EPILOGO

1

De vez en cuando, regresaba a Santa Ana. Iba a la 18 calle, me montaba en La Esmeralda y en menos de una hora estaba respirando el aire alto, atravesado de pinos, de la cabecera. Ver a los viejos amigos me daba la pauta de mi edad. Doña Julita se llenaba de arrugas, por más que vivía, yo era testigo, con la cara embarrada de cremas. El licenciado Matheu decaía con dignidad, cada vez más embotado por el whisky del club social. Tenía la piel colorada y los ojos ahuevados del bolo de armario. Su aliento despedía una mezcla de alcohol y pastilla de menta, recurso con el que le ponía una cortina de decencia a su vicio recatado. Del jefe político me llegaban noticias, desde el pueblón de la costa adonde lo había refundido el gobierno revolucionario. Le habían limado las uñas, y tenía que soportar las insolencias de los partidarios de la revolución, que, por el momento, eran todos. Había cometido, al no más llegar, un par de cabronadas que le fueron severamente reprimidas por sus superiores. Hombre inteligente, se puso a esperar a que llegara su momento para cobrarse la humillación que recibía. De allí, los del pueblo eran los del pueblo; melindrosos, serviciales, labiosos, hipócritas y chismosos. Cada viaje, además de los almuerzos largos, bien servidos, bien bebidos, bien acompañados, eran una refundición de las miserias, de las mezquindades, de la escualidez de un pueblo condenado a ser el mismo por los siglos de los siglos. Yo regresaba para curarme de la vida en la capital, cada vez más arrasada por el tránsito y los quehaceres; por la noche, cuando me bajaba del autobús de regreso, me sentía contento de haber emigrado.
Yo veía pasar los años míos en los rostros de los otros. Es probable que ellos me vieran de esa forma. Había engordado, me dejé crecer el bigote para parecer más estricto, tuve que usar anteojos, me vestía con más cuidado y me había casado. Algo en mí se había asentado y lo notaba yo mismo en mi modo de ser. Algo de eso. Una diferencia sentía con mi juventud. Ahora tenía historias qué contar, mientras que antes eran los otros, los más grandes, los que me entretenían con sus anécdotas. Mis viajes al pueblo me confirmaban ese aspecto nuevo; engolosinaba a mis anfitriones con los relatos del periódico, de la política, de la revolución. Era una época en la que se hablaba mucho de política, La gente se inscribía en los partidos, discutía, manifestaba.
Un sábado, cuando vi que el domingo no me ofrecía nada en la capital, puse telegrama a mis amigos de Santa Ana. Al día siguiente, como a las diez, entré al pueblo en medio de los bocinazos alegres del autobús. El sol caía sin remedio, pero su calor era aliviado por el ventarrón frío del altiplano. El aire de la meseta me había emborrachado un poco, por lo que bajé lentamente, con el deseo de tomar una taza grande de café. Vino a mi encuentro el licenciado Matheu, más endomingado que nunca.
