Raúl de la Horra, escritor

Cerramos hoy con un escritor que vivió 28 años fuera de Guatemala, pero volvió hace 2 años a nuestro país.

Hijo de padres españoles (++), Raúl de la Horra nació en la ciudad de Guatemala, en 1950.

Estudió con los curas del Liceo Javier. Al terminar la carrera de Psicología en la Universidad Rafael Landívar, en 1974, con 23 años, se largó a Francia con una beca para una maestría y un doctorado.

Nunca los terminó. En su lugar, nos cuenta, escribió una novela, "Se acabó la fiesta". Con ésta ganó el 1er. Premio de Novela Monteforte Toledo, en 1995.

En total, se quedó fuera del país 28 años, más de los que tenía cuando se fue. Fueron 17 años en Francia: primero 10 en París, luego se fue a Alemania del Este (6 años dentro del comunismo hasta la caída del muro en 1989: 4 en la Universidad de Lepizig como lector de español, y 2 en Berlín como corrector de estilo para una editorial). Luego volvió a París durante 6 años (trabajó como terapeuta con adolescentes y mujeres maltratadas), y después volvió a Alemania, donde vivió 3 años en Múnich, trabajando con víctimas de guerra (bosnianos, afganos, etc.).

Después se fue dos años a Colombia, a la Universidad de Cali, a dar clases de psicología. Y allí decidió regresar a Guatemala “para ver si hacía algo aquí”. Colombia fue un amortiguador en su regreso, “si hubiera venido directamente de Europa a Guate, creo que me habría vuelto loco en poco tiempo”.

Vino a Guatemala en agosto del 2001, es decir, hace un poco más de dos años.

Actualmente es columnista de elPeriódico (“Follarismos”), psicoterapeuta, docente en dos universidades (U. Landívar y Del Valle), pertenece al Club de Magos de Guatemala (hace prestidigitación), y escritor. Ha escrito cuentos y artículos en diversas revistas.

Su correo electrónico: [email protected]

Entrevista: “Esto era -y sigue siendo- Una aldea”

Usted estuvo prácticamente 30 años fuera de Guatemala y volvió hace 2. Esto no es algo frecuente y por eso me gustaría hacerle algunas preguntas. Empecemos por su salida: ¿cuándo, hacia dónde y por qué?

¿Cuándo? En el año 1974; tenía entonces 23 años. ¿Hacia dónde? Hacia Francia. ¿Y por qué? Bueno, aquí habría que extenderse un poco. La causa más obvia e inmediata, quizás, fue que yo ya estaba harto.

Harto de Guatemala, harto del provincialismo en que vivíamos, harto de la violencia reinante -por aquel entonces gobernaba el general Arana Osorio y la represión era despiadada contra los estudiantes e intelectuales, y contra la gente del campo.

La verdad es que no había demasiadas opciones para un joven que tuviera dos dedos de frente y el cerebro despejado: o se largaba, o se quedaba en el país y se involucraba de alguna forma en algún grupo armado revolucionario, para probablemente morir en el intento. Yo opté voluntariamente por la primera alternativa, cosa que otros tuvieron que hacer después también, pero a la fuerza.

Tuve la suerte de que me ofrecieron una beca para especializarme en psicología social en París y hacia allá me fui corriendo. Recuerdo que me marché dos días después de mi examen público como psicólogo. Pero incluso, aunque no me hubieran dado beca alguna, yo me habría largado; no sé cómo, pero lo habría hecho, pues acá la situación era irrespirable.

¿Qué tan irrespirable?

Esto era -y sigue siendo- una aldea. Para un joven con curiosidad vital, con necesidad de crecer y de madurar, nuestra monstruosa finca urbanizada semejaba a un ataúd colectivo o a un inmenso cementerio. Un cementerio con muertos en vida y con muertos sin vida.

Claro, otra opción hubiera sido quedarme y casarme, tener hijos, comprar un auto y una casa, trabajar como mula para pagar todo eso, lo que hicieron muchos de mis amigos. No digo que eso sea lo más patético que pueda pasarle a uno; pero vamos, me parece un camino demasiado trillado y poco entusiasmante para alguien que tiene 23 años y quiere devorarse el mundo.

Según tengo entendido, usted vivió 17 años en París, 9 en Alemania y dos años en Colombia. Es más de la mitad de su vida. ¿Qué lo hizo volver? ¿Fue difícil la readaptación?

