"LA NUEVA ESMERALDA.", Capítulo 4 : "¿Era Esmeralda ?"

Decir que mi vida transcurre a veces monótona parecería una blasfemia, pero si pensamos que la monotonía es también el producto de la repetición, aquello ya tiene más sentido. El duchazo a las siete. La carrera para el autobús o el metro a las siete treinta. Las clases agobiadoras de francés comienzan a las ocho junto con el irritante olor de axilas de los compañeros, en su mayoría europeos. A media mañana las colas para el café. Vuelta a casa por el mismo camino : Notre-Dame-des Champs, Saint Placid, Sévres Babylone, Rue du Bac, Gare d’Orsay, Chambre des Députés, cambio obligado en Concorde, Champs-Elyseés Clemenceau, Franlyn D. Roosevelt, George V y descenso en Charles - de Gaulle - Etoile. Y así de lunes a viernes.

Pero sucede que a veces decido tomar el autobús en un trayecto más largo y lento, pero más pintoresco. A poco de abordar en Fleurus paso por Rue d’Assas , la calle donde se dice vivió pasando penas Gabo García Márquez. Es regalo para los ojos desembocar a la explanada de Inválidos, atravesar el Sena con sus barcazas, sobre el férreo y mitológico puente de Alejandro III ; aprenderse de memoria las exposiciones locales e internacionales en el Grand y en el Petit Palais; darle un vistazo en el horizonte al Arco del Triunfo al atravesar Champs Elysées ; pasar frente a una casa llena de flores donde vivió el autor de La Comedia Humana, en la Rue Balzac, y descender en Hoche-Saint Honoré, a cuatro o cinco cuadras o a una parada de metro del autor de El Señor Presidente.

Así y todo, este trayecto se me vuelve monótono, hasta tal punto de ocupar mis ojos en leer durante el trayecto, ahora que ya me he acostumbrado.

Una mañana, más temprano que de costumbre, iba leyendo cuando al atravesar el Sena sobre el puente de Alejandro III, el autobús paró de sopetón mientras el conductor gritaba :

-Madame , écoutez!

Una dama que ya casi se lanzaba al vacío se detuvo y nos volvió a ver. Ojos desorbitados, facciones palidísimas, cabellos y vestidos desaliñados, gesto de suicida en pleno día. Como ese trayecto es de un sólo sentido, la parada del autobús estaba a la mitad del puente, precisamente frente a la dama, apenas a tres metros de la orilla. Sorprendida en el propio momento de su salto, la dama se desarmó y, extrañamente, como si sólo estuviera esperando el autobús para desistir de su suicidio, lo aborda y, con mueca que quiere ser sonrisa se sienta en uno de los primeros lugares, junto al chofer. ¿Era Esmeralda ?

Como yo iba a más de medio autobús, no la veía bien, excepto parte de su imagen que se reflejaba en el retrovisor afuera del vehículo. Quise cambiarme, pero como todos los lugares iban ocupados excepto uno que otro de los delanteros, tal gesto - pensé - habría sido tomado como una curiosidad muy evidente. A todo esto, entre los pasajeros había un silencio de hielo, nadie hablaba ni comentaba el suceso, como temerosos o respetuosos de la tragedia. Vi claramente por el visor que el chofer le ofreció un cigarrillo. Una mano enguantada, un brazo tembloroso, una llamita que se prende y un agradable olor a tabaco. Ésa era una ocasión especial y el DÉFENSE DE FUMER quedaba abolido. Después de la siguiente parada el chofer le habló en voz baja, que yo no pude escuchar pero que adiviné - imaginé por los gestos que veía en el espejo.

-Esmeralda - dijo él - hace tiempo que no venías por Alejandro III. Te he buscado por las tardes antes de terminar, y nada. Hace dos semanas tuve turno de noche y me pareció raro no verte ni una sola vez. ¿Has estado enferma ?

Ella respondió primero con una profunda chupada de cigarrillo y una despectiva bocanada de humo.

-¿Enferma ? ¡Qué va ! ¡Sí ! Enferma por la envidia de mi marido. ¿Qué se cree él ? ¿Que voy a seguir viviendo con la miserable ganancia de sus postales ? ¡Nada de eso ! Prefiero morir. ¡Si sólo le importara mi putería ! Pero no, eso le tiene sin cuidado desde hace muchos años. Lo que le importa es que mientras yo compré la casa, el auto y las pieles, el sigue viviendo con lo que gana. ¡Imagínate tú, cincuenta francos diarios ! Y su envidia le corroe, no es capaz de esconderla. Me destruye todo cuanto puede. Vacía mis frascos de perfume, mancha con su ropa mugrosa mis prendas íntimas, esconde mi dinero, me pega como si yo siguiera siendo una chiquilla, y lo que es peor, me hace prometerle en nuestros momentos de amor que cambiaré, que empezaré a vivir una vida austera, fíjate tú, austera le llama él a su vida de pordiosero ; y todo esto después de años y años de ser su mujer. De años y años de ir a Champs Elysées, de venir a Alejandro III de vez en cuando y de ir todas las noches a Pigalle. Pero esto se acabó. ¿Sabes qué hizo anoche ? ¡Mírame la mejilla ! Después de pegarme me lanzó a la cara diez mil francos. ¿Puedes imaginarte ? ¡Diez mil francos un pordiosero como él ! "Son los ahorros de toda mi vida - me dijo - son tuyos pero de hoy en adelante no saldrás más de noche a la calle." Y me encerró. Fue inútil que suplicara, que llorara, que lo amenazara con que me cortaría la venas, nada le importó. Después de una noche miserable que me hizo pasar, a las seis de la mañana quitó llave y se marchó sin decir palabra. ¡Diez mil francos ahorro de toda mi vida ! En mis mejores tiempos esa suma la ganaba yo en un par de meses. ¡Y con eso quería comprarme para el resto de mi vida !

Cambió las bien torneadas piernas y chupando profundamente por última vez el cigarrillo, lanzó la colilla al mismo tiempo que exclamaba llena de humo :

-¡Merde ! Escapé en el auto y me vine hasta aquí , y si no hubiera sido que tú...

En la próxima parada, frente a la explanada de los Inválidos, un numeroso grupo ingresó al autobús. Luego que todos subieron la dama descendió seguida por el chofer. Se besaron una, otra y otra vez en la mejilla y él regresó a su timón. Mientras ella se alejaba la vi volverse con expresión radiante, hacer un

saludo lleno de promesas y caminar con paso alegre y garboso. ¿Era Esmeralda ?

Capítulo 5, "Le Moulin Rouge" : 

Desde la noche que vimos a Esmeralda escrutando la noche en un café de Champs Elyseés, prometí a Mayra llevarla a conocer al vendedor de postales. El jorobado que tiene su venta a las orillas del Sena, cerca de Notre Dame. Ambos estábamos intrigados. Por lo que yo había entendido cuando platiqué con él, no existía entre ellos - o por lo menos él no lo dejó traslucir - ninguna situación dramática como la que yo estaba sospechando. Al contrario, creí encontrar en las palabras de ella una relación afectuosa y de estimación, y en las de él - <Bonito nombre, ¿verdad ? Le va bien con el color de sus ojos y de mi joroba para estar de acuerdo con Víctor Hugo...> -, el orgullo de un marido que se sabe poseedor de una joya a pesar de sus dolencias.

Así, el domingo por la tarde dispusimos ir a la Cité. Había que llevar los abrigos, las bufandas, las llaves, unos cuantos francos, "la carte orange", "la carte de séjour". Cuántas cosas para viajar apenas veinte minutos en el metro. Abro la puerta.

-Llama tú el ascensor mientras yo apago el televisor y abro un poco más la calefacción.

Entonces suena el teléfono. Es una pareja de paisanos que había llegado de turistas y que almorzaron con nosotros dos días antes. Nos invitan a Le Moulin Rouge -qué suerte- lo habíamos estado postergando - a cenar esa misma noche. Pasarían a recogernos dentro de una hora. Bien. Ya no habría tiempo esa tarde para ir a la Cité.

En Le Moulin Rouge la cena es mala, de pretexto, pero lo que se ve... eso es lo que ha dado fama al Molino Rojo desde los tiempos del pintor Toulouse-Lautrec. Se inicia el espectáculo. La Perla de las Antillas tiene el encanto y la coquetería de una francesita, mientras todo el grupo de francesas tiene el fuego de aquella perla de ébano. El can - can se deja ver y oír como un galope de potrancas de pura raza, una respuesta al estilo y al remilgo tradicional ; una adecuación rítmica del gesto y el además de la mujer callejera con su libertad... sentimental.

La Perla de las Antillas se acerca ahora provocativamente. La gimnasia de sus piernas, sin embargo, no acapara por completo la admiración de los espectadores. Hay en sus ojos un singular hechizo y sus ojos, con el fondo de su maquillaje oscuro, lucen enormemente verdes. Lleva mallas negras, y cada vez que levanta las piernas, con el reflejo de las luces me parece descubrir en ellas una tonalidad gris, como si el cuerpo debajo de aquellas mallas no fuera moreno oscuro sino blanco. Eso es la Perla de las Antillas - me atrevo a sospechar - una mujer blanca de ojos verdes y cabellos negros.

El galope del can - can continúa rítmico, seco, y las guapas francesitas hacen honor al gusto por su profesión, como el variado color del elástico de sus ligas a sus bien torneadas pantorrillas y los vuelitos de sus "culottes" a lo garboso de sus fondillos. Termina el can - can con las piernas de las coristas en ángulo de ciento ochenta grados sobre el piso de escenario. Todas las chicas - excepto la Perla de las Antillas - se levantan, y subiendo las rodillas más que nunca salen a todo galopar. La Perla se incorpora lentamente mientras una luz verde se concentra sobre ella, y entonces sus ojos son dos verdaderas esmeraldas. Muy despacio se quita la peluca negra ensortijada y un hermoso cabello liso, también negro, cae sobre sus hombros. Luego sus prendas. Una a una van cayendo con abandono, hasta quedarse sólo en mayas. Entonces viene lo sensacional. Antes de quitarse los mitones, se quita bruscamente la parte superior de las mallas y unos senos exuberantes de piel blanca sonrosada, aparecen temblando como dos pichones asustados. El ¡ah... ! del público se enmudece cuando al quitarse el resto de la malla se queda completamente desnuda. ¡Esmeralda ! digo yo, pero nadie escucha ese nombre, porque un aplauso atronador surge de todas las manos. Ella se deja admirar brevemente, como en éxtasis, y con un ademán deja el salón completamente a oscuras. Un nuevo aplauso y la luz comienza a concentrarse donde antes estuvo la Perla de las Antillas, pero ella ha desaparecido.

Termina el espectáculo y nos vamos a casa. Íbamos ya en el taxi cuando veo a un hombre jorobado, que en actitud de espera, se apoya contra un carro moderno de capota destapada.

 

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.