-¡Qué placer tenerlo aquí con nosotros!
-El gusto es mío, don Alfonso.
-¡Faltaría más, mi grande y buen amigo!
-Yo, en cambio, con la pena de venir a molestarlos.
-¡Qué molestia va a ser! ¡Un honor, un gran honor para este pueblo de mierda, mi estimado!_ Y dígame, ¿qué se cuenta de nuevo, de bueno y de extraordinario?
-Qué quiere que le diga_ las mismas vainas de siempre...
-En cambio yo le tengo una que se va a caer de espaldas...
El licenciado Matheu dejó un momento de suspenso. Luego, sin decir nada, señaló hacia la cárcel de Santa Ana. El edificio, por desgracia, resistía a los temblores, y seguía intacto, más descolorido y feo que nunca. Un grupo de pocos indios se aglomeraba en la puerta.
-¿Ve a esos indios?
-Sí, ¿qué pasó? -Cáigase muerto, Róber: hoy sale libre Benito Xocop.
-¡Libre! -Como lo oye... Bien lo decía mi maestro Poncio Vargas, en la Facultad de Derecho: no hay cadena perpetua que se cumpla. Cabal, usted, el pasado 15 de septiembre hubo una amnistía general, y hoy sale Benito Xocop.
El grupito de indios se animó, a lo lejos. El licenciado Matheu y yo nos acercamos hacia ellos, hasta quedar en la esquina de la plaza. Desde allí pudimos ver que salían varios presos. No todos los indios estaban esperando a Benito. En realidad, eran dos o tres personas: quizá su mujer, tal vez sus hijos. La camioneta estaba dando bocinazos porque salía para San Andrés. Entonces, un pequeño grupo que rodeaba a un anciano se encaminó hacia el vehículo.
-¡Son ellos, mire! ¡Es él!
El anciano lleno de arrugas, acabado, que apenas si se sostenía sobre sus pies, era Benito Xocop. Ahora ya no contrastaba su pelo canoso con el resto del cuerpo. La cárcel se lo había comido. Si Matheu no me lo hubiera señalado, si yo mismo no lo estuviera viendo con mis propios ojos, no habría creído la historia: ese viejito ínfimo que tenía que recibir culas para poder subir las graditas de la camioneta era Benito Xocop, el cabecilla de la rebelión de los indios, el principal más joven de San Andrés, el hombre que se salvó de morir linchado pocos años atrás, el indio del que se contaban leyendas fantásticas en Santa Ana.
El autobús arrancó y se perdió en la Calle Real. El licenciado Matheu se perdía, en cambio, en consideraciones sentenciosas sobre lo que es la vida. Yo no lo escuchaba. Me había quedado vacío, con el rumor del viento que hacía ondear las ramas de los árboles como banderas de majestad, con el malestar físico de la historia que me había pasado por delante y que yo no había alzado un dedo por cambiar. Por otra parte, ¿qué podía haber hecho? Al contrario, era la historia la que había cambiado mi vida, como la corriente desgastaba las piedras del río, inflexible, fuera de toda piedad, cumpliendo su oficio de tiempo, de agua, de erosión.

