Poesia

Por siempre (De Divagaciones, inédito)

Quiero gritar el daño que me han hecho
cuando enmarcaron mi rostro en un retrato
de niña dulce, callada y estudiosa
o de un ser frío distante e indiferente
quiero tachar las sílabas que afirman
que soy todo eso que siempre me dictaron
quiero matar las voces que me gritan que me levante
y que dé vuelta a la hoja
quiero pedir que no exista conciencia
para no sentir que he hecho algo equivocado
quiero sentir que ya no siento nada
no saber nada
no tener recuerdos
quiero pisar los sueños inocentes
y caminar sobre ellos mil veces
hasta borrarlos
para que así se acaben mis anhelos
y se marchiten mis mínimas angustias
quiero abarcar el mundo con mis brazos
y hacerlo trizas
para que nada quede
y luego ya saciada
quiero permanecer en silencio por siempre.

Fuera

me voy
sin adioses
sin lágrimas
con rencores y tristezas
con las manos vacías

me voy
con un tumulto de recuerdos
y un cúmulo de desazones
con papeles que narran toda mi amargura
con un vestido rojo
y el cabello teñido

con las manos intactas
delicadamente cuidadas
con los ojos cansados
y el sueño rezagado

con la memoria de los muertos
con la impaciencia que los libros despertaron
con el cuerpo encendido
el corazón empobrecido
desangrado
sin alma

Insomnio

Charles Bukowski, los vecinos cariñosos, San Andrés Itzapa, los siete montes, un octavo de indita, puros, velas, Bukowski, imágenes de sexo transferidas a través de las palabras, palabras obscenas, el humo que se desprende del suelo quemado con restos de sangre de algún animal, rezos en lengua, la cabecera de la cama de los vecinos golpeando la pared, gemidos, polvos de “ven a mi“ y agua florida, Bukowski restregándome su hambre de sexo, el reloj que marca las horas inevitablemente y el golpeteo excesivo de la cabecera de los vecinos de habitación, el padre nuestro masticado por un indígena ladinizado que intenta alejar las malas vibraciones, la cantina que retumba con música grupera, tortillas negras quemándose en el comal, el aguardiente escupida en mi cara mezclada con la saliva de otra persona, los flachazos de las cámaras que guardan el recuerdo de mi experiencia exorsizante, San Simón, canela en polvo, Bukowski traducido por una editorial española empalmándose cada cinco minutos de lectura, gritos consumidos por la noche, alcohol, sexo, brujería, la lluvia que corre por las calles de San Andrés llenas de basura, las páginas del libro pasando entre mis dedos, en mi mente, incrustándose en mi piel, Hank, Charles,Mujeres, San Simón y la limpia y yo sola en esa habitación intentando escuchar o no escuchar o simplemente no imaginar lo que ocurre a lado, o quizá si, la noche que cubre por completo el espacio y el vapor que la lluvia ocasiona en el suelo, el humo que expide el puro, el sudor que corre por los cuerpos y Bukowski delirante, humedecido y al final como yo, solo.


Cuento

La Zaparrastrosa (de Puntos Suspensivos, inédito)

Cuenta los pasos, dos, tres, cinco, nueve, cien, la luz se enciende y el rojo ilumina ese aparato que cuelga de un cable sobre la avenida. Naranjas en mano se detiene en el centro y empieza a lanzarlas hacia arriba, unas regresan a sus pequeñas extremidades superiores, otras caen y se pierden entre las llantas de los carros que como toros esperan embestir el espacio tapizado de cemento en cuanto la luz se torne verde.

Cada barajan que cae ocasiona un movimiento en sus pupilas. No muy lejos de ahí, justo donde el león de los seguros se impone en el arriate, hay que la observa con desaprobación.

Unos segundos antes de que el semáforo indique a los pilotos de los autos que avancen, esa pequeña formación de carne y hueso –más lo segundo que lo primero- con el pelo parado y pegajoso y la cara embadurnada en pintura rojo, marca Darosa, corre hacia las ventanillas de los autos con la mano extendida.

Algunas se abren, otras e cierra; en algunas se observa un movimiento de cabeza de izquierda a derecha, en otras ni siquiera eso, la boca gesticula un NO con similares movimientos horizontales. Una o dos fueron las que, a riesgo de ser linchadas por los bocinazos de los carros que querían avanzar con el cambio de luz, buscaban en algún lugar una moneda.

Por fin arrancan, dejando esa pequeña mano extendida esperando a que de nuevo la luz del semáforo se ruborice y así iniciar otra vez su improvisado acto circense: unas veces las naranjas, otras veces unas piruetas, casi piruetas, otras veces, quizá más adelante, escupidas de fuego, pero eso sólo cuando la noche apremie.

Cada naranja cuesta un quetzal –al menos eso le cuesta a ella- y no tiene un quetzal, ni siquiera quince centavos. Lo recaudado en la tarde es para la dueña de esa mirada, esos ojos empotrados en un cuerpo obeso que se despliega al pie del león e la aseguradora en el arriate de en medio.

Hay que descontar también lo del crayón de labios rojo coral, con tiquete de la Despensa Familiar color amarillo por Q 4.75.

Y ya cuando sus pies parecen no contar sus pasos –tres, ocho, dieciséis, noventa y cuatro-, la tomarán por un pedazo de tela del desgastado vestido, la subirán en una camioneta y luego se perderá entre los callejones oscuros de algún lugar de la zona 5. Se postrará en el petate color Café Incasa, diluido en un litro de agua, y cerrará sus ojos, tratando de soñar con que el león, ese de la aseguradora, del arriate de en medio, de la Avenida Reforma, a donde se sienta siempre su madre, vuela, y se despertará por ratos porque los ojos, los de ella, la que observa, la miran fijamente, mientras caen las naranjas entre las ruedas de los autos que como toros esperan embestir el espacio…

Días de lluvia (de Mis insectos son ángeles)

A la par de la hoja de abeto que navega en la corriente que la lluvia dejó junto a la acera, camino rumbo al conservatorio. ¿No es extraño que por varias cuadras sigamos juntos?, pareciera detenerse cuando yo lo hago al terminar la banqueta y cruzar la calle, luego, como si quisiera decirme algo continua deslizándose entre agua, lodo y basuras no reciclables.

Convencido de que el destino es el destino y de que ella significa algo en mí, pienso más de una vez en parar, tomarla con la mano, secarla y guardarla en las páginas de un libro que la conserven siempre como testigo mudo de aquellos días de lluvia, en los que violín en mano me dirigía a mis clases tres veces por semana.

Así, meditando si hacerlo o no, pues uno nunca sabe, lo que esa agua arrastra en sus turbias intenciones, vi como la alcantarilla destapada una cuadra antes de mi destino la sustrajo, mientras ella miraba por el pedúnculo que un día le proporcionó alimento como para siempre se borraba mi imagen de la suya, y así, mi libro quedó sin huella de aquellas tardes de invierno camino al conservatorio.

Mis insectos son ángeles (Editorial Letra Negra, 2001)

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.