¡Uff, vaya pregunta! Aún estoy tratando de saber qué es lo que hago aquí y cuánto más aguantaré. Claro, no regresé pensando que fuera definitivo, ya que después de tanto tiempo en el extranjero uno necesita dejar la puerta entreabierta, creer que en cualquier momento puede hacer nuevamente las maletas.

Y es que a estas alturas del partido yo no pertenezco totalmente a esta realidad, como tampoco pertenezco completamente a Europa. Digamos que todos los que hemos pasado muchos años fuera estamos como sentados entre dos sillas, lo que nunca es demasiado confortable.

Aunque si lo analizamos bien, cualquier ser humano, de alguna forma, está sentado también entre dos sillas, con una nalga en el pasado y la otra en el agitado presente. Pero volviendo a la pregunta de por qué volví, diré que fue porque si no lo hacía ahora, no lo hubiera hecho nunca.

Estaba yo en Colombia trabajando en la universidad de Cali, y fue el contacto con América Latina lo que me sembró la inquietud. Guatemala no estaba lejos y mi situación matrimonial en Alemania andaba por los suelos, así que decidí hacer un rodeo antes de volver a Europa. Decidí quedarme un tiempo en mi país para poner las ideas en orden, para escribir, para ver qué diablos podía hacer.

Y también, lo confieso, volví impulsado por esa candorosa idea que tenemos todos los expatriados, de que el país nos extraña o nos necesita, lo que es absolutamente falso. Sin embargo, no me arrepiento, ya que de no haberlo hecho, el gusanito de la insatisfacción o del remordimiento me habría estado corroyendo mis noches de insomnio.

Usted expresó antes de la entrevista que su paso por Colombia le sirvió de "amortiguador", ya que si se hubiera venido directamente a Guatemala desde Europa se habría vuelto loco. ¿Es esto cierto y por qué?

Pues, simplemente, porque el salto hacia este modo de vida nuestro, viniendo desde Europa, es muy brusco. Colombia está, digamos, unos cien años adelantada con respecto a Guatemala desde el punto de vista industrial, urbanístico y cultural, y para mí representaba una situación intermedia entre lo que provocadoramente podríamos denominar la civilización y la barbarie.

La "civilización" europea, donde por ejemplo el transporte público sí funciona -en fin, allí casi todo funciona- y la "barbarie" guatemalteca, donde casi nada funciona, y para quedarnos con el mismo ejemplo, el transporte público es aún peor que el que se usa para el ganado.

Y si yo hubiera venido directamente de Alemania a Guatemala, seguro que se me habría roto algún fusible, como les pasa a algunos alemanes y europeos que conozco en Guatemala, que van hablando solos por las calles, los pobres. Es que vivir en una sociedad donde la hora no es la hora, y donde el tal vez quiere decir no, y el sí, tal vez, es como para volver loco a cualquiera.

Tengo entendido que trabajabó en Berlín, para una casa editorial. ¿Presenció la caída del muro?

No sólo la presencié, sino hasta contribuí a su caída. Yo trabajaba a una distancia de cien metros del paso fronterizo "Check-Point-Charlie", el más famoso corredor que separaba Berlín oriental del occidental. Desde mi ventana veía a los guardias de ambos lados de la frontera observándose mutuamente con sus catalejos.

Entretanto, mi trabajo consistía en corregir el estilo de cuanto artículo fuera traducido al español para ser enviado a los países de habla hispana. Había de todo: propaganda política, artículos culturales y educativos, guías turísticas, etc. Pero había también los discursos de los dirigentes. Eran abominables.

Yo me partía de la risa leyendo sus sandeces (conste que por acá, de este lado, la cosa no era cualitativamente mejor) y entonces iba yo y le decía a mis superiores que esas tonterías no las leerían ni los comunistas más idiotas y alcohólicos de mi país.

Y parece que de tanto repetírselo sembré en ellos algún embrión de duda respecto a la validez de su trabajo, al menos esa fue mi impresión. De manera que cuando las protestas masivas de la gente se hicieron tan imponentes, ellos también empezaron a manifestarse a favor de una democratización.

Y fue en este contexto que la puerta del "Check-Point-Charlie" fue abierta un 9 de noviembre de 1989 a las 9 de la noche, y yo me sentí un poco héroe, como tantos otros millones, que salieron a las calles a festejarlo. ¡Un nueve de noviembre, como nuestras elecciones! Pero definitivamente, nada que ver.

Luego, trabajó como terapeuta con adolescentes y mujeres maltratadas en París. Después, en Munich, trabajó tres años con bosnianos, afganos y otras víctimas de guerra. Supongo que no era una tarea fácil.

