EL VIAJE DE LOS MARTIRES

El camino para llegar a Feltre puede ser, a veces, primordial y severo. Montañas en las que se derrumba la lluvia en primavera; extensiones de silencio mientras cae la nieve y el mundo se vuelve blanco y reservado. Ya casi al final, en un recodo, un monasterio medieval anuncia que la ciudad está cerca, a un túnel y un puente de distancia. Al llegar, el convento se mira desde abajo e impone una especie de respeto. Desde la ciudad, que está a unos cuatro kilómetros en linea de aire, y a la misma altura, pierde majestad pero no misterio. Es el monasterio de San Víctor y Santa Corona, Mártires.
Su historia es la historia del crimen sobre el que sólidamente se fundamenta, la historia del horror antiguo de la sangre derramada.
En el año de gracia de 1354, Carlos IV de Bohemia cabalgaba, al frente de un numeroso séquito, camino de Roma, en donde sería coronado Emperador. Había atravesado las altísimas montañas del norte de Italia, que cierran el paso a los posibles invasores teutones. Fue así que entró en el valle de Feltre, que desde esa parte se aparece como una llanura espigada de colinas y rodeada de montañas, en cuyo centro, sobre un pequeño promontorio, se yergue la ciudad.
En las afueras existe una montaña llamada el Miesna. Allí, en el aula de Giovanni da Vidor, la ciudad no supo encontrar mejor homenaje para el visitante que amputar la cabeza al cadáver del mártir cristiano San Víctor y cortar el brazo de su compañera de muerte, que no de vida, Santa Corona y ofrecerle ambas reliquias como espantoso regalo. El futuro emperador recibió con gran complacencia ambas ofrendas y continuó su viaje hacia la urbe. Una vez llevada a cabo la coronación, no olvidó la tétrica donación con que había sido festejado en la montaña véneta. Subió de regreso a sus dominios sajones y dio hospitalidad, en Praga, a la cabeza y al brazo con que lo habían honrado. Macabro destino el de los santos mártires: morir descuartizados a causa de su fe, y, por esa misma fe, seguir siendo descuartizados a mil años de su muerte.
Víctor era un soldado romano, convertido al cristianismo, que servía al emperador en Alejandría de Egipto. Corría el año 171 de nuestra era. Cuando le fue ordenado que ofreciera sacrificios a los dioses, Víctor se negó, declarando que no reconocía más Dios que el de los cristianos. Sebastián, su jefe, lo hizo capturar y lo sometió a una serie de elaboradas torturas. Recuerdo una, de particular crueldad: le fueron ligadas las manos detrás de la espalda, se ató la cuerda en lo alto, y poco a poco lo fueron izando, hasta que se descoyuntó, rompiéndosele ligamentos, articulaciones y nervios. Pasaba por el lugar una joven mujer, casada desde hacía apenas un año. En el transcurso de ese año, también ella se había convertido al cristianismo. Asistió al singular certamen: por cada tortura que aplicaba, el verdugo hacía una pregunta al reo. Este, tocado por la gracia, respondía como un doctor de la iglesia. Entonces crecía la tortura. Y aumentaba también la sabiduría del santo.
La mujer se llamaba Estefanía, que significa Coronada, o Corona, más simplemente. Hay tantos defectos en los seres humanos que resulta cansado decirlos. Además, todos los sabemos de memoria. Pero de las pocas virtudes que se le pueden reconocer, existe la de rebelarse. Pueden pasar años, decenas de años sufriendo la injusticia o viendo cómo ésta se comete. Pero llega un día en que recuperan todo su estatuto, la erecta posición de los dos pies plantados sobre la tierra. Cada generación tiene un momento y una oportunidad; cada hombre, una vez en la vida. Supongo que eso le sucedió a Corona al ver sacrificar de tal manera a Víctor. Corona, en voz alta, encaró a los verdugos y, con ello, se delató.
