CUENTOS DE PARÍS (enviados por el autor desde la capital francesa a "El Imparcial" de Guatemala, durante el año l977, y publicados a partir de febrero de ese año.)

"El ascensor."

Este ascensor es como un ser viviente, casi siempre amigo, a veces extraño, a veces enemigo. Todas las noches, después de las once, duerme, con excepción de uno que otro sábado, que desvelado, sube a algún inquilino de los pocos jóvenes que hay, hasta su departamento de sexto piso. Invariablemente, menos el domingo, comienza a zumbar temprano y termina, invariablemente también, a las once de la noche. Yo conozco su vida porque vivo en el último piso, hasta donde él llega y de donde él regresa. Su zumbido termina frente a mi cama, apenas separada de él por una pared delgada y un corredor estrecho vestido con una alfombra roja que desciende serpenteante hasta la planta baja. Cuando estoy en la cama puedo decir exactamente hasta que piso sube, si regresa, o si después de cerrar su chirriante reja sube a uno superior. Oigo todas sus paradas, todos sus arranques y todos sus traquidos de elevador cansado y viejo. Muy rara vez viene al séptimo piso y si lo hace, es todo un acontecimiento, porque de no ser por mi único vecino, un viejo a quien nadie escribe, que casi nunca sale y que nadie visita, indudablemente viene por mí. Cuando lo hace, mi buen amigo el cartero hace una excepción, no deja las cartas con la conserje y me entrega una carta llena de cariño y de recursos para vivir. Pero este mes no ha venido. El mes pasado vino en los primeros días y hoy ya estamos a últimos y no se asoma. Si será que me han olvidado, que se perdió la carta o algo peor.

Lo oigo que comienza a zumbar, temprano, cuando el joven del sexto piso y los otros jóvenes del edificio, se van a estudiar o trabajar, y poco después - cansancio y sueño por mis largas horas de trabajo nocturno - se comienza a burlar de mí. Es la hora del correo. De piso en piso viene subiendo con paradas iguales - unos cuantos segundos en cada un, en cada piso, y su zumbido metiéndose por las patas de la cama, se me comienza a entrar por los dedos de los pies como cosquillas. Visualizo claramente a la conserje, una vieja amable y desgarbada, que con su nieto de diez años mete todos los días las cartas bajo las puertas. Ella sostiene abierta la puerta plegadiza del ascensor y el nietecillo, como un corderito, salta y corre del otro lado del pequeño corredor a dejar su ración de cartas. Cuando el ascensor viene por el segundo piso el zumbido lo siento en los tobillos. Es una vibración hasta cierto punto monótona pero acompañada de los traquidos parece que me quebrara los huesos. Al llegar al tercer piso el zumbido se me sube a las rodillas. Cuando llega al cuarto está exactamente a mitad de su trayecto. El zumbido entonces se me sube a la cadera y allí se me estaciona. Es que en ese piso vive un hombre que recibe muchas cartas, pero no bajo la puerta, sino de manos de la conserje. Es locuaz como un cartero, parece un escritor, y sospecho que le cuenta historias al nietecito ; y quién sabe si hasta jueguen al lobo y al cordero. Por eso se tarda tanto el ascensor en el cuarto piso. Cuando por fin oigo el chirrido del abrirse y cerrarse la puerta plegadiza, a veces bruscamente el sonido se intensifica. Hay como un arrancón de tranvía y yo me siento que las rodillas se me bajan a los pies. Es que el ascensor se ha burlado de mí nuevamente. No hay cartas para ningún piso más allá del cuarto y está regresando de un tirón. No obstante, los primeros pisos se quedan a veces sin correspondencia. A veces. Ellos son menos infortunados porque es solamente a veces. Cuando esto sucede, lo deduzco por el tiempo que dura el zumbido sin parar, y por el cosquilleo en los tobillos si es en el segundo, o en las rodillas si es el tercero el que se queda sin noticias.

La vida de los hombres - pensaba antes - está hecha de probabilidades, y sin embargo, hay individuos como el del cuarto piso, a quienes los humanos no les fallan jamás. Pero lo pensaba hasta hace pocos días, porque ayer, el zumbido se me subió al estómago inesperadamente : no paró en el cuarto piso. Creí haberme equivocado, allí estaba el elevador cada vez más cercano. Si hasta creía discernir lo que hablaban la conserje y su nietecito mientras subían. Ahora el cimbronazo especial del quinto piso, el primer chirrido de la reja, el segundo, esa sensación de zumbido en el estómago y el murmullo vibrante, ya no zumbido, del acostumbrado final en el sexto piso. ¿Pero y si continuara hasta aquí ? ¿y si le pidiera a mi corazón lo de esperar contra toda esperanza ?

