar inicio al espectáculo. Pero no fue así. Mi entrenador me gritó que regresara de inmediato. El escaso público que había llegado hasta entonces, hirvió de euforia. Con ambas manos, que sostenían el pellejo de mi espalda, me trasladó a un cuarto oscuro. Me dio unas palmadas en las nalgas y me conminó a que esperara por unos momentos. Afuera del apestoso cuartucho, colgaba un letrero que resaltaba mi nombre con letras mayúsculas y subrayado: MUÑECA.
He permanecido aquí casi dos horas. No recuerdo cómo fue, pero de un momento a otro sentí que Mandíbula estaba ubicada a pocos metros de distancia. En ese preciso instante empecé a llorar de la rabia. Alguna vez escuché que alguien mencionó que los Pitt Bull nunca lloramos, pero quisiera decirle a esa persona que el llanto no sólo es cobardía, es también coraje. Y de eso estaba cargada: de coraje. Así que cuando olfateé la presencia de Mandíbula, la sangre se me subió al apellido. Al Bull Terrier.
Creo que es conveniente que les cuente de ella. Nunca la consideré una fuerte rival, hasta que le ganó a Piraña en una muy disputada pelea. Esa vez a mí me tocó como adversaria La Tuerca, quien hacía honor a su nombre, porque era muy terca para pelear y plana en todas su curvas. No creo que algún macho se haya fijado en ella. En esa pelea acabé con ella en menos de quince minutos. Yo no resulté muy golpeada, por lo que tuve la oportunidad de presenciar desde las gradas el siguiente combate.
Allí estaba Mandíbula, una hembra bañada de negro y con un pequeño parche blanco en la cara. Siempre sobre su rival, mordiendo y mordiendo las patas y el cuello de su retadora. Hubo un momento en que Mandíbula se cansó y dejó de morder a Mola, una perra atigrada, campeona en parir cachorros. Nadie supo qué hacer hasta que Mola soltó un estridente llanto. Mandíbula aprovechó la oportunidad y la mordió sin misericordia. Una de las toallas cayó muy cerca de ambas y sentenció el final de la pelea.
El coraje de Mandíbula logró que por mi estómago corrieran mil hormigas. Ella me vio de reojo. Eso bastó para que a mí se me erizaran todos los pelos.
Ahora está ladrando a varios metros de distancia. Seguramente creerá que con eso me va a asustar, aunque por dentro no dejo de sentir que mi corazón late un poco más rápido de lo normal.
Empiezo a sentir algo de frío. No he podido estarme tranquila, así que he empezado a morder la podrida madera de la que está hecho este cuarto húmedo, oscuro e incómodo. Ahora comprendo cómo se habrán sentido mis cachorros dentro de mi cuerpo, creo que la sensación ha de ser similar a ésta. Tal vez un poco más limpio, pero la soledad es inmensa --aunque la última vez nacieron cinco crías--, la soledad no tiene dimensión.
Saber que dentro de unos minutos estaré luchando por mi orgullo, o quizá peleando solamente porque esa es mi profesión. Pensar que cuando uno está dentro del vientre materno está dando sus primeros signos de coraje para luchar por el alimento. Claro, yo no he vuelto a ver a mis hijos. Si lo hiciera, lo más seguro es que pelearía con las hembras, o haría el amor con algún macho. No sé por qué los recuerdo. Es posible que extrañe sus ladridos, sus caricias de Pitt Bull que no son más que fuertes mordiscos y golpes con la cola.
Tal vez extraño el crujir de sus dientes cuando mastican un hueso o las mordidas que me dieron en las orejas. No sé. Pero de lo que sí estoy segura es que cuando termine la pelea --y si salgo victoriosa-- estaré en recuperación durante dos meses o tres. Me vendrá mi periodo y habrá algún macho que me domine con sus mordidas y luego me haga el amor hasta saciarse, él claro, yo muchas veces no quedaré completamente extasiada.
Después, durante sesenta y dos días, pariré. Me chuparán la leche, me morderán los pechos y en cuatro meses más estaré lista para otra pelea.
Las Pitt Bull vivimos de esa manera. Algunas no poseen la destreza de pelear, tal vez están acostumbradas a ser inseparable pareja de alguien que tampoco tuvo el coraje de ser peleador, pero que produce aguerridos cachorros potencialmente campeones. Otras están fracturadas, heridas mortalmente o cuidando patios traseros.
Si el automóvil que me partió una pata cuando yo era apenas una cachorra hubiera tenido el suficiente tacto de deshacerme un músculo para siempre, seguramente estuviera cuidando la terraza de una casa y siendo la partecorazones de todos. Dirían: qué linda la perrita, pero pobre, qué le pasó en la pata... y todas esas pendejadas que se les ocurren a quienes no tienen nada qué preguntar.