La mataron peor que a un perro. Las crónicas no le reservan a ella el certamen casi literario entre Víctor y su verdugo. Murió destroncada: el brazo izquierdo atado a un árbol; el derecho, a otro. Cada árbol estaba doblado por la fuerza, de modo que, al romper los lazos que lo sujetaban, se enderezaba con toda violencia. Un árbol tiraba hacia un lado; el otro, al lado opuesto.
Víctor, entre tanto, murió a causa de las torturas recibidas. Ambas muertes eran necesarias para la economía de la historia. Lo que sucede, sucede. Sin embargo, no se puede dejar de percibir lo absurdo del suceder: el acto de dar la muerte, como también el acto de dar la vida.
Comenzaba el largo viaje de los mártires Víctor y Corona. Como juntos habían muerto, juntos fueron enterrados. Sus despojos fueron trasladados a la Isla de Chipre, en donde fueron sepultados en la ciudad de Ceronia.
Un ataque de los árabes, en el año de 802, hizo que sus restos fueran velozmente trasladados a Sicilia, en donde permanecieron dos años.
Tampoco Sicilia iba a dejar reposar a los dos mártires. Dos años después sus cuerpos partían hacia Venecia, en donde fueron enterrados en la Iglesia de San Moisés. De allí, al poco tiempo, un prestigioso obispo quiso dar lustre a la sede de Feltre, que está a pocos kilómetros de la laguna. Llevó, pues, los dos cuerpos al Monte Miesna. Allí los encontró Carlos IV en su viaje a Roma y allí le regalaron, como ya se ha dicho, la cabeza de San Víctor y el brazo de Santa Corona.
Ahora, en donde reposan definitivamente sus cuerpos, está el hermoso monasterio que se asoma peligrosamente al abismo. Hay una roca y hay un árbol que crece perpendicular, con las ramas colgando hacia abajo, como los árboles del martirio original. Hace siempre frío allí, aún en verano.
Más de una extrañeza convive con la historia de ambos santos. Ahoran son los patronos de Feltre, y el extranjero que por primera vez oye que se celebra la fiesta de San Víctor y Santa Corona, cree, equivocándose, que ambos eran marido y mujer, o amigos, o compañeros o tal vez novios. En cambio, ni siquiera se conocían. La mujer pudo haber pasado por otro lugar, cambiar calle , no salir de su casa ese día, tropezar y herirse, enfermar, tener un impedimento. Por otra parte, también pudo quedarse callada, ya lo he dicho. Mas reclamando la justicia reclamó la muerte.
Pudo haberse quedado en su casa y en cambio ese día inició un largo viaje que llevaría su cuerpo destazado desde el calor africano de Egipto hasta los fríos implacables del monasterio feltrino, al lado de un desconocido. ¿Reposan, descansan sus cenizas bajo la tierra helada, en Praga o en Feltre? ¿O tiemblan todavía temiendo que, en los siglos, una nueva tortura, un nuevo descuartizamiento se les imponga?
En 1943, debido a las disputas que cada tanto se establecían, principalmente con Otricoli (Umbria), que reclama para sí el honor de recoger en su tierra los cuerpos de los mártires, fue abierta la tumba de Feltre. Allí se encontró una tablilla en donde se testimoniaba que eran ellos, que San Teodoro los había trasladado de Alejandría a Ceronia y que, luego, el obispo Solino los había llevado de Ceronia a Sicilia. Eran ellos, los justos, los que no tienen paz, los que se equivocaron de bando. En la tablilla había una inscripción: "No hay crimen que no tenga precedentes; no hay crimen que no se repita".
(Ahora, cuando el tren pasa bordeando el río Sonna que corre al pie de las montañas feltrinas, y, un instante antes de que aparezca Feltre en el horizonte --Feltre, con su torre y su castillo, con sus altos picos nevados en la lejanía--, se ve el monasterio allá arriba, a punto de precipitarse al vacío, y no se sabe, nadie sabe, que está construido sobre el sufrimiento. Y también sobre su contrario).

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.