José Mejía
Entrevista por Juan Carlos Lemus, de Prensa Libre. 6 de julio, 2003

José Mejía vive y trabaja en París, donde ha tenido la beca de ayuda a la escritura, del Centro Nacional del Libro, del Ministerio de Cultura de Francia.

Publicaciones

Edición crítica guatemalteca de “Hombres de Maíz”. “Los Centroamericanos - Antología de cuentos”, Alfaguara, 2002. “Literatura y migración guatemaltecas” en Les Cahiers ALHIM (Amérique Latine, Histoire et Mémoire, No. 2, París, Université de París VIII, 2001, pp 119-126).

“Complejidad y riqueza cultural del mundo mestizo en la obra de Asturias”, en Miguel Ángel Asturias, Cuentos y Leyendas, edición crítica, París, Archivos de la Literatura Latinoamericana, 2000, pp 706-717.

“Asturias y Valéry, un encuentro permanente”, en Miguel Ángel Asturias 1899-1999, Colección Archivos, publicación de homenaje con motivo del centenario, París, UNESCO y ALLCA XX, 1999. “Poésie guatémaltèque du XXè siècle”, Genève, Editions Patiño, 1999. “Plus grand que les plus grands”, roman, París, l’Harmattan, 1998.

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Entrevista

Vida y pasión de dos ciudades

Como escritor y crítico, ¿cuáles son las ventajas que ha tenido para tu vida y tu obra vivir en el extranjero?

“Cortázar decía que es mejor no ser nadie en una ciudad que lo tiene todo, que la correlación opuesta.

Mi relación con París se ajusta a esta reflexión. Pero también es evidente que uno tiene grandes ventajas en su medio natural: en países como el nuestro todo está por hacerse y uno puede darle rienda suelta a muchas iniciativas.

La identificación al medio propio es más radical en cuanto a lengua, tradición, idiosincrasia, todo lo que hace que la cultura del país natal sea para nosotros como el aire que respiramos.

Lo ideal, entonces, es poder ir y venir. Por sorprendente que parezca, yo lo he logrado en los últimos años.

Antes venía a Guatemala a hacer recuerdos, ahora vengo a participar en la vida nacional, desde luego en mi terreno.

Hubo una ocasión en que di un seminario de literatura en la Universidad Francisco Marroquín y en seguida otro, auspiciado por la UNAM, en la Universidad de San Carlos. Fue una experiencia muy agradable en los dos sitios, contrastante, muy enriquecedora para mí.

El año pasado estuve más de seis meses en Guatemala y pude realizar una antología del cuento centroamericano, publicada por Alfaguara.

Al pensar en todo esto, se me viene a la cabeza un título de Fedro Guillén, que nos podría servir de exordio: "vida y pasión de dos ciudades".

¿En qué andás ahora?

“Tengo un contrato de investigación con la USAC. Pero no vamos a hablar de esto ahora. Es demasiado prematuro. Para lo que nos interesa platicar aquí, lo importante es que, una vez más, tengo oportunidad de ahondar y enriquecer mi experiencia guatemalteca. Mirá Juan Carlos, un país no se termina nunca de conocer. No hay un punto de saturación en este tipo de conocimiento, entre cosas, porque la realidad va cambiando”.

¿Pensás establecerte un día definitivamene aquí?

“Es algo que, por de pronto, no se me pasa por la cabeza. Al contrario, este vaivén entre París y Guatemala no me ha servido para preparar una vuelta permanente, sino, curiosamente, ha fortalecido mi decisión de vivir afuera. Baudelaire decía que en la declaración universal de los derechos del hombre habían faltado dos: el derecho a contradecirse y el derecho a largarse. Tan importante como la venida al país, resulta para mí la vuelta a Francia. Perdón por citar a Baudelaire. Es como citar a García Márquez cuando uno vive en Colombia… o en Latinoamérica. La cita, en todo caso, la encontrás en un diario, que se publicó con el nombre de, te doy la traducción, "Mi corazón al desnudo".

Ahora que estás en el polo guatemalteco de tu periplo, ¿cómo encontrás la capital?

“Es un verdadero horror. Este tema nos tomaría varias conversaciones. Dentro de la temática que estamos abordando, te puedo decir que la ciudad donde yo habité los primeros treinta años de mi vida es como cuerpo descuartizado. Encuentro aspectos, paisajes urbanos, climas sociales, aquí y allá, de un pasado que no está atrás, sino adentro. Pero las mutilaciones son mucho más evidentes.

En cierta ocasión, Marco Augusto Quioroa me prestó, para que me alojara, un estudio que tenía por el Zapote. Quise ir a Chinautla por los barrancos, como solía hacerlo hace muchos años, y no encontré el camino, porque simplemente ya no existe.

