" LIBRES POR EL TEMOR .", novela.

Publicada en "El Imparcial", Guatemala, a partir de febrero del año l977, todos los sábados.

- l - En un barrio elegante de la ciudad comenzaron de pronto a morirse todos los perros. Aquellos fieros mastines que olfateaban desde una cuadra a la gente pobre que no fueran repartidores de abarrotes, yacían ahora con el gesto convulso, muertos, riéndose grotescamente con sus grandes colmillos. Aquellos poudle, orgullo de peluqueros, y aquellas fierecillas mete miedo cara de viejecitas, estaban ahora tristemente muertos entre su corte de pelo, su perfume, su collar y sus bigotes, lleno de babas. Esa tarde el parque semiprivado se vio insólitamente invadido de llantos - lloriqueos - aspavientos, cuando la dama, una niñera uniformada y aquel señorón entrado en años, vieron la pirueta y el retozo vespertino de sus perros en convulsiones mortales. Y tal fue el impacto que la muerte repentina de tantos perros ocasionó, que el asesinato del funcionario, el rapto del comerciante y la castración de aquellos campesinos, en aquella tarde, fueron prácticamente olvidados en las noticias de primera plana de los periódicos de la ciudad.

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Esa noche hubo junta de médicos veterinarios. Las autoridades sesionaron hasta muy tarde y se llegó a una conclusión : < Mientras no se obtengan los resultados de los análisis de laboratorio, para nosotros es un caso de envenenamiento posiblemente por contaminación ponzoñosa de alimentos envasados para perros >. Pero los periodistas que tienen el olfato más fino que un sabueso, saltaron sobre el microscopio y clamaron a cuatro vientos : ¡ MUERTE TOTAL DE LOS PERROS DE ALTA LOMA ! ¡UN BARRIO RESIDENCIAL DE LA CIUDAD INFESTADO DE RABIA !

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La siguiente mañana se encendió cálida, rosada, llena de luz. Los familiares del funcionario asesinado comenzaron a desfilar, desvelados, de la funeraria hacia sus hogares, acompañados de algunos amigos que por temor a los perros, habían preferido quedarse toda la noche velando al muerto. Los campesinos, llorados entre borracheras y amenazas por todos los de la aldea, más por la ofensa que por su vida, eran llevado al camposanto como ellos habían siempre a su trabajo, temprano. Y el comerciante, escondido por sus raptores quién sabe si en las mismas barbas de la policía, caía por fin vencido por el sueño después de una noche entre dos terrores : el de perder su vida o su fortuna.

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Cuando las oficinas sanitarias abrieron sus portones, ya habían muchos que esperaban con su perro bajo el brazo. En pocos minutos el edificio se colmó de gente que pedía vacunación antirrábica. Un oficial salió a poner orden entre los solicitantes, quienes además de los ladridos de sus perros metían gran bulla con sus comentarios de lo que ellos llamaban un brote. Los vacunados este año, dijo, se formarán en una línea aquí a la izquierda, y los no vacunados a mi derecha. Los primeros recibirán sólo refuerezo y los otros la dosis completa. Entre los dueños de los perros hubo un murmullo de protesta y uno de ellos gritó : ¡ anoche murieron varios perros vacunados este año ! Se dejó oír entonces una gran algazara hasta que el oficial volvió después de consultar a un superior.Está bien, dijo, todos recibirán la dosis completa, pero deben hacer filas separadas para poder nosotros llevar el record.

Hicieron dos larguísimas filas que en pocos minutos se fueron alargando hasta salir del edificio y darle toda la vuelta a la cuadra, obstruyendo naturalmente todo paso de peatones por las aceras y formando pareja entre persona y persona y perro y perro. Así fue como se conocieron Saltarina y Brujo, dos hermosos ejemplares de pastor, y sus dueños. Así, en ese orden, porque fueron los perros con su amor a primera vista y su carencia de prejuicios para querer hacerse el amor, los que le sacaron el rubor a ella y a él le obligaron a pedir perdón, al mismo tiempo que acortaba la cadena para evitar cualquier contacto peligroso antes de la vacunación. Se llama Brujo, dijo él, tiene año y medio y está conmigo desde que era un cachorrito de tres meses. Es un perro de suerte. Verás, me lo gané en una rifa de la Liga Protectora de Animales. ¡Es precioso ! Tanto como mi Saltarina. ¡ No tanto ! Ella es la perra más linda que conozco. ¿Ha tenido cachorritos ? ¡Qué atrevimiento ! dijo ella bromeando. Apenas tiene un año, seis meses de estar conmigo, desde mis dieciocho años, tú sabes, algo así como regalo por mi mayoría de edad según mi padre, y yo... feliz.

Mientras avanzaban lentamente hacia puesto de vacunación los muchachos se hicieron grandes amigos, y sus perros, amigos desde siempre, se contentaron con ladrar. Salían ya del edificio con sus respectivos certificados de inmunidad, cuando se escuchó el grito ¡ese perro tiene rabia ! Entonces impelidos por un terror hasta ahora disimulado, los que estaban dentro del edificio se dirigieron a la salida a todo correr, a tiempo que un perro se les adelantaba y huía por las calles vecinas. Afortunadamente, dijo el oficial cuando ya se había restablecido el orden, ese perro no mordió a nadie. Se han mandado unidades para que lo busquen. Se pide a todos los presentes, y se emitirán boletines para el público, que observen cuidadosamente a sus perros para descubrir cualquier síntoma y que eviten estar en contacto con ellos, principalmente por la saliva.

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La mañana había avanzado calurosa y eran las doce cuando se vacunó a los últimos perros. Los dueños se fueron cabizbajos, sombríos, preocupados, y no bien habían llegado a sus casas cuando ya la radio se desgañitaba : ¡ Perro rabioso descubierto en las oficinas sanitarias, huye a las zonas vecinas ! Se dispone la vacunación de los perros en toda la ciudad y se pide la cooperación de los vecinos con la policía y las unidades sanitarias para localizar al perro enfermo. Se llama Mascota, negro y blanco, ordinario, un poco grande, tirando a pastor. Tal revuelo causa esta noticia en todos los hogares, que casi ninguno escuchó la siguiente : ¡Diputado de la oposición fue miserablemente masacrado por la espalda, cuando en su silla de ruedas iba a abordar su automóvil para dirigirse al Congreso ! - l2 -

(6 capítulos después) Aquella tarde los diarios trajeron alarmantes fotografías difundió un boletín especial de las autoridades sanitarias : "Deberán vacunarse absolutamente todos los perros de la ciudad". Después de explicar las razones de la vacunación masiva y del número ascendente de muertes en todas las zonas de la ciudad en las últimas veinticuatro horas, se dio a conocer una larga lista de desaparecidos : estudiantes universitarios, obreros, escritores, miembros de partidos políticos, dos de los cuales habían desaparecido ya con señales de monstruosas torturas, uno asfixiado con una bolsa de gamezán y el otro con las vísceras prácticamente de fuera. También dijeron que un anciano limpiabotas había muerto de un síncope en el parque.

Aquella noche no se repitió el aullar de los perros. Ahora era un gruñir amenazador. Exactamente como cuando un perro hambriento está comiendo y alguien que ronda voraz por ese hueso. Era una reverberación de gargantas sordas, como si de pronto aquel querido perro se hubiera convertido en una manada de lobos que se disputara un animal todavía vivo. Los vecinos se alarmaron y salieron de sus casas a consultarse unos a otros sobre ese gruñir tan amenazador, y entre unos que salían y otros que entraban, un momento en que todas las calles estaban llenas de gente, a una hora que con excepción de la noche de año nuevo, todos dormían. Y el gruñir aumentaba. Era como si un órgano gigante con todos los registros tapados menos los más graves, luchara por hacerse oír. Y los corredores de las casa antiguas se volvieron acústicos como naves de catedral y las paredes endebles de las casas modernas dejaban pasar estereofónico aquel ronronear y gruñir que ya tenía realmente atemorizados - por considerarlo un síntoma de la rabia - a todos los vecinos, hasta tal punto, que algunos se presentaron a los canales de televisión, unos a pedir a las autoridades que tomaran medidas urgentes y otros a intimidar a la ciudadanía para que deshicieran de sus perros inmediatamente. Propongo, dijo un señor que manifiestamente era miembro de la Sociedad Protectora de Animales, que se lleven a todos los perros a una finca nacional y que amarrados a cierta distancia unos de otros, se les vigile durante el período de incubación, y que sean alimentados, desde luego, por sus respectivos dueños. Y yo propongo, dijo otro siniestramente, una mejor solución. Que el gobierno expropie inmediatamente los grandes hornos y que se incinere a todos los perros vivos o muertos, si no queremos vernos los habitantes de esta ciudad en una semana mordiéndonos unos a otros. A todo esto comenzó a caer sobre la ciudad una tenue llovizna, que acertadamente se ha llamado "moja bobos", que impulsos del viento mojaba aún bajo las cornisas. Entonces aquel gigantesco órgano del gruñir de los perros comenzó a sonar como mil órganos juntos y como si se le hubieran destapado de pronto todos los registros. Y tal fue el temor de uno de los que llegaron luego a los canales de televisión, que dijo, yo en este momento voy a mi casa y de un balazo mato a ese pobre animal. Y como esto hubiera sido una orden de fuego en el campo de batalla, dos minutos después se dejó escuchar a pesar del estruendo de los registros del órgano, una gran descarga de fusilería, precedida de un silencio gradual que se fue imponiendo sobre toda la ciudad, después de cada descarga, hasta llegar a un silencio casi total. Pero entonces vino un fenómeno nunca oído. Parecía como si la mitad de los vecinos de la ciudad se hubiera muerto. Comenzó a elevarse un quejido lloroso en todas las casas, que al estrellarse con las gotas de lluvia que bajaban, se transformó en un gigantesco llanto. Era el sufrimiento sincero de los vecinos por haber matado a su perros. Las autoridades militares sin embargo, confundieron la ejecución de los perros con una revolución. La aviación se levantó y los helicópteros comenzaron a volar y sobre volar. Los tanques avanzaron y los carros llenos de soldados no dejaron sitios sin patrullar. Hubo muchos presos esa noche, muchas torturas y algunas ejecuciones, hasta que uno de los altos jefes que también había matado su perro, ordenó el alto al fuego, porque aquella maniobra política ya no se podía justificar. A la mañana siguiente mientras los perros muertos eran sacados de las casas para ser llevados al crematorio, se escribía el parte que comenzaba así : "Se ha restablecido el orden en toda la ciudad y en ella reina completa calma. Los guerrilleros, que con el fin de destruir a las fuerzas leales efectuaron un ataque relámpago aprovechando la ejecución piadosa y sanitaria de los perros, no lograron sus objetivos. Para prevenir un nuevo ataque se han tomado las medidas consistentes en..."

 

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.