Bueno, aquí estoy. La primera llamada. Me ha cargado entre mi entrenador y otro tipo a quien no conozco. Estoy subida sobre una pesa. La aguja apuntó: 45 libras y media. La cara de todos demuestra que estoy en el límite y pelearé. Aplausos y hurras del público. Alguien grita que apostará por mí. Vaya, qué admiradores los que tengo. Pero otros dos le han aceptado la apuesta. Salen a relucir las libretas de apuntes, y destapan cervezas. Las luces de los videos me ciegan a ratos, pero aún no siento la presencia de Mandíbula en la arena.
Seguro la estarán pesando. O tal vez la bañarán con agua fría. Antes no comprendía el significado del agua, pero es muy sencillo. Si alguien ha vertido sobre nuestro pelo alguna sustancia que repela al adversario, con el agua se limpiará todo residuo de la trampa. Es un tanto absurdo, pero en esta regla jamás nos han preguntado nuestra opinión.
Tengo los ojos vendados con una de mis toallas. Voy camino al cuadrilátero. De nuevo vuelve a mi roja nariz el asqueroso olor a gallo de pelea. Acabo de ser instalada en la esquina izquierda --la azul--. A un costado distingo un balde lleno de agua fría, esponjas, vendas y un bote de espray mágico.
Frente a mí está ella. Noto que trata de aparentar seguridad y jadea hacia mi esquina. Ah, pero también está ansiosa. Dos tipos con sombrero la sostienen con mucha presión. Ladra con intensidad, pero por momentos llora de cólera. Una siempre sabe cuándo se llora por cólera, por miedo o por amor.
Estoy lista. Aún siento el repugnante olor de los plumíferos, pero eso me ha encolerizado más. No me da tiempo a parpadear y siento la primera embestida de Mandíbula. El público aplaude y está al borde de la locura. Escucho gritos y hasta balazos al aire. Me distraje un segundo y ahora estoy abajo de mi furiosa adversaria. Ella comenzó ganando, pero yo tengo mejor condición física. La pelea no es solamente fuerza, la resistencia es parte de la estrategia.
Ella no entiende nada de eso y ha mordido mis dos patas delanteras. Alguien me insultó desde las gradas. Sólo eso me faltaba. Me gustaría verlos aquí, librándose de las tarascadas de Mandíbula, que no está dispuesta a ceder ni un pequeño espacio.
He intentado agarrar sus patas, pero me ha sido imposible. Únicamente forcejeamos, sosteniéndonos ambas nucas con nuestro hocico. Ella está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias, pero yo también soy hueso duro de roer. Su agitada respiración está casi metiéndose entre mis orejas. Lleva mucha delantera, porque mis dos patas traseras están sintiendo la presión de sus quijadas. Nunca había sido tan sacudida con tanta violencia como hoy.
No creas, Mandíbula. Yo tengo mi arma secreta: consiste en embestir de frente, agachar la cabeza y meterme abajo de su pecho. Con velocidad giro hacia arriba y levanto el cuerpo de mi adversaria. Seguidamente espero a que caiga y ataco las partes más vulnerables.
Pero en esta ocasión, Mandíbula me ha esquivado como lo hubiera hecho la mejor de las bailarinas. Solamente sentí que una sombra negra dobló la cintura con agilidad y mi nuca sintió de nuevo la presión de sus colmillos.
Sin embargo, me doy cuenta que los dientes de Mandíbula no tienen la misma presión que la de hace veinte minutos. Es cierto, está perdiendo potencia.
No sé en dónde lo aprendí, pero entiendo que el resultado es bastante positivo. Ahora soy yo la que morderé con fuerza. Hasta que se arrepienta de cada una de las mordidas que acertó en mi cuerpo. Hasta que comprenda quién manda en este palenque. Hasta que de su esquina lancen la toalla blanca casi sobre nuestras cabezas.
Estoy de nuevo metida en la jaula importada. Extenuada, rendida y con heridas en todas las partes de mi cuerpo. Con una toalla me han terminado de absorber mi sangre y la de Mandíbula. Debido al cansancio no puedo permanecer en cuatro patas. El picop viaja despacio. El extraño olor de esas plantas no ha hecho que estornude.
Seguramente me bañarán con agua fría y me curarán las heridas. Como si fuera una muñeca de trapo, me coserán con una cruda aguja en forma de hoz las partes deshiladas de mi cuerpo y me inyectarán suero con vitaminas y qué sé yo.
Dentro de tres meses vendrá un macho a asaltarme. Quizá me muerda con malicia y me demuestre que es más fuerte que yo. Se lo haré creer, me entregaré a él y seguramente se sentirá todo un campeón de pelea. Nunca volveré a saber de él, pero tendré cuatro o cinco cachorros. Quizá sea mejor. Siempre he sostenido que es mejor que ellos se crean superiores. Yo continuaré peleando, hasta que interrumpa de nuevo mi carrera para amamantar a mis cachorros.
Algún sábado por la tarde, una de mis hijas me vencerá en ese sucio palenque que apesta a despellejadas plumas de gallo.

 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.