“El verbo "barranquear", como el verbo "sextear", eran parte de la experiencia ordinaria, y extraordinaria, del chapín, algo que definía la especificidad de la capital.

Mirá lo que es ahora la sexta, y de los barrancos, ni hablemos, si vas a hacer un paseo nostálgico de este tipo, lo más seguro es que te pongan las maras. Hay muchas zonas de exclusión.

Hay también otras a las que es difícil concebir como urbanas. Tampoco son rurales en un sentido propio del término. Hay algo indefinible, un deterioro, una ruralización marginal, paupérrima.

En otros casos, se da una urbanización sin gusto, sin estilo, sin identidad.

Ahora estoy alojado cerca de la Plaza Gómez Carrillo y no encuentro el Parque Concordia más que en mi recuerdo. Definitivamente, no son el mismo lugar. En la Concordia habían árboles. En el crepúsculo, los árboles se llenaban de golondrinas.

Ahora encontrás una plataforma por encima del nivel de las calles aledañas que sirve para cubrir un parqueo y que no tiene absolutamente ningún gusto. Es un lugar sin alma.

El chapín ya no puede caminar a pie. Cuando éramos patojos, mi hermano Mario y yo, que vivíamos por Matamoros, ahora Mariscal Zavala, sólo mejoró el nombre, nos íbamos todas las mañanas a pie, durante las vacaciones escolares, a leer a la Biblioteca del Parque Infantil Colón.

Es difícil imaginar una actividad así para dos escolares actualmente, por la inseguridad. Hay gentes que viven en la zona 9 o 10 y no han puesto nunca los pies en ciertos barrios de la zona 1 o de la zona 6. El centro, ya lo ves, está lleno de indigentes. Como te digo, hay para largo…”

Pasando al medio literario, al igual que sucede en otros países, aquí existen élites literarias excluyentes, grupos ingenuos, peleadores callejeros y llaneros solitarios. ¿Cómo ves, como chapín, nuestro divisionismo?

“La vida literaria y la vanidad se mezclan de manera tan insidiosa, que si quitás la literatura, por lo demás escasa, lo que te queda de la vida literaria es una especie de vanidad profesional.

Siguiendo tu enumeración, podemos imaginar algunas categorías ejemplares: La del caníbal, cuya "dialéctica" consiste en aferrarse a este principio: existo en la medida en que no dejo que el otro exista.

La del muchacho bien portado, que en ocasiones llega al extremo de no respirar para no ofender a sus semejantes. La del exitoso que el Gran Fulano de Tal se sacó de la manga. La de los que están haciendo cola para que el Gran Fulano les dé permiso para existir.

La de los imitadores que logran superar los defectos del modelo. La del agresivo caricatural, con una pistola en cada mano y un cuchillo en la otra.

El Gran Teatro de los Pequeños Egos, como le llamo yo a todo este alboroto. Como decís vos, esto sucede en todas partes.

El rasgo local que yo le encuentro está, desgraciadamente, en lo pobre del debate. Hay individuos que confunden la polémica con la difamación y no estoy pensando sólo en un caso muy conocido sino en varios… Pero estas cosas caen por su peso.

Recuerdo una frase de Gómez de la Serna, a propósito de Tristán Tzara: "con las piedras que le tiraron, se construyó una mansión". Sería formidable pertenecer a esta categoría, pero no siempre se logra”.

¿Por qué los escritores guatemaltecos no tienen poder editorial en el extranjero?

“En parte, porque el escritor que sale de Guatemala lleva el país, por así decir, a cuestas. Otros países están detrás de sus escritores para impulsarlos. México, para no ir muy lejos.

Muchos escritores mexicanos tuvieron ocasión de beneficiarse con una formación europea gracias al servicio diplomático, desde la época en que Torres Bodet dirigió una secretaría de estado encargada de estos asuntos.

Por la misma época, en Guatemala, la generación de Monterroso, Illescas, Leiva, etc., salió huyendo de la dictadura de Ubico.

Durante la guerra civil, muchos escaparon para salvar la vida, o hartos la realidad nacional o, en todo caso, huyendo de una asfixia cultural interior. No es cuestión de animadversión contra nadie.

En París está, para darte un ejemplo, Pablo Arenales en el servicio diplomático. Es un chico excelente y un actor de mucho talento. Pero no olvidés el apellido.

Si se hubiera apellidado Arango, Morales Santos, Lemus, Sequén Mónchez, etc., olvidate. El país te ignora o te destruye, o las dos cosas. Pero también te inspira y, naturalmente, cuando uno es Rubén Darío, no hay Nicaragua natal que lo frene…”

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.