Ninguna tarea es fácil cuando no se tiene la costumbre. El instituto donde trabajaba era uno de los dos centros que había en Alemania para el tratamiento de personas torturadas y víctimas de guerra. Estaba financiado por La ONU, la Cruz Roja y la alcaldía de la ciudad. Nos llegaban personas que habían pedido asilo político provenientes de regiones conflictivas o en guerra, casi todas del tercer mundo.

Trabajábamos con traductores de la lengua original que conocían perfectamente el alemán. Allí tuve experiencias extraordinarias, conocí gente fantástica. Descubrí, por ejemplo, que los etíopes y los afganos, entre otros, provienen de culturas que han alcanzado un refinamiento extraordinario en muchos aspectos. Aunque las personas eran pobres, tenían un sentido de la identidad y de la dignidad impresionantes, producto de siglos de civilización.

En contraste, muchos europeos parecían más bien salvajes comparados con esos desheredados. Era sorprendente. Cuando sales del corral en el que te has criado y conoces a gente de todas partes, confirmas que el mundo es amplio y estupendo, aprendes a comer sus comidas y a compartir sus costumbres, cesas de estarte viendo el ombligo, creyendo que lo tuyo es lo único posible o lo mejor, y entonces sí, ¡te sientes vivo!

¿Se arrepiente de haber vuelto?

Claro que sí. No, es broma. Por supuesto que no me arrepiento. Uno no debe arrepentirse de las decisiones tomadas, porque todo contribuye a hacer nuevos aprendizajes y a crecer. Incluso hasta el hecho de haber comido mucha mierda en esta vida se vuelve una experiencia edificante, si uno logra elaborarla o catalizarla, ¿no es cierto?

A mí, lo que me protege es la experiencia acumulada durante todos estos años, pues me sirve de coraza ante la agresión permanente de este país desquiciado. Yo me marché de aquí sin piel, con la carne al rojo vivo. Y regresé con buen cuero, protegido por la riqueza de lo vivido. Pero si nunca hubiera salido, mi alma ahora estaría cubierta de moretones y de llagas.

¿Qué tan distinta es la Guatemala que dejó y la que encontró a su regreso?

Muy poco distinta. La única diferencia es que hay un poco más de todo: más autos, más niños, más miseria, más polvo, más ricos, más prisiones, más idiotas, más violencia, más psicólogos, más locos. En realidad, seguimos subdesarrollándonos.

Esto no tiene remedio. A no ser que...; pero aquí tendría que escribir diez tomos para enumerar conceptualmente las condiciones que se necesitarían para que salgamos de este estado. Yo pienso, en mis fantasías, que en los cien años venideros, sólo una intervención de extraterrestres podría salvarnos. De extraterrestres lúcidos y autoritarios, porque de lo contrario, terminaremos corrompiéndolos y metiéndolos en formol.

Entiendo que se vino de Colombia con cuatro gatos, y que ellos constituyen toda su familia actual.

Así es. Me traje cuatro felinos que me agarré prestados de la universidad de Cali, en Colombia, siendo aún pequeños. Eran gatos muy pobres, pero honrados y cultos. Y como acá en Guatemala no tengo familia de ninguna especie, es con ellos con quienes comparto mis ratos de ocio. Son budistas -como todos los felinos- y me han enseñado la vía de la paciencia y del goce; ellos son mis verdaderos maestros. Pienso que el día en que me reencarne, me gustaría ser gato, para subirme a los tejados y observar desde allí, con benevolencia, la estupidez humana.

La vida por el mundo, ¿de qué ha servido?

Pues me ha servido para descubrir su existencia. Y, de paso, me ha servido para aprender a cocinar y a disfrutar, tanto de la soledad, como de la compañía de otras personas. Me ha servido, en suma, para hacerme hombre. Y también, creo que he aprendido a amar y a no deprimirme.

¿Algún mensaje para los artistas guatemaltecos en el extranjero que nos leen y aún no vuelven?

Sí; que no regresen, porque estamos muy a gusto aquí, sin ellos. Que si es para traer ideas exóticas y venirnos a jorobar la paciencia con ideas críticas e innovadoras, que mejor se queden donde están, porque de todas formas pocos los va a leer o a entender.

Que mejor se tomen una cerveza o una copa de vino a nuestra salud y que nos deseen suerte, que la vamos a necesitar. Que se mezclen, que tengan hijos mestizos, porque ése es el futuro de la humanidad. Es el mensaje que les daría. Y que hagan bien lo que tienen que hacer.


 

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Última revisión: 26/03/06 por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.