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Antonieta, mi amor
I
Abre la puerta del refrigerador y bebe a boca de jarro medio litro de
leche descremada.
Encuentra un mensaje en el espejo del baño en el que lee "te amo,
no me despertés cuando llegués porque mañana llevo
a los niños a la excursión. Tu pichona".
--Estúpida. Cómo te voy a despertar si no quiero escuchar
ni una sílaba que salga de tu pastosa boca.
Enciende el televisor. Durante cuarenta minutos observa entre espaciados
cabeceos la película pornográfica en la que dos lesbianas
pelean por truncar la virginidad de una colegiala.
Cuando despierta, la película ha terminado y se queda con la duda
de si la trigueña derrotó a la rubia de quien colgaban dos
pechos de antología.
Se quita los zapatos. Inserta dentro los calcetines Pierre Cardin. Avienta
sobre los sillones de la sala su pantalón e traje negro y extiende
la camisa de vuelos que repetirá dos días más.
En el baño lee nuevamente la nota, la cual arruga y arroja con
desprecio dentro de la taza del inodoro, que acaba de presenciar su última
sacudida de pene.
II
Entra al dormitorio. Lo reciben los estertóreos ronquidos de Antonieta.
El espantoso ruido le hace recordar por segundos quince años de
vida marital, de desvelos e insomnios al costado de una locomotora.
En calzoncillos y camiseta, tras cobijarse con las sábanas y el
edredón, zangolotea una y otra vez a Antonieta, quien por breves
segundos desconecta los ronquidos. Pero al término de un placentero
silencio echa a andar la máquina de vapor a todo pulmón.
--Maldito serrucho.
Lorenzo cubre sus orejas con una de las almohadas y permanece bocabajo
hasta que el sueño tiene más intensidad que la chimenea
que bufa a su lado. La trigueña, devorándose a la jugosa
adolescente, empieza a pasar por su mente como una imagen silente entre
sus sueños.
La colegiala está nerviosa. Se ha quitado la blusa blanca y está
a punto de entregarse a la ganadora. Hace frío para ser su primer
contacto sexual.
Lorenzo es un tipo que tiene el sueño ligero. Cualquier ruido o
algún movimiento inusual lo despierta al instante. No se diga las
teclas de la máquina de escribir de los vecinos del apartamento
de arriba que martilla por las madrugadas sus oídos dos o tres
veces por semana.
Su posición para dormir es parecida a la de un feto, aunque nunca
duerme en una sola postura. A veces amanece enroscado en los enormes brazos
de Antonieta, otras con la mitad de las sábanas tiradas al suelo
y de vez en cuando abre los daltónicos ojos cuando Antonieta le
devuelve una patada que lo avienta de inmediato a la alfombra.
III
Pero ahora lo despierta el deseo de terminarse el último medio
litro de leche. Los ronquidos de Antonieta continúan zumbando en
el pabellón de su oreja, así que decide levantarse, ponerse
las chancletas, dirigirse a la cocina y beber hasta exprimir la leche.
Por momentos trae a su mente los pechos de la rubia. Saborea una y otra
vez hasta que la sed lo obliga a ponerse en pie y asaltar la refrigeradora.
De regreso echa un vistazo a sus hijos y cierra la puerta de sus habitaciones.
El reloj apunta las tres de la mañana. A lo lejos escucha bramidos
de gatos. Piensa en las lesbianas y se sonríe sarcásticamene
al lamentar el desperdicio de carne que generan esas relaciones. Vuelve
a su cuarto con la luz apagada.
De nuevo observa entre la oscuridad el reflejo de la deforme silueta de
Antonieta. Recuerda que en los últimos meses ella ha incrementado
considerablemente su peso. Gasta más de la mitad de su sueldo en
comida de lata, cartón y albúmina. Ahora compra exclusivamente
ropa en pacas, ya que en ninguna boutique encuentra ropa de su
talla.
También recuerda lo infeliz que se ha convertido su vida al lado
de Antonieta. Es curioso. La ama tanto, pero a la vez la aborrece con
toda el alma. Salen juntos de paseo. Visitan con los niños el zoológico.
Por las noches la invita a cenar a algún restaurante vegetariano,
pero el matrimonio transcurre alimentando su odio hacia ella y hacia lo
que Antonieta no era. No concebía haber contraído matrimonio
y peor aún procrear tres hijos.
Durante los quince últimos años de su vida ha rechazado
la idea de no ser más un poeta sino un padre de familia que pasea
a su mujer y a sus hijos los domingos.
IV
Cuando se da cuenta está con los ojos clavados en la pared, en
la que se empieza a reproducir la escena en la que las dos lesbianas disfrutan
a la adolescente, quien sonríe con satisfacción al sentir
sus pechos completamente inflamados. Ahora la rubia y la trigueña
hacen el amor y tratan de satisfacerse hasta encontrar el placer en sus
vulvas. Una de ellas se come los labios vaginales de su compañera
y la otra gime mientras chupa los dedos de los pies de la otra.
En ese momento Lorenzo se da vuelta hacia el centro de la cama y la escena
se congela en las dos guerreras con la inocencia de las modelos de la
Play Boy.
Vuelve a escuchar el concierto de ronquidos de Antonieta. Sin embargo,
sueña que está nadando en medio del océano y que
dos orcas se lo disputan. Una de ellas está casi acabando con la
otra y se prepara para darle la primera dentellada a su presa. Lorenzo
intenta salir del agua con terror. Uno de sus brazos, el derecho, golpea
la nariz fría del cetáceo. En cada uno de los huesos de
su mano siente la piel del gigantesco animal que se aleja de inmediato
al sentir el impacto del golpe en su cabeza. Antes de la segunda embestida,
Lorenzo vuelve a atacar hasta que la sangre de la orca corre entre sus
dedos.
Con sorpresa, abre los ojos y siente que un fuerte golpe se clava entre
su pecho cuando ve la cara de Antonieta bañada en sangre. Su nariz
está completamente destrozada y trata de decirle algo que se asemeja
a un ¿por qué?
V
Lorenzo contempla cómo se pierde la vida de Antonieta entre sus
brazos. La sangre de su infortunada esposa ha teñido las sábanas
y el largo cabello negro, que aún descansa entre la almohada, está
siendo testigo presencial de la muerte. Piensa en salvar a su compañera,
pero también sonríe cundo se recuerda de los tiros de gracia
y los arpones certeros. Se dice a sí mismo que con sólo
apretar su garganta ella estaría completamente fulminada y para
siempre. No en balde ha presenciado durante tantos años las corridas
de toros en la TV española. Cuántas veces se vio vestido
como Paquirri y cortando la oreja del último miura de mil doscientas
libras. Curiosamente, ahora que su esposa agoniza vuelve a sacudir el
capote y está a punto de lanzar la estocada mortal.
A lo lejos, el llanto del más pequeño de los hijos clama
por el acostumbrado biberón de la madrugada. Lorenzo, molesto,
le grita y lo amenaza con golpearlo si no se duerme inmediatamente. Está
parado frente a Antonieta, quien sin comprender y con lágrimas
en los ojos se ahoga con su propia sangre, que entre hierro, colesterol
y glóbulos blancos se traga gota a gota.
VI
Da gritos en el dormitorio de sus hijos. Los apura. Luego de darles dinero
para la refacción explica a ambos que mamá no los llevará
a la excursión. Ella está dormida y no la vamos a despertar
porque pasó mala noche.
El taxi se va a toda prisa. Cierra la puerta y un temblor saluda su vientre.
No comprende por qué tiene frío y está tan desvelado.
Tampoco está seguro de si Antonieta murió de asfixia o con
el último golpe.
La película de anoche hizo que estuviera excitado como cuando era
adolescente. Cuchillo en mano, entra al baño y llena la tina con
agua caliente. Frente al espejo cree escuchar que su mujer lo llama para
desayunar. Sonríe. No sabe cómo cargará el cadáver.
Los muertos pesan más. Hasta en eso ella está satisfecha.
Maldita. No puedo cargar una bola de carne de doscientas veinte libras
y tirarla a la basura como hice con el estúpido papel. Son demasiadas
libras para almacenarlas en la refrigeradora. La pared es muy estrecha
como para enterrar su cuerpo. Además, no tengo un gato negro que
la devore. Asegura el tapón de la bañera, se desnuda y mete
su cuerpo dentro del agua, que está a punto de hervir. Cierra los
ojos y se acuerda de la estúpida orca que quiso atacarlo. Se masturba
pensando en la colegiala de la blusa blanca. Eyacula en el agua caliente
de la bañera. Sonríe otra vez.
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