2

La camioneta levanta una polvareda que se vuelve un torbellino dorado cuando el sol de la baja tarde lo envuelve. Benito va sentado en el último asiento, allí donde se brinca más y mira, desconcertado, el tierrero que produce el vehículo. Su mujer, que va al lado, se le pega un poco, como si con eso le demostrara lo que siente porque ya lo liberaron de la cárcel. A veces, la mujer llora sin expresión, o parece que no la tuviera, porque desde hace tiempo la mueca de su rostro pinta la aflicción. A todas la mujeres se les pone esa cara con el tiempo.
Ya van entrando a San Andrés, en la recta de terracería que desemboca en la plaza. ¡Años de no ver la plaza del pueblo! ¡Años de no ver la pila llena de mujeres y de trapos que está en la entrada del pueblo! ¡Años de no ver las casas color de aguacate, de mango, de caimito, de coco, de jocote de corona! ¡Años de no ver la iglesia blanca, el edificio más grande de todos! ¡Años de no sentir el olor, que ahora reconoce, que flota en el aire de su pueblo! ¡Cuántas veces soñó, en la cárcel, que estaba en San Andrés y, ahora que está entrando, ahora que la camioneta va disminuyendo la velocidad hasta estacionar al lado del municipio reconstruido, ahora que el motor calla y la gente comienza a bajar, ahora no siente nada, su pecho está vacío, su corazón desarmado!
Las piernas le tiemblan cuando baja de la camioneta. Uno de sus hijos lo tiene que ayudar. Benito tose varias veces, por el esfuerzo. La cárcel lo ha enfermado, le ha quitado las fuerzas. Tiene que caminar lentamente desacostumbrado a los espacios amplios. Camina tan lento que los otros pasajeros los dejan atrás y se pierden, bulliciosos, calle arriba. Benito los envidia, recordando la época en que salía disparado hacia su casa. Salía disparado y llegaba sin fatiga hasta la puerta. Ahora todo es diferente. Sus padres han muerto, se lo había dicho en su momento, y él había rezado por sus almas.
Mientras suben a la casa, algunos conocidos los saludan con respeto y algo de emoción. Con la gente nunca se sabe. Benito roza el sombrero con los dedos, y su saludo es acatado con fórmulas musitadas, que apenas se oyen. El pueblo sigue igual, idéntico, con sus casas de adobe, sus techos rojos de teja, sus calles empedradas y terrosas, los hombres que bajan a caballo, con el machete al cinto. ¿Quién se va a acordar de Benito Xocop, desaparecido en la oscuridad de su celda?
Hay caldo de gallina y hay guaro, pero Benito no quiere festejar. Está muy cansado y sólo quiere acostarse a dormir. Así que se pasa la tarde en un sopor enfermo, en el que se filtran las voces de los vecinos que llegan a preguntar y los amigos que pasan a beberse un pocillo de aguardiente. ¿Qué estarán diciendo? El sueño se lo lleva. ¿Ha soñado o han dicho "qué alegre"? Ha soñado, seguramente. Alguien se ríe. No. Es un niño chiquito que llora. ¿Ya tiene nietos, pues? En el sueño le entra la angustia de saber si sus hijos ya se han casado. Le duele el costado. Cambia de posición. ¿Se pone a llover? ¿O eran las gallinas en el patio que picotean sus granos de maíz? ¿O eran sus nietos que lanzan piedritas sobre el petate? ¿Pero sus hijos no son demasiado niños para casarse? ¿De pronto, se duerme profundamente, y los pensamientos desaparecen de su cabeza.

