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- SAFO A CLEIS
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- Me amo en ti,
- y
- en tu figura,
- me miro,
- transformada
- con la forma de mi sueño.
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- Al acariciarte
- es mi reflejo
- el que acaricio
- narciso
- en el espejo de tu cuerpo.
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- Me miro, así,
- toda yo
- vuelta carne tuya,
- belleza que amo,
- seda que acaricio
- en tus mejillas.
- Sabor de tu piel
- en la blanca corola
- de tus senos
- y en la oscura y dulce fruta
- de tu sexo.
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- Lenta y deleitosa
- te recorro
- con mis dedos
- más sabios en formas
- que los de Fidias,
- y vuelvo
- un cinturón de oro
- mis brazos en torno
- a tu cintura,
- mientras
- ávidas
- mis piernas
- -como lianas-
- se enredan en las tuyas
- al tiempo que no hay límite
- entre tu boca y la mía.
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- ¿Tú o yo?
- ¿Cuál soy?
- ¿o cuál tú eres?
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- Fundidas en el placer
- todo se borra,
- y sobre el lecho, entre
- los deshojados jacintos
- de las rotas guirnaldas
- -con que nos adornamos
- para el íntimo festejo-
- sólo sé
- que soy llama
- encendida en tu aliento.
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- Enajenada en ti
- sin tiempo
- y sin fronteras.
- Perdido el borde
- de mi cuerpo,
- en las oscuras aguas
- del orgasmo,
- me entrego hasta morir
- en tu belleza.
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- FRINÉ ANTE LOS JUECES
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- a Oralia Preble-Niemi.
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- Indefensa y vulnerable.
- Sola,
- sin otro puñal
- o espada heridora, que
- mi palabra
- y sin otro escudo
- que mi belleza,
- dejo caer mi túnica
- ante vosotros.
- Desnudo mi cuerpo
- que adoraríais
- si fuera de mármol frío,
- o si estuviéramos solos,
- sin otros ojos
- que nos vieran
- acariciarnos en el lecho.
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- ¿Quién puede culpar
- a la belleza plasmada
- en carne y no en mármol,
- por entregarse desnuda
- -igual que la estatua-
- a las manos que la acarician
- y que en ellas se deleitan?
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- ¿Quién puede culpar a la flor
- que impúdica exhibe
- la fresca plenitud
- y el sexual aroma de su corola,
- o a la fruta que sin ropaje
- reluce bajo el sol e incita
- voluptuosamente
- a ser mordida?
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- Como la flor o la fruta,
- aquí, yo, ante vosotros,
- desnuda
- como me vieran tantos ojos,
- estatua viva
- que modelaron tantas manos
- y que gozaron tantos cuerpos,
- os pregunto:
- ¿Es delito escuchar
- la dulce voz de Eros
- que incendia nieves?
- ¿o es crimen obedecer
- el mandato
- de la divina Afrodita
- que me se señaló el camino
- donador de placeres?
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- Inerme y vulnerable,
- como mi desnudez,
- espero la sentencia.
- Yo,
- sólo cumplí con mi destino.
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- EPÍLOGO
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- Cuando todos se fueron
- el cuerpo de Friné
- brillaba bajo el sol poniente
- como una estatua de oro
- y el más viejo de los jueces
- se acercó
- y, como si fuera a la diosa,
- le puso un casto beso
- sobre el sexo.
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