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Parte del Capítulo 6 de El misterio de San Andrés
- Caminaron en silencio, atravesando el parque, el militar al cuartel,
Roberto a la pensión. Roberto hubiera querido seguir comentando,
pero nada se le venía a la cabeza. Habría caído
bien un chiste, pero ni él sabía contarlos ni Salán
era hombre de chistes. De modo que Roberto lo enfrentó directamente:
- -Teniente, yo quisiera pedirle un favor.
- -Si se puede.
- -Quisiera entrevistar al indio que tiene preso en el cuartel.
- -No hay problema. Entrevístelo luego, antes de que el juez
lo sentencie a muerte.
2
Noviembre estaba entrando con frío y con sol abierto, sobre los
pinos serenos del parque. Roberto recibió en las mejillas el viento
brillante de esos días de sueño. Un escalofrío lo
sacudió de la cabeza a los pies. En Santa Ana, era raro el día
de calor. Los niños andaban chapudos como manzanas y las madres
atribuían esa demostración de salud al buen clima de tierra
fría. Roberto se había salido del trabajo, con el permiso
indiferente del jefe político, que andaba arreglando sus cosas
porque lo trasladaban a la costa.
Atravesó el parque saludando gente. "Buenos días,
don Fulano". "Buenos días don Zutano". Gente ceremoniosa,
la de tierra fría. Saludar al que uno se encontraba era obligatorio.
Roberto pensó que tal vez era una costumbre que venía del
tiempo de la Colonia, cuando el pueblo eran cuatro casas y los vecinos
se conocían hasta los calzones. En San Andrés era peor.
Más chiquito el pueblo, más reverenciosos los habitantes.
Bajó las gradas del parque, saludó a los taxistas que engañaban
el tiempo hablando de la gente y cruzó la calle hasta llegar al
cuartel.
El edificio del cuartel contenía también a la penitenciaría.
Había sido hecho a imitación de algún palacio medieval
visto en cromos, por lo que, en sus cuatro esquinas, se erguían
torretas redondas, almenadas como todo el edificio. Era verde descolorido,
más bien triste, al gusto desabrido del maestro de obras que lo
había edificado. Como Santa Ana era tierra de aguacates, sus habitantes
no habían podido evitar la comparación entre el cuartel
y el fruto. Roberto pensó que a lo mejor el constructor se había
inspirado en el pálido verde oliva de los uniformes raídos
de los soldaditos que custodiaban la entrada.
Roberto saludó a los dos guardianes, que lucían una derrengada
posición de firmes, como de gente a punto de desmayarse por el
aburrimiento o la desnutrición. Lo dejaron entrar como al personaje
que era, no sólo secretario del gobernador sino que también
poeta y periodista. Un chucho sin dueño lo saludó a ladridos
de fiesta cuando entró al primer patio. Tenía el pellejo
pegado a las costillas, la lengua de fuera y una mirada tan triste que
cualquiera se llenaba de angustia al encontrarla. Roberto tuvo que apartarlo
con el pie hasta entrar a la sección carcelaria del cuartel. Había
poca gente a esa hora de la mañana. Los guardias no le presentaron
obstáculos cuando pidió hablar con Benito Xocop. Ni siquiera
tuvo necesidad de invocar el permiso que le había dado el jefe
político.
El cuarto de visitas era una habitación pequeña, con piso
de tierra y una mesa de pino en el centro. Su gran lujo era una ventana
enrejada y enorme, que dejaba pasar toda la luz de noviembre. De Allí,
la cal sucia de las paredes, el suelo oscuro, el machihembre picado y
sin pintar. La desolación de la cárcel llovía finita
como de vez en cuando el aserrín que dejaba la polilla.
Mientras, sentado, esperaba la llegada del reo, Roberto se arrepintió
de la idea. ¿Qué preguntas le podía hacer al cabecilla
de la rebelión? ¿Qué le podía decir ese hombre
que dentro de poco iban a fusilar? ¿La verdad? ¿La verdad
de qué, después de todo? Lo que había pasado en San
Andrés se podía resumir en dos líneas: los ladinos
quisieron robarse las tierras de los indios. Los indios se rebelaron y
los mataron. Los de Santa Ana vengaron a los ladinos. El resto de esa
historia era tomar posición. No faltaba quien le daba la razón
a los indios, pero eran aquellos los menos. La mayoría les echaba
la culpa de todo, por atrasados, por ignorantes, por violentos, por borrachos.
¿Qué le podía preguntar a Benito Xocop que no supiera
de antemano? ¿Con qué confianza el indio le iba a decir
nada?
Dos soldaditos aparecieron en la puerta, tirando de una cuerda a cuyo
extremo venía amarrado, por las manos, un hombre bajito, de bigote
incipiente, en el rostro curtido por el sol. Era Benito Xocop. Los soldados
lo halaron hasta dejarlo frente a Roberto. Este señaló la
otra silla de pino.
-Sentate.