3

La vez siguiente, fue el licenciado Matheu el que me llegó a ver al periódico. Hablábamos largamente de política. El presidente Arévalo había logrado promulgar el Código de Trabajo y la Ley de la Seguridad Social, había bajado del balcón presidencial hasta confundirse con la masa de obreros que había venido a vitorearlo, y les había gritado, con su voz de gran actor:
-¡Esta es salud para vuestras mujeres y pan para vuestro hijos! En la mano agitaba un ejemplar del Código de Trabajo. Lo cargaron en hombros como a un torero y se lo llevaron en triunfo. Matheu y yo alabamos las capacidades políticas de Arévalo. Casi cada mes, los militares le querían dar golpe de Estado y, puntualmente, Arévalo les ganaba la partida. La mejor anécdota que circulaba en los periódicos era cuando supo que el Embajador norteamericano conspiraba para derrocarlo. Lo llamó a su despacho y le dio 24 horas para abandonar el país. Sus consejeros, asustados, le advirtieron que los Estados Unidos lo iban a tomar a mal. Entonces respondió:
-Yo quiero ser presidente de este país al menos por 24 horas.
La clase media lo adoraba. Los maestros, los abogados, los empleados públicos, los universitarios, la población de la capital que sabía leer y escribir y que votaba, hubiera dado la vida por ese hombrón recio, campechano y sutil. En más de cien años de independencia, era el único presidente democrático que iba a terminar su período. Los ricos lo detestaban, pero Arévalo había tenido la prudencia de no tocar el privilegio de la tierra. Escribía libros, fundaba escuelas, organizaba guarderías infantiles y andaba por toda la república cargando niños en sus brazos enormes. Parecía un padre gigantesco, un muñecón bondadoso.
Nos fuimos, con Matheu, al Platillo Volador. Pedimos un caldo con arroz y chiles rellenos con tortillas. El Platillo Volador. El juego de palabras, el juego nacional. Poner apodos y jugar con las palabras parecía una pasión autóctona. El caldo llegó con su vapor perfumado de perejil, un olor verde, sedante, lleno de consuelo. Llenamos los vasos opacos, decorados con flores estampadas, con nuestras cervezas rubias. A la mitad de la comida, cuando retiré el plato hondo y recibí los chiles rellenos que descansaban en sus lechos de tortillas, sentí la pedestre felicidad del cuerpo. Medio vaso de cerveza me había dado una breve euforia, y la ilusión de comerme las maletitas doradas, con su sabor vegetal y carnoso, papas, arvejas y carne con un punto de comino, esa simplicidad me hizo sentir feliz. Me di cuenta, y se lo comenté a mi compañero de mesa, que no existe la felicidad, sino momentos felices. Y que la mayor parte de veces esos momentos no son espirituales, sino extremadamente carnales. Porque ser feliz es darse cuenta de estar vivo, nada más que vivo, lejos de la enfermedad y de la muerte. Matheu asentía filosóficamente, con la boca llena y los ojos aguados.
Nos quedamos en El Platillo Volador toda la tarde. Varias botellas oscuras se fueron acumulando en nuestra mesa, mientras tejíamos y destejíamos tramas de conversaciones que nos parecían brillantes, profundas, sapientes. Supongo que habrán sido una ensarta de tonterías, pero el hecho de que nuestras inteligencias fueran parecidas nos hacía sentir sabios sin discusión. De una profunda equivocación me recuerdo, con tristeza. Ambos estábamos de acuerdo con que el país había entrado en un camino sin regreso, el camino de la democracia. Y que de allí en adelante no podía sino progresar. Que yo cometiera ese error no me extraña, por mi juventud; que lo cometiera un hombre experimentado como Matheu siempre me ha sorprendido.
Lo acompañe a la última camioneta para Santa Ana. Nos dimos un abrazo fraternal, de sinceros borrachos. Matheu se subió, encontró un lugar con dificultad, y desde la ventanilla me dijo adiós. Yo creí inútil esperarlo. Di la vuelta y me encaminé hacia la parada del autobús que me iba a llevar a la segura bronca que mi mujer me tenía preparada. Pero no me preocupaba eso, porque ya estaba acostumbrado. Me preocupaba la sensación de melancolía, como de nave que parte, me preocupaba haber perdido la comodidad del ánimo que había identificado como felicidad a la hora del almuerzo, me preocupaba una especie de presentimiento hacia el futuro, como si una parte de mí se estuviera desprendiendo de sí misma y se estuviera disolviendo en el aire, en la oscurana que comenzaba a difundirse a esa hora de la tarde, en la profundidad de mi propia conciencia, pozo de un río de la costa con el fondo removido y tórbido. Era como si el licenciado Matheu fuera yo mismo que saludaba avergonzado desde la ventanilla del autobús, y era como si esa partida me concediera un instante de nostalgia, de torpe sentimentalismo, de aburrida tristeza.

