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LOS RASTROS DE LAS OFRENDAS
"Yo vengo a ofrecer
mi corazón"
Fito Páez
-I-
No puedo evitar que Clara me habite, que se encuentre establecida en
los gestos con que me expreso, en el tono que ha adquirido mi voz después
de ella, en las derivaciones del lenguaje con el que digo que la amo.
Sé que no imagina el ser bifronte en que me he convertido; para
Clara soy un ser autónomo separado, vindicador de mis deseos, receloso
protector de mi autarquía. Pero no soy más que lo que era
antes (cuando con mis pies recorrían el mundo sin su presencia)
más ella. Hay voces que claman para que me separe, para que reivindique
mi voz como distinta, para que establezca claramente las fronteras en
donde ella termina y yo empiezo. Creen en la imprescindible necesidad
de evitar esa situación de fusión en que me encuentro, en
donde yo soy yo y yo soy ella. Al mismo tiempo.
Pero no quiero más que estar totalmente poseído, lleno,
inundado, habitado; si aún reconozco mis bordes y los suyos es
porque no he podido llegar más lejos, porque he nacido insuficiente
para dejarla que llegue más adentro de mí, porque no he
podido aprender cómo dejarme poseer total, irrefutablemente, para
siempre. Si aún puedo identificar nuestras fronteras es porque
su imperio se ha encontrado con resistencias no deseadas por mí.
Clara se expande sin desearlo, sin proponérselo, sin sospechar
siquiera de la empresa en la que se encuentra involucrada. Silenciosa
y lenta avanza impregnando todas mis membranas, las coyunturas que me
tienen en pie, los ligamentos que permiten el movimiento, los músculos
que impulsan el desplazamiento de mi cuerpo. Cada voluta del cerebro guarda
ya, cuando menos, una señal que se refiere a ella y que titila
en la penumbra del cráneo como faro orientador que no se apaga
nunca, ni de día ni de noche, ni en la vigilia ni en el sueño.
Por eso Clara está presente cuando quiero y cuando no quiero, cuando
abro los ojos y cuando los cierro, cuando hablo de la lluvia o del viento
o de los pájaros, o cuando me refiero a mí como si existiera
en solitario sin ella.
Clara es aroma que ocupa, gas que se expande en las entrañas,
líquido que se amolda y llena. Yo no puedo sino ofrecerme como
recipiente, como ánfora que recibe el líquido que acompaña
a través del desierto, como taza que es llenada con leche. He encontrado
el sino buscado, el destino oculto que alguna vez me fue vedado: no soy
sino un envase (botella, jarro, frasco, caja, cuerpo) que la contiene
a ella como esencia. Me justifico transportándola, acunándola
en las entrañas, cargándola conmigo a través del
mundo que ella recorre caminando con los pies que yo le ofrezco, que mira
con los ojos que le ofrendo, que escucha con el pabellón de la
oreja que yo le he regalado.
No busco más habiéndola encontrado: tengo matria, cuna,
mesa, techo y leche; silencio por las noches, cobijo bajo el agua de la
lluvia. Como paria agradecido recibo los dones que derrama y muestro lo
que tengo y que le ofrendo: mis manos, mis pies, la epidermis amarillenta
que me cubre, los pelos hirsutos que florecen sobre el cráneo,
las uñas para mondar las frutas que desee.
Soy una ofrenda preparada para ella, un regalo acicalado con esmero,
un jardín que se riega y se alimenta para agradar a quien pasa
por su vera. Por ella he cultivado en mí lo que me expresa, he
pulido mi lenguaje, la modulación de las palabras, los gestos que
acompañan a la charla y he enriquecido con verbos, sustantivos
y adjetivos las frases que antes pronuncié con desparpajo. Acicalado
como un niño que parte hacia la fiesta de cumpleaños me
he presentado a la puerta tras de la cual se encuentra ella; muchas veces
he tocado sin que oiga y en otras sé que no se encuentra. Dejo
entonces los regalos más preciados, los que he pasado horas preparando,
aquellos que he construido con esmero y que lucen más hermosos
a la vista. En papeles escogidos con deleite dejo notas que aluden a mi
entrega, a la necesidad de verla, de hablarle, a las urgencias que obran
en mí si no la veo. Y luego parto temeroso de que nunca lleguen
los presentes, que alguien los recoja mientras ella ignora las dádivas
traídas.
Postrado ofrezco lo que tengo. Atento escucho sus deseos. Alerta interpreto
sus señales. Clara ventea el mundo, mientras tanto, ajena al estado
de vigilia en que me encuentro. Su rostro de perfil, al viento, se orienta
hacia sitios que no veo, explora otras moradas, otras ansias, otras aflicciones
que las mías, entretiene la atención con otras gentes. Y
mientras tanto yo armo malabares, hago piruetas, emito sonidos estrambóticos
para que vuelva hacia mí los ojos.
Soy un rumor al que no presta la atención que yo deseara, una
presencia periférica, marginal, lejana que se ve como mancha sin
contornos. Pero mi satisfacción mayor está en la dádiva,
en la entrega, en el mensaje que doy aunque no escuche, en la preñez
en la que estoy de su presencia. Soy un dador perenne, un flujo constante
hacia ella, una catarata que golpea insistentemente sobre las rocas impertérritas.
Y de allí proviene mi llenura, la pletoriedad de mis sentidos:
del contacto continuo con su entorno, con el halo que rodea su existencia,
de la posibilidad de estar cerca de su aura. Soy oferente de mí
mismo, ofrenda, regalo, obsequio.
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