-VIII-
Te he traído a este lugar de lagos y volcanes, de selvas infinitas y de mares que baten bramantes en las costas. Es un puente este lugar que he escogido, un paso estrecho en el que todo existe en el más precario equilibrio: tiembla el mundo y llegan desde el mar los huracanes que devastan las costas tropicales. En octubre no cesa de llover sobre la tierra que se brota de musgo, líquenes y helechos en cualquier lugar donde se mire. Te he traído a este lugar de mohos que se esparcen sobre la piel ligosa de la tierra, a este ámbito mojado donde florecen las orquídeas en los techos, las gramíneas gigantescas en los parques. Entre la floración perenne de las plantas te he ubicado, bajo un alero protector, tras una puerta de cristal que te protege de la brisa que avienta el agua sobre el piso de madera de las casas.
Es por acá cerca en donde está mi padre en una fosa que aún no he conocido. Vi la tierra -que entonces decubría- desde sus ojos que me marcaban los ángulos de todo. En aquel tiempo yo era chico, no tenía aún mayor discernimiento y estaba él que le daba estatura al mundo. Amor, en un corredor de losas rojas di los primeros pasos por la vida; él me vio entonces caminar trastrabillando como vos y yo vimos después a nuestras hijas; era -lo vi después y lo recuerdo- un espacio ancho con helechos, flores blancas en la esquina, una piedra horadada por la lluvia. Años después todo se ha desperdigado, lo único exacto es la memoria. Hasta la madre despedazó conscientemente su recuerdo: sus libros, las agendas en donde anotaba los pasos diarios de su vida.
Y todo en este estrecho puente a donde te he traído, en donde ves caer la lluvia en la ventana y truena incesantemente todo el año. Ya me eran conocidas las alturas desde donde vomita el planeta sus entrañas; sabía de estos vientos que doblan las palmeras en las costas; comí frutas carnosas en la infancia y vi la tierra desde los volcanes que te asustan. Sabía, pues, de este lugar, lo conocía. Fue donde me crié sin vos, en donde habité el mundo antes que estuviéramos los dos juntos en la tierra. Respiré este aire que hemos visto ahora juntos transparente y que sabés que me duele en las entrañas. Imagino que las mismas flores y plantas que corté de niño son las que ahora crecen en las tumbas de mis muertos. Por eso te he traido hasta este que es mi cubil primero, el lugar en donde siento que tengo las raíces. Volátiles están, al viento, aireadas en su altura epífita, alimentándose de ese aire circundante. Ahora te amo en este ámbito querido, en donde sé con qué frutos obsequiarte, con cuáles flores engalanar el habitáculo en donde nos movemos ambos. Conozco el canto de los pájaros más bellos: los sinsontes, los guardabarranca, los tiuíus, el sitio donde apacientan los venados y beben agua los tigres de mañana. Sé de los árboles que florecen de amarillo, de rojo, de morado, de los que dan la sombra más frondosa en el verano; son éstos los que planté al frente de tu casa para que refrescaran tu vida en los días calurosos.
Es este el lugar en donde sé que mejor puedo quererte, en donde puede el pavorreal contornear mejor la cola cuando te corteja. Aquí lanzo los gritos estentóreos de esa ave y te obnubilo con el color tornasol de mi plumaje. Orgulloso, sé aquí del mejor lugar para aparearme, para montarte en el momento exacto en que se moja tu entrepierna tibia y sólo aquí interpreto perfectamente, con precisa exactitud, tus gestos, tus gemidos, la succión de tu vagina y la pulsión de las venas de tu cuello.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.