4

Desde la cumbre del Santo Monte, San Andrés se ve como una oscura piedra alfilereada por las pocas luces que aún están encendidas, a esa hora de la noche. A esa hora de la noche, aprieta el frío, como siempre; la gorra de lana no es suficiente, el poncho con que se envuelve Benito no le reprime la tembladera, los dientes que se cierran en su negación del sufrimiento, el cuerpo sacudido por los escalofríos. Pero él ha pedido venir hasta aquí arriba, desde que llegó al pueblo está necio con que lo lleven al Santo Monte, y al fin lo han traído, sus dos hijos mayores como bastones, remediando los tropezones y pasos en falso, empujándolo en las partes más escarpadas, respetando su nobleza de principal y padre.
A Benito lo distrae una punzada en el vientre. Es como un ardor sostenido, como una navajilla que le pasara lentamente por dentro, escarbando con pereza la hinchazón que se le nota, y luego se va el dolor, lo deja tranquilo. De su cuerpo afuera, Benito ve la luna redonda, perfecta, enorme, con sus tizonazos, los mismos de siempre, afeándole la cara. La luna manda una sombra clara sobre la Tierra, como desvaída, pero suficiente como para que los árboles se tiñan de una especie de azulenca morbosidad. Se pueden ver algunas estrellas y Benito las sabe reconocer y ese reconocimiento le confiere una especie de olvido, que, para él, equivale a la paz. Distingue con nitidez los volcanes lejanos: el viento ha limpiado el cielo, está comenzando octubre otra vez. En el pueblo las pocas luces se comienzan a apagar. Siente de nuevo una punzada en el estómago. En el estómago o en el vientre, da lo mismo. Desde la cárcel padece estos dolores que lo abaten, que le quiebran el cuerpo. Algo dicen sus hijos que él no alcanza a oír. ¿Hablan con él o hablan entre sí?
Si la dignidad no se lo impidiera, se recostaría cuan largo es en la tierra, para dejarse abrazar del Santo Monte. Pero sus hijos pueden pensar que está enfermo o que la prisión lo volvió loco. Prefiere imaginárselo. Prefiere fingir que no tiene nada, que va a vivir muchos años sobre la faz de esta tierra, sobre este olor de pinos, cordilleras, montes, colinas, ríos y animales. Cuanto abarcan sus ojos es la geografía de su vida. La costa no importa, la costa fue un episodio detrás de las montañas, y Santa Ana, más allá de los barrancos, que se adivina por el resplandor de las luces, Santa Ana fue un mal sueño. Lo que verdaderamente existe se despliega delante de él: los hondos barrancos frescos que bajan de las faldas del Santo Monte, el camino que se adivina hasta San Andrés, el pueblo mismo, como un hombre arrebujado que se durmió en lo oscuro, las montañas que lo rodean, el río que se adivina por entre las ensenadas. Esto es él, esto es suyo, estos pies se confunden con la tierra, son del mismo color, de todas maneras él mismo reposará en esa tierra, seguramente casi lo desea.
Los hijos fuman un cigarrillo. Ya están grandes. Puede un hombre descansar cuando los hijos crecen, puede reposar en ellos, seguir. Una estrella prende fuego en el cielo y se viene para abajo. Los tres dicen algo, fuerte o bajo, que acompaña la caída del astro. El dolor se ha ido calmando y la paz va invadiendo el alma de Benito. Lentamente, se recuesta en el árbol en el que se había apoyado. Siente la áspera cercanía de la corteza, la dureza del suelo, la vecindad de la tierra. Los rumores de la noche forman una música suave y, al mismo tiempo, morroñosa. Pájaros que mueven las hojas de los árboles, grillos incansables, la caricia del viento. Benito respira profundamente y siente como si se limpiara por dentro. Oye que sus hijos conversan murmurando, a poca distancia, a veces con risitas breves. ¿Qué será de ellos? ¿Será su vida igual a la suya? Una acidez de sufrimiento le recorre las venas. No. Para sus hijos no quiere la misma vida que le ha tocado; no puede ser así el orden del mundo. Habrá también para ellos un lugar, una ocasión, una forma en la que encuentren salida a la desgracia. Tiempo le falta para hablarles, para contarles lo que le ha pasado, para que no hagan los mismos errores.
Lo distrae el vuelo de un animal. No es un animal. Es una hoja grande que el viento se va llevando como juguete, balanceándola sin peso, se la lleva hasta casi hacerla tocar tierra y luego la eleva, se va para arriba, casi toca las puntas de los árboles, la suspende y la deja caer_ Benito la pierde de vista. Las luces del pueblo se han apagado todas. No tiene ganas de regresar. Quisiera quedarse allí toda la vida. Una punzada más fuerte le quita el aliento. Lo deja sudando, con la respiración recuperada a pausas. Se calma. Ve la luna, ve al pueblo, se contempla a sí mismo descansando bajo la sombra fría de un pino, y desciende sobre él la paz, la tranquilidad; quizá, también, el sueño.
 
Milán, 1993 - 1994


Fuente:

Dante Liano. El misterio de San Andres. Mexico, D.F. : Editorial Praxis, 1996. Pag. 387-400

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.