Metido en el túnel de tantos días de espera, casi inmediatamente lo oigo irse con su burla de siempre : un adióooooooooos cada vez más lejano, hasta darse un sentón en el último piso. Fastidiado, como todas las mañanas por tan pocas horas de sueño, me levanto, salgo y me pierdo entre las calles de París para encontrar lo que busco.

Por fin vino al séptimo piso. Casi enfermo de tantas vibraciones en el cuerpo, terminé por hacerme el desentendido. Lo oí, sin embargo, pero como en sueños. Me hacía el que estaba soñando con un ascensor que subía, que paraba, que subía, que traqueteaba, que subía, que chirriaba, que subía, que zumbaba, que subía, que vibraba... Y de pronto, la vibración galopante, atropellante, se me instaló en el corazón. Me resonó por toda la caja torácica, se me hizo un nudo en el estómago y me golpeó como un gong en las orejas. No había duda que el elevador venía para el séptimo. No había duda que era una carta para mí. ¡Por fin ! ¡Por fin llegó ! Salté de la cama como un lobo hambriento de selva y panorama y entreabrí la puerta a tiempo que el nietecito, como un cordero, saltaba del elevador hacia el otro extremo del corredor y metía una carta bajo la puerta del vecino. La conserje, que se había quedado sosteniendo la puerta con la espalda plegadiza, me miraba sonriendo con amabilidad, mientras su nietecito entraba al elevador y me decía adiós agitando su manecita vacía.

_Carta para el señor Reynaud - me dijo ella como disculpándose mientras el elvador comenzaba a irse - parece que le resultó un pariente lejano en un pueblo remoto del Africa del Sur.

Y mientras sus últimas palabras me llegaban como de alguien que se va al abismo, oigo al ascensor que se despide burlonamente con su adióoooooooooos siniestro.

LA FORMA ACÚSTICA DE UNA GUITARRA

Laberíntico a pesar de orden. Campos abiertos y misteriosos a pesar de la historia. Mil calles y avenidas que se cruzan y millones de gentes que son como exolosiones de fuegos artificiales gigantescos ; los bulevares del Prefecto Hausmman

abiertos como parques hicieron de París, arriba, la ciudad más hermosa del mundo. Y abajo, como las alcantaríllas de Jean Valjean - pero acépticas y tapizadas de azulejos - se ramifican en caminos de hierro hacia todos los puntos de la gran ciudad, las líneas del metro.

Allí, en esos pasadizos laberínticos, es donde cantas y alargan el sombre y viven por efímeros días -cada día diferente pareja- muchos jóvenes de hoy, de guitarra y cabellos largos, Alain y Guiselle, Karl y Frieda, Thomas y Margareth, Pietro y Silvana, Roy y Pat, Luis y Milagros. ¿De dónde han sacado su coraje para decirle al mundo que no tienen nada sino su coraje - y que no necesitan otra cosa - una guitarra y una canción que la venden por una mísera moneda ? ¿Quién sabe sus historias ? ¿Llegará alguno de ellos a ser un artista de televisión o un gran político latinoamericano ? ¿Quién lo sabrá nunca ? Ellos lo saben. Yo lo imagino.

Alain y Guiselle se conocieron en la Sorbone. Él llega de provincia, la Gironde, y ella de un barrio caro de París, Neuilly. A él le escogió su padre una carrera de constructor de edificios, para ella decidió su familia, arqueología e Historia del Arte. El seguiría la tradición de sus abuelos, ingenieros, ella la tradición de la familia, cultura. Comenzaron por hablar de sus estudios en la universidad y luego de sus propósitos para la vida.

_¿Para qué - dijo un día Alain - aprender a construir edificios para volverme yo mismo un edificio ?

_¿Y para qué yo - le contestó Guiselle - he de dedicarme a estudiar ruinas y volverme como mis tías una ruina también ?

Y como quien ha conquistado el mundo abandonaron la universidad. Claro que al principio se las arreglaron con los dineros de papá. Pero cuando él supo la verdad e hizo inútiles intentos para hacerlos volver al redil, también el dinero se terminó. De los estudios pasaron a abandonar sus antiguos medios de vida, y de éstos, sus antiguas costumbres. Pero ahora los edificios eran más sórdidos que antes, las ruinas más antiguas y el pan, lleno de renunciaciones. Qué difícil se volvió la vida a pesar de no necesitar nada, o precisamente por ello mismo. Difícil por no marchar como todos y pasar debajo del Arco del Triunfo, o sobre la avenida Wagram, o la avenida de la Grande Armée, como soldaditos disciplinados, en la misma dirección. Entonces se volvieron moradores de las modernas alcantarillas de Jean Valjean. Unos Juanes Valjeanes ellos mismos, pero no perseguidos por la justicia de aquel tiempo sino por la injusticia de éste.

_En dónde está la injusticia que esos vagos dicen representar ? - pregunta una pasajera de primera clase -. Más servidores de la justicia debería haber para limpiar las alcantarillas ¡ ejem ! digo el metro de esa peste.

Pero a pesar de ella, allí viven, allí sueñan, allí cantan. Una canción en cada intersección, en cada corredor, en cada pasadizo, en cada estación, en cada Metro - politain - de París. Y cuando ese sub - mundo se va quedando silencioso, y se va volviendo peligroso, y ya no hay alguien para quién cantar ni un franco qué colectar, Alain y Guiselle se van, quién sabe a dónde, a dormir. Su mundo no es ahora redondo como antes, se está estirando para volverse dos en uno : tiene la forma acústica de una guitarra.

CASTAÑAS EN SILENCIO

Montmartre siempre será Montmartre, pero aquél, el de los hombres - arte, sólo existe en el recuerdo, en el ojo o en la imaginación. Y sin embargo, allí está, dominando desde la altura a su París bienamado, con su Sagrado Corazón en constante plegaria por su antiguo montón de mártires, Montmartre, monte de mártires.

Diríase que al subir se hace por las calles difíciles de Quetzaltenango o por las calles gitanas del Sacro Monte, en Granada. Distancia y tiempo abolidos : concreción del hombre en el impulso que le hace escoger esta vereda, este rasgo, esta colina, esta canción, esta metáfora.

Es tarde nublada, fría y de ventisca. En la plaza todavía se esfuerzan por llamar la atención de los escasos visitantes, unos cuantos retratistas, un pintor moderno de los diseños arbitrarios para la línea conocida y para los colores del espectro, y aquel otro que sigue pintando Montmartre como fue - maravilla de la evocación - o como es : gigantesca competencia inútil contra el lente y la tecnificación. Los nombres sí. Los nombres de las calles y de los cafés, que se van llenando de sombras y nombres de los que hicieron arte, ayer.

_Un café, s´il vous plait.

"Le Lapin Agile" con sus pinturas de Lautrec y "Le Clairon des Chausseurs" con su letrero de la Primera Comuna de Montmartre en l87O, están sonoros de tanta gente. Claro, si la ventisca y el frío nos ha privado de permanecer en la plaza. Al otro lado, varias mesas de por medio, un hombre de pie, frente a una mesa llena de parroquianos, hace ademanes de recitar. No lo escucho al principio. El tintineo de vasos y copas, las órdenes de los clientes y la repetición de éstas a gritos por los meseros, la campanilla y el trac trac de la caja registradora, y la plática vivaz de todos me lo impiden. Tiene un traje muy viejo, que un día fue elegante, y un sombrero puesto, viejísimo también que desafían todas las miradas. De tantos ademanes y gestos por fin lo voy escuchando :

Ayer. oh, corazón

que estalló en pitahayas !

Ayer. oh, vanguardia armada

de luceros fulminantes

y del impulso irrefrenable

como Dios - de creación.

Ayer. Y hoy, todo está hecho.

¿Todo ? ¿Hacia dónde emigró

nuestra hermandad ?

¿Es que somos seres extraños

entre extraños : dolientes

arenillas perdidas

de dolor ?

Ayer. Y hoy yo aquí

cantando en el desierto.

Este desierto sonoro : esta incomprensión

Ayer...

_ ¿Monsieur ?

El mesero había pensado que yo lo llamaba. Pagué la cuenta y cuando miré otra vez hacia la mesa donde estaba de pie el que recitaba, éste se bebía una copa de un sólo sorbo, la depositaba sobre la mesa mirando inquisitivamente a su derredor, se quitaba el sombre - muy en alto - medio zumbón, y salía con paso tambaleante. Yo me fui tras él. Un impulso irrefrenable me obligó a seguirlo. Lo alcanzaría y le diría : "Monsieur, deseo escuchar otra vez esos versos".

Cuando llegué a la plaza, él estaba hablando a grandes ademanes con la vendedora de castañas, pero al acercarme no pude escuchar lo que decía. Ni una palabra.

_Je vous demande pardon, Monsieur. ¿Podría escuchar otra vez esos versos ?

_Pierde su tiempo, señor, señor - me dijo la vendedora de castañas - al haragán de mi marido le ha dado por hacer como que recita con ademanes. Hace años que comenzó a perder la voz y ahora está completamente mudo.

El hombre me volvió a mirar. En su cara demacrada y en sus ojos enrojecidos había una expresión maravillosa : algo así como una vanguardia armada de luceros. Y cuando me sonrió, su boca casi desdentada dibujó un corazón que estalló en pitahayas. Metió las manos al comal y me entregó un puñados de pepitas negras, calientes. Nos sentamos y esa noche, él y yo, comimos en Montmartre castañas en silencio.

 

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.