Dos cosas impresionaron a Roberto: los ojos brillantes, profundamente
inteligentes de Benito, y su pelo completamente blanco. A decir verdad,
lo impresionó sobre todo el pelo, pues era fama que los indios
no encanecían nunca. Y éste, en cambio, que debía
de ser muy joven, tenía el pelo blanquísimo, como el de
un hombre de noventa años. En realidad, se lo debía de haber
esperado. En todo el pueblo se comentaba que Benito Xocop, el cabecilla
de los indios de San Andrés, había encanecido en una noche:
la noche que tuvo que guiar al pueblo en la montaña. Otros decían
que el pelo se le había puesto blanco cuando lo quisieron linchar
en la plaza. Otros juraban que había sido en la cárcel,
cuando los otros presos lo maltrataban, asegurándole que del paredón
no lo salvaba ni San Pascual en persona. Lo cierto es que se había
puesto canoso de repente. Roberto tuvo la sensación de estar ante
un espectro, un hombre ya muerto, un fantasma al que sería inútil
fusilar.
A las cuatro de la tarde, cuando terminó de hablar con Benito
Xocop, Roberto se dio cuenta de que había vivido toda su vida en
un país extranjero. O al revés, de que él, nacido
en la costa, era un extraño en ese mundo fracturado de ladinos
cerrados hasta el fanatismo y de indios a los que nadie conocía
ni por sueño. En la costa, los indios eran una masa de extraños
que bajaban por temporadas, como las lluvias, como los zancudos, como
los esporádicos temblores que reflejaban el susto de los volcanes.
Eran prestados al paisaje, venían con todos sus chunches y toda
su familia, pero después desaparecían. La realidad, en la
costa, era otra: el calor inextinguible, los finqueros enriquecidos y
sus máquinas cada vez más nuevas, las cantinas, las cervezas,
el trabajo, las casas de madera, pero la gente lo que se dice la gente,
era casi toda la misma, la descolorida y pálida y sudada gente
de la costa, la gente desabrochada y mal vestida, que nada tenía
que ver con los engolados ladinos ni con los emponchados indios de tierra
fría.
Y, sin embargo, era su país lo que estaba descubriendo a través
de la extrañeza de no pertenecer; eran sus raíces las que
le estaban hablando por boca de Benito Xocop, cuando le relató
con serenidad, sin rencor, con abundante parsimonia, los hechos de San
Andrés. La sabiduría de Benito Xocop venía desde
dentro de sus ojos profundamente negros, venía en las pausas de
su voz, venía en el respeto que emanaba apenas uno se despojaba
de la idea de estar hablando con un indio ignorante. Roberto había
entrado con la idea de encontrarse a una especie de salvaje, a un analfabeta
balbuciente a un hombre al paso animal. Al poco rato de escuchar a Benito,
el respeto fue descendiendo hacia su espíritu. ¿Era ésta
la gente que todos decían que se tenía que acabar para que
hubiera progreso en el país? ¿Era este señor una
bestia buena sólo para el trabajo? ¿Este hombre de extraña
sabiduría había nacido sólo para mozo de finca?
Cuando salió del cuartel, el mundo había dado caravuelta.
Delante de él estaba el parque con sus árboles altos, el
quiosco de la música dominical, la iglesia blanca e imponente,
el palacio de caramelo de la Gobernación. Todo le pareció
de cartón, una de esas escenas que se pintan para fingir la realidad
de un teatro. Atrás de él estaba la otra realidad: el horrible
cuartel, los lazos que ataban a Benito Xocop, la cabeza espantadamente
blanca de un hombre que iba a morir. ¿Este era su país,
en el que había vivido sin darse cuenta por todos esos años?
Lo que le había contado Benito Xocop era notable y verdadero; Roberto
conocía demasiado bien a su gente como para atribuir mentiras a
las palabras del principal de San Andrés. Al menos, con él
mismo, no podía ser hipócrita. Lo que le fastidiaba era
sensación de estar fuera de todo: no podía sentir más
que simpatía por los indios, pero no podía sentir lo que
ellos mismos sentían, ni aun proponiéndoselo: siempre sería
ladino, aunque en el extremo del ridículo se enfundara un traje
típico y se fuera a vivir entre los indígenas. Siempre sería
ladino, pero luego de esa conversación no podía seguir creyendo
las historias que los ladinos se contaban a sí mismos. Pero no
podía dejar de serlo. Era un ladino, aunque odiara esa condición.
y sabía que si los indios de Santa Ana se rebelaban alguna vez,
lo iban a pasar a cuchillo sin preguntarle de qué parte estaba.
Aunque él se sintiera fuera, como en un limbo, como viviendo prestado
en un país de otros. Fue con esos sentimientos que escribió
las famosas crónicas de San Andrés, con la versión
de la masacre contada por Benito Xocop.
Fuente:
Dante Liano. El misterio de San Andres. Mexico, D.F. : Editorial
Praxis, 1996. Pag. 370-375
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