Un cuento para noches frías
 
Recuerdo que fue una noche de noviembre cuando entramos abrazados a una de las pensiones del callejón del Fino. Específicamente La Primaveral, una antigua casa verde de esquina, que, según me enteré por medio de Guillermo, hace dos meses cambió de dueño. Mi acompañante era una morena de suculentas nalgas, ojos saltones y tetas pequeñas. Usaba un pañuelo blanco en la cabeza, vestía pantalones jeans ajustados. Arriba de su ombligo amarraba las pitas de una blusa blanca con chibolas negras, que la hacían parecer salida de algún conjunto musical de programa barato de televisión.
Durante el corto trayecto recorrido por el autobús, que nos dejó a una cuadra de la pensión, Janeth se mostró como una mujer que nunca ha estado con un hombre en la cama. Lo único que me confesó fue que trabajaba cuidando niños en la zona diez, pero que ese domingo había salido a pasear al centro de la ciudad para conectarse a un chavo tan guapo como yo.
Guillermo era el nombre del muchacho que me atendía los fines de semana en ese motel. Este joven, del que de boca en boca se decía que era homosexual, recibió siempre una buena propina de mi parte, ya que cada vez que yo llegaba se dio a la tarea de reservarme la mejor de las habitaciones.
Ésta consistía en un pequeño cuartucho instalado al final de la casa. Las paredes colindaban con la 10ª avenida "A" y un abandonado garaje de la vecindad.
La tradicional faena incluía sistemáticamente el religioso pago y la ceremoniosa entrega de los implementos que me servían para antes y después de cogerme a alguna fulana.
Era un acto habitual y sencillo, ya que luego de pagarle los doce quetzales Yemo me entregaba una palangana de plástico, jabón, toalla y papel higiénico rosado casi al borde de la extinción.
Este Guillermo, por quien ahora guardo mucho aprecio, era un joven blanco, retraído y con miles de barros en la cara. Nunca desnudó con la mirada a las muchachas que entraban conmigo, mucho menos lo hizo con Janeth, la morena que casi me provocó un paro cardíaco.
Al entrar al cuarto y entre susurros le conté lo que se decía de mi amigo. Ella me preguntó cómo Yemo había ganado esa fama.
Mientras le metía la mano dentro de la blusa, le expliqué que un chisme de saber quién había hecho que de la noche a la mañana a este patojo le gustaran los hombres.
--Ese loco, allí como lo ves, en cada uno de los cuartos tiene agujeros estratégicamente repartidos, desde los que observa a los clientes que se devoran con pasión, mamacita--, le expliqué a Janeth mientras frotaba sus pequeños pechos tratando de adivinar el espesor de sus pezones.
--Entonces a él no le interesan las chicas como yo o como mis amigas--, me dijo mientras tocaba las sucias paredes de la habitación, en las que trataba de descubrir algún posible agujero.
--Su mayor ilusión, dicen las lenguas viperinas, somos los caballeros, pero no vamos a discutir lo que le gusta o no a ese cerote. Mejor empecemos a descubrir lo que nos apetece a nosotros, mi negra--, le dije, mientras me trataba de aflojar los pantalones y la camisa.
El cuartucho era sumamente pequeño. Sólo cabía la cama semi-matrimonial, una mesa de noche de madera, donde descansaba una vieja lámpara de neón, una coja silla de plástico, una ridícula mesa de sala en la que resplandecía el cenicero lleno de chencas y un asqueroso baño sin puerta.
Cuando apenas eché llave a la puerta, Janeth, como un toro tras el capote, se me abalanzó sin decir Jesús. Tenía los labios carnosos y sus candentes besos me recordaron una vieja puta que conocí en Faroles, monumental prostíbulo en el que desvirgaron a varios de mis compañeros.
La morena estaba más caliente que un carbón en chimenea y yo apenas le había tocado las nalgas. El jadeo que hizo sobre mi nuca me convirtió en su presa. No dejó que me quitara completamente los pantalones ni la camisa. Con un brusco movimiento parecido al de un clavadista se lanzó de espaldas a la cama y tras ella caí como edificio demolido. Me empezó a meter mano dentro de los calzoncillos, hasta que con ansiedad se dio a la tarea de apretarme el miembro con tal fuerza que nunca había experimentado esa sensación colindante entre el dolor y el placer.
Como pudo y sin soltarme, con una mano se bajó el calzón y me dijo que no me atreviera a despegarme de ella. Yo no había logrado desabotonar por completo la maldita blusa de combo tropical, así que chupé sobre el sostén.
No me costó nada metérsela, ya que estaba totalmente mojada. En ese instante me ordenó que me moviera para todos lados y con la velocidad de un chajalele.
--Dale papacito. Dale lo más rápido que podás. Hacé caso que te va persiguiendo un chucho-- gritó, lo cual me desconcertó y hasta hizo que por mis brazos pasara una ráfaga de escalofrío.
--Esperate mi negra. Vamos con calma, que la onda no es a matacoche-- le dije, pero ya la tenía hasta adentro. Mis ojos empezaron a dar vueltas en círculos de la derecha a la izquierda.
La cama era demasiado pequeña e incómoda. Pies, camotes y rodillas de ambos cuerpos permanecían flotando como barriletes de Santiago. El cuarto estaba completamente oscuro. La maldita lámpara de neón se apagaba a cada instante, por lo que había que darle un manotazo para que volviera a encender.
Janeth parecía estar gozando sola. Daba de gritos al vacío. Podría haber sido cualquiera quien la estaba penetrando. Estaba ensimismada y se regocijaba al máximo.
Yo me distraje con los gritos de patojos que jugaban afuera lo que parecía ser un chamusca de béisbol. Una de las paredes de la pequeña habitación servía de malla, portería, paredón de fusilamiento y hasta de hazmerreír de los muchachos, que apostaban cuál de los clientes usaría aquel cuartucho. Esto hacía que cualquier ruido se colara por las paredes de adobe. Tanto el crujir de la cama, el del bate contra la pelota, los gritos de Janeth y las porras de los jugadores formaban parte del mismo espectáculo, del cual nadie más que nosotros parecía percatarse.
Me costaba moverme de arriba hacia abajo y de la derecha hacia la izquierda, porque pantalones y calzoncillos estaban haciendo presión entre mis piernas. La camisa de seda desabotonada de mangas largas me impedía que pusiera plenamente las manos en las orillas de la cama como para hacer palanca y darme el envión que requería esa mujer que se deleitaba extasiada.
Janeth me apretaba el cuello con toda su fuerza, arañaba mi espalda y en ocasiones hasta me tironeaba contra su cuerpo. La luz de la infeliz lámpara insistía en apagarse una y otra vez.
Sudando a chorros, tomé un poco de aire y con la mano izquierda le di un golpe a la bombilla, la que voló por los oscuros aires y explotó en alguna parte del suelo.
--¡Dejala! Yo soy más negra que la oscuridad y te voy a tragar eso que tenés abajo papcito-- me repitió en el oído mientras apretaba sus fuertes y largos brazos contra mi cuello.
Lo tenue de la atmósfera me hizo reflexionar un momento. Lo primero que pasó por mi mente fue la angustia. Por más que se la tenía hasta adentro un escalofrío me pasó por el subconsciente, así que giré mis brazos violentamente hacia mis piernas en busca de la bolsa de mi pantalón, donde me esperaban una carterita de fósforos y una cajetilla de Payasos.
--Así, así. Muévase pa'todos lados-- me exigió, pero el impulso que realicé hizo que diera una media vuelta y saliera teledirigido hacia el suelo.
El jalón y el miedo hicieron que eyaculara en el aire, precisamente en el instante en que mi espalda partió la mesa, que estaba a la par de la cama.
Janeth, con gimoteos y sollozos, llegó al éxtasis también. Estiró su mano y me la agarró con mayor fuerza que antes.
--Véngase mi'jo, véngase-- dijo antes de quedarse sin habla. Me apretó tan duro que por poco me estrangula. A los pocos segundos me soltó y sentí que se desmayaba porque su mano se abrió despacio y quedó estática.
Yo quedé tendido boca arriba. Un fuerte dolor salía de mi espalda y se insertaba en la punta de mi miembro, que entonces estaba semierecto y totalmente exprimido. No podía ni siquiera quejarme. Las astillas de la mesa lastimaban mi espalda, el sucio piso enfriaba mis nalgas y la maltrecha camisa terminó por hacerme un nudo en los brazos.
Traté de despertar a Janeth con gritos varias veces pero no respondió. Intenté levantarme, pero me fue imposible, ya que los pantalones arrugados y enredados, permanecían haciendo de esposas en mis pies. Además, estaba agotado por esa relación tan rápida y violenta.
Procuré darme vuelta, pero tampoco lo logré, ya que el poco espacio del cuartucho me aprisionaba y tendía una red imaginaria en todo mi cuerpo.
Uno de los patojos que jugaba pelota lloraba sobre la pared. Maldecía el out que injustamente le cantaron los contrincantes y amenazó a uno de ellos con batearle las piernas.
No podía ni siquiera bufar. Opté por ponerme a llorar de la rabia, aunque la satisfacción se me derramaba entre las piernas. En mis treinta y nueve años jamás me había ocurrido cosa similar. Estaba maniatado, empapado de semen en el vientre y con una negra desmayada sobre la cama.
No supe si fueron veinte o treinta minutos los que habían transcurrido desde mi trágico descenso al piso, pero Janeth no daba señales de volver en sí. Después de gastar todas mis fuerzas en levantarme, apenas había logrado colocarme boca abajo. Las piernas me temblaban. De mi espalda salía un asqueroso olor a ceniza y a papel higiénico viejo.
Apenas distinguía la cama que tenía a menos de una cuarta de distancia. Pensé en la lámpara, pero era imposible que sobreviviera al aparatoso golpe. También deseché la probabilidad de encender el interruptor que estaba del lado izquierdo del marco de la puerta de entrada. En el baño tampoco había luz.
Se me ocurrió empezar a golpear la cama con las piernas para que Janeth se despertara, pero más tardé en cansarme que en obtener que la morena se moviera o pronunciara apenas quejido.
Traté en vano de llamar a Guillermo, pero él nunca se asomaba cerca de la habitación que yo ocupaba, así que empecé a arañar y a patear lo que encontraba abajo o a mi lado. Escuché cómo barrí los pedazos de la lámpara en el piso hasta que varios de ellos se hundieron en mi pierna derecha.
Seguía sin creerlo. Janeth no se despertaba, Guillermo no aparecía y los patojos habían dejado de jugar pelota.
Cama y mesa me impedían levantarme. Con los dientes jalé la sábana de la cama. La fría mano de Janeth colgaba casi tocando mi vientre. Lo único que se me ocurrió fue tirar de su brazo para que al caer sobre mí despertara. Con la cabeza, el hombro y uno de mis brazos, no recuerdo cuál, logré que el cadáver de Janeth cayera sobre mí.
Por eso es que cada vez que Guillermo me viene a visitar a la Granja Penal de Pavón, dirige con asombro sus ojos hacia mi vientre. Nunca se ha atrevido a preguntarme si fue mi verga o qué lo que mató a Janeth. Yo también he preferido no preguntárselo a las